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Vox y el inmerecido prestigio de lo maldito

Miércoles 11 de marzo de 2020. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: La U

por Ángel Munárriz

Se escucha y se lee a todas horas. Es la cansina letanía de los afligidos, los temerosos, los convencidos del desastre, los moralmente escandalizados. «Oh, ¿has oído lo de Abascal? ¡Qué horror». «¡A mí me dan miedo!». «Uf, ¡qué malos son!». «Ah, qué peligro para la democracia». «Ay, dios mío, ¿qué va a ser de nosotros?». «Se lo van a cargar todo». «No van a dejar nada». «No respetan nada». Y todo esto, gimoteado siempre con el mismo timbre dramático.

Pues yo no lo tengo claro.

Quizás sería mejor respirar hondo y cambiar el tono. Es probable que ya hayamos dado con el contenido para hacer frente a Vox, cuyas mentiras están más que demostradas, pero nos falte encontrar el registro adecuado.

¿Algo más de autosuficiencia? ¿Cierto recurso a la ironía? ¿Un desdén justificado por la superioridad técnica de la política democrática sobre la gañanía dedicada al esparcimiento de bazofia? Seguramente todo eso sea mejor que seguir cayendo en provocaciones una tras otra, que seguir presentándonos como espejo de virtudes morales por contraste con los chicos malos de la ultraderecha. ¿Acaso hay algún anzuelo que no hayamos mordido? ¿No es obvio a estas alturas que así –censurándolos moralmente, etiquetándolos con mohín remilgado, sin bajar al barro de los hechos– reforzamos el vínculo entre el partido y sus seguidores? ¿Por qué alguien querría dejar de pertenecer al grupo de los peligrosos, al grupo de los que son respetados sin respetar nada?

Le estamos regalando a Vox nada menos que el prestigio de lo temible, de lo prohibido, de lo maldito. En la economía de la atención, quien porta la vitola de provocador tiene mucho ganado. Es una respuesta insoportablemente torpe que ha convertido a Vox en una especie de partido guay.

Rescato aquí una reflexión que compartió conmigo Guillermo Fernández, sociólogo especialista en extrema derecha europea, atento observador del fenómeno populista y sus derivadas: «Al demonizarlos moralmente, también los ensalzas, como si fueran genios del mal. ¡No lo son! Son políticos amateurs. Mucho de lo que Vox consigue lo consigue a pesar de Vox. Hay que quitarles el aura. Lo mejor que se puede hacer ante Vox es, entre comillas, normalizarlo. Me refiero a no tratarlo como un asunto moral, sino como un partido. Gente como Ortega Smith o Santiago Abascal están muy cómodos confrontando la pregunta moral. Lo que hay que hacer es mirar el programa y hacer críticas, como con cualquier otro partido»[1]. Equilicuá.

Vale, Vox tiene algo a favor que hace muy difícil detener su vuelo: el viento de cola. Pero también tiene algo en contra: en las alas llevan el plomo de su propia incompetencia. Ahí es donde hay que marcar con el subrayador amarillo. En el ínfimo nivel político de Vox. En que sus propuestas, más que peligrosas, son ridículas e irrealizables, por no mencionar lo zafiamente que las defienden sus dirigentes. Dirigentes entre los cuales, por cierto, abundan los tramposos, buscavidas y caraduras. Es difícil encontrar uno solo que haya acreditado una trayectoria digna de confianza. Observemos la trayectoria profesional de Rocío Monasterio. La trayectoria judicial y empresarial de Francisco Serrano. ¡La trayectoria política de Santiago Abascal! La trayectoria, sin adjetivos, de Ortega Smith. Eso es Vox. ¿Eso va a poder con la democracia española?

El avance de la ultraderecha es un problema serio. Pero Vox no es un partido serio. ¿No sobra a veces solemnidad en la respuesta a un artefacto político tan pueril? Tiendo a pesar que aquí, en España, deberíamos felicitarnos por que la inevitable llegada de la internacional nacionalista –por usar la divertida expresión paradójica que engloba a los Trump, Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Abascal y compañía– se haya canalizado a través de una filial tan poco agraciada como Vox. Sí, eso es lo que vengo a decir: por fortuna, nos han tocado Vox y Santiago Abascal, una ultraderecha llorona y carpetovetónica, ayuna de carisma y talento, que ni siquiera es capaz de adelantar al PP de Pablo Casado.

