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Martxa eta borroka reloaded: Por unas fiestas populares radicales

Martes 21 de agosto de 2018. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: El Salto

El modelo festivo popular se acerca a la crisis de los cuarenta mientras miles de personas voluntarias erigen txosnas en la febril actividad veraniega. Si su éxito ya en la mediana edad en cuanto a público y aceptación social nadie pone en duda, ¿qué ocurre con sus objetivos políticos?

Un verano más implica para generaciones militantes en Euskal Herria un tour extenuante por barras instaladas en fiestas populares. Sin duda, el modelo festivo popular surgido hace casi 40 años muestra una aceptación social notable y las txosnas son una parte indivisible e imprescindible en numerosas celebraciones de la geografía vasca, como parte integrada en el paisaje estival.

Esas antaño precarias estructuras metálicas coronadas por un toldo sirvieron a finales de los 70 para renovar la embrutecedora fiesta franquista, que el régimen aprovechaba para recordar quién había ganado la guerra y pasear sus apoyos políticos: la Iglesia, las autoridades institucionales y la Guardia Civil.

Con una democracia titubeante y de escasa calidad, el movimiento popular y asociativo se hizo en territorio vasco con el resquicio más nimio de la transición para convertir las fiestas en un escaparate de los valores que quería proyectar: el retorno masivo al espacio público y la cooperación, así como el hedonismo frente a la dictadura moral nacionalcatólica.

Aunque este modelo parece cómodamente aceptado, es obvio que muchos partidos e instituciones lo liquidarían gustosamente por ser un espacio de politización al margen de la asepsia democrática. Esta tentación por hacer desaparecer o domesticar aquello que no controlan, hace necesario no perder la tensión precisa para defenderlo. De hecho, en el último año se pudo asistir a la censura de una comparsa en Bilbao por parte de la Iglesia y grupos de extrema derecha debido a su mensaje irreverente y anticlerical, mientras que otros años el caballo de batalla ha sido la presencia de imágenes de preso/as político/as vasco/as. Los ataques a las manifestaciones más politizadas de la fiesta popular han sido una constante, y de igual manera que muchos representantes políticos tienen la fantasía no declarada de acabar con este tipo de fiesta popular, muchas empresas y miembros de la hostelería también anhelan ese espacio.

Pese a ello, el modelo festivo se debería enfrentar en esta época de cambio de ciclo político y de cuestionamiento militante a una pregunta inquietante: ¿las fiestas populares son realmente alternativas? Tanto para unas realidades modestas, como las fiestas de pequeños pueblos, como para otras más masivas y politizadas, es constatable que en 2018, el sistema capitalista dominante guarda ya poca relación, en algunos aspectos, con aquel franquismo sobrio que se ponía en cuestión. La fiesta ya no rompe con el muermo democrático, sino que está ligada a la reproducción del capitalismo liberal: trabajar cinco días y rendirse al ocio consumista otros dos (sea en el centro comercial o en el bar). En la CAV, los eventos culturales florecen mercantilizados para mayor gloria de un territorio que se quiere valorizar de cara a ese bárbaro que arrasa con todo: el turista. De la capitalidad europea al BBK Live, pasando por otros saraos internacionales como los premios MTV, las citas internacionales arrasan con los lazos locales y barriales al ritmo impuesto por Airbnb y la industria hotelera y hostelera. Y si bien es cierto que la fiesta popular se distingue por seguir otros objetivos que los meramente económicos, ¿la hace eso inmune a la crítica? En definitiva, ¿cuánta distancia hay entre los valores que pregonan los colectivos y su reflejo festivo?

No cabe duda de la función que el modelo festivo ha tenido históricamente, pero, desde luego, se le debe dar una vuelta para que lo desembarace de contradicciones que, en el peor de los casos, se han vuelto invisibles por la fuerza de la repetición. O para proponer aspiraciones mayores que las explícitas (diversión, financiación...) y abordar las implícitas (relaciones y valores). A pesar de las virtudes de los festejos populares, en los que actitudes como el machismo o el racismo se combaten, su potencialidad seguramente está aún lejos de lo que podrían dar de sí.

Si partimos de que el consumismo es parte fundamental del capitalismo moderno, es innegable que las txosnas fomentan el consumo de drogas, principalmente el alcohol, lo que se ha convertido en un dogma intocable. Puede que este sea un debate superado, sin embargo, quizá es momento de asumir, al menos, que las drogas ilegales campan a sus anchas sin que el movimiento popular tenga un discurso, y lo que es aún más grave, una práctica en torno a ellas.

En ese aspecto, el modelo festivo popular no se diferencia en gran cosa en la actitud que la sociedad, en general, mantiene respecto a las drogas ilegales. Si bien no se consumen públicamente, se mantienen en una privacidad muy extendida. La gama de actitudes y prácticas que se sitúan entre la prohibición y la normalización son extensas, pero en el ámbito festivo popular no se camina ni en uno ni en otro sentido. Es decir, ni se pone sobre la mesa la necesidad de afirmar el monopolio de venta de drogas (en este caso, legal, el alcohol) para rechazar el narcotráfico o asumir las contradicciones de cumplir la legalidad vigente, ni, en el otro extremo, se debate el reconocer que el consumo de drogas es una actividad social que puede ser reconocida (habilitando espacios en los que consumirla sin bloquear los baños, por ejemplo).

