Solana en el Hebe

18 de junio. Fuente: Por Irene Zugasti Hervás

Sospecho que, con la cumbre de la OTAN a las puertas, se redoblarán esfuerzos para deslegitimar a todos los movimientos que la critiquen desde las filas de la izquierda. Pero, por favor, no llamen comodidad al esfuerzo de todas las personas que trabajan construyendo alternativas a lo que esta cumbre representa.

Barbudo, cigarro en mano, con ese estilo de jersey holgado y camisa medio desabotonada tan de justiciero rojo de la época, rodeado de jóvenes en chupa y zapatillas. La imagen de Javier Solana en el Hebe de Vallekas en 1981, en plena campaña contra el ingreso en la OTAN, suele aparecer en las redes de cuando en cuando, como un meme sin gracia, o una triste ironía desgastada. Vuelve para recordarnos esos pecados de juventud, esos “donde dije digo”, para recordarnos, en fin, que todas tenemos precio. Sería impagable poder, con lo que hoy sabemos, conducir un Delorean vallecano hacia el pasado (sería un Renault5, fijo) y poder sentarse en una de esas mesas del bar, haber escuchado los argumentos, las preguntas, el apasionamiento, haber creído, como debieron creer muchas vallekanas y vallekanos, que Solana era uno de ellos. Aunque el pie de imagen rece que era un mitin Anti-Otan, no era del todo cierto. Pero para eso, hay que hablar de Vallekas.

Toda persona de bien al sureste del río Manzanares habrá alternado alguna noche de su vida en el Hebe, o al menos, su nombre le sonará familiar. Para las no iniciadas, el Hebe, que compartía nombre con la diosa griega de la juventud, era un bar de rock and roll del barrio de Vallekas que levantó el cierre en 1980 como negocio familiar.

Decir que sólo era un pub es muy injusto, porque era mucho más. En su barra, que era “la barra del barrio”, crecieron varias generaciones vallecanas curtidas en el activismo y la solidaridad. En sus mesas se celebraban asambleas vecinales, se reunían partidos y asociaciones, y su escenario siempre estuvo abierto hasta al más abyecto grupo de punk. Sus fiestas llenaron cajas de resistencia financiando luchas sindicales, centros sociales y proyectos culturales, y alrededor de sus calles, cada noche de sábado, rondaban amigos, amantes, peleas y verbenas.

A ojos del relato social, Vallekas era un pozo —nunca mejor dicho— de kinkis, drogadictos y perdedores del desarrollismo. Nadie regaló nada a Vallekas

En 1981, las noticias que sonaban en la radio de las vecinas de las casas de Vallekas contaban la dimisión de Adolfo Suárez, la boda de Lady Di o el “quieto todo el mundo” del golpe de Estado. Cinco días antes del 23-F, Calvo Sotelo se sentaba con Thatcher y Reagan, recién llegado a la presidencia de los Estados Unidos, para confirmar la entrada de España en la Alianza Atlántica. Paquirri e Isabel Pantoja confirmaban su relación y en Radio Belgrado se preguntaban qué hacer con eso de los Países No Alineados ahora que se había muerto Tito. Raffaella Carrá brillaba en la tele, caliente, caliente (aahh-aahh), y casi, casi, matan al papa polaco.

En 1981, vivir en el Vallekas del Hebe era, como cantaban los Topo, todo un problema. A ojos del relato social, el barrio era un pozo —nunca mejor dicho— de kinkis, drogadictos y perdedores del desarrollismo. En aquel entonces, que te considerasen un kinki era un estigma clasista, lejos de ese absurdo culto al lumpenproletariat que sólo se entiende desde el privilegio. Pero detrás del mito vivía y se organizaba una juventud devorada por el paro que había crecido en chabolas construidas con nocturnidad y alevosía. Una juventud que había visto a sus madres deslomarse limpiando para los señoritos y a sus padres trabajar jornadas salvajes en la capital a la que se marchaban por las mañanas con los zapatos limpios en una bolsa para poder quitarse las zapatillas llenas de barro al entrar al metro.

