Claves del feminismo sindicalista para acciones colectivas

Miércoles 21 de abril de 2021

Fuente: Pikara

‘El feminismo sindicalista que viene’ fue un lugar encuentro entre personas y colectivos. Aquí se recogen algunas reflexiones, en diálogo con cada mesa del encuentro, para plantear un sindicalismo interseccional, de base, autoorganizado y centrado en cuestiones materiales más allá de lo laboral que puedan permitirnos luchar juntas y resistir hasta conseguir nuestros objetivos.

La Laboratoria - Nodo Madrid

Nos parece urgente ir afinando entre todas las bases y los objetivos de un feminismo en movimiento que se tome en serio el anudamiento entre capitalismo, patriarcado y colonialismo. Queremos hacerlo desde las luchas concretas, que no son batallas aisladas sino parte de una trama común de impugnación general a este sistema. Y también desde la consciencia de que para luchar necesitamos mecanismos de sostenimiento material y afectivo, generación de redes sociales de apoyo mutuo, que tienen valor por sí mismas porque son, de hecho, la semilla de esa otra sociedad que deseamos. Cuando cuidamos de que la organización de la que nos dotamos para luchar sostenga de facto la posibilidad material y subjetiva de esa lucha, entonces, no solo resistimos embates y conquistamos derechos, sino que, al mismo tiempo, construimos autonomía, contrapoder, nuevas maneras de relación y reciprocidad, que permiten a su vez la continuación y la acumulación de nuestra lucha como trama viva.

Lo que decimos no es nuevo: estas ideas beben de las organizaciones indígenas americanas, de las luchas por los comunes europeos, del primer movimiento obrero y sus primeras mutuas y sindicatos: la lucha por, y la construcción de, medios de producción y reproducción propios que permitan enfrentar la violencia del capital y del Estado siempre han ido de la mano, como modo de resistir a la expropiación de la autonomía de quienes están abajo, como manera de abrir el presente y afirmar otros posibles. También los feminismos se abren como marea de todas y todes cuando son capaces de poner las condiciones materiales de existencia en el centro y construir “sindicato”, en el sentido de redes estables de apoyo mutuo que socializan y politizan malestares individuales, que libran batallas en conflictos concretos, en conexión con otras luchas, a la vez que ponen en el centro el tejido social, las infraestructuras y las instituciones que van construyendo en el camino de lucha.

Llamarlo “sindicato” o no, no es lo central. Toda la acción de los sindicatos amarillos ha desgastado su imaginario, aunque, si miramos la historia, lo cierto es que los sindicatos fueron lo primero que el neoliberalismo tuvo que destruir para instaurar su hegemonía y que la Transición española cooptó y creó para anular el conflicto en la calle. Lo que queremos plantear es que el sindicalismo autónomo, con prioridad en la autoorganización y el conflicto en torno a cuestiones materiales -no solo laborales-, si es feminista, si es interseccional, puede ser un referente organizativo fértil para la lucha en las calles, las casas y las camas. Nada nuevo tampoco: decenas de colectivas y organizaciones, desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca a Territorio Doméstico, desde el Colectivo de Prostitutas de Sevilla hasta las redes barriales de grupos de autodefensa feminista o las organizaciones sindicales con protagonismo femenino y feminista llevan esto a la práctica. Bajo su signo, queremos hacer explícitas algunas de las premisas que estas prácticas contienen, a modo de inspiración para otras tantas.

Escribimos en ruptura con cualquier idea del feminismo como estilo de vida individual. En realidad, un estilo de vida feminista individual solo está al alcance de quienes tienen las condiciones materiales de vida cubiertas y esto siempre es en razón de un origen de clase, nivel formativo, color de piel y procedencia determinada y, por lo general, gracias al trabajo de otras mujeres con menos privilegios. La identificación del feminismo con la figura de la «mujer profesional empoderada y liberada» no hace sino opacar las verdaderas relaciones de opresión, explotación y violencia que sofocan la vida de la mayoría de las mujeres y de las personas heterocisdisidentes y es, de hecho, funcional al orden actual del capital.

