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Italia: los años duros de la Fiat

Lunes 29 de septiembre de 2008. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

La horda de oro- Nanni Balestrini y Primo Moroni

Sin duda la Resistencia, la lucha de liberación del nazifascismo, también
había contribuido a alimentar, en el imaginario social, una fuerte esperanza en la posibilidad de una superación de las formas de producción capitalistas, de una modificación en un sentido revolucionario de las relaciones entre las clases sociales. En efecto, durante los primeros años de postguerra, amplios sectores del proletariado rural y urbano expresaron, a través de luchas espontáneas, una presión constante y considerable además de explícitamente anticapitalista.

Esta tendencia contradecía, en la práctica,
la estrategia política de las organizaciones de partido de la izquierda, en
primer lugar del PCI cuya dirección consideraba prioritarios los «intereses
nacionales» que debían realizarse a través de la colaboración entre los sectores
progresistas de la burguesía y el movimiento obrero, con el propósito
de devolver su vigencia a las estructuras institucionales de la democracia
burguesa que el fascismo había suprimido, y de conquistar en una dirección
democrática —y de tendencia socialista— las propias estructuras económicas.

La visión de Togliatti era que un partido comunista en un país como Italia,
en una determinada situación histórica, con una particular coyuntura
nacional e internacional, sólo podía actuar en una línea de moderación, a
cambio de su plena legitimidad, que de por sí constituye una constante
hipoteca sobre la burguesía, obligada a medio o largo plazo a hacer concesiones
que modificasen las relaciones de fuerza entre clases. Por lo tanto,
para Togliatti, «lo primero que hay que hacer es un llamamiento a los obreros
para que, en cualquier lugar donde trabajen, aumenten su rendimiento en
el trabajo [...] dado que en nuestra sociedad un plan económico nacional
no es posible [...]. De todas formas es cierto que la iniciativa privada tiene
que tener un campo de acción enorme». Esta línea conllevaba inevitablemente,
en los hechos, una sólida puesta en marcha del proceso de acumulación
de capital.

En este marco, el complejo industrial de la Fiat de Turín se convirtió
en el escenario en el que se jugaría una de las partidas decisivas en relación
con las nuevas formas institucionales del capitalismo postbélico, además
de ser uno de los sectores más avanzados de la clase obrera.[1]
Durante ocho meses, después del final de la guerra, la Fiat fue dirigida
por comisarios nombrados por el CLN (Comitato di Liberazione
Nazionale
[Comité de Liberación Nacional]). Esta situación representó lo
que más se aproximaba de hecho a la idea de una dirección obrera de la
producción, aunque mediada por una élite de representantes.

A partir de las míticas huelgas de marzo de 1943 y durante diez años,
la clase obrera de la Fiat participó de forma masiva en luchas caracterizadas
por una fuerte orientación política revolucionaria. La clase obrera
tomó como táctica aquello que para el partido era estrategia: de ahí las
frustraciones profundas y los sentimientos de angustia inexpresables, porque
el capitalismo llevaba adelante sus planes, ya no sólo de reconstrucción
sino de reorganización del propio poder en las fábricas. El comportamiento
obrero instintivo era de rechazo: rechazo del trabajo a destajo, rechazo
de los tiempos cada vez más rápidos, rechazo de la jerarquía y de la disciplina
patronal del trabajo; en cambio el comportamiento de las organizaciones
políticas y sindicales estaba basado en la adaptación. El secretario
de la federación del PCI de Turín denunciaba «la tendencia a formar grupos
ilegales [...]. No logramos explicar nuestra política nacional, qué queremos,
quiénes somos realmente; nos consideran emisarios de Moscú, renegados.
Hay mucho obrerismo en nuestro partido». La revuelta obrera se desplegó
sobre todo contra el sistema de incentivos. En la Fiat y en muchísimas
industrias se condenó al ostracismo a los controladores de tiempos, a los cronometristas,
a los analistas de taller. En el rechazo obrero de someterse al
tiempo del capital y en la primera concepción del salario como «variable
independiente», encontramos los retoños del movimiento de masas de
comienzos de los años sesenta. Eran las primeras manifestaciones de una
conciencia de clase espontánea que el Partido Comunista no podía tolerar.
De hecho, puntualmente, la Cámara del Trabajo de Turín publicó un boletín
sindical, titulado Conciencia de clase, en el que, la propia conciencia «se
contrapone al “clasismo deteriorado” que se limita a la defensa de los intereses
de categoría (definido a veces como “obrerismo”)».

1953, fue el año en el que el grupo dirigente de la Fiat, capitaneado por
el criticado ingeniero Valletta, [2] realizó un ataque directo contra el movimiento
obrero y la organización sindical de la FIOM, [3] el sindicato de indusria
de la CGIL.[4] Este ataque fue doble. Por una parte, se orientó contra la clase obrera en su totalidad a través de la división de los obreros en «constructores
» y «destructores», una fuerte limitación a la legitimidad del
derecho de huelga, la promoción del premio a la colaboración (premio
anti huelga), del chantaje sobre la garantía del puesto de trabajo, la puesta
en marcha de iniciativas que combinaban intimidación y paternalismo;
clásica, en este sentido, fue la distribución de miles de panfletos que
hacían propaganda de las ventajas ofrecidas por la adhesión a los intereses
de la empresa. Por otra parte, se realizó una sistemática discriminación
en relación con las vanguardias sindicales más activas: expulsión de
los comunistas de las comisiones internas, promoción del sindicalismo
empresarial «amarillo».[5]

