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Balius y los Amigos de Durruti

Sábado 5 de julio de 2008. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Pepe Gutiérrez

De una manera u otra, la existencia de una profunda revolución social en la crisis española de los años treinta, y más concretamente entre las jornadas de julio de 1936 hasta mayo de 1937, ha sido ocultada, minimizada, cuando no abiertamente deformada. Durante los años más oscuros de la dictadura, cuando en el campo antifranquista, se pensaba que lo fundamental pasaba por reivindicar la legitimidad republicana, historiadores como Hugh Thomas, Grabiel Jackson, o Manuel Tuñón de Lara, entre otros, hacían pasar el meridiano de la guerra por el antifascismo, dentro del cual la revolución era un hecho sin relevancia. Este esquema tenía la virtud de oponer las democracias victoriosas en la II Guerra Mundial contra un régimen que también formó parte del Eje, por más que las secuelas de la guerra y la actuación de los “maquis” hicieron aconsejable limitar su intervención a la División Azul que, con el lema “Rusia es culpable”, sirvió bajo las órdenes del mando militar nazi.

No obstante, el creciente descrédito del estalinismo, la potencia de aportaciones literarias como de la Orwell, así como la labor de historiadores críticos como Pierre Broué-Emile Témine, José Peirats, Burnett Bolloten, o Carlos M” Rama, establecieron unas nuevas coordenadas...Esta visión sería ulteriormente ampliada con trabajos sobre las colectivizaciones, los acontecimientos de mayo del 37, el asesinato de Andreu Nin, y un largo etcétera que tendría su correspondencia fílmica más popular en la película Tierra y Libertad.

Cuando se estrenó la película de Loach un nuevo meridiano historiográfico había borrado otra vez la revolución de un nuevo enfoque, el determinado por las exigencias de una nueva historia oficial que tenía como centro la razón de Estado de la