Las cosas que no cuadran

6 de abril. Fuente: Por Irene Zugasti

El pensamiento crítico no es contrapropaganda, es pluralidad, son contradicciones, es la vida misma, la guerra misma, y de seguir ahogándole, brotará en formas mucho más turbulentas, y es ahí donde nacen los monstruos

Más allá del celebrado periodismo de datos, del fact checking, de las infografías y de los informes oficiales, hay una sana y viejísima forma de interpretar el mundo, que los feminismos conocen bien: se trata de la sospecha. La sospecha como metodología de investigación, la sospecha como incómoda inquietud, la sospecha como ejercicio de resistencia.

Sospechar, dice el diccionario, es “imaginar o suponer una cosa, generalmente negativa, a partir de conjeturas fundadas en ciertos indicios o señales”. Ricoeur hablaba de la “hermenéutica de la sospecha” para referirse a las filosofías críticas que recelaron del orden y las verdades universales que regían el mundo y demostraron así los intereses y estructuras que lo apuntalaban. En algunos casos, además de interpretarlo, lucharon por cambiarlo. Y con ese mismo ejercicio de la sospecha cuestionamos dioses, estamentos, liderazgos, privilegios, géneros, razas o fronteras, especialmente nosotras, que aprendimos a narrarnos y a quebrar esas verdades absolutas.

Pero hay otra sospecha más cotidiana, más irracional y mundana, esa que sale de la entraña o de la mosquita tras las orejas, esa que dice “oye, esto no me cuadra”. Y no sé vosotras, pero yo, cuando mis paisanas, mis vecinas, mis amigas me dicen que algo no les termina de encajar, suelo hacerles caso, o al menos, poner en cuarentena la cuestión. Y si la que recela es mi madre, cuyas suspicacias tantas veces he despreciado, o hasta rebatido como gata panza arriba, pues con más razón. Porque lo que a menudo no le cuadraba resultó ser bastante decepcionante: ese novio, ese trabajo o esa dieta, por ejemplo. Mamá, la historia te absolverá.

Precisamente fue ella la primera en decirme que, con esto de Ucrania, algo no le cuadraba. Lo dijo frente al televisor, con el telediario a medias, en lo que acabó siendo una acalorada sobremesa sobre armamento y sanciones, como supongo, ocurriera en muchas casas. También lo he escuchado en el trabajo, en un taxi, en los grupos de Whatsapp, o en el descansillo, cuando vi a mi vecina cargar con demasiados bricks de leche semidesnatada. Lo he oído en las preguntas del público en las charlas sobre Ucrania a las que acudo, que se abarrotan para escuchar otras versiones, disidentes, o por lo menos, diferentes. Hay quien plantea bajito esas preguntas, en la intimidad, en la confianza, porque sospecha que, en este tema, precisamente, no hay espacio para sospechas. Aunque nazcan de la experiencia, o del conocimiento, o de la observación. Pero el caso es que hay cosas que no, que no cuadran.

« ¿Quién manda en nuestra compasión, nuestra culpa, nuestra ternura, nuestro dolor? ¿Dónde teníamos guardada toda esa generosidad?»

No cuadra que en pocas semanas los Estados europeos hayan sido capaces de construir una admirable arquitectura de acogida para cientos de miles de personas, proporcionando alojamiento, protección internacional, escolarizaciones y servicios con una diligencia ejemplar. Porque, ¿no son esos los mismos Estados que avalan la devolución y rechazo de personas en la frontera sur?, ¿los que tuvieron a miles de refugiadas que huían de la guerra en Siria durmiendo durante meses en sus parques y bajo sus puentes, mientras se los repartían como a una incómoda patata caliente?, ¿no son ellos los de la contención frente a la inclusión, los que aumentan el presupuesto de Frontex para blindar de la barbarie las lindes de nuestro europeo jardín?