Esta deficiencia se enmarca en la falta de visión respecto a que el espacio público no sólo ha de ser utilizado, sino también gestionado con cierto sentido de la responsabilidad y la autonomía. Parece que poco a poco se hace frente a las agresiones machistas con brigadas de acompañamiento (una idea que algunas instituciones ya han copiado), pero aún quedan cuestiones como las peleas, la seguridad, los residuos, la suciedad o los meados. Otras encrucijadas que esperan es la incorporación de otras culturas a unas celebraciones dominadas por el alcohol o la extensión del recinto festivo a todas las edades, y no solo a las personas jóvenes o a quienes pretenden serlo (ese sujeto mercantil entre 18 y 35 años). Y por supuesto, ahora que surgen incipientes modos de organización de este colectivo, no menos relevante puede ser discutir cuál puede ser el lugar de las y los vendedores ambulantes.

Otro de los debates eternamente aplazados es el que surge en torno a una de las ideas que más ha recalcado el feminismo en los últimos años: el cuidado. ¿En qué consiste exactamente? ¿Es posible compaginarlo con turnos de barra maratonianos y a deshoras?

Para algunas personas, una de las claves para resolver estos desafíos pasaría intrínsecamente por la agregación de nuevos sectores a la organización de las fiestas, lo cual plantearía nuevas contradicciones, que seguramente merece la pena explorar. Esta es una tensión que ya se da en algunos lugares como Bilbo, en los que algunas comparsas poseen un claro componente político y un proyecto detrás, mientras que en otras no queda claro cuál es su composición ni su cometido. Sin embargo, en numerosas cuestiones son capaces de adoptar posiciones comunes, e incluso expulsar a quienes las contravienen.

En cualquier caso, si los males endémicos citados son manifiestos, seguramente los efectos más perniciosos se den en el propio carácter de la militancia, por influencia del modelo festivo. De facto, una de las virtudes de las fiestas es poder atraer a nuevas personas a la práctica política. Pero, por desgracia, el quehacer activista está tan volcado en el ámbito festivo (no solo en verano) que la formación que los movimientos sociales ofrecen es muy a menudo lo que cualquier camarero puede aprender, pero en un medio material más precario. Así, el bagaje más lamentable que una activista puede llegar a desarrollar tras años de militancia, es carecer de unos conocimientos mínimos para salir bien parada de una detención, mientras se conoce todos los entresijos de la gestión de una barra.

Por clamoroso que pueda parecer, esto no es el problema, sino el síntoma de una carencia mayor. Con el decaimiento de la cultura del conflicto, la militancia parece cada vez más ligada al ocio. Por tanto, para muchas personas, una vez que se acaba el tiempo libre por los compromisos más diversos, se trunca su actividad política. Debido a la excesiva importancia que cobra el modelo festivo en la vida política del tejido asociativo, se hacen aún más sangrantes sus omisiones, incoherencias y debates pospuestos, en tanto que no se construyen alternativas en el ámbito de las relaciones laborales, de producción, de cuidado o de otro tipo (vivienda, ecología, relaciones comunitarias...). Esto es, formas de vida autónoma que ubiquen a las personas más allá de los paradigmas de separación de lo productivo y del ocio. Un ejemplo puede ser el de la producción de las bebidas que en las fiestas populares se consumen. Aunque sería complicado que todas las txosnas se remitieran al mismo proveedor, la realidad es que tras casi 40 años de fiestas, los principales suministradores de alcohol y bebidas son grandes empresas multinacionales (en algunos casos objeto de campañas de boicot). Son pocas las cooperativas que han surgido y escasa la ayuda para que la economía sea lo más circular posible y revierta en los sectores más cercanos a la mano de obra voluntaria que mueve el modelo popular. Mientras esto ocurre, las grandes corporaciones, y el estado en forma de impuestos, siguen siendo las que más beneficios obtienen de los festejos populares.

Comentario destacado de un lector en la web de El Salto

Kaixo Aitor

Creo que por la Ekintza o en otros formatos ya habíamos oído de tu crítica al modelo de fiesta, alcohol y otras drogas que basicamente impera en todo occidente y, como no, Euskalerria no ibamos a ser la excepción. Aún así me parece que tu crítica es acertada en algunos puntos pero carece de comparación con los modelos festivos d enuestro alrededor, los cuáles están alejados de la cultura militante y en muchos casos se centran en festivales patrocinados por multinacionales o, en el mejor de los casos, en casetas d ecalle impulsadas por los hosteleros locales.

Sin caer en la auto-complacencia, y como militante del movimiento popular y su rama festiva en lo que toca y en lo que se nos solicita (turnos en pueblos dónde colectivos amigos ponen txosna), me permito hacerte algunos comentarios a tu artículo.

