Levanten nalgas. Hacia una perspectiva marica de la insumisión a la mili

27 de noviembre de 2022. Fuente: Cuerpos Periféricos en Red

Este ensayo, con muy ligeras rectificaciones, fue autopublicado por La Radical Gai de Madrid y la Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español (COFLHEE) en el primer lustro de la pasada década de los noventa, cuando miles de jóvenes seguíamos siendo llamados a filas para cumplir el servicio militar obligatorio y una parte considerable del colectivo lgtbiq+ nos sentimos interpelada por la cuestión antimilitarista y la insumisión al reclutamiento forzoso. Aunque muchos de los elementos de debate que emergen en este texto solo pueden entenderse de manera muy situada, en un tiempo y un espacio concretos que no son los de ahora, consideramos que otros son de la mayor vigencia, a la vista de lo que está ocurriendo en Rusia, con el reclutamiento de numerosos jóvenes para ir a la guerra, y en el mundo en general, con el rearme militar de prácticamente todo el planeta. De Ahí que hayamos optado por volverlo a publicar online casi treinta años después.

Por Jose Decadi

Fotografía: Andrés Senra.

«La homosexualidad no es la lógica que funda y sostiene al sujeto masculino, sino el abismo que lo confunde y lo arroja dentro de su fóbica ex-istencia»

Trevor Hope [1]

¿Puede un maricón tomar conciencia de sí, de sí en el mundo, de sí en relación con otros y otras, de sí en su realidad inmediata, de sí en el tiempo histórico, de sí en su deseo de ser, y descubrir, en este periplo, que no quiere convertirse en soldado? ¿Puede articular esta (como tantas otras expresiones de su conciencia), desde la constatación de su realidad corporal?

En sentido contrario, ¿podríamos los mariquitas manifestar nuestra voluntad de ser desde fuera de nuestros cuerpos (superficies plenas de significación, en las que se rotura este deseo, siempre empeñado en mostrarse múltiplemente diferente, pero también esa figura monolítica, figura-hombre, idea-hombre, hacedora de la guerra, desafiante a la muerte, legítima valedora de la violencia)?

¿Disponemos, en fin, los maricas para empezar a pensar y a hablar como tales, de otra cosa que no sea cuerpo?


Septiembre de 1995. La noche de la existencia se ha hecho en el atolón de Mururoa. El Estado español registra una cifra global de 100.000 insumisos al servicio militar. 200 permanecen en prisión. Son datos del periódico gubernamental. ¿Quiénes son esos insumisos? ¿de quiénes habla ese periódico? Son «jóvenes». «Jóvenes» levantados contra la razón de Estado, contra el exceso de razón inherente a sus abusos de poder.

Un movimiento de localización de los sujetos que generan este discurso nos conduciría, inevitablemente, a la siguiente interrogación: ¿a qué jóvenes se refiere? ¿cuáles son sus vidas?

Muchos de ellos tienen vidas de maricas. ¿Puede deducirse en ello el posicionamiento político de una peculiar y distintiva forma de subjetividad? Si es así, ¿qué implicaciones tiene esto a a la hora de resituar el propio discurso antimilitarista? ¿de qué representaciones, de qué estatus simbólico goza esa «otra» subjetividad? ¿de la de «joven» social, cultural y sexualmente indiferenciado?

La lógica discursiva mayoritaria en el movimiento por la insumisión se detendría en la primera interrogación: En la posición política antimilitarista no confluyen diversas formas de subjetividad. Se trata, simplemente, de una ideología compartida, de una visión común del papel de los ejércitos en nuestras sociedades. En este contexto ha de leerse el rechazo un tanto disimulado, aunque no por ello menos evidente, de determinados compañeros antimilitaristas ante el juicio a un insumiso marica, en el que este alega su diferencia sexual como un motivo de objeción de conciencia [2].

Si damos por válido que la conciencia antimilitarista reside, exclusivamente, en una abstracta ideología, parémonos al menos a repensar alguna de las acepciones de este término. Tomemos a Althusser. Este la define como «la relación imaginaria de los individuos con las relaciones reales en las que se desarrollan sus vidas»: Si asumimos esta definición, ¿son las relaciones reales en las que se desenvuelven las vidas de los maricas iguales a las de los «jóvenes» sin más? ¿cuáles son los niveles de experiencia conectados en cada caso al hecho de enfrentarse al servicio militar?¿cuáles los distintos modos de resistencia a los sistemas de control y dominación del individuo, ente los que la mili goza de un destacado y «popular» papel? Repito: ¿Quiénes son los jóvenes implicados en esa lucha? ¿cuáles son sus vidas?


