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Entrevista a Miquel Amorós: "la ideología del decrecimiento llega tras el fracaso de la ideología precedente, la ’alterglobalización’"

Lunes 18 de enero de 2010. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Aparecida en el dossier de "El Viejo Topo" sobre decrecimiento

El Viejo Topo

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Decir “boom” es excesivo. En parte obedece a un rasgo típico
de la sociedad de masas como es la moda. Pero profundizando
más diríamos que la ideología del decrecimiento llega
tras el fracaso de la ideología precedente, la “alterglobalización”
y a la falacia evidente de su fundamento económico, el
“desarrollo sostenible”. El deterioro del planeta y la descomposición
de la clase media ha sido tan contundente que los
seudomovimientos apoyados en ella no pueden conformarse
con una simple reconversión ecologista de la producción capitalista
y reclaman la protección de la economía marginal
gracias a la cual sobrevive el sector de la población excluido
del mercado

.

—¿En qué medida la alterglobalización era un seudomovimiento
de las clases medias? ¿Puede precisar este aspecto socioestructural
también respecto al decrecimiento?

—Yo precisaría de las clases medias en descomposición. La
alterglobalización fue la primera respuesta de algunos sectores
perdedores ante la mundialización de la economía: la burocracia
sindical y política, los intelectuales orgánicos, los estudiantes,
los funcionarios, los profesionales, los cuadros medios,
los pueblerinos ilustrados de las plataformas, etc. Una especie
de lumpenburguesía, partidaria del retorno a las condiciones
capitalistas de la postguerra mediante el refuerzo del Estado.
Digo seudomovimiento porque jamás los alterglobalizadores
quisieron moverse, a no ser contra las minorías que practicaban
la violencia contra los edificios institucionales y las sedes
empresariales o financieras. Como buenos ciudadanos que
van a votar y respetan el statu quo solamente pretendían dialogar
para convencer a los dirigentes políticos e industriales
“del Norte” de las bondades de sus propuestas, muchas de las
cuales podíamos leer en Le Monde Diplomatique. En los últimos
diez años, los avances de la globalización han sido tan
feroces, sus efectos sobre el territorio tan tremendos y el desclasamiento
tan acentuado, que los restos de esos seudomovimientos
se han visto obligados a asirse a ideologías más elaboradas
como la del decrecimiento, pero las tácticas y las
intenciones son las mismas. No por casualidad Le Monde Diplomatique
se ha pasado a esa moda.

—¿Cree que a la diagnosis del cambio necesario que postula
el decrecimiento le falta la radicalidad política que implica
una conflictividad social y de clase?

—Ahora que hay decrecimiento, o recesión (en terminología
capitalista), si nos atenemos a lo que dice el ideólogo más
conspicuo en estas tierras, el profesor Martínez Alier, en realidad
se trataría solamente de integrar el coste de la degradación ambiental en el precio final de las mercancías; ese sería el
principal cambio, un régimen económico que él mismo bautiza
como “keynesianismo verde”. Para esto no se necesitan
radicalismos, ni mucho menos conflictos, sino buenas relaciones
institucionales y sobre todo, un poderoso aparato estatal
que aplique un “new deal” ecológista. Los decrecentistas son
enemigos de la radicalización de las luchas antidesarrollistas y
en defensa del territorio, cuando no ajenos a ellas, puesto que
quieren ser recibidos en los despachos del poder. Sus “buenas”
intenciones son esas.

—¿No piensa que desde el discurso decrecentista podría nutrirse
una praxis capaz de enfrentarse seriamente al sistema
productivo actual? ¿De dónde pueden surgir estímulos para
esta necesaria radicalización de los debates y “luchas antidesarrollistas”?

—Yo señalaría las luchas en defensa del territorio como las
que mayores posibilidades tienen de plantear la cuestión social
en los términos más verídicos y actuales, es decir, como
cuestión que engloba todos los aspectos de la vida, siendo el
entorno lo central. Pero los conflictos territoriales provocados
por el desarrollismo (por el crecimiento) han de dejar toda la
basura de “la nueva cultura del territorio” y del “no en mi patio
trasero” y aceptar de una vez por todas el hecho de que es
imposible una fórmula que compatibilice la integridad territorial,
la vida sin apremios mercantilistas y el capitalismo más
o menos regulado por el Estado. Nada puede preservar el territorio
y garantizar una vida libre si éste no escapa a la economía,
si no sale del mercado. Si sus habitantes no acaban con el
sistema capitalista. Toda la lucha antidesarrollista, la auténtica
lucha de clases moderna, ha de afrontarse desde esa perspectiva.

Miguel Amorós es historiador y un analista social no académico.
Entre otros libros, es autor de Durruti en el laberinto (Virus editorial)

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