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Bellocchio y las Brigadas Rojas

Lunes 30 de marzo de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Pepe Gutiérrez-Álvarez

En su libro sobre Cine y anarquismo, Porton evoca el “radicalismo antiestalinista” de Bellocchio para señalar alguien próximo pero de otra escuela... Sí bien parte de la trayectoria de Bellocchio podría definirse así, su obra, desarrollada con constancia y coherencia, es una de las supervivientes del cine italiano de los años de esplendor, de los tiempos en que todavía trabajaban Visconti, Pasolini, Fellini, Monicelli, Risi, etc, tiempos de gloria de las que apenas si quedan algunos vestigios…

Perteneciente a la generación de los sesenta, ligado a un grupo tan interesante como Lotta Continua, Bellocchio cuenta con una de las filmografías más apasionantes, y más claramente radical, de la historia del cine con apartados tan intensos como La mano en los bolsillos (1966), que tanto gustó a Buñuel; En nl nombre del padre (1971), en el que atacó frontalmente a la Iglesia y sus normas educativas; La China está cerca, que da de pleno en la emergencia del maoísmo; Paola, que aborda una historia de “okupas”; en Locos de desatar pone en cuestión todo el sistema psiquiátrico; en Marcha triunfal arremete contra el militarismo. Habría que hablar de sus brillantes adaptaciones literarias (El príncipe de Hamburgo), a mí en concreto me entusiasmó el clasicismo crítico de La balia (18998), igualmente muy asequible...

En aquellos años fue uno de sus autores más asiduos del cine-clubismo más militante, y desde entonces, ha seguido trabajando con regularidad, desde otras preocupaciones, muestra de ello es esta Buenos días, noche, con la que se presentó en el Festival de Venecia del 2003 (junto con el discutible Soñadores, el mayo francés cinéfilo de Bertolucci), película que no pude ver en cine, y que he tenido la oportunidad de visionar gracias a uno de los últimos viernes del diario Público que de tanto en tanto nos depara alguna buena película y demás reciente.

Esta película nos evoca un final de época, un tiempo de rebeldía desvinculada de un movimiento que está quedando atrás, de hecho una fuga hacia delante en la que la creatividad ha dado paso a la desesperación y al sectarismo todo punteado por la música de Pink Floyd. Buenos días, noche, aborda con perspectiva y rigor un episodio histórico que convulsionó la vida política italiana en 1978. Se trata del secuestro durante 55 días de Aldo Moro, presidente de la Democracia Cristiana, empresa realizada por las Brigadas Rojas, y sobre el cual ya existen al menos dos títulos más: El caso Moro (Giuseppe Ferrara, 1986), en la que Aldo Moro es interpretado por Gian Mª Volonté, más bien inencontrable, y Piazza dalle cinque lune, de Renzo Martinelli, del mismo año que la de Bellocchio, pero que no ha llegado hasta aquí.

Se trata de un acontecimiento sobre el que existen numerosas hipótesis, y que resultó el más significativo de los llamados “años de plomo” que señalan el agotamiento del “mayo rampante” italiano, y la tentativa descabellada de remontar la situación a través de una “acción ejemplar”. Sin embargo, entre la mística “partisana” y la realidad mediaba un abismo, y los raptores ni tan siquiera se plantearon en serio la más simple de las preguntas: ¿A quién benefició la eliminación de Moro?

Bellocchio tiene clara una cosa: no beneficiaba a ninguna izquierda. Anotemos que Aldo Moro era entonces uno de los artífices del “deshielo” entre democristianos y los (euro)comunistas, algo que la OTAN no podía consentir, por lo que alimentó o facilitó tramas.siniestras. PCI no quería transformar la vieja sociedad sino “entrar en las instituciones”.

La película incide con precisión en la descripción de una clase política corrupta que quiere —o prefiere— a Moro muerto, que sabe asumir su ejecución como favorable al sistema. Ni la llamada Democracia Cristiana le reconocía en sus cartas, y por supuesto, las pláticas de Pablo VI eran pura retórica, Moro les estorbaba. Resulta demoledora la imagen del funeral, sin el cadáver de Moro, con ese despliegue de altos funcionarios de los pasillos del poder (dignatarios, ministros, eclesiásticos..., en desfile a ralentí, comprendiendo a Giovanni Leone, presidente de la República, celebrantes de su desaparición. Sabían que mataban dos pájaros de su solo tiro. Bellocchio se permite jugar con la metáfora, presentarnos a un Moro liberado, con las imágenes de un pobre hombre libre, feliz bajo la lluvia, que recorre las calles del barrio donde fue secuestrado.