El movimiento de las mujeres ha defendido osadamente que cualquier teoría del sujeto ha sido siempre colonizada por el hombre blanco, heterosexual, de Occidente. En torno a él se han proyectado (especularizado) una multiplicidad de «otros» [3]. En la formación de este sujeto, figura-hombre, idea-hombre, los maricas marcamos una fractura singular, cuestión sobre la que volveré más adelante.

Este sujeto que se erige a sí mismo en universal y transcendente (frente a la extrema regionalidad -léase sectorialidad- y materialidad -léase corporalidad- de «las otros») se supone ser el conductor de la Historia, el fundador de la unívoca racionalidad, el origen y la meta de toda forma de devenir. Esta concepción del sujeto también afecta, por supuesto, a los protagonistas de muchas de las revoluciones de orientación universalista y luchas propias de la izquierda durante el siglo XX.

Resituando la cuestión en la lucha antimilitarista, ¿qué papel juegan instituciones como el Ejército y el servicio militar, instancias superiores de homologación de sujetos, en la formación de la figura-hombre, idea-hombre, en cuyo pecho ruge el latido de la guerra y la potestad de engrandecerse sobre la violación y la aniquilación de «los otras»? ¿cuáles son las relaciones simbólicas de los maricas con esta figura? ¿qué relevancia adquiere el paso por el servicio militar en la consolidación de un sistema de identidades sociosexuales jerárquico y excluyente? ¿el soldado, como metáfora, a cuál de esas identidades representa? ¿no es el Ejército, en tanto que espacio disciplinario, un importante punto de localización de las operaciones que permiten al poder penetrar e intensificarse en los cuerpos? [4]. Si es así, ¿ocupan el mismo ángulo los maricas y los ·»jóvenes» en esta red de operaciones, extendidas a lo largo de todo el cuerpo social? En otras palabras, ¿estamos todos y todas afectadas en la misma medida por las técnicas de poder que tendrían como objetivo la formación de cuerpos productivos y obedientes? Todas estas son cuestiones muy pertinentes para una reelaboración marica de la posición política antimilitarista.

No creo que pueda pedirse, a quienes experimentamos la inmediatez de nuestra realidad corporal nada más entrar en la cadena de significación que implica la sociabilidad (y en el interior de la cual nos constituimos como mujeres, gentes de color o, por ejemplo, maricas), que nos deshagamos ahora de nuestros cuerpos para enunciar nuestras conciencias. A mi modo de ver, este debe ser un consensuado punto de partida en el movimiento contra los ejércitos y el servicio militar, en el que numerosos gais han participado durante años bajo la universal categoría de joven-rebelde-antimilitarista.

Nada de esto quiere decir, desde luego, que los maricas debamos tener com blanco de nuestra crítica antimilitarista a los insumisos que no lo son. La cuestión es mucho más simple: incluso cuando se comparten espacios de lucha, los poderes diferenciales existen. Y deben ser considerados.


El rechazo a la «vía queer» de la insumisión no proviene solo de ciertos activistas antimilitaristas. Las organizaciones gais de talante reformista también advierten la presencia de los maricas insumisos en su campo estratégico como una especie de intoxicación sobre «su» causa.

Los gais y las lesbianas, por alguna siniestra razón, tendemos a analizar nuestra realidad de forma compartimentada, desmenuzando escrupulosamente aquellos de nuestros comportamientos, hábitos, inquietudes, problemas o actitudes políticas que puedan catalogarse como gais o lesbianos y los que no lo son. Es esta dinámica de percepción la que lleva a concluir, en muchas ocasiones, que la regulación legal de las parejas de hecho representa «de forma global para gais y lesbianas», una necesidad más apremiante que el desobedecer la llamada del Ejército, con todo lo que él implica.

Algunas maricas y bollos pensamos, sin embargo, que forman parte de nuestro devenir como tales todos aquellos aspectos que afectan a nuestra experiencia del mundo. Ineludiblemente, también la opresión. Además, si la insumisión se define en tanto que acto de desobediencia a un sistema institucionalizado de secuestro, que otra cosa es, sino una lucha contra la sujeción, la causa de gais y lesbianas.

Este planteamiento del «llegar a ser» marica no puede formularse, desde luego, dede posiciones reformistas. Su matriz ha de usarse, exclusivamente, en el proyecto político y epistemológico de la diferencia [5]. La óptica reformista deslinda en su análisis la teleología de instituciones tales como el Ejército y el Matrimonio de los sujetos que las fundan y sostienen, los intereses a los que sirven y los procesos sociales y contextos históricos en los cuales se constituyen. Ello viene a justificar la activa colaboración de muchas gais y lesbianas en estrategias de homogeneización y normalización del hecho homosexual.

