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Las "soluciones" tecnológicas son el poli bueno del capitalismo en la crisis del coronavirus

Jueves 7 de mayo de 2020. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Eldiario.es

Por Evgeny Morozov

En cuestión de semanas, el coronavirus ha cerrado la economía mundial y puesto al capitalismo en cuidados intensivos, con muchos pensadores confiando en que este será el inicio de un sistema económico más humano y otros tantos alertando por un tenebroso futuro de vigilancia y tecno-totalitarismo estatal.

Los clichés de la novela 1984 se han quedado anticuados y no sirven de guía para lo que está por venir. El capitalismo de hoy es más fuerte, y extraño, de lo que imaginan sus críticos y no solo porque sus numerosos problemas abren nuevas vías para obtener beneficios, sino porque gana legitimidad: la única salvación vendrá de gente como Bill Gates y Elon Musk. Cuanto peores son las crisis del capitalismo, más fuertes sus defensas. Está claro que así no es como se va a terminar.

Pero los críticos del capitalismo sí tienen razón cuando dicen que la COVID-19 es una demostración de los problemas de los que venían advirtiendo. El virus ha demostrado la insolvencia del dogma neoliberal sobre privatizaciones y desregulaciones en hospitales gestionados con fines de lucro y en servicios públicos insuficientes después de los recortes impuestos por la política de la austeridad.

Pero el capitalismo no es sólo neoliberalismo, cuya función es simplemente representar al policía malo que dice una y otra vez "no hay alternativa", en palabras de Margaret Thatcher. En el drama actual, el poli bueno lo representa la ideología del "solucionismo", que ha trascendido de sus orígenes en Silicon Valley y ahora conforma el pensamiento de nuestra élite gobernante. En su forma más simple, postula que como no hay alternativa (o tiempo o financiación), lo mejor que se puede hacer es ponerle tiritas digitales a la herida. Los solucionistas despliegan tecnología para evitar la política. Abogan por medidas "post-ideológicas" que mantengan a las ruedas del capitalismo global girando.

Tras décadas de política neoliberal, el solucionismo se ha convertido en la respuesta por defecto de muchos problemas políticos. ¿Por qué invertir en la reconstrucción del transporte público en declive, cuando con el Big Data el gobierno puede diseñar incentivos personalizados para los pasajeros y desalentar así los viajes en hora punta? Uno de los arquitectos de estos programas (lo aplicó en Chicago) lo explicó así hace unos años. "Las soluciones por el lado de la oferta, como construir más líneas, son bastante caras (...) Lo que estamos haciendo es buscar formas en que los datos pueden gestionar la demanda, ayudando a los ciudadanos a decidir cuál es el mejor momento para viajar".

Neoliberalismo proactivo vs solucionismo reactivo

Las dos ideologías están íntimamente relacionadas. El neoliberalismo aspira a modelar el mundo de acuerdo con unos planos diseñados durante la guerra fría: más competencia y menos solidaridad; más destrucción creativa y menos planificación gubernamental; más dependencia del mercado y menos estado del bienestar. La desaparición del comunismo lo facilitó pero el auge de la tecnología digital ha presentado un nuevo obstáculo.

¿Cómo es eso? El Big Data y la inteligencia artificial no tienen ninguna característica que favorezca a las actividades no mercantiles pero sí es verdad que hacen más fácil un mundo postneoliberal de producción automatizada con una tecnología suficientemente desarrollada como para proporcionar atención sanitaria y educación universal. Un mundo donde la abundancia se comparte, no se apropia.

Aquí es donde interviene el solucionismo. Si el neoliberalismo es proactivo, el solucionismo es una ideología reactiva que desarma, desactiva y descarta las soluciones políticas. El neoliberalismo achica los presupuestos de los gobiernos y la imaginación del sector público mientras que el mandato del solucionismo es convencer al público de que el único uso legítimo de la tecnología digital es desbaratar y revolucionarlo todo. Todo menos la institución central de la vida moderna, por supuesto. Todo menos el mercado.

El mundo de hoy está fascinado por la tecnología solucionista: desdela aplicación polaca que exige de los pacientes un selfie cada cierto tiempo para demostrar que están en casa, hasta el programa chino de clasificación sanitaria con código de colores de los teléfonos inteligentes que designa quién puede salir de la casa.

Los gobiernos están acudiendo a empresas como Amazon y Palantir para la infraestructura y el modelado de datos mientras Google y Apple unen fuerzas para desarrollar soluciones de rastreo de datos "que respetan la privacidad". Y una vez que los países entren en la fase de recuperación, la industria tecnológica prestará gustosamente su experiencia tecnocrática para la fase de limpieza. Italia ya ha puesto al ex director general de Vodafone, Vittorio Colao, a cargo de su grupo de trabajo post-crisis.