Nadie regaló nada a Vallekas: cada centro de salud, cada escuela, cada biblioteca, o hasta el pavimento que se pisaba, se ganaban, como en la guerra, palmo a palmo. De guerra sabían mucho en el barrio, porque eran los hijos e hijas de quienes la perdieron. Por eso, objetores, insumisos y “antimiliis” no querían oír hablar de más conflictos ni más ejércitos: sus frentes estaban en Entrevías, en el Pozo o en Palomeras, sus contingentes, en las madres contra la droga, en la parroquia roja, o en la asociación de vecinas. Los niños bien de la Movida Madrileña —esos a los que limpiaban la mierda las madres vallecanas— jugaban a ser rebeldes en el Rock-Ola, mientras que en la pequeña Rusia los movimientos vecinales y juveniles tomaban la antigua sede del Movimiento para hacerla casa de la cultura. Fue precisamente en 1981, en ese hervidero militante, cuando Vallekas acogió una de las primeras marchas del Orgullo. También ese mismo año, en el calor sofocante de julio, unos chavales abrían las bocas de riego para refrescarse y así nacía su propia Batalla Naval.

El Partido Socialista estaba entonces ultimando su gran asalto a los cielos —estos sí que llegaron, ¿eh?— y sus líderes se reunían con militantes locales y colectivos juveniles del barrio para explicar su programa. Fue en una de esas reuniones donde se tomó la famosa foto de Javier Solana y el porro en el Hebe. La imagen, por cierto, tomada por un fotógrafo de confianza, acabó vendida en manos de Mario Conde en el baile de traiciones y dossieres que protagonizara el partido una década después.

Y me pregunto, ¿qué puede pasar en la vida política para pasar de reunirte en el Hebe a darle al botón de bombardear Belgrado? Es una pregunta retórica, obviamente. Por supuesto que sabemos lo que pasa, lo que pasó, después del “de entrada, no”.

Pero no deja de ser fascinante imaginar el camino.

Javier Solana dando un mítin anti OTAN en el pub Hebe en 1981. Vallecas, Madrid.

Leyendo a Solana hoy, en el informe del Instituto Elcano con motivo del 40 aniversario de la adhesión titulado “Hablan los protagonistas”, no hay asomo de duda ni espacio para la controversia. Cuatro décadas apuntalan hasta la peor de las decisiones. “El ingreso de España en la OTAN […], la entrada de España en las Comunidades en junio de 1985, y el reconocimiento de Israel, a principios de 1986. Con estas decisiones históricas, España encontraba su lugar en el mundo.” Además de eso de encontrar el lugar en el mundo, afirma, con la OTAN se modernizaron las fuerzas armadas —que hasta aprendieron inglés— y se caminó hacia la prosperidad y la seguridad. Nada dice, lógicamente, de en qué bolsillos cayó desde entonces el opaco, pero siempre creciente, presupuesto en Defensa, ni cual fue el coste en vidas de las intervenciones militares, ni el impacto medioambiental de su industria, ni los absolutos fracasos de muchas de sus misiones.

La política de lo posible, de lo realista, de lo conveniente, se va estrechando, estrechando, como las arterias con el colesterol, hasta casi no dejar correr la sangre al corazón

Por eso, más retranca que lo del inglés tiene el que, en defensa de las bondades de ser de la OTAN, subraye el papel de España en Afganistán operaciones como Resolute Support, (Apoyo Decidido), sobre todo, viendo cuáles han sido las consecuencias, especialmente, para ellas, las afganas. Por cierto, permítanme el inciso: de los protagonistas entrevistados, (diecisiete) sólo hay dos mujeres, Margarita Robles y María Dolores de Cospedal. Convendrá recordarlo cuando se nos bombardee, a no mucho tardar, con el “purplewashing” de la Alianza como adalid de la igualdad, la diversidad, y de nuestras libertades.

“El Gobierno, por fin, ofrece el camino que le parece más realista y conveniente para España” reza el Diario de Sesiones del Congreso de 1986. Dijo González aquello de “Yo he madurado, madurad conmigo”. Porque madurar es hacerse más realista, más pragmático, tener miedo de perder el trabajo, la hipoteca o la casa si eres un muerto de hambre, pero el miedo también de perder el prestigio, el poder, el frágil equilibrio que supone acumular demasiados privilegios. Y de eso hubo mucho en el PSOE.