Estas posiciones radicalmente divergentes de nuestro ser político tiene traducciones muy concretas en las respuestas que se ofrecen a los cotidianos casos de discriminación relacionados con el Ejército: la expulsión de un homosexual de las Fuerzas Armadas es denunciada, desde una. posición marica antimilitarista, en tanto que manifestación de la homofobia instalada en los pilares fundacionales del Estado (léase: el Ejército es un espacio de exclusión de. nuestra identidad y nuestros cuerpos). El reformismo gai-lesbiano, sin embargo, pone el acento en la urgencia de las medidas de integración en todos los órdenes del sistema social.

Desde el punto de vista reformista, no existen nunca espacios de intersección entre deseo, conciencia y voluntad [6]. No hay cabida, por lo tanto, para la emergencia de una «otra» subjetividad marica.

Algunos niveles de experiencia mariquita conectados a la mili

El marica que vive en la calle Pericón de Cádiz no tiene un cuerpo estructurado y dinámico. Muy al contrario, se deshace cuando anda y es muy torpe jugando a la pelota. Se trata de un cuerpo que estorba más que ayuda en medio del campo de juego, y eso que siempre se le deja defensa, que es lo que menos esfuerzo físico requiere. Se nota que lo hace a desgano. Porque le obliga el profesor.

La mitad de la clase de gimnasia la pasa metido en el vestuario de chicos. Se desviste de espaldas e intenta ocultar su mirada nerviosa. A veces el rabillo de su ojo le delata. Pero no importa. Se le pega y ya está. Total. Nunca contesta. Los maricas son pasivos. No saben aniquilar.

El día que entró en el colegio, los de octavo curso le reservaron la novatada más grande. Se le paseó en volandas por todo el patio, se le obligó a contar chistes y a ser gracioso, a personificar la risa y la alegría de los demás.

No se entiende. Pero, por lo que se arregla y se cuida, parece que pudiera gustarse dentro de su desorganizado cuerpo. Y lo que es más incomprensible: a pesar de todo lo que le ocurre, muchas veces canta, muchas veces ríe, como si pudiera ser feliz. No importa. Se le vuelve a pegar y ya está. Los maricas son como las mujeres: lloran y sufren.

Paradójicamente, el marica parece muy inteligente. Dibuja con trazos precisos, aunque los objetos que retrata resultan un tanto inconcretos. Una vez colgaron uno de sus dibujos en el panel de la clase. Pero no importa. Se le arrancó de un tirón y ya está. Desde entonces parece angustiado, buscando figuras por todo el colegio. Ha habido que llamarlo al orden, para que se tranquilice. Que se dibuje en sus compañeros, y ya está.

El marica se queda sentado en un rincón de la clase, mezclado con las niñas, pero obligado a mirar para los demás.

El marica ya ha cumplido la edad de ir a la mili, aunque suspendió los cursos previos para ser un hombre. Es posible que el médico de la caja de reclutas logre volverlo a evaluar. El marica se lo está pensando. Se lo está pensando. Alegarse a sí mismo o negarse, borrarse el cuerpo, e ir al servicio militar.

Pero no. Alegarse a sí mismo no basta. Ha de alegar ser el otro, el otro de ellos, de los compañeros del colegio, del sabio doctor, de los mozos que trabajan en la caja de reclutas.

El marica tiene miedo. El marica ha tenido que tomar una decisión. Se ciñe la cintura, mucho más de lo que acostumbra, se empolva el rostro y se da sombras de colorete en el pecho para que parezcan los senos de una mujer.

El marica atraviesa el patio de la caja de reclutas. Rizas, chanzas, empujones. Se pone en la cola. Se tiene que tallar. Tallar cuánto cuerpo mide su hombría, cuánto cuerpo mide su ser.

Llegó su turno. El médico escruta su figura. Anota detalladamente sus medidas. Pone en comparación unas con otras, y su conjunto en comparación con otras tantas que ya tiene verificadas. Pero necesita más.

Entonces lo interroga. Una pregunta y otra pregunta, hasta que no le quede nada dentro del cuerpo sin contrastar, confirmar y refutar.

El doctor ya tiene un cuadro diagnóstico, una sintomatología identificada. Pero abrir una historia clínica: cuerpo torcido, señal inequívoca de personalidad trastornada. Y graba sobre el pecho del marica el código médico de referencia. Causa de exención del servicio militar: 1-A4, el signo indeleble de la exclusión.


Él no puede descifrar qué es lo que se le mueve dentro, pero a veces lo pone triste y le hace perder su autoestima.

