Las fugas, pequeñas victorias en los centros clandestinos

27 de febrero. Fuente: Contrahegemonia

Los centros clandestinos de la dictadura fueron concebidos como una máquina de exterminio. Pretendían sustentar el poder omnipotente de adueñarse no sólo de la vida de los cautivos, sino también de la muerte. El mecanismo de aniquilamiento que empleaban intentaba succionar la humanidad del detenido, despojarlo de su identidad, convertirlos en “cuerpos sin identidad, cadáveres sin nombre” según analiza Pilar Calveiro en su libro “Poder y desaparición”. Sin embargo, a pesar de estas pretensiones del poder desaparecedor, la autora señala que se fueron dando pequeñas resistencias, pequeños puntos de fuga que lograron restituir algo de la humanidad arrebatada. En este sentido, la autora destaca que la risa, el engaño, la simulación de colaboración, el hecho de no “cantar” durante la tortura o de dar información inútil y la fuga, constituyeron formas en las que los detenidos lograron quebrar el poder desaparecedor.

La fuga de los centros clandestinos representó la ruptura de la relación poder-obediencia. Eran pequeñas victorias llevadas a cabo por los detenidos desaparecidos y el fracaso del poder represor y su sistema de dominación. Por consiguiente, luego de ocurrida la fuga, cerraban el centro clandestino, como el caso de automotores Orletti, desmantelado luego de la fuga de Graciela Vidaillac y José Ramón Morales. Ambos militantes de las Fuerzas Armadas de Liberación de Argentina, secuestrados el 2 de noviembre de 1976, por la patota de Aníbal Gordon y trasladados al centro clandestino Automotores Orletti. José llegó herido y lo recluyeron en una habitación contigua a Graciela que quedó colgada de las muñecas luego de la brutal tortura. Había amanecido cuando Graciela percibió que los torturadores dormían y decidió soltarse las ataduras para ir en busca de José. Se produjo una balacera entre la patota y la pareja en la que Graciela resultó herida en el hombro. Corrieron hacia la calle hasta dar con las vías del ferrocarril Sarmiento y cruzar antes de que pasara el tren. Ya exiliados, llegaron a Nicaragua donde José muere en una emboscada del dictador Somoza.

También, tras la fuga de cuatro detenidos desaparecidos, desarticularon e incendiaron el centro clandestino “Mansión Seré”, con el fin de borrar las marcas de su uso represivo. El día 24 de marzo de 1978, Claudio Tamburrini, Daniel Rusomano, Guillermo Fernández y Carlos García se escaparon, utilizando varias frazadas atadas en una de las ventanas del primer piso de la casa. Esposados y desnudos eludieron a la custodia. Pero, cuando se produjo el cambio de guardia, notaron el escape y enviaron helicópteros que sobrevolaron el lugar por poco tiempo, porque la lluvia torrencial dificultaba el vuelo. En plena noche corrieron hasta dar con una casa, donde Guillermo tocó timbre, mientras el resto permanecía oculto. Una señora lo atendió, le permitió hacer una llamada telefónica y le ofreció ropa y dinero para el colectivo. Guillermo salió en busca de ayuda y a las horas, el padre de García, en su auto, rescataba al resto del grupo.

La otra pequeña victoria, encarnada por Víctor Hugo “Beto” Díaz, militante de la JP Montoneros, ocurrió en febrero de 1977, cuando lo trasladaron al Regimiento 3 de Infantería de La Tablada, en el baúl de un auto. Luego de la tortura sufrió un desmayo, pero igual seguía escuchando. Atado, vendado en un catre logró liberarse de las ataduras con los dientes cuando escuchó los ronquidos del guardia. Le sacó el arma, le dio un golpe en la cabeza y le preguntó dónde estaba. Se puso la camisa del represor y corrió hasta un alambrado que trepó, mientras un centinela daba aviso al resto. En la calle siguió corriendo hasta dar con un empleado de la Serenísima que le indicó el camino. Cerca de unos monoblocks habló con un portero quien le dio su camisa y dinero para el colectivo. A los meses de escaparse, Beto continuó militando y en un operativo del Ejército, en la vía pública, junto a otros compañeros recibió varios disparos de bala en su espalda y en el resto de su cuerpo. Herido y ensangrentando logró huir nuevamente y se exilió en Méjico para retornar con la contraofensiva.