En esta producción de la RAI (¿se imagina alguien que TVE haga algo así?), Bellocchio se “mete” en la historia, y la interpreta desde el presente, y lo hace desde sus obsesiones (psicoanalíticas y temáticas), entre el sarcasmo y la utopía, tan airado como sereno. De la ausencia del padre a la noción de familia. Este es también un film que aborda la historia de un padre (tempranamente fallecido), cuya protagonista ha perdido al suyo, partícipe del asesinato de un hombre que puede ser una suerte de (anti?) padre ideal y cuyo hijo, Pier Giorgio Bellocchio (idéntico a su progenitor treinta años después), Ernesto, uno de los brigadistas, acaba por administrar el error histórico de la ejecución de Moro, una “gesta” que resulta devastadora para las “ideas” que los secuestradores creen representar. Sí estuviésemos en un cine-forum, podríamos hablar de las sinrazones del terrorismo llamado “de izquierdas”.

Del valor de las que ya hicieron en su día los más lúcidos representantes del socialismo, a saber que la consecuencia fundamental del terrorismo “de izquierdas” es, al margen de su fraseología (marxista, anarquista, patriótica), es el reforzamiento de la legitimación del Estado y de sus fuerzas represivas; se sitúa en el “todo vale” y por lo tanto de espaldas a los ideales liberadores que pretende representar…Sustituye y neutraliza la apuesta por la acción democrática de las masas. Entra en una dinámica en la que el debate y la reflexión abierta son remplazados por la lógica de las armas. Destruye gente militante que podía haber sido mil veces más valiosa en el trabajo militante con el pueblo. Podíamos seguir, y podría añadir que esto no tiene nada que ver con situaciones muy específicas en los que la lucha armada puede ser necesaria, por ejemplo el maquis contra Franco, o la insurrección sandinista. ..

Quizás lo mejor de la película sea la vivisección del corazón de los llamados “años de plomo”, y de los propios desastres de la izquierda radical. Para ello articula una suerte de combinación o mixtura, de la dramaturgia de la ficción y de los modos del documental (documentos televisivos re-trabajados y remontados, extractos de reportajes y vetustos films soviéticos, canciones partisanas...), enlace de realidad y fugaz oníricas. Ofrece con seguridad un contundente discurso (ideológico), que elude el peaje de la reconstrucción periodística e histórica y del panfleto, optando por recrear la existencia cotidiana, casi familiar, de los cuatro secuestradores que ven los mismos programas de televisión que el reaccionario que tienen secuestrado. Deja un retrato inmisericorde de los brigadistas, con su estrecho dogmatismo, su miopía política, evidente cuando todos a coro musitan una suerte de plegaria en la que dice “la clase obrera debe dirigirlo todo”, por no hablar de su atención bobalicona a los shows televisivos de Raffaella Carrá, tan populares en estos lares). Por supuesto, Bellocchio no se olvida ni un momento de describirnos una Italia históricamente bloqueada entre el entramado democristiano (esas grotescas apariciones papales que me recordaron todos los incalificables oropeles que siguieron a la muerte del capo Wotyla) y la nomenclatura del PCI, punteado con imágenes de coros y danzas estalinianos, ejemplos de la jerarquía y de la uniformidad burocrática, aunque en este punto, a mí la mirada de Bellocchio me suena un tanto simplificadora.

Bellocchio nos ofrece una recreación histórica tan seria como apasionada, podríamos hablar de ella durante horas. Su relato se inviste de un tono mortuorio, en tanto crónica de una muerte anunciada, auspiciado por la luz cenicienta, unos colores ocres, el uso del claroscuro de pesadilla. Nos describe un submundo donde Aldo Moro inicialmente sometido se hace cada vez más visible, deja de ser un político cretino para convertirse en un ser humano. Un Moro necesariamente abierto, que no oculta su hipocresía católica, una imagen que hizo en su momento que al cineasta le llovieran críticas. En mi opinión es el secuestro, la fragilidad de la situación lo que hace que el personaje se humanice y es la acción carcelaria la que deshumaniza a los “extremistas”…Y es que Bellocchio está contando la historia de unos antiguos radicales en proceso de corrupción sectaria.

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