Es como si en su cuerpo no habitara solo él. Como si estuviera poblado por algún otro que es menos o está más allá de él. Alguien que la hace dudar de que él pueda ser realmente un Yo-Él.

Aunque no tiene la certeza de que aquello sea humano. Debe de tratarse de un animal. Una bestia repulsiva, de mirada abyecta, de cuerpo amorfo. Un inmundo bicho que quiere apoderarse de él.

Por la tarde ha ido a ver al sacerdote. Estar en la iglesia es como vivir fuera del cuerpo, que es lo mismo que decir lejos de aquel horrendo animal.

Quiere contárselo todo al confesor, quien lo escudriña con el ojo que todo lo ve, que traspasa su piel, sus visceras y sus huesos, que se instala en su alma y la explora, la conquista, la organiza.

El cura sabe muy bien que esa clase de animales siempre asoman en el cuerpo. Por lo tanto, intenta buscarlo en el movimiento de sus manos, en los gestos de su rostro, en el brillo de sus ojos, en el timbre de su voz. Nada. No aparece. No hay manera de encontrarlo. Debe estar metido muy adentro. Habrá que estar alerta y penar en profundidad.

Al volver a casa, ha encontrado una misiva de Defensa: «Contamos contigo». Esta. Esta puede ser la solución. El camino que lo confirme en su forma. Lo que arroje fuera de su cuerpo al persistente animal.

Pero no. Puede ser mucho peor. En la mili solo hay cuerpos como el suyo, de los que agitan sus entrañas, de los que ponen tan nerviosa a la bestia.

Sería terrible. Si al sonar el toque de queda, si al comenzar el adiestramiento que habría de perfeccionar en él la forma-él, el animal diera un zarpazo y rajara su cuerpo, arrojándose al barro de la trinchera, revolcándose en el mismo blanco del campo de tiro.


Un homosexual como él no puede entender que se arme tanto revuelo por el tema de la mili. Al fin y al cabo, a él no le fue tan mal. Muy buenas posibilidades que tuvo de disfrutar de su cuerpo.

A un homosexual como él, le encantaba sentirse rodeado de hombres desnudos en las duchas. Y así, cada tarde, al acabar la jornada de instrucción, se desvestían unos frente a otros, en un ambiente de perfecta camaradería, y se daban toquecitos amistosos en las nalgas, y se gastaban bromas, y se burlaban juntos del coronel. Todo eso le excitaba tanto. Aunque, eso sí, había que ser cauteloso y no delatarse hasta encontrar el momento propicio y estar completamente seguro del asunto.

Hubiera sido terrible, para un homosexual como él, que ellos no le permitieran formar parte de ellos, ser como ellos, ser ellos. Quedar relegado a la categoría de patético maricón.

Estaba muy tranquilo a ese respecto. A un homosexual como él no se le notaba nada. Y no porque ocultara o constriñera su cuerpo. Sino simplemente porque era igual que ellos. Era de ellos. Era ellos. Aunque, eso sí, a veces se veía obligado a hacer bromas sobre una loca que dormía en la última cama del pabellón. Esto le inquietaba, porque algo en el fondo de sí mismo le decía que aquello no estaba bien. Aunque un homosexual como él no tenía por qué asumir las vicisitudes de un tipo que nada tenía que ver con ellos, que no formaba parte de ellos, que no estaba en ellos, que no era ellos.

No obstante, a veces envidiaba a aquel esperpéntico individuo. Por las noches los aledaños de su cama se convertían en un hervidero de soldados que iban y venían. Mientras un homosexual como él permanecía impávido, sudando entre las sábanas. Aunque, eso sí, lo mismo que le hacían esas visitas le daban empellones y le ponían rabos en la fila. Un homosexual como él nunca hubiera podido soportar un trato tan humillante. Como si él no fuera lo mismo que ellos, no viviera en ellos, no fuera ellos.

El momento estelar de sus recuerdos de la mili se sitúa en el día que el sargento apareció en el marco de la puerta de su barracón. Recordar el poderío su figura, el uniforme que se detenía en cada pliegue de su cuerpo para despejar toda sombra de duda sobre las excelencias que albergaba, para dejar establecida la brutalidad de su belleza. Cuerpo saturado de sensualidad y, sin embargo, totalmente negado al placer. Porque, eso sí, lejos de ordenarle que lo amara, el sargento se limitó a comunicarle que ya había finalizado su periodo de instrucción.