Cacho Scarpati, militante Montonero, detenido el 2 abril de 1977, recibió 9 balazos al intentar resistirse. Lo llevaron a Campo de Mayo donde intentaron salvarlo para sacarle información. Intentó suicidarse, sin éxito, dos veces como una forma de liberación. Igual lo torturaron con picana eléctrica y fue “interrogado” por Inteligencia del Ejército y por Inteligencia Naval. El 17 de septiembre de 1977 cuando ya llevaba cinco meses secuestrado, lo trasladaron al campo de concentración que llamaban “El Sheraton”. Allí le dijeron que Clemente, militante montonero, había declarado bajo tortura que posiblemente Scarpati, conociera una casa de La Plata donde funcionaba una emisora de Radio Liberación. Entonces, los llevaron para que reconocieran el lugar. Clemente y Scarpati, estaban en el asiento de atrás de uno de los autos, mientras el otro coche que los acompañaba debió desviarse hacia otro operativo por órdenes de sus superiores. Clemente y dos miembros de la patota bajaron para identificar la casa, mientras Cacho le arrebata el arma y reducía al que había quedado en el auto. Corrió y a punta de pistola se fugó en un auto. Antes de entrar en la Capital Federal lo abandonó y robó otro, pero en Constitución comenzó a perseguirlo un patrullero con quienes se tiroteó. Seguidamente fue hasta la casa de unos amigos para reencontrarse con su hijita. Scarpati se encargó de denunciar las violaciones a los derechos humanos, los nombres de represores y planos de Campo de Mayo, en el exterior y en los juicios.

“Hay que ganarles la batalla” “Va a haber un Nuremberg para todos ustedes, asesinos” decía Horacio Maggio, militante Montonero, quien logró fugarse de la ESMA, en abril de 1978. Secuestrado el 15 de febrero de 1977 había sido incluido en el “proceso de recuperación”, designación dada por los represores a quienes obligaban a realizar trabajo forzado en el sector de la Pecera, una parte del Casino de Oficiales. El 17 de abril fue enviado fuera de la ESMA a comprar bolígrafos y papel. Buscó un negocio que tuviera puertas que dieran a dos calles. Dejó al soldado que lo vigilaba en una puerta, y se escapó por la otra. Pudo reencontrarse con su familia. Redactó un documento denunciando y describiendo con detalles el funcionamiento del centro clandestino, las mecánicas de tortura, cautiverio y desaparición, los vuelos de la muerte. Dibujó planos e identificó a secuestrados y represores. Fue entrevistado por Associated Press reiterando sus denuncias. La entrevista fue publicada en los principales diarios del mundo. El 4 de octubre de 1978 fue fusilado por el Ejército y su cuerpo exhibido como “trofeo” ante los secuestrados de la ESMA.

El 15 de diciembre de 1977, Jaime Dri, militante Montonero, ex diputado provincial por el Chaco fue secuestrado a fines de 1977 en Montevideo y trasladado a la ESMA. Después de unos meses en la ESMA fue llevado al centro clandestino que funcionaba en la Quinta de Funes, Rosario, luego devuelto a la ESMA. Transcurría el mes de julio de 1978 cuando la Marina ideó un operativo para capturar subversivos en la frontera con Paraguay y llevó a Jaime hasta un puesto en Puerto Pilcomayo donde convenció a un oficial de 18 años de cruzar la frontera en balsa para comprar cigarrillos más baratos. En un descuido, ya en tierra firme, Jaime se escapó por las calles paraguayas. Días después con ayuda del gobierno panameño llegó a Brasil y después a Panamá. Ya en el exterior, denunció todo lo vivido, alertando sobre el genocidio que se estaba implementando en la Argentina.

Alfredo Ayala, dirigente villero de Montoneros, fue secuestrado en septiembre de 1977 y trasladado a la ESMA. Formó parte de “La Perrada”, trabajos forzados que los militares obligaban hacer a los detenidos como el trabajo esclavo que realizaba en el taller de un tío del represor Jorge Radice. Allí lo dejaban a las 6 de la mañana y lo pasaban a buscar a las 6 de la tarde. Una tarde decidió regresar a la villa, pero fue recapturado semanas después. Finalmente, lo llevan a trabajar a las islas del Tigre donde los marinos comercializaban la madera de la zona. Permaneció varios días en el lugar, sin custodia, hasta que un lanchero lo trasladó al continente, previo pedido de Alfredo.

Si bien, durante la oscura noche de la dictadura se fueron tejiendo pequeñas resistencias, pequeños triunfos, la tarea aún continúa. La lucha por sostener nuestra memoria colectiva, recuperando las identidades de los 30.000, la lucha por instalar la verdad, la lucha por la justica de ayer y de hoy, donde la igualdad de condiciones y posibilidades sea equitativa para todos es el nuevo desafío de nuestro tiempo.

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