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Carta de un vecino de La Manada

Martes 26 de junio de 2018. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Público

Por J.A. García

Nací en el 81, hijo de padre y madre mayores, ambos nacidos en plena guerra en el 37 y 38 respectivamente. Mi madre heredó un piso en un barrio extraño y peculiar de Sevilla. Para mí, ya a mis 37, el mejor de toda la ciudad. Nunca tuve claro si se llama Santa Teresa o Amate, pero sí que éramos como una pequeña aldea, por sus casitas bajas, sus calles peatonales, su peña comunista (que sigue actualmente, bajo la denominación de Cerro-Amate), su plaza de las moradas y, sobre todo, por una generación de niños nacidos entre el 75 y el 82, que hicimos de oro al kiosko de chuches del Manuel. Y que, por desgracia, no ha tenido relevo, en tanto que ya se ha quedado, salvo contadas excepciones, sólo en un barrio de parados de larga duración y de jubilados. Esos jubilados de ahora, que poblaron estos barrios de viviendas con el escudo de la Falange, son los trabajadores poco cualificados del boom económico de los 60.

Todavía en los 80, había cierta inercia de las costumbres franquistas. Por eso era habitual, hasta los finales de esa década, que los domingos todo el barrio estuviera en misa. Cuando llegaron los 90, la droga, con el boom de la heroína, se apoderó como una epidemia de toda la zona. Poblaron todo el barrio, sobre todo las zonas de ocio de los niños, por eso se frustró el recién inaugurado parque del Tamarguillo, ninguna de sus fuentes llegó a funcionar, y se ponían, los grifotas por decenas, en nuestra pista de futbito, mancillada actualmente, por dos canastas de baloncesto.

Vivía frente a uno de los colegios –el San Fernando– con el índice de mayor fracaso escolar, casi seguro, de toda la ciudad, no sé si alguno iría a la universidad. No voy a hablar sobre mi familia y yo, pero éramos pobres, y tuve la fortuna, que una monja, Sor Herminia, obligó a mi madre a inscribirme en las Salesianas de Nervión, cuando apenas contaba con 5 años. Esto por un lado me hizo vivir una dualidad: la de un barrio de gente humilde, con amigos de mi edad que querían ser golfos a los que les faltaba maldad, aunque hiciéramos algún cursillo de auxiliar de gamberro en el recién inaugurado Centro Comercial de los arcos, donde no pudimos competir con los canis de verdad. Nosotros éramos traviesos, íbamos al PRYCA a reventar las muestras gratuitas de patés o a gastar bromas telefónicas desde las cabinas de teléfono al primer número que se nos ocurría. Nunca nos acercamos al nivel de los vecinos del norte, los que robaban a punta de navaja, los de las canchas (quien es de la zona, lo entiende). Hoy muchos de ellos están muertos por las drogas o en la prisión Sevilla 2, aunque alguno se ha rehabilitado. Y mi otra dualidad, la de competir con compañeros y niños de clase media en un colegio salesiano, con alumnos y padres, muchos de ellos que querían ser pijos llegando a realizar puestas de largo horteras, porque en Sevilla se estila mucho el postureo. Se llegó a dar el caso, de ir con mi pandilla salesiana y que nos asaltaran para robarnos los mismos canis con los que intentaba colarme de gratis en los cines del centro comercial.

Santa Teresa – o Amate– es eso, un contraste entre un quiero y no puedo por ambas latitudes, la buena y la mala. En mi caso opté por competir con mis compañeros de clase, sin olvidar mi condición social y mi entorno. Me encanta y llevo en mi móvil canciones de Camela y de Bruce Springsteen. Santa Teresa está en mitad de una encrucijada geográfica local. Sitiada, al sur por el Cerro del Águila, el barrio con más solera de Sevilla, (no cuento con Triana, porque Triana no es de Sevilla), un verdadero pueblo dentro de la ciudad, partido en dos por Afán de Ribera, del que nosotros hemos querido ser su pedanía, por lo que la salida de la Virgen de los Dolores se convierte en el acontecimiento principal del año en ambos barrios. Al norte, por el barrio más deprimido y más pobre de España, Los pajaritos-Madre de Dios-Candelarias (los tres barrios). Es quizá donde la droga, el desempleo y la exclusión social son más palpables que en ningún otro lugar. Al oeste colinda con Ciudad Jardín y el Nervión clásico, el monocolor blanqui-rojo, el de Marqués de Pickman y la Gran Plaza.