El mando es muy capaz de integrar un número de «subalternas» siempre que estas se encuadren en el estado de las cosas. Además, se las usa para culpabilizar a las demás por no conseguir «llegar donde ellas han llegado». Enfrentar las opresiones que una vive en su ámbito doméstico o profesional, aunque a nivel representativo y de imaginario sea importante, si solo produce que algunas mujeres «se igualen a los hombres blancos» en un sistema injusto, topa con el cuello de botella estructural de que el sistema mismo se basa en que siempre haya gente abajo trabajando gratis o casi gratis.

Si queremos un feminismo verdaderamente capaz de cambiarlo todo, las necesidades de las más explotadas y violentadas deben estar en el centro del movimiento: ellas son la primera línea del conflicto capital-vida y la piedra basal sin la que el sistema no puede mantenerse. Solo impugnando la base del sistema y poniendo el cuerpo con otras, se puede transformar la situación de todas y todes, no solo de unas pocas, siempre profesionales, en su mayoría blancas.

Trabajadoras somos todas

[En diálogo con la mesa ‘Revuelta feminista y tramas organizativas entrelazadas con la vida‘]

Partimos de un piso común: trabajadoras somos todas en la labor de sostenimiento de nuestras vidas y de todes y todo lo que nos rodea. Esta concepción intenta incluir todos los trabajos cotidianos (físicos, mentales, afectivos, relacionales), más allá del empleo, en los que nos vemos implicadas y que sacamos adelante gracias a las redes sociales en las que nos insertamos y que también sostenemos. Nosotras no vamos a distinguir entre productivo y reproductivo ni entre humano y no humano. Hay una serie de trabajos que tienen que ser hechos para garantizar la vida y, aún más, para hacerla digna y buena: esos son los trabajos que nos importan y que queremos poner encima de la mesa como medida de la economía y de la sociedad. Estos son los trabajos desde los que se lanzó el llamado a la huelga feminista para dejar claro que, si nuestra vida no vale nada, que sigan sin nosotres.

Las bases sexistas y racistas de la acumulación capitalista

En diálogo con [‘Desmontar la casa del amo‘]
Es el análisis de las violencias que sufrimos en nuestras carnes lo que nos permite reconocer los puntos de valorización del capital. Este análisis muchas veces ha surgido precisamente en las asambleas de preparación de las huelgas feministas: ¿Qué tareas podemos parar y cuáles no?, ¿por qué?, ¿de qué depende nuestra supervivencia?, ¿de quién?

La explotación es la forma más clásica de entender la acumulación capitalista de las izquierdas europeas, de tradición marxista. Es el trabajo del que se apropia el dueño de los medios de producción y del que obtiene su beneficio. Todas las asalariadas vivimos esta explotación laboral, de forma diferencial según el empleo, por supuesto, y el acceso al empleo está mediado por la formación, la clase, el sexo, el género, etc. Volveremos sobre esto.

La apropiación es la forma más antigua de acumulación capitalista, de hecho, es la base de la llamada «acumulación originaria», pero no se limita al momento histórico inicial de aparición del capitalismo, sino que constituye el mecanismo principal, el más persistente: la apropiación, casi siempre de forma violenta y en todos los casos sin contrapartida, de la naturaleza no humana -tierra, agua, animales, subsuelo- y del trabajo humano -desde los indígenas americanos y la esclavitud africana a todo el trabajo no pagado de las mujeres-. Nunca se insistirá lo bastante en que esta apropiación es la que permite la mayor parte de la acumulación capitalista.

El extractivismo que aquí señalamos (que no coincide con el extractivismo como forma exacerbada de apropiación de la naturaleza del que solemos hablar) abarca formas de acumulación del capital en las que el capital extrae valor de nuestras fuerzas vitales en sentido amplio y de maneras normalmente indirectas o mediadas. El caso más claro es el de la deuda: una vez endeudadas nos vemos obligados a organizar nuestra vida y a poner nuestras energías en la consecución de los recursos que nos permitan pagarla. También las leyes de propiedad intelectual extraen valor de productos culturales que por definición emergen de redes sociales difusas: es el caso de cualquier libro, pero quizá es más visible en la industria de la moda y sus coolhunters. Los datos podrían ser un tercer ejemplo: ciertas empresas extraen de nuestras formas de vida información, vendible en sí misma, que sirve para orientar las industrias y sus beneficios sin retorno alguno.