No digo, claro, que adoptando una actitud menos moralizante, menos dramática, más irónica y distante, vaya a quedar conjurado el problema. Pero sí que, como regla general, estaría bien un punto más de socarronería y un punto menos de alarmismo. Me apoyo en lo que he visto. Se da la circunstancia de que Vox entró vía Andalucía, lo cual me ha dado algo de tiempo extra para examinar su modus operandi. Aparte de comprobar que sus diputados tienen serias dificultades para hilar discursos dignos de una cámara de representación popular, o para presentar una PNL que no parezca la redacción de un escolar, he observado algo: les divierte ver a su alrededor cundir la indignación, adoran que a su paso haya un murmullo de fascinado temor. Es de lo que viven, básicamente. Y hemos caído en esa trampa. Entre todos les hemos acabado dando a los voxeros aire de bad boys, les hemos concedido el atractivo propio de los rebeldes. Y no.

No son peligrosos. No son fuertes. No son audaces. No son estrellas del rock. Y no dicen nada nuevo, ni rompedor, ni desafiante. Sólo mezclan un popurrí de consignas trumpistas –¡un muro en Ceuta!–, mantras de la extrema derecha europea –¡ideología de género!, ¡islamización!– y cánticos aguardentosos del militarismo nacionalcatólico. Hace falta más –desde luego, debería hacer falta más– para doblegar a la democracia española.

Es una torpeza proclamar miedo o escándalo ante Vox. No sólo porque el miedo es la materia prima de la política ultra, sino por una razón de índole más psicológica. Cuando identificamos a los de Vox como los que dan miedo, nos estamos identificando al resto como los que tenemos miedo. Y si ofrecemos a la gente la disyuntiva entre ser lobo o ser cordero, muchos elegirán lobo. A veces no somos conscientes de la cantidad de gente que se siente solidaria con el fuerte, y no con el débil. Los abascales se pasean hoy con chulería porque disfrutan del prestigio que en todos los patios de colegio tiene el abusón.

No, Abascal no es un hombre de acción, como se vende, ni un rompedor de tabúes de la corrección política. Es un disciplinado correveidile de la derecha beata de toda la vida. Es un profesional de la política, enchufado de chiringuito de Aguirre, un resentido del PP, con una trayectoria plana y carente de épica, que ha tenido la suerte puntual de estar en el momento justo en el lugar oportuno. Un político de diseño que ha dedicado más tiempo al cuidado personal que a la elaboración de un discurso político. Ya está. No es nadie, no ha hecho nunca nada. Y jamás ganará, porque la mayoría de la sociedad española jamás lo votará. Eso es Santiago Abascal. No es un villano de cómic, es una caricatura.

El desafío a la democracia no es por Vox, un partido que ofrece un lamentable nivel de pericia política, con un líder que se pone a sudar en cuanto tiene que dar más de media explicación y una corte de gregarios que no saben más que imitar con grosería castiza lo que han visto hacer a otros con éxito antes que ellos. El desafío de la ultraderecha está en pie a pesar de Vox, quizás el intérprete más torpón que podía tener la pegadiza partitura populista. Su ventaja es que lo tienen (casi) todo a favor, empezando por un sinfín de medios de comunicación fascinados por su aureola. Pero ni con todo a favor serán capaces de ganar. Es su sino: perder una y otra vez.

Quitémosle algo de hierro. Vox sólo es la franquicia local de una gran cadena de política basura que se ha encontrado sin merecerlo con un pico de demanda. Nada con lo que una democracia convencida de serlo –he aquí el quid del asunto– no pueda lidiar. Sin escándalo, sin miedo, sin drama. Y sin prisa. Porque han llegado para quedarse.

Nada de particular

Sería una anomalía, casi un milagro, que en España no hubiera un Vox. Están más que estudiados los factores que alimentan el éxito de este tipo de productos ultraderechistas en medio mundo. La digitalización –y en breve la robotización– hace moverse el suelo bajo los pies de millones de trabajadores, cada vez más precarios y atemorizados, abiertos al sencillo recurso de culpar al extranjero de sus desvelos. La crisis de los grandes partidos ha retirado un cortafuegos contra los nuevos mesías, que se abren paso con plataformas políticas sin implantación territorial pero con potencia de fuego mediático. Los cambios de composición demográfica de países fundados sobre una base monoétnica han conducido a una rebelión contra el pluralismo. El boom de las redes sociales, la reducción de la intermediación, las noticias falsas, la segmentación de las audiencias y el consumo aislado de información sesgada en la propia cámara de eco se confabulan para allanar el camino a los instigadores del descontento, que triunfan con un mensaje que combina el «yo soy el pueblo» con el señalamiento de culpables fantasmales fácil de identificar (Washington, Bruselas, la inmigración…).

Prolifera la mentira. Es lógico que prosperen los mentirosos. Es pura normalidad. No la agravemos convirtiéndolo en algo extraordinario.