Por desgracia, la crisis ha hecho estragos en Santa Teresa y nos estamos acercando más al norte que al Sur. Aún así, siguen siendo barrios con sus particularidades propias y con sus buenas gentes. Santa Teresa, tiene entre sus más insignes vecinos a una persona que nos ayudó muchísimo a mi familia, a alguien que fue torturado por el franquismo y que sirvió a los demás como un ejemplo de entereza y dignidad desde su peña comunista. Macoco o Paco El Comunista dio su nombre, precisamente, a la plaza que, día sí y día también, sale a todas horas manchada, sobre todo porque vive allí un indigno y un cobarde que refugiado en su manada violó y abusó sexualmente de una joven en los San Fermines.

Macoco recibió su homenaje en un barrio plagado de pensionistas, de bares baratos donde llaman “tapa” a un plato que se puede comer todos los días por tres euros o desayunar muy dignamente por 1,50. Eso sí, plagado de tragaperras, de personas que cada día caen en el pozo de la ludopatía. De gente mayor, heredera de una sociología franquista que ha transmitido a sus hijos. Algunos de los cuales nos hemos negado a aceptarla. Recuerdo cuando mi madre me quiso cambiar de colegio porque Sor Josefina nos obligó a chicos y a chicas a limpiar las aulas. Mi madre, mujer, se indignó porque “una fregona no era para un niño”. La realidad es que pensamos que la derecha ideológica está implantada en los de clase media alta, en los altos puestos militares o de la iglesia, y nos equivocamos. De ahí que cuando llegan las elecciones algunos se llevan las manos a la cabeza. ¿Hay tantos ricos? No. Por eso es mayor la victoria del franquismo, que ha hecho de la gente humilde, engendros machistas, heteropatriarcales e incluso racistas, y con mucha picaresca. Invito a cualquier periodista a hacer cola en los cajeros de mi barrio, en las noches previas al ingreso de las pensiones, atestados de gente que quiere sacar el dinero antes que se les descuente los impuestos y las multas a primera hora de la mañana.

Pero la indignación para alguien que compartió una generación de niños maravillosos viene, precisamente, por tener entre nuestros convecinos a miembros de La Manada. Somos gente humilde o pobre que hacía sus vacaciones dominicales a la playa con Excursiones Gracita; de un barrio plagado de tiendas de alimentos como la de mi Amparito de los Trigales, golpeada por el vandalismo (como cuando fue asaltada por los canis del norte ya graduados en delincuencia). También golpeados por la manipulación mediática o, quizá (contando con que no se hace con maldad) por la simplificación que se hace desde los medios de comunicación de que el barrio está con La Manada.

Aunque tengo trabajo desde hace muchos años (he pisado la universidad y económicamente no me van mal las cosas), no he dejado de frecuentar el barrio donde nací y me crié porque he adquirido conciencia de clase y me gusta disfrutar de los pequeños detalles. Por ello, al día siguiente de emitirse la sentencia de La Manada, a muy poquitos metros –vamos, cruzando la calle– estaba desayunando en la peña rociera que hace esquina con la calle donde vive el Prenda, en la plaza de las candelarias. Un señor mayor dijo que le parecía “mucha tela 9 años”, un señor de mediana edad y su hijo que escucharon el comentario, mientras cogían los cafés de la barra, salieron en tromba a contestar con palabras irreproducibles, propias de la indignación de un padre. Porque tampoco puedo reproducir lo que dijo este digno señor al señalar, lo que pasaría si lo ocurrido a la joven de los San Fermines, se lo hicieran a su hija. Ni tampoco puedo reproducir las palabras del resto de los clientes y clientas, mayoría jubilados, que estaban allí.

A mediodía, me tomé unas tapas de comida casera, en otro bar con solera del barrio (Los Barbos) y el tema era el mismo, y la indignación era unánime. Todo con la propia idiosincrasia que oscila entre la falta de educación de un barrio con un alto fracaso escolar y escasa formación, y la humildad de su gente. Porque en estos barrios, la gente habla a voces, gritando si hace falta para dar su opinión. Y que se enteren todos.

Señores de la prensa, no hace falta que cojan, como hacen cuando vienen del norte de Despeñaperros al sur, a quien menos dientes tenga, a quien tenga peor pinta, o parezca un yonqui (como ocurre cuando vienen a reírse de nosotros en algunos reportajes). Simplemente, disfruten de nuestra cultura populosa en cualquiera de nuestros numerosos bares, para palpar la rabia, la impotencia y la indignación de un barrio, que a excepción de los familiares de La Manada, grita al unísono: “¡Yo si te creo!”.

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