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Fin de la recompensa del ocio, inicio de los disturbios

Martes 3 de noviembre de 2020. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Por Alberto Cubero

España y todos los países europeos nos encaminamos a un nuevo confinamiento pero, a diferencia del primero, esta vez se pretende que la actividad económica y educativa siga funcionando. Es decir, que básicamente lo que se prohíbe es toda actividad relacionada con el ocio.

Este fin de semana Inglaterra ha anunciado confinamiento del país salvo para ir a trabajar y a estudiar, algo similar ha ocurrido en Portugal pero solo para el 70% de la población. Alemania directamente ha cerrado bares, restaurantes, oferta cultural y deportes en espacios cerrados durante todo noviembre. Nadie está planteando el cierre de algún sector económico fuera de los relacionados con el ocio. Cierre total o parcial, pero siempre dirigido exclusivamente al ocio, también en España.

Una muestra de que este segundo confinamiento está dirigido básicamente al ocio es el toque de queda nocturno, franja horaria en la que se produce mayoritariamente el ocio, sobre todo el de la juventud. De esta manera, se pone el foco sobre el ocio como si fuera lo único que produjera contagios, obviando las aglomeraciones en los transportes públicos o los numerosos brotes que se están produciendo en centros de trabajo, especialmente allí donde la precariedad es mayor, como el caso de los mataderos.

La segunda diferencia con el primer confinamiento es que en esta ocasión la señal es que va para largo. Prueba de ello es la aprobación por 6 meses del estado de alarma en España. El capitalismo es capaz de asumir la anulación permanente del sector económico del ocio: hostelería, cultura, turismo… mientras todos los demás funcionen. “Solo” tiene que redirigir el capital invertido en el sector del ocio a otros sectores. El envío a la exclusión social de cientos de miles de personas que trabajan hoy en este sector sería un mal menor. El capital es así de frío e inhumano.

El capital y las instituciones que salvaguardan sus intereses, sin embargo, pueden tener un problema. Quizá puedan prescindir de las plusvalías que genera el sector económico del ocio pero suprimir el ocio puede tener consecuencias que van más allá de las económicas. El ocio es imprescindible para la estabilidad vital de las personas y la anulación de las relaciones sociales que conlleva tendrá consecuencias en el estado de ánimo y en la estabilidad mental de muchas personas. Más aún si estas medidas se prolongan durante meses y no se ve cercano un horizonte de vuelta a la “normalidad”.

Las sociedades capitalistas contemporáneas se caracterizan por la precariedad vital, la infelicidad individualista y un buen número de patologías propias de un sistema inhumano que hasta ahora mucha gente podía soportar por lo que podríamos llamar “la recompensa del ocio”. Un ocio también patológico e insano en demasiadas ocasiones que puede ir acompañado de alguna adicción como el alcohol, otro tipo de drogas o el juego. Posiblemente muchas personas aguantan las angustias de una vida precaria, el estrés y la monotonía de un curro de mierda, la infelicidad de una vida sin aspiraciones, pensando en la recompensa del ocio, en la fiesta del fin de semana.

La cuestión es cuánto tiempo va a durar la autoridad del sistema para mantener anulada la válvula de escape, la recompensa, el elemento estabilizador que supone el ocio. Si va a ser capaz de generar en tiempo récord válvulas de escape alternativas o si ese descontento acabará saliendo por algún lado.

Los disturbios que se están comenzando a producir en ciudades españolas e italianas posiblemente tienen algo que ver con todo esto. Puede que en ellos hayan participado grupos fascistas y negacionistas, o que incluso hayan sido los organizadores. Pero dudo que la motivación de todos los que hayan participado en los mismos tuviera relación con la ideología de estos grupos. Posiblemente también hubiera personas que, ante el cierre de la válvula de escape, ante la falta de la recompensa del ocio canaliza su frustración hacia algún lado. Su salida es tan individualista como la de negacionistas y ultraderechistas, pero nadie puede hacerse el sorprendido ni el excesivamente indignado porque la gente busque salidas individualistas en una sociedad individualista. Ahora bien, el origen no es el mismo y la izquierda no debemos meter todo fenómeno en un etiquetado simplista.

Vox ha tratado de apropiárselo en redes sociales, había grupos de extrema derecha en esos disturbios, pero el espantajo de Vox y la ultraderecha no puede convertirse en la justificación permanente ante cada decisión que tomamos, ante cada acontecimiento que sucede. La composición mayoritariamente juvenil de esas movilizaciones, el horario de convocatoria o las formas de provocar disturbios con la policía indican que posiblemente en estas protestas había un fuerte componente de juventud obrera precaria y frustrada. Al menos hasta el momento, ni la extrema derecha pija (los “cayetanos”) ni los negacionistas habían optado por la quema de contenedores y el enfrentamiento directo y violento con la policía.

En unos disturbios como los de estos días no sólo hay que observar el hecho en sí sino también el contexto. Ahora mismo hay cientos de miles de personas que han perdido su precario modo de ganarse la vida (precisamente porque en muchos casos estaba vinculado a la industria del ocio, como es el caso de la hostelería). Y sin ingresos económicos, en la sociedad neoliberal actual, eres literalmente desahuciado. Y, repetimos una vez más, no se ve horizonte de salida. Y sin luz al final del túnel, no debe sorprendernos que haya personas que enciendan antorchas, aunque sólo sea para poder ver mientras caminan, o para calentarse en un invierno que tendrán que afrontar sin calefacción por no poder pagarla.

Vivimos momentos de gran incertidumbre donde se nos permite trabajar y estudiar, pero no se nos ofrece recompensa alguna que nos haga olvidar la inseguridad y angustia, aunque sea por un instante, de que tus estudios no te van a servir para encontrar un empleo y que si lo tienes es precario. Se está perdiendo la autoridad para pedir sacrificios en el ámbito del ocio, cuando te hacinan en el transporte, en el curro o ves cómo el poder económico y político no se corta un pelo y se monta fiestones como el de El Español, con ministro de Sanidad y líder de la oposición incluidos.

La sociedad actual es una olla a presión con la válvula de escape obstruida. Es deber de la izquierda revolucionaria analizar con rigor el momento que vivimos y ser capaces de ofrecer una alternativa real a la vida de mierda que ofrece el capitalismo. Una vida que no necesite de válvulas porque no haya nada de lo que escapar. Un modelo que ponga por delante la vida y la salud a los beneficios de una minoría parásita que se lucra del trabajo ajeno. Un modelo que pare lo que tenga que parar para proteger la salud, pero sin dejar a nadie tirado en la cuneta, que rescate personas y no bancos o compañías aéreas.

Para ser capaces de ofrecer una alternativa así, que además sea entendible y creíble, primero tenemos que comprender los enormes cambios a todos los niveles que este shock en forma de pandemia está generando. La crisis social y económica que se está gestando va a tener unas dimensiones enormes con consecuencias impredecibles. Y, como ya sucediera en la crisis de 2008, las crisis económicas pueden producir una crisis de la ideología hegemónica. Afrontemos de frente la realidad y salgamos de nuestro espacio de confort. Porque lo que no puede ser es que esta pandemia lo cambie todo menos a la izquierda.

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