Todas las formas de acumulación están cruzadas por el antropocentrismo, el sexismo, el racismo y el sistema de fronteras, ya que es lo que permite una acumulación (explotación, apropiación, extractivismo) diferencial entre territorios y entre personas del mismo y de distintos territorios y, por supuesto, es lo que permite la apropiación infinita de la naturaleza no humana. Desvelar el papel del cisheterosexismo en el sostenimiento de la acumulación es fundamental y estratégico para enfrentarla. Se da una permanente violencia para ajustar a las personas al modelo heterosexual y familiar, que nos aísla unos de otros y en el que están atribuidos unos roles sexuales y comportamentales que son también económicos (identidad basada en el empleo como rol normativo de los hombres / identidad basada en los cuidados / trabajo no pagado como rol normativo de las mujeres).

De aquí la alianza neoliberal y neoconservadora que ve en el mantenimiento de las mujeres en sus posiciones tradicionales sexuales y de género la imprescindible estabilidad de sus beneficios. Igualmente, el racismo y el sistema de fronteras, núcleos del sistema (pos)colonial, son la base de la acumulación exacerbada que se da fuera del centro capitalista y, en su interior, en los cuerpos racializados. Volveremos sobre esto más adelante, porque el imaginario colonial de naciones desarrolladas / subdesarrolladas, colocadas en una línea temporal de etapas sucesivas, ha calado también en movimientos progresistas que piensan que consiguiendo avances en el centro los derechos irán llegando a otros puntos. Los demás solo tienen que luchar como ellos. Parecen no entender que sus propios empleos y economías, su propio estilo de vida, se basan en esa acumulación exacerbada diferencial y que, como en el caso de las mujeres, que unos pocos trabajadores en el mundo tengan derechos no afecta a la base fundamental del sistema. Así de importantes y de anticapitalistas son las luchas feministas, antirracistas y ecologistas.

Son las luchas las que nos han dado este mapa de la acumulación, desde los zapatistas hasta el Ni una menos global, desde los Chalecos amarillos hasta la Vía campesina, desde la huelga feminista hasta los paros indígenas, desde las jornaleras de Huelva hasta las ollas populares. Es desde los conflictos concretos desde donde podemos ir viendo nuestras posiciones relativas, marcando estrategias conjuntas, adelantando tendencias del capital, incluyendo en nuestros discursos sobre nuestras luchas las realidades que aparecen lejanas en la división productivo/reproductivo, salariado/no asalariado, clase/raza, pero que entendemos como parte de lo mismo si pensamos el capitalismo como una axiomática compleja capaz de acumular desde distintos frentes. Por ejemplo, en el caso del paso de la apropiación del trabajo doméstico de las mujeres europeas a la explotación del trabajo doméstico de las mujeres migrantes, el aparente avance de una lucha en realidad tuvo mucho de recambio en los mecanismos de acumulación. Si vemos las interrelaciones a nivel global, podemos sentirnos parte de lo mismo y pensar prioridades y estrategias que nos hagan avanzar a todas.

El trabajo desregulado como norma y tendencia

[En diálogo con ‘Cuando el trabajo no parece trabajo‘ y ‘Pan y rosas‘]

La historia nos demuestra que lo que parece normal en el centro no es más que excepcional en el mundo y que las tendencias de lo que ocurre en el centro han sido ensayadas en la periferia la mayor parte de las veces: exactamente lo contrario de lo que afirman las teorías del desarrollo, donde la periferia y la excepción tenderían a acercarse poco a poco a la norma instituida en el centro. El trabajo asalariado regular con el que estamos familiarizadas en los centros de la economía mundo, en cuanto ha dejado de ser funcional a la geopolítica internacional y no ha habido contrapoderes que lo hayan peleado y extendido, ha tendido a esa desregulación que ha sido norma a nivel histórico y global.