Para empezar, nuestras fiestas no son alternativas, son hegemónicas, y esperemos que así siga siendo. Es decir, las txosnas impulsadas por el movimiento popular, las asociaciones culturales o deportivas de cada pueblo demuestran una capacidad de tomar la centralidad de las relaciones sociales en un momento clave de las mismas, la celenbración de las fiestas patronales, fiesta mayor o lo que proceda en cada caso, con las muchas diferencias que un análisis exhaustivo pueblo a pueblo nos permitiría.

Mencionas el BBK, MTV y demás saraos ultra-capitalistas, que me vas a permitir pero me parecen justo que son lo antagónico al modelo de txosnas militantes, dónde de forma voluntaria, en pro de diversas causas justas, la peña del pueblo o barrio se pone meses antes a hacer de las fiestas un momento de divertimiento, de reivindicación, de impulso de un discurso antagónico al del sistema dominante (anti-sexista, anti-capitalista, anti-racista, comunitario, más o menos horizontal y militante).

En relación al tema de las drogas, y asumiendo las contradicciones que a cada cuál puedan generar sus hábitos y adicciones, decir que ni monopolio del consumo de alcohol, ni fomento del consumo de drogas ilegales. Poner espacios para hacer rayas me parece algo discutible (eso si sería fometarlo más explicitamente) y si lo haceis en Aiaraldea ya nos contais que tal ha ido.

Sobre peleas, residuos, suciedad, meados... es cierto que queda mucho por hacer, pero tampoco podemos pretender reventar el sistema en sus fundamentos con panfletillosm carteles y txapas. En realidad creo que las instituciones deberían poner más de su parte en esta materia, y especialmente en la suciedad y residuos, que es dónde creo que más nos falta por lograr, reiterando las dificultades de nuestra cultura anti-ecológica, la incineración por sistema de las basuras, el mal reciclado, etc.

Los cuidados feministas... pues diría que en las txosnas se impulsa esto más que en otros espacios festivos, más que nada porque las feministas militan en las txosnas d etodos los pueblos e impulsan iniciativas en este y otros sentidos.

Mencionas la importancia del componente político y, social, pero acaso el cultural o deportivo debería tener menos cabida en las txosnas ? ¿ Acaso preferimos una txosnas estrictamente socio-políticas ? ¿ o no es mejor que entidades deportivas y culturales de diversa índole participen de espacios comunes de auto-organización de las fiestas ? Para mi es evidente la respuesta, incluso desde una perspectiva meramente política y de construcción de poder popular.

Dices que el quehacer activista está volcado en el ámbito festivo ? Igual es una crítica pertinente para algunos Gaztetxes, pero en realidad no creo que ninguna de las entidades que promueve Bilboko Konpartsak o que organizan las toxsnas en casi todos los pueblos y ciudades de nuestro país estén centrados en la fiesta. Más bien diría que las fiestas tienen a la vez un fin recaudatorio, de impulso cultural a los valores sociales y políticos y de captación de nueva militancia.

Dices que estamos en la cultura del ocio ? No se, es verdad pero las txosnas reducen este efecto más que acrecentarlo. ¿ O acaso propones que se cancelen las fiestas patronales y organicemos reuniones en su lugar ? Creo mejor seguir defendiendo una cultura militante que se implica en las fiestas y muestra a nuestras vencidades que, además de dar la brasa con nuestra causas y reivindicaciones, podemos aportar algo al común de la cotidianiedad, en algo tan importante a la cultura popular como es la fiesta, sea para divertirse, sea para pelearse, pero en cualquier caso para construir comunidad, con una militancia organizadora de este momento importante de toda localidad que son sus fiestas patronales.

Y bien, sí, compramos la cerveza y el kalimotxo y las botellas a empresas multinacionales, bien, la alternativa ahí es bien sencilla y se abre paso en algunos lugares, poniendo cañeros de cerveza local (Boga está afú en ello), bien buscando alternativas en los refrescos, promovieendo licores o combinados caseros. En cualquier caso, si lo comparamos de nuevo con otros países, consumen las mismas bebidas en pro del lucro privado, en vez de en favor de la financiación de los movimientos.

Y lo últimos, el Estado en forma de impuestos no es el más beneficiado, y espera a que llegue la pelea por la fiscalización de la txosnas. Que ya se pensaba que iba a ser este verano y al final no ha sido, seguramente por estar en año pre-electoral. Si vuelve a ganar el PNV en pueblos y foralidades, el verano que viene aplicarán la legalidad del capital a las txosnas y un 21% de lo facturado lo tratarán de sustraer para los impuestos. Y eso si que va a traer problemas al modelo festivo actual.

En cualquier caso, no estaremos de acuerdo, pero me parece que tu artículo estimula un deb ate importante, y sea por tanto bienvenido. Os dejo que me bajo pa Bilbao al turno de turno ;-)

Moxu bet Jon Bernat

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