Vox no ha inventado nada. Cumple uno a uno todos los elementos del catálogo de comunes denominadores de la ultraderecha, identificados en libros tan variados como Facha. Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida, de Jason Stanley (Blackie Books, 2019), Anatomía del fascismo, de Robert O. Paxton (Capitán Swing, 2019), Instrucciones para convertirse en fascista, de Michela Murgia (Seix Barral, 2019), y Antifa. El manual antifascista, de Mark Bray (Capitán Swing, 2017). Por el nacionalismo desbocado y el idealismo revisionista, por el victimismo permanente y la obsesión por el orden, por la discriminación por razones culturales y religiosas, por el rechazo a la diversidad sexual y a la mediación intelectual, por todo ello Vox es un partido ultraderechista canónico, de manual. No hay en Vox nada nuevo, ni original. Sus dirigentes se limitan a aplicar con poca brillantez la estrategia Bannon: polarizar, dividir, atraer toda la atención, marcar la agenda –a base de mentiras, si es preciso–, señalar unos culpables fácilmente identificables e inundar el espacio público de estridencia demagógica. Por último, una vez generada la sensación de caos, sólo queda ofrecer la identidad como refugio seguro ante un mundo bajo la tormenta. Y recoger las ganancias, engordadas a su vez por el cabreo popular que suscita el pico de nacionalismo catalán.

No son genios, ni mucho menos. Al contrario. No hay más que ver en acción a los voxeros de primera línea para darse cuenta de que, por regla general, abundan más los mediocres que los cráneos privilegiados. Se limitan a explotar sin demasiada pericia una fórmula simple pero eficaz, que se beneficia de la endogamia y la polarización en el consumo informativo, del creciente tirón de la identidad nacional como motor del voto y del descontento popular ante la precariedad y la incertidumbre. Nada sofisticado.

Lo que ocurre no deja de ser lógico. En un mundo que gira a velocidad de vértigo, significativas capas de la población buscan referentes que transmitan seguridad, fortaleza, fuerza, claridad de ideas, un faro en la tormenta… Y a llenar ese vacío acuden, en ademán salvador, los Trump, Bolsonaro, Salvini o Abascal, fingiendo que saben lo que hay que hacer. Pero no lo saben. Y nos corresponde desenmascarar su farsa y su negligencia, no alimentar su aura presentándolos como villanos terribles con un plan secreto para dominar el mundo. No son gran cosa. Sólo les ha tocado un buen momento. No prosperan por sus propios aciertos, sino por los errores ajenos. No estaría de más dejar de cometerlos. Y el primero de todos ellos es sobrevalorar a los nuevos apóstoles del «Estado del malestar».

Dejó dicho John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, que las democracias únicamente mueren por suicidio. Así que el combate contra el avance de la carcoma ultraderechista sólo puede fracasar si se abandona. Hay muchas tareas por hacer y muchos frentes por cubrir. A todos –a los que nos sigue importando esto de la democracia, me refiero– nos toca reivindicar la complejidad frente el embate diario de los simplificadores, como con tanto acierto viene explicando el filósofo Daniel Innenarity. Además, es siempre imperativo «disputar el marco», si se me permite esta expresión algo cursi pero efectiva, para no pegarnos todo el día como bobos comprando los temas de Vox: que si la «invasión» de inmigrantes, que si el «pin parental»… Los partidos liberales y conservadores –no sólo ellos, pero sí fundamentalmente ellos– tienen la obligación extra de evitar el contagio de las ideas ultra y el crecimiento de la llamada «zona de aquiescencia», en sintagma de Pippa Norris. Y luego está la responsabilidad específica de los medios, que obligaría a un artículo aparte.

De modo que no habrá héroes salvadores ni recetas mágicas para bajar del pedestal a los nuevos profetas del resentimiento. Sólo compromiso colectivo, convencimiento democrático, resistencia a la mentira… y paciencia. Mucha paciencia. En cambio, la tentación de los atajos está ahí. Y ya hemos identificado el más socorrido: la crítica moral, la proclamación universal del miedo. A base de repetirla, los hemos convencido incluso a ellos. Han empezado a sentirse temibles. Y a infundir cada vez más temor. Ojo con las profecías autocumplidas. Hay que romper el círculo vicioso. Empecemos por un poco de ironía, una sonrisa maliciosa y quizás algo de desdén. No son para tanto. Si los miramos con detenimiento, más que al miedo mueven a la risa.

Ángel Munárriz (@angel_munarriz) es periodista del diario Infolibre. Además, participa en tertulias radiofónicas (La Ventana Andalucía y Hora 25, en la cadena SER) y televisivas (Acento Andaluz, en 7TV). Es autor de Iglesia SA. Dinero y poder de la multinacional vaticana en España (Akal, 2019).

Notas

[1] Munárriz, Ángel. (17 de noviembre de 2019). “La democracia ante el desafío ultra: ideas y lecciones frente a la extrema derecha”. InfoLibre. Recuperado de: https://www.infolibre.es/noticias/politica/2019/11/15/la_ultraderecha_llego_para_quedarse_ideas_lecciones_para_desafio_democratico_largo_plazo_101008_1012.html

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