Estamos viendo dos líneas de solucionismo en las respuestas gubernamentales a la pandemia. Los "solucionistas progresistas" creen que exponer a los ciudadanos a los datos necesarios mediante aplicaciones puede hacer que la gente actúe por el bien público. Es la lógica del "empujoncito" en la dirección correcta detrás de la desastrosa reacción inicial del Reino Unido. Los "solucionistas punitivos", por el otro lado, quieren aprovechar la inmensa infraestructura de vigilancia del capitalismo digital para frenar nuestras actividades diarias y castigar toda transgresión.

Solucionismo para abordar otros problemas

Llevamos un mes debatiendo las amenazas a la privacidad que representan estas tecnologías pero ese no es el mayor riesgo para nuestras democracias. El peligro real es que esta crisis afiance a las herramientas solucionadoras como la opción por defecto para abordar todos el resto de problemas existenciales, desde la desigualdad hasta el cambio climático. Es mucho más fácil desplegar tecnologías solucionistas para influir en el comportamiento individual que enfrentar difíciles preguntas políticas sobre las causas fundamentales de estas crisis.

Pero las respuestas solucionistas a este desastre sólo aceleran la reducción de nuestra imaginación pública y hacen más difícil pensar un mundo sin los gigantes de la tecnología dominando nuestra infraestructura social y política.

Ahora todos somos solucionistas. Cuando nuestra vida está en juego, una abstracta promesa de emancipación política es menos tranquilizadora que una aplicación que te dice cuándo es seguro salir de tu casa. La pregunta es si mañana seguiremos siendo solucionistas.

El solucionismo y el neoliberalismo no resisten porque sus ideas subyacentes sean buenas sino porque sus ideas han reformado profundamente las instituciones y los gobiernos. Lo peor está por venir: la pandemia será un empujón para el estado solucionista, igual que el 11-S lo fue para el de vigilancia. Una excusa para llenar de prácticas antidemocráticas el vacío político, solo que esta vez en nombre de la innovación y no de la seguridad.

Una de las funciones del estado solucionista es desalentar la experimentación de formas alternativas de organización social entre desarrolladores de software, hackers y aspirantes a empresarios. El hecho de que el futuro pertenezca a las ’start-ups’ no es una ley de la naturaleza, sino el resultado de una política. De ahí que esfuerzos tecnológicos más subversivos que podrían impulsar economías solidarias y no mercantiles mueran en su etapa embrionaria. Por algún motivo llevamos dos dećadas sin ver otra Wikipedia.

Una política "post-solucionista" debería terminar con la lógica artificial que limita nuestro horizonte político dividiendo al mundo entre ágiles ’start-ups’ y gobiernos ineficientes. En vez de estar debatiendo cuál de las dos ideologías, si la socialdemocracia o el neoliberalismo, aprovecha y domina mejor las fuerzas del mercado, deberíamos estar preguntándonos sobre las instituciones necesarias para aprovechar las nuevas formas de innovación y coordinación social que permiten las tecnologías digitales.

El debate actual sobre la respuesta tecnológica a la COVID-19 parece tan limitado precisamente porque no se vislumbra ninguna de estas políticas post-solucionistas. Se centra en el equilibrio entre privacidad y salud pública, o en la necesidad de promover la innovación de las start-up. ¿Cómo es qué no hay otras opciones? ¿No será porque hemos permitido que las plataformas digitales y las operadoras de telecomunicaciones traten nuestro universo digital como su feudo particular?

Lo dirigen con un solo objetivo: mantener la micro-personalización de los anuncios en marcha y los micropagos fluyendo. De ahí que no se piense en tecnologías digitales capaces de generar información anonimizada y a nivel macro sobre el comportamiento colectivo de los no consumidores. Las plataformas digitales de hoy en día son sitios de consumo individualizado y no de asistencia mutua ni de solidaridad.

Las actuales plataformas digitales pueden usarse con fines no comerciales pero no son buenos cimientos para sistemas políticos abiertos a usuarios que no participen en calidad de consumidores, ’start-ups’ o empresarios. Si no recuperamos las plataformas digitales como un mecanismo para una vida democrática más intensa, nos estaremos condenando durante décadas a la deficiente elección entre solucionismo "progresistas" y "punitivos".

Si es así, nuestra democracia sufrirá. El festín de solucionismo desatado con el coronavirus demuestra cómo las democracias realmente existentes hoy dependen en gran medida del ejercicio no democrático del poder de las platafórmas tecnológicas. Nuestra primera ocupación debería ser pensar en un camino post-solucionista que entregue a los ciudadanos la soberanía sobre las plataformas digitales.

Por lo demás, quejarse de la respuesta autoritaria pero eficaz de China a la COVID-19 es hipócrita además de patético. Hay muchas variedades de tecno-autoritarismo en nuestro futuro y la versión neoliberal no parece mejor que su alternativa.

P.-S.

Traducido por Francisco de Zárate

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