Tampoco cuadra esta inusitada solidaridad ciudadana, tan coral, tan abrumadora. ¿Quién manda en nuestra compasión, nuestra culpa, nuestra ternura, nuestro dolor? ¿Dónde teníamos guardada toda esa generosidad para abrir nuestros hogares, para poner nuestras manos y nuestros recursos? Quisiera pensar que nos mueve la empatía y no el programa de Ana Rosa, porque nos arriesgamos a padecer de una gran ceguera. Nos requieren con urgencia las ONG, (hasta las que nunca estuvieron allí), la app del banco, el AMPA del cole, el chef José Andrés, mi asociación de vecinas, el espontáneo que se ha ido con la furgoneta a recoger a no sabe quién no sabe dónde, los de la alfombra roja de los Oscar, una empresa de patatas en León, o Cayetano Rivera, que está salvando niños en Polonia. Y por supuesto, respondemos. Prefiero pensar que no se trata sólo de la empatía de la blanquitud –de hecho, gran parte de Centroeuropa es profundamente racista con las personas eslavas–, sino de una verdadera vocación de ayuda ante la injusticia y quienes la padecen. Pero me pregunto por qué hay dramas que se nos exponen en toda su crudeza, como este, y otros que no queremos, no podemos, o no nos dejan ver, aunque estén bien cerquita, en el Estrecho, o en nuestro barrio. Como esos tres millones de pobres que no veía Ossorio, el consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Ojalá a quienes gestionan tan enorme e inédita solidaridad les cuadren también las cuentas.

No cuadra tampoco –sospecho– que se nos exponga cada día a una épica de honor y valor militar como si se tratara de un parte de guerra del siglo pasado. En nuestro propio suelo bien sabemos lo que significa dar alas a eso de luchar por la nación y alimentar la retórica de la venganza de los señores con pistolitas. No cuadran tantas loas a un ejército en el que los hombres no tienen alternativa a luchar porque una ley marcial así lo impone, y en el que la extrema derecha inflige su discurso que, lejos de ser residual, ha emponzoñado las instituciones y la memoria ucraniana. No cuadra el interés en ignorar deliberadamente el hecho de que una parte considerable del legítimo nacionalismo ucraniano se ha envenenado por el camino, peligrosamente apegado a la ideología nacional socialista, disuelto en un difuso revoltijo de tradicionalismo, patriotismo y supremacismo donde acaban por desdibujarse las líneas de lo tolerable, hasta no saber cuál es el lado bueno de la Historia. Así lo reportaban, hasta no hace mucho, informes y medios de todo el mundo, pero entonces Ucrania era una estepa remota más allá del Muro. Ah, y lo de Zozulya. Eso tampoco cuadra.

No cuadra, por lo tanto, –conjeturo– que la Unión Europea plantee incluir por la puerta de atrás un país que dista de ser una democracia alineada con sus valores (ni siquiera el cacareado índice de The Economist la considera así). El “útero de Europa” que gesta los bebés blancos de occidente a costa de los cuerpos de las mujeres, un país donde las personas LGTBIQ+ son acosadas y perseguidas, donde la población romaní está siendo atada a farolas sufriendo pogromos y linchamientos, donde se multiplican, desde que empezara la guerra en 2014 las razias y las vendettas entre comunidades. Nos suena, ¿verdad? Recordemos que también en el refugio y el exilio operan privilegios, y me pregunto si todas las personas que no pueden salir, que se han quedado a ambos lados del frente, están a merced de la ley de la jungla y qué mecanismos de protección quedan para ellas allí donde no llegan las cámaras.

No cuadra –recelo– que un presidente de gobierno se convierta en una rockstar inmaculada que hace bolos por los parlamentos y videollamadas a famosos de Hollywood, sin poder encontrar en los medios informaciones claras sobre qué decía su programa electoral, quiénes son sus apoyos financieros, o cuáles son los partidos que ilegaliza, que, por cierto, incluyen a todos los de la izquierda. No cuadra, tampoco (me digo, eh, que quizá me equivoco), que al villano cruel y genocida que es Putin se le hicieran, no hace tanto, amigables visitas privadas, se le aceptasen invitaciones a monterías donde disparar a osos borrachos y hasta casi, casi se le vendiera un tercio de Repsol. Él, que también fue en su día un aliado antiterrorista, allá por 2002, cuando el enemigo era otro y estaba en Afganistán. Enemigo que, por cierto, antes fue también un aliado, un freedom fighter de la Guerra Fría. Qué lío… no me extraña que haya quien prefiera la versión simplificada, esa que nos deja dormir tranquilas. Los “cordones sanitarios” a tiranos, sátrapas y totalitaristas se parecen más a una cuerda de saltar a la comba que a una barrera democrática, tan flexibles, tan versátiles, tan… líquidos.