En otra ocasión, un mozo de su mismo destacamento le hizo un guiño, encontrando por fin el momento tan largamente esperado. Y apenas empezaron a hacerlo se dieron cuenta de que habrían de salir del recinto militar para completarlo. Porque, eso sí, los demás se apiñaron rápidamente en la puerta para recordarles que sus cuerpos no tenían cabida entre ellos, no habitaban en ellos, no eran ellos.

La carrera heterosexuala

No sé si habré logrado arrojar alguna luz sobre el porqué se puede, y se debe, politizar la cuestión de la subjetividad. No encuentro, sin embargo, otro ángulo desde el que pueda elaborarse una perspectiva marica del antimilitarismo. Y este no es un objetivo caprichoso, es un punto de partida necesario para estimular entre los gais la resistencia al servicio militar.

La labor es arduo difícil, sobre todo cuando se trabaja en comunidades homosexuales tan poco articuladas como las del Estado español. En sentido similar, la feminista negra Patricia Hill Collins ha anotado que «las experiencias de un grupo oprimido podrían colocar a sus miembros en posición de ver las cosas diferentemente, pero su escaso control sobre los aparatos ideológicos de la sociedad hacen la expresión de un autodefinido punto de partida mucho más difícil».

Creo que podemos asumir, cuando menos, que los individuos se configuran en una clase de sujetos, y no en otros, en el interior de procedimientos y vivencias que guardan entre sí cierta linearilidad. Somos fragmentos ensamblados. Trozos de vida que vertebran formas concretas de existir [7].

La manera en que nos convertimos en sujetos de una sexualidad no escapa, ni mucho menos, a este serie de procesos en cadena. Y así, lo que hoy llamamos sexualidad (y que en las culturas europeas premodernas fue nombrado bajo claves de muy diverso signo) siempre ha sido objeto de cierta preocupación moral, la cual ha venido a justificar la validez o la invalidez de las muy diversas formas de existencia.

La carrera moral del individuo (téngase en cuenta que las mujeres no consolidaron su estatus de sujeto moral hasta muy entrada la era moderna) no afecta solo a su sexualidad, sino también a otros órdenes -desde luego, considerados «menores»- de la vida. Sin embargo, es el «sexo» de ese individuo la cuestión que nos interesa focalizar en este ensayo. A la carrera moral que desde siempre significó ser el portador de un «sexo» es a lo que yo llamaré «la carrera heterosexual».


La carrera heterosexual se remonta a la misma fundación de la casa del padre, cuyos orígenes se pierden en la Historia, aunque el Cristianismo tuvo un papel incuestionable en su definitiva consolidación.

Esta carrera ha podido estructurarse de muy diversas formas según el periodo histórico, las diferentes culturas, o los distintos tipos de sociedad, y es obvio que no han prescrito las mismas reglas para cada uno de los «sexos biológicos». Sin embargo, siempre ha estado entre los fundamentos de la ley del padre, en la lógica inmanente a su peculiar manera de existir y persistir.

El padre, para asegurar el ejercicio y pervivencia de su ley, debió así fijar un territorio, fundar una casa, y debió también dotarse de un cuerpo y una semblanza: la figura-hombre, idea-hombre.

Como correlato, el mantenimiento de los límites de su casa exigió también la construcción de una antesala fortificada y de los hijos más fuertes y mejor adiestrados para defenderla. Así fue como el Ejército adquirió carta de naturaleza: como antesala fortificada de la casa del padre. Desde ella pudo afianzar sus dominios y extenderlos, saciar su inconmensurable ímpetu expansionista. E imponerse en el interior de cualquier otra forma de existir y de ser sujeto.


En culturas católicas como la española el prólogo de la carrera heterosexual se sitúa en torno al rito de la primera comunión. A través de este recibimos por primera vez el cuerpo de Cristo, que como todo el mundo sabe es también el Espíritu Santo, y el Padre. Recibimos en nuestro interior la sagrada forma. La forma del padre.

Ingresamos así en su casa como miembros activos. Esta casa está regida por el sacerdote, que es también padre, el padre, que ha de poseer, obligatoriamente, la figura-hombre, idea-hombre, la única que tiene una posición privilegiada para relacionarse con la divinidad y trascender, mientras las mujeres y los homosexuales reconocidos -que no pueden ser curas- permanecen atados a la materialidad de sus cuerpos. La ley del padre puede así delimitar regiones de inteligibilidad del sujeto.

Constituidos en miembros activos de la casa del padre, protegidos y sujetos a su ley, portando la semilla de su forma en nuestro interior, recibimos el encargo de continuarla y engrandecerla. Nos embarcamos de esta manera en la carrera de nos permita alcanzar su misma plenitud.