En el centro siempre han existido, además, nichos importantes de trabajo desregulado. Un sector tan masivo como el trabajo doméstico asalariado siempre ha estado regulado al margen del Estatuto de los trabajadores. La ley de extranjería y la panoplia de inclusas que esta crea, con permisos diferenciales de residencia y trabajo, ha asegurado la desregulación de un trabajo migrante que no era excepción, sino puntal de nuestros sistemas productivos. Desde el agrobusiness a la construcción y los cuidados (de nuevo). La precarización de los empleos temporales y parciales lleva ya décadas erosionando el discurso dominante que nos presenta nuestra sociedad como una sociedad salarial de empleo estable con «desajustes» que, de corregirse, nos devolverán a la norma. A estas alturas sabemos de sobra que no se trata de desajustes, sino de la forma de funcionamiento ordinaria de la acumulación capitalista, basada en trabajo precario de jóvenes, mujeres y grupos populares. Con contratos por obra y servicio y la más novedosa y masiva figura de la «falsa autónoma» (una figura bien conocida en el trabajo sexual, por cierto, otro gran nicho de trabajo negado). Así funciona la economía de plataformas, vendida como el más moderno de los modelos.

Muchas luchas laborales siguen en el marco lógico de desarrollo que piensa los términos de la inclusión y de la exclusión como etapas sucesivas y no coetáneas. Sin embargo, el mapa completo de explotación, apropiación y extractivismo nos muestra que el esquema trabajo-empleo-salario no concuerda con nuestras realidades materiales a nivel global y que, en el capitalismo, no es posible un empleo regular para todes, porque la acumulación se basa precisamente en el juego entre estas dinámicas diferenciales. De aquí que demandas como la renta básica o el fin del sistema de fronteras tengan que ir de la mano, complementar cualquier lucha laboral. Cuanto antes seamos conscientes, antes podremos ponernos a imaginar juntas otros modelos de economía y trabajo.

Construir autonomía a través del sindicalismo social

[En diálogo con ‘Nos deben una vida‘]

Lo que llamamos sindicalismo social es lo que en otras latitudes se llama tramas de sostenimiento de la vida. Es la construcción de medios de reproducción autónomos, dentro y contra el sistema, en las grietas que el sistema deja y en lucha contra él. La esclavitud del salario y la dependencia del Estado del bienestar (y ahora también el chantaje de las finanzas a nivel individual y de Estado) nos dejan absolutamente vulnerables en nuestra cotidianeidad. Incapaces, por tanto, de construir contrapoderes que obliguen a priorizar nuestras vidas por delante del beneficio. Pueden actuar sobre nosotros porque, en el límite, no podemos garantizar nuestra supervivencia por nosotres mismes.

En este sentido, hemos visto la centralidad de la autonomía re/productiva de las comunidades indígenas y campesinas en todo el mundo a la hora de sostener sus luchas (los cercos a ciudades y los cortes de carreteras) y su propia existencia. De aquí también la necesidad del capitalismo de destruir las relaciones comunitarias, el uso comunal de la tierra y las economías de supervivencia para imponerse, tal y como hizo de forma definitiva en Europa desde el siglo XVI y persigue en la actualidad, con la violencia y la expropiación de tierras en todo el planeta. Y de aquí que los únicos que hayan sido capaces de enfrentarse al capitalismo en las sociedades salariales hayan sido los sindicatos, cuando los trabajadores en huelga podían sostenerse al menos un periodo de tiempo. Pero la diversificación del capitalismo hace que hoy pueda dejar de contar con parte de la producción durante un tiempo mayor de lo que podemos estar sin salario. Valga también el 15M y las plazas como ejemplo de lucha que tuvo en cuenta su reproducción material (alimentación, puesto de salud, limpieza) y relacional (asambleas, signos de comunicación, la comisión de «respeto»/convivencia) para mantenerse en el tiempo.