Diría también que no cuadra que todas las personas que pública y abiertamente opinan diferente a la única línea informativa existente se vuelvan, automáticamente, una amenaza, un enemigo. Conspiranoicos, negacionistas, extremistas o agentes del Kremlin, rusófilos, rojipardos o frikis de internet. Por supuesto que esas personas existen, y que a río Dnieper revuelto, ganancia de pescadores. Pero no, no cuadra que todo el mundo esté siempre de acuerdo en cada mesa redonda. Esas voces discordantes, las que vienen desde el progresismo, el antimilitarismo o el feminismo, no pueden estar todas a sueldo de Moscú. ¿Qué interés personal o genuino puede haber en defender el régimen conservador y represivo de Putin, un régimen que ha vaciado de sentido la memoria histórica para convertirla en un folclore nacionalista al servicio de sus oligarcas? ¿Un régimen que persigue la “ideología de género” y construye su desigual riqueza sobre los valores más conservadores y tradicionalistas? ¿Un régimen que encarcela disidentes y envía a soldados a morir y matar en una guerra que, durante ocho años, ocurrió frente a sus ojos? El pensamiento crítico no es contrapropaganda, es pluralidad, es diversidad, son contradicciones, es la vida misma, la guerra misma, y de seguir ahogándole, brotará en formas mucho más turbulentas y confusas, y es ahí donde nacen los monstruos.

« Sospechar ayuda a conocer nuestras contradicciones y vulnerabilidades, y de ahí pueden nacer algunas valiosas verdades sobre quién quiere esta guerra»

Y por acabar, y disculpad tanto recelo, pero tampoco cuadra que el pacifismo no tenga ningún espacio en los grandes medios, que solo sea ridiculizado, ninguneado o relegado a una postura de idealistas, ingenuos, ni-nis o nostálgicos. Quizá quienes nos criamos entre el no a la guerra y el desarme, pintando palomas y olivos en el patio del recreo, sí que hemos sido ingenuas creyendo en la cultura de la paz, que es un ODS, un principio universal, un valor y un objetivo de la comunidad internacional. Por eso a muchas no nos cuadra eso de llamar insurgencia armada a la gente corriente, o a eso de aprobar gasto público para enviar armamento, y, sobre todo, nos preocupa el incierto destino de esas armas y de sus radicales portadores cuando, dentro de no mucho, vaguen por Europa y más allá.

Sospechad, amigas, compañeras, sospechad. Entre vosotras, o como mi madre, frente a la tele; hacedlo bajito o en voz alta, como queráis. Desde la sospecha crítica, fundamentada, científica y material; pero también desde la corazonada, desde el agravio comparativo, desde la humildad de quienes no lo sabemos todo: aplicad nuestro digno y necesario ejercicio de la sospecha. Sospechad, porque si no, dejaremos el legítimo derecho a disentir en manos de personajes muy oscuros y siniestros. Sospechad, porque quizá algún día necesitemos que sean otras las que sospechen por nosotras. Porque sospechar no implica dejar de ser solidarias, ni volverse equidistantes. Porque sospechar ayuda a conocer nuestras contradicciones y vulnerabilidades, y de ahí pueden nacer algunas valiosas verdades sobre quién quiere esta guerra y quiénes se llenan los bolsillos, las urnas o la reputación con ella. Porque solo sospechando hemos podido abrir caminos y alternativas al de la violencia, la desigualdad y el silencio.

Cuando se apague esta guerra, cuando llegue la paz, o la victoria, o la silenciosa y larga posguerra, entonces, también, sospechad. Ojo, que yo no digo nada. Pero es que hay cosas que no, que no cuadran.

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