La labor de darse a la continuación de la casa del padre requiere una preparación especial y distinta para ellas que para ellos. Mientras estos habrán de ser adiestrados para protegerla, sostenerla y expandirla, aquéllas tendrán que cuidarla, limpiarla y decorarla. Los primeros serán sometidos a un entrenamiento que multiplique la fuerza física de sus cuerpos. Las segundas, a un tipo de ornamentación del cuerpo que las inmovilice para hacer cualquier tarea que escape al ámbito doméstico.

Es de esta manera que el servicio militar adiestra y perfecciona los cuerpos que habrán de habitar la figura-hombre, idea-hombre, los que habrán de guerrear para ensanchar los límites de la casa del padre, los que habrán de inseminar a las que esperan decoradamente inmovilizadas y pasivas para ayudarlos a continuar la casa, los que habrán de ser padres, el padre.

Queda, por tanto, perfectamente circunscrita la posición simbólica del soldado: ser soldado es estar preparándose para ser padres, culminación de la figura-hombre, idea-hombre. Hetero.


Alguien podría objetar: pero tú has hecho muchas trampas en el texto, no es cierto, como insinúas, que la homosexualidad entre ellos fuese [8] «desde siempre» externa a la ley del padre.

Las feministas, muy en particular las pensadoras post-Irigaray, suelen ser quienes más se empeñan en ver rastros de una homosexualidad arcaica en el vínculo fundacional de la casa del padre. Esos vestigios de vínculo homosocial podrían haber llegado hasta el contrato social que dio pie al Estado «moderno». Se trataría de una sublimada homosexualidad instalada en base de cognición de los hombres, que requeriría de la circulación de mujeres como objeto de intercambio y relación entre ellos.

Trevor Hope, cuya cita encabeza este ensayo, ha querido rebatir esa teoría, y asegura que el deseo homosexual ya había quedado totalmente desplazado de este vínculo cuando la fundación de la Modernidad.

Por mi parte, y tomando distancias respecto de una estricta lectura psicoanalítica de la Historia, no tengo problemas en admitir que en sociedades como la de la Antigua Grecia -tan emblemática en esta materia- pudieran convivir ciertas formas institucionalizadas de homosexualidad entre hombres, perfectamente alojadas en la casa de padre (y en su antesala fortificada), con otra clase de sujetos «sexualmente incorrectos», y repudiados por su ley. Tales debieron ser, por ejemplo, aquellos adolescentes «blandos y carentes de nervio desde el nacimiento» a los se refería con desprecio en sus textos Séneca el Retor.

En otro orden de cosas, también se podría objetar que los maricas no somos ni tan impermeables ni tan ajenos a la figura-hombre, idea-hombre, que no es cierto que esta esté solo poblada por heterosexuales y que, en gran medida, consumimos nuestra existencia intentando seducir sexualmente a esa figura.

Desde luego en lo que al imaginario sexual se refiere, se habla con mucha ligereza de una cuestión sumamente delicada para nosotros. Podríamos admitir, primeramente, que este estuviera fuertemente anclado a la simbólica del hombre hetero. Sin embargo, lo que resultaría del todo dramático es que nos quedáramos sin imaginario, y esta es una problemática que requiere de ser marica, lesbiana o cualquier otro «torcido sexual» para entenderla en toda su profundidad . [9]

En un sentido más amplio, Hope sugiere que sería posible recuperar vagos y perdidos trazos de una arcaica y desplazada homosexualidad debajo del funcionamiento histórico de la simbólica hetero.

Este, desde luego, es un objetivo que se escapa a mi nivel de comprensión del psicoanálisis. Propongo como sencillo, aunque radical, punto de partida el desposeer al símbolo de su valor referencial y su naturaleza dualista. Es decir, cortar el lazo que une al significante (cuerpo del hombre) con el significado (figura-hombre, idea-hombre).

Soy muy optimista con los esfuerzos de autorepresentación que la comunidad gai (inevitablemente, del mundo occidental) viene realizando en los últimos años, como ha podido mostrarse a través del trabajo de muchos fotógrafos (el ya mítico Mappeltorpe) y otros creadores, que manejan disposiciones anatómicas y formas de inscripción del cuerpo del hombre en el conjunto de la obra que se desmarcan bastante de los códigos de referencia has habituales en la simbólica heterosexual. Aunque no cabe duda de que los «queer» y los heteros estamos obligados a compartir el mismo cuerpo, y que ambos tenemos una persistente obsesión por nuestro pene.

Abordar en profundidad la cuestión del imaginario gai es, sin embargo, un objetivo que desborda las pretensiones de este ensayo. Mi cometido es acotar al máximo las relaciones simbólicas de los maricas con la figura-hombre, idea-hombre, como propuse anteriormente.

