De Victoria Prego a Ferreras: cuatro décadas de gabinetes de prensa del poder

12 de julio. Fuente: CTXT

Que en España el periodismo no vigile a los poderosos, sino que les haga de matón a sueldo, es tanto como decir que en España no hay democracia

Por Gerardo Tecé

Durante una interrupción en una entrevista realizada en 1995, el expresidente Adolfo Suárez le confesó a Victoria Prego que si en España tenemos monarquía es porque él la metió con calzador en la Constitución del 78. Según las encuestas que manejaban por aquel entonces, le susurraba con complicidad Suárez a Prego tapándose el micro, lo más probable hubiese sido que ganase la opción de la república si se les hubiera preguntado a los españoles. Así que se decidió que lo mejor era no preguntarles. Un secreto de Estado tan brutal, tan impactante, que compartirlo con una periodista como hizo Suárez parecería la peor idea del mundo. En otros lugares del mundo. No en España. Décadas más tarde le preguntaron a Victoria Prego por aquella confesión que le hizo Suárez y la periodista, lejos de sentirse incómoda por la evidente dejación de funciones, por su abandono del oficio de periodista –controlar al poder y contar sus triquiñuelas–, risueña, respondió dándole la razón al expresidente: claro, hizo muy bien, porque no salían los números. Hay pocos periodistas en España tan premiados como Victoria Prego. El día que falte, los obituarios rezarán que fue la periodista fundamental de la Transición. Y no les faltará razón. No en un país que decidió que, en democracia, el papel del periodismo no sería fiscalizar a los poderosos, sino trabajar para ellos como gabinete de prensa. Todo sea por la estabilidad.

Acabó el NODO, pero el NODO siguió después del 78. Las imágenes del día ya no eran las de Franco pescando en el río, sino las del rey Juan Carlos navegando en Palma o esquiando en Baqueira. Campechanía fue el concepto usado por el oficio del periodismo en España durante cuatro décadas para definir a un Jefe del Estado que, mientras, se enriquecía ilegalmente de forma sistemática. Nadie investigó. Nadie preguntó. Y si alguien lo hizo fue apartado de la profesión. No estamos para hacer ruido, no estamos para generar inestabilidad. Décadas de silencio en torno a los dueños del cortijo, los grandes empresarios que manejan a políticos corruptos como títeres. Si saltaba un escándalo, el periodismo español nombraba al corrupto, pero nunca al empresario corruptor. Era de mal gusto. Y, además, te suponía irte al paro. A día de hoy, el NODO sigue. Con nuevos formatos.

Cuando el periodismo pasivo parecía la fórmula definitiva del éxito en esta profesión, cuando no mirar, no preguntar, no indagar, cuando respetar los límites establecidos desde arriba suponía premios, tranquilidad laboral y reconocimiento profesional, llegó Pablo Iglesias. Aquello supuso un cambio radical en el paradigma. A la Sala VIP del periodismo español ya no le valía con tapar, callar y mirar para otro lado. Porque aquel tipo que apuntaba alto en las encuestas estaba rompiendo a pedradas los cristales tintados del poder. Nombrando a los grandes empresarios que manejaban el cotarro. Explicando qué conexiones tenían estos empresarios con políticos títeres. Desgranando cómo la Sala VIP del periodismo, los grandes medios de comunicación en España, no hacían su tarea, que era vigilar al poder, sino que trabajaban para el poder. Al periodismo VIP no le quedó más remedio que abandonar la pasividad reinante y pasar a la acción. Tocaba remangarse. Y era tal la falta de costumbre que, cuando les tocó moverse no supieron disimular los bruscos aspavientos. Para la historia quedará el mítico editorial de El País en el que se advertía a Podemos: si su idea era fiscalizar al poder vigente, que se preparasen para que el poder los fiscalizara a ellos. Pocas veces un medio de comunicación se describe a sí mismo como poder. Y es de agradecer que El País lo hiciera en aquellas fechas. Cuando la fiscalización a Podemos resultó no dar frutos –no había pasado el tiempo suficiente para que aquellos tipos hubieran metido la pata, pero tampoco había tiempo para permitirles que se acercaran al poder– la Sala VIP del periodismo español, el gabinete de prensa del poder, dio un paso más y empezó a fabricar donde no había. El resto es conocido. Las cloacas rebosantes han llevado a la superficie a los periodistas de Estado. Esos cuya función no es darle servicio a la ciudadanía, sino al poder. Desde la Victoria Prego que presidía la Asociación de la Prensa de Madrid que denunció a Podemos por señalar las informaciones falsas y maniobras que sufría –son un peligro para la libertad de prensa, dijeron– hasta el Ferreras que comparte conspiraciones, puro, copa y difusión de bulos en prime time con Villarejo.

Los audios de Ferreras son espectaculares porque no es lo mismo que un titular de prensa te cuente que un oso se ha comido a un hombre que ver a un oso comerse a un hombre. Y lo hemos visto. Pero la cosa no acaba en La Sexta, ni en Ferreras, ni en Villarejo. Los periodistas de Estado dispuestos a defender el cortijo lo copan todo. Desde la Ana Terradillos de la Cadena SER que es premiada por la Guardia Civil como mejor periodista del año –sí, la gente con armas en España otorga premios periodísticos– hasta la Ana Rosa Quintana que usa las mañanas de Telecinco para poner en la agenda del día nuevos miedos y bulos elegidos de forma meticulosa en los despachos pertinentes. Que en España el periodismo no vigile al poder, sino que le haga de matón a sueldo es tanto como decir que en España no hay democracia. A propósito, ¿recuerdan cuando el entonces vicepresidente Iglesias dijo tímidamente que la democracia española tenía defectos importantes? Quienes entonces se llevaron las manos a la cabeza son los mismos que hoy ni se inmutan ante los audios de Ferreras.

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