De 1953 a 1962, la gran masa de los obreros de la Fiat se abstiene de
participar en las huelgas; quedan, con el fin de dar continuidad a la lucha,
unos pocos centenares de sindicalistas de la vanguardia comunista de la
FIOM, pero aislados y reducidos casi a condiciones de clandestinidad.
Fueron años en los que la dirección empresarial teorizaba y practicaba
abiertamente el derecho de represalia contra quien luchaba y hacía huelga:
amonestaciones, multas, suspensiones, despido de dos mil sindicalistas,
la gran mayoría de los cuales pertenecía a la FIOM-CGIL y al PCI, traslado
de otros cuantos miles a los «sectores de confinamiento» (como el
famoso Taller Subsidiario de Repuestos rebautizado por los confinados
como Taller Estrella Roja). Dentro de la fábrica, se instauró una atmósfera
de cuartel militar: se impedía la movilidad física dentro de los puestos,
las vanguardias obreras estaban rodeadas por una densa red de controles
compuesta por fervorosos jefes de taller y por vigilantes. Hacia
finales de 1953, se llegan a instaurar incluso en las fábricas tribunales
compuestos por altos dirigentes empresariales y por inspectores del cuerpo
de vigilantes, que tenían la tarea de juzgar a los trabajadores indisciplinados
y de aplicar la pena del despido.

Las dificultades, graves y objetivas, con las que se encontraban, no sólo
el taller más avanzado sino toda la clase obrera, hicieron madurar y crecer
dentro del Partido Comunista la convicción de que retomar la iniciativa
de clase sólo era posible fuera de la fábrica, a través de la relación general
de fuerzas entre las clases del país y en el empeño en la propaganda y en el
apoyo de las experiencias socialistas internacionales. No por casualidad,
el manifiesto de la FIOM a la comisión interna (los de la catástrofe) para
las elecciones de 1955 sostenía la necesidad de «mirar más allá de los portones
de la fábrica». Como se verá más adelante, la falta de compromiso
del partido hacia la centralidad de la intervención en la fábrica constituiría,
a comienzos de los años sesenta, un elemento de fuerte polémica
animada por un limitado pero aguerrido componente político-teórico
nuevo que será llamado «obrerista». En este contexto estallan los hechos
de julio de 1960. [continuará]

Notas:

[1] «La Fiat lo es todo en Italia». Esta frase podría considerarse como cercana a la verdad durante
los 30 gloriosos italianos, las décadas del «milagro italiano» y del desarrollo industrial fordista.
Creada en 1900, la propiedad de la fábrica llegó a ser propiedad íntegra de Giovanni Agnelli posteriormente
senador durante el régimen fascista. Este carácter familiar de la empresa se ha conservado
hasta la actualidad. Principal agente y beneficiario de la expansión del consumo de masas
en Italia, se convirtió también en su principal empleador con más de 150.000 trabajadores a su
cargo. Aunque sus fábricas estaban repartidas por los principales centros industriales del norte de
Italia, el principal centro de la empresa fue sin duda la gran ciudad fábrica de Turín [N. del E.].

[2] Vitttorio Valleta formado en la dirección de la Fiat durante los largos años del fascismo italiano.
Como director de la empresa, delegado por Agnelli, en la década de 1950 se encargó de la
reconstrucción y reorganización de la fábrica preparándola para la producción masiva de automóviles
a partir de mediados de la misma. Entre sus haberes se cuenta la neutralización de la organización
obrera con fuerte presencia en la empresa tras los años de la Liberación. Fue presidente
de la empresa hasta 1966 [N. del E.].

[3] Federazione Italiana Impiegati Operai Metallurgici, primera federación industrial italiana creada
en 1901, y asociada, pero siempre con cierta autonomía, a la CGIL. Agrupaba y agrupa a los
obreros del metal, su historia ocupa el centro de la historia del sindicalismo italiano. Más escorada
a la izquierda y más combativa que la CGIL, no pudo sin embargo escapar a la suerte del sindicato
y a su dependencia del PCI [N. del E.].

[4] Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL) fundada en 1906 a partir de distintas
organizaciones sindicales (las Camare del Lavoro), sus primeros años bascularon entre el sindicalismo
revolucionario de algunas federaciones y el socialismo moderado de la dirección. Tras la
reconstrucción sindical a partir del Pacto de Roma de 1944 (que da carta institucional al nuevo
Estado que sale de la Liberación) se convertirá en la casi única fuerza sindical. Con una enorme
legitimidad social y una completa hegemonía en el medio obrero, fue sin embargo subordinada a
la orientación del PCI, lo que derivó en la escisión de los católicos y más tarde de los socialistas
y la formación de nuevos sindicatos, lo que sin duda reforzó su condición de «correa de transmisión
del partido» durante toda la década de 1960 y 1970 [N. del E.].

[5] Masssimo Pini, L’ assalto al cielo, Longanesi, Milán, 1989

::Fuente: La horda de oro. La gran ola creativa y existencial, política y revolucionaria (1968-1977). Nanni Balestrini y Primo Moroni . Traficantes de Sueños ed.

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