Ello me sirve, además, de pretexto para llamar la atención sobre los efectos perniciosos que para los gais -como grupo oprimido y de muy frágil autoestima-, tienen afirmaciones como «bah, al fin y al cabo son como todos los tíos», o «bah, se pasan la vida buscando un macho que meterse en la cama». Tales afirmaciones simplifican y menosprecian nuestras distintivas formas de subjetividad (es decir, de ser sujetos). Siguiendo la lectura psicoanalítica de Hope, los gais «otros» quedaríamos de esta manera fóbicamente inscritos como el negativo de la normal y normativa subjetividad masculina. En otras palabras, estas afirmaciones se constituyen como prácticas discursivas que solo invocan al sujeto marica para expulsarlo, a continuación e inmediatamente, del «texto». El funcionamiento interno más habitual del discurso homofóbico.

Posiciones mucho más conciliadoras que la mía podrían sostener que no se debe ser tan receloso con la figura-hombre, idea-hombre, que maricas y heteros deberíamos colaborar en la destrucción de esta figura y constituir juntos el llamado movimiento por el nuevo hombre. No estoy de acuerdo con ello. Tomando prestados el sistema simbólico de Juliet Flower MacCannell y la subjetividad de las mujeres, correríamos un riesgo muy alto de intercambiar el gobierno del padre por el régimen de los hermanos. Y quizá las hermanas tendrían algo que objetar al respecto.

No creo que ese movimiento por el nuevo hombre sea el marco más adecuado para construir y reconstruir nuestras distintivas y diversas formas de subjetividad. Los maricas debemos, primeramente, romper con el hombre. Aunque vivamos en el mismo cuerpo.

Ambos, los heteros y los «queer» tenemos una indudable responsabilidad histórica para con el derrumbe definitivo del falo, quiero decir de la figura-hombre, idea-hombre, quiero decir del padre y su furia guerrera. Sin embargo, para ello debemos establecer, primeramente, espacios separados. Y asumo las acusaciones de reduccionismo, esencialismo, reivindicación del gueto y bla, bla, bla.

Al padre, In Memoriam

He tenido que venir hasta aquí, fría ciudad de un país extraño, para darme cuenta que no es posible saber quiénes somos y queremos ser, aquí y ahora, sin pararnos primero a pensar lo que hemos sido y apenas hemos cesado de ser. La historia de los individuos también se lee en los mitos, en los sistemas de signos y símbolos que los hacen inteligibles. Sobre todo en las mitologías de esas disciplinas del alma que han sido el cristianismo y el psicoanlálisis. Las cuales han aspirado desde siempre a mediatizar la relación de uno consigo mismo.

Porque sabemos que habrá de venir a obligarnos a ser los hijos pródigos que regresaron a casa. Porque harán falta pistolas para enfrentarse a esta guerra que nosotros no empezamos.

¿Pistolas? Sí, pistolas. Porque también nosotros, los que no fuimos sentados a la derecha de Dios padre, nosotras, travestis, también sabemos empuñar pistolas.

Nos armaremos con ellas hasta los dientes para revisitar los lugares donde fuimos excluidos, donde fuimos cuerpos violentados, domeñados, esculpidos de manera que pudiéramos fingir ser como los otros hijos del padre, los que fueron hechos a su imagen y semejanza, los que dominan los confines de la figura-hombre, idea-hombre.

Para volver a aquel colegio y narrar la parte no narrada de la Historia. Narrar que no es cierto que el marica se quedara quieto cuando los de octavo curso vinieron a buscarle, que sí logró recuperar muchos de los trazos perdidos de su dibujo, que vistió uniformes de placer no negado, que aprendió a amar a su animal.

Pistolas, sí, queremos pistolas. Para apretar el gatillo y disparar una, dos, mil veces contra el mismo corazón del padre, hasta verlo caer.

Es palabra de Caín.

Epílogo

En todas las mitologías a las que me he referido han sido centrales un padre, una casa y una ley. Pero en todas ellas han existido también, y afortunadamente, Narcisos que reivindicaron el derecho a quererse en su diferencia y Caínes que pasaron del padre, dejaron la casa y desobedecieron la impertinente ley.

He tenido que venir hasta aquí para darme cuenta que es posible volver a los mitos y saber quiénes fuimos, intercambiar simbólicas, restablecer territorios de intersubjetividad.

Además, se me antoja que la subjetividad marica pudiera ser transhistórica, que quedó catapultada bajo el signo heterosexual de la figura-hombre, idea-sobre con el advenimiento del Cristianismo. Tuvo entonces que transhumanar en «el otro» para sobrevivir. Estamos entre todas las personas deportadas de todas las guerras.