La política de lo posible, de lo realista, de lo conveniente, se va estrechando, estrechando, como las arterias con el colesterol, hasta casi no dejar correr la sangre al corazón. Como esas habitaciones de las películas de Indiana Jones, que encogen sus paredes hasta no poder casi moverse, hasta convertir en revolucionario lo que otrora era un derecho conquistado y hasta constitucional: como los contratos indefinidos, la sanidad pública o aquello de subordinar la riqueza al interés general.

Invito a la lectura de “Las razones de González contra la OTAN” que el expresidente pronunciara al final del pleno del Congreso del 29 de octubre de 1981. "No queremos que España entre en la Alianza Atlántica; por razones de seguridad, porque aumenta nuestro riesgo en caso de una guerra nuclear limitada, ya anunciada públicamente; porque nos convierte en un país beligerante, condición que hasta este momento no teníamos; porque los objetivos estratégicos de la OTAN son diferentes de los objetivos estratégicos prioritarios de nuestro país, cosa que no ocurre en otros miembros de la Alianza; porque no garantiza nuestra integridad territorial; […] Los problemas de la crisis, del paro, de la educación, de la cultura o de la vivienda nada tienen que ver en la preocupación de los ciudadanos españoles con este deseo de ingreso en la Alianza Atlántica”. Si los argumentos de juventud de González son los mismos que podrían blandirse hoy, no es porque sean simples, es porque son obvios. Sería una fantasía impagable repetir hoy el encuentro de Vallekas, y preguntar, a todas las presentes, en qué ha beneficiado esta alianza militar a lo largo de 40 años en sus vidas.

Sospecho que, con la cumbre de la OTAN a las puertas, se redoblarán esfuerzos para deslegitimar a todos los movimientos que la critiquen desde las filas de la izquierda, desde los antimilitaristas a los cristianos de base, desde los anticapitalistas a los pacifistas. Y sospecho que algunas de las más amargas vendrán de quienes más duelen. Porque no hay peor fanático que un converso, en algunos casos, y en otros, por ese complejo equilibrio de vivir entre el dicho y el hecho, entre lo simbólico y lo material, entre las concesiones y las conquistas. Hay que ser institucionales.

Pero, por favor, no llamen comodidad al esfuerzo militante, desinteresado y honesto, de todas las personas que trabajan construyendo alternativas a lo que esta cumbre representa. No llamen estúpido al conocimiento colectivo del antimilitarismo, cuyos informes y estudios son la única información accesible que tenemos para dimensionar el negocio de la guerra. No llamen fetichistas a las pacifistas, pues precisamente gracias a su histórico empeño tenemos libertades y derechos que hoy están en las Constituciones y en las resoluciones de organismos internacionales. Quizá, sin ellas, ustedes también estarían hoy matándose a balazos. No se atrevan, asfixiados por los cada vez más estrechos límites de “lo posible”, a llamar ingenuas a las personas que creen que hay alternativas, porque claro que las hay, por supuesto que las hay, ¿o cuántos años llevamos viviendo tiempos extraordinarios?. No las infantilicen, porque tienen argumentos, cifras, datos y conocimiento, probablemente, más que muchos de los que escriben titulares difamándolas. No llamen tristonas, ni aburridas, ni gruñonas, a tantas y tantas buenas personas, porque el optimismo de la voluntad tiene muy poco que ver con eso, y quien ha vivido en ella bien lo sabe. No pidan al prójimo lo que no tendrían valor de exigirle a Solana.

Me pregunto cuantos delimitadores de lo posible y cuántos arquitectos de lo inevitable habrán compartido futbolín y copas en el Hebe. Me pregunto también, si no es injusto juzgarlos desde la barra. A diferencia del futbolín, en esto de la política se juega contra quienes inventaron las reglas, y así, parece difícil ganar cualquier partida.

El Hebe echó el cierre definitivo en 2018. Era insostenible acometer la reforma que el Ayuntamiento de aquel entonces le requería para mantener su actividad. No hubo concesiones ni favores para el Hebe, porque había que ser gestores y ejemplares. Las concesiones, quizá, tenían que hacerse en el norte, en Chamartín, o en los presupuestos municipales. Pero en Vallekas —no les queda otra— siguen librándose las guerras justas, como buen puerto de mar.

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