La monetarización de la vida en todas sus esferas nos hace extremadamente dependientes del salario y, por lo tanto, nos ata de pies y manos de cara a la lucha. Un objetivo, simplemente para estar en condiciones de luchar, es cultivar nuestros propios medios de reproducción. Esto incluye canales autónomos de alimentación, cooperativas de vivienda y viviendas recuperadas, estructuras colectivas de cuidados, centros sociales y espacios de autoformación y celebración, cajas de resistencia, grupos de autodefensa, entre muchas otras cosas que podamos imaginar. De hecho, los trabajadores organizados en sindicatos de principios de siglo XX fueron capaces de sostener largas huelgas porque contaban con toda una serie de instituciones comunes (economatos, ateneos, cooperativas de vivienda), alimentadas también por quienes no eran trabajadores asalariados. Estas estructuras autónomas de reproducción son, además, espacios de generación de nuevas subjetividades y relaciones sociales, subjetividades que han visto en la práctica que existen otras formas de organización, que conocen la potencia de la autoorganización y la fuerza colectiva que proporciona.

Pero para luchar también necesitamos confiar en que nuestres compañeres de lucha van a responder por nuestra reproducción.

Más allá de sabernos juntas, cómo sentirnos juntas

[En diálogo con la asamblea plenaria del encuentro]

Muchas estamos implicadas en conflictos concretos, generamos estas redes de apoyo, sostenemos instituciones comunales. La marea feminista global ha permitido hacer más visible que nunca que somos miles, no solo en cada ciudad o región, sino también a nivel internacional. Nos sabemos juntas, sabemos que sufrimos de forma diferencial distintas caras del mismo sistema y compartimos unas demandas. Pero, ¿cómo sentirlo cuando estamos en una batalla concreta y todas estamos tan volcadas que no podemos poner el cuerpo en las batallas de las demás? ¿Cómo transmitir en nuestras luchas que no solo somos nosotras, que hay muchas más con nosotras, otras en otros puntos y latitudes con las que resonamos en común? Cuando negociamos con un propietario por un desahucio, ¿cómo hacer valer que no somos 50 sino 500, 5000 vecinas?

La convocatoria de la huelga del 8M nos ha permitido ensayar nuestra capacidad de coordinarnos y actuar a la vez. Nos parece que necesitamos afinar esta capacidad, usarla más, practicarla a distintas escalas, establecer espacios de encuentro e intercambio más continuos, apoyarnos de forma más explícita en cada conflicto. Como dijo Constanza Cisneros en el encuentro de El feminismo sindicalista que viene, «organizarse es empezar a vencer», y pensar nuestras organizaciones y nuestras formas de lucha, cómo son y para qué las queremos, es parte fundamental del camino.

*Nota final:

En la construcción del evento y/o en las mesas como ponentes participaron 15 organizaciones de base: Feministas en acción, Territorio Doméstico, Sindicato de Trabajadoras del Hogar y de los Cuidados, Observatorio Jeanneth Beltrán de Derechos de las Empleadas de Hogar, Riders por derechos, Asociación de Jornaleras de Huelva en Lucha, Limpiadoras del Gregorio Marañón, Grupo de Mujeres de la Plataforma de Afectadxs por la Hipoteca de Vallekas, Sindicato de Inquilinxs de Madrid, Association Forum des Femmes au Rif (AFFA), Unión de Acción Feminista Marruecos, Colectivo de Prostitutas de Sevilla, Activistas por los derechos de las camareras de piso Kellys, Trabajadoras de Residencias de Mayores y Grupo de Autodefensa Feminista.

La convocatoria fue un éxito. La inscripción quedó completa la misma mañana en que se abrió. Además de las 30 inscripciones reservadas para las organizaciones invitadas, la media de asistentes fue de 50 personas, llenando el aforo previsto día tras día. La participación online fue de 150 personas de media, llegando a 217 personas en la conferencia inaugural, que fue exclusivamente online.

P.-S.

Nota de las autoras:

Algunas recomendaciones de libros para leer y ampliar sobre el tema:

Horizontes popular comunitarios, de Raquel Gutiérrez
La potencia feminista, de Verónica Gago
Revolución en punto cero, de Silvia Federici
Producir lo común, editado por El Apantle
El capitalismo en la trama de la vida, de Jason Moore

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