Han debido existir otros seres «sexualmente torcidos» no solo entre los sodomitas, sino también entre los brujos, los herejes, los locos, los criminales, los alcohólicos anónimos que decidieron no volver a la terapia de grupo. En todos aquellos emplazamientos donde se libraron luchas cotidianas por la subjetividad.

Y hemos estado también, por supuesto, entre los cobardes desertores a las grandes empresas bélicas de Occidente. Y estamos ya siempre, aquí y ahora, entre los insumisos al padre y su antesala de la muerte.

Bien pudiera ser, no obstante, que a finales del segundo milenio d. C. determinadas formas de vivir y pensar la homosexualidad logren ser institucionalizadas, realojadas en la casa del padre (aunque no por cierto en la habitación más iluminada), incorporadas a su vida doméstica, invitadas a posar con los demás para la foto de familia, a participar de sus insulsas maneras de existir y ser sujetos.

Mientras tanto, nosotras, «sexualmente incorrectas», seguiremos transhumanando y buscando regiones donde poder eludir la severidad de la ley del padre, apenas identificables, sin poder ser sujetadas, subjetivadas por él, vagando en la otredad.


La furia guerrera del padre ha resultado particularmente cruenta durante la Modernidad. Ríos de sangre ha derramado hasta extender los dominios de su casa por todo el mundo. Esta proximidad de la guerra con la figura-hombre, idea-hombre no es, en absoluto, arbitraria ni tendenciosa. Ya fue advertida por Freud, que no fue precisamente uno de los precursores de la teoría feminista.

Alguno podría, no obstante, mofarse: pero qué obsesión la de estas mariquitas, todo el día con la oreja pegada, intentando escuchar el tam-tam de la guerra en el pecho del padre. ¿Por qué lo hacen? ¿Para coger carrerilla y esconderse? ¿Para volver a refugiarse en la belleza inmarcesible de Dorian Gray? ¿O acurrucarse sobre el empalagoso bucolismo de Maurice?

No. Para armarnos. Porque nunca se duerme tranquilo mientras el padre respira.

Utrecht, Otoño de 1995


NOTA DEL AUTOR: Gracias a Xabi, de Ehgam Nafarroa, por conservar este texto durante tantas décadas; y a Zorn Hybris, de Zaragoza, por devolverme esta pieza extraviada de mi azarosa vida escribiente.

Notas

[1Trevor Hope, en Melancholic Modernity: The Hom(m)sexual Symtom and the Homosocial Corpse, en Differences, vol. 6 núm. 2 + : More Gender Trouble. Feminism meets Queer Theory. Indiana University Press.

[2Las disensiones y diferencias en el movimiento antimilitarismos nunca se han situado en el nivel de la subjetividad, que es donde los maricas insumisos designaremos el carácter distintivo de nuestra peculiar posición política antimilitarista.

[3Ver Luce Irigaray, Speculum of the Other Woman, Cornell University Press, 1995.

[4Ver Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI, Madrid, 1992.

[5Ver Rosi Braidotti, Nomadic Subjects, Nueva York, Columbia University Press, 1994. Especial referencia a la cuestión del ‘becoming subject’ en Personance and disosonance, Cambridge Pltiuy Presss, 1992, cap. 5: The Becoming Woman of Philosophy.

[6Resulta obvio que no me estoy refiriendo al deseo sexual. Este, incluso en su versión homosexual, tiene, en sí mismo, bien poco que ver con la conciencia antimilitarista o con cualquier otra manifestación de la conciencia. El deseo referido a la cuestión de la subjetividad es, fundamentalmente, de naturaleza ontológica. Es deseo de ser. La implícita apelación al inconsciente que conlleva la utilización de este vocablo para invocar a nuestro ser político es totalmente intencional: estoy entre quienes consideran la pasión una herramienta esencial para las políticas de subjetividad que busquen zafarse de la figura-hombre, idea-hombre.

[7Vertebrar: palabra dedicada a mi Sejo de mi alma.

[8Obsérvese que no utilizo en este texto categorías como «género», «masculino» o «femenino». Una mariquita como yo se lía muchísimo entre lo uno y lo otro y tiene que recurrir a otros sistemas de descripción lingüística de la cosa.

[9No estoy insinuando, por supuesto, que la posición de gais y lesbianas sea simétrica en este punto. Mientras los gais estamos irrepresentados en al simbólica dominante, las lesbianas son, directamente, irrepresentables en su estructura de significación. Es de justicia admitir que los maricas estamos a menos distancia del falo (¡el gran significante!) que las lesbianas y que cualquier otra mujer.

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