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El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen

Lunes 27 de julio de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Lecturas estivales

Sigmund Freud

Surgió un día la curiosidad de examinar los sueños que no han sido nunca soñados; esto es, aquellos que el artista atribuye a los personajes de su obra y no pasan, por tanto, de ser una pura invención poética. Expondré a continuación, una síntesis de la Gradiva aparecida en 1903, con el objeto de que, en adelante, pueda referirme yo a algo conocido: Un jóven arqueólogo, Norberto Hanold, descubre en un museo de Roma, una figura en bajorrelieve que, desde el primer momento, ejerce en él una particular atracción.

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Deseoso de contemplarla y estudiarla con todo detenimiento, hace sacar una copia en escayola y la transporta a su domicilio, en una ciudad universitaria alemana, colocándola en sitio preferente de su gabinete de estudio. La figura representada en el bajorrelieve es la de una muchacha, ya plenamente formada la que, en actitud de andar, recoge sus amplias vestiduras, dejando ver sus pies calzados con sandalias, uno de los cuales reposa por entero en el suelo, mientras el otro sólo se apoya sobre la punta de los dedos, quedando la planta y el talón casi perpendiculares a tierra. Este paso, nada vulgar, cuyo especial atractivo quiso el artista fijar en su obra escultórica, es también lo que siglos después encadena la atención de nuestro arqueólogo.

El interés que la figura descrita despierta en el protagonista de la novela constituye el hecho psicológico fundamental. Tanta vida toma en su imaginación aquella figura, que acaba por darle el nombre de “Gradiva” –la que avanza­­—. Poco después tiene un terrible sueño en el que se ve transportado a la antigua Pompeya, precisamente en el día en que la erupción del Vesubio sepulta la ciudad bajo su ardiente lava. Hallándose en el Foro, cerca del templo de Júpiter, ve de repente, ante sí, a la propia Gradiva. Este sueño da tal impulso a las fantasías del joven arqueólogo, que el pensamiento de la muerte de Gradiva le produce igual emoción que si se tratase de una persona querida.Toma así la decisión de viajar a Italia.

Una vez ya en Pompeya, y evocando el pasado en su fantasía, ve repentinamente salir de una casa cercana y atravesar la calle a la propia Gradiva, tal y como en su sueño se le había aparecido camino del templo de Apolo. ¿Se trata de una alucinación de Hanold perturbado por el delirio, de un fantasma “real” o de una persona de carne y hueso?. Llegada ante la casa de Meleagro desaparece la figura de Gradiva y al penetrar en ella, halla de nuevo ante sí a la singular aparición, sentada en una pequeña gradería entre dos columnas. Habiendo atribuido a Gradiva en una de sus imaginaciones un origen griego, se dirige a ella en esta lengua, y he aquí que el bello fantasma sonríe dulcemente y exclama: si quiere que le comprenda, hábleme en alemán. Entonces caemos en cuenta de que la Gradiva a quien creíamos fantasmal, es una muchacha alemana real. El delirio de Hanold no queda tan rápidamente disipado como el nuestro y le pide que repita la escena del sueño, cuando ella muere en las gradas de la escalinata del templo; ella desaparece como si la proposición del joven arqueólogo la hubiera ofendido. Para nosotros los lectores, a los que nos interesa ya Gradiva como una viva personalidad, observa el poeta que el disgusto del día anterior se ha trocado en una expresión de vivo interés . Efectivamente la bella desconocida somete a Norberto a un minucioso interrogatorio durante el cual la muchacha sigue el delirio de Hanold y, sin contradecirle, logra que el joven vaya descubriéndole su fantasía revelándole que dio a la imagen escultórica el nombre de Gradiva, a lo que ella contesta que se llama en verdad Zoe, Zoe Bertgang –hija del zoólogo Ricardo Bertgang- apellido que significa exactamente lo mismo que Gradiva, esto es, “la que avanza esplendentemente”.

El sueño y el delirio proceden de la misma fuente, es decir, de lo reprimido, y el sueño es, por decirlo así, el delirio fisiológico del hombre normal. Hasta este momento, hemos asistido al desarrollo de su delirio calificado así repetidas veces por el autor del relato poético; ahora vamos a ser testigos de su curación que el autor encarga a Zoe, sirviéndose del simbolismo entre la equivalencia de la represión con el sepultamiento de Pompeya, el cual resulta ser de gran importancia para la labor encomendada a la muchacha. Nuestro héroe está por completo curado de su delirio.

Sigmund Freud 1907

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Sigmund Freud - El delirio y los sueños en la «Gradiva» de W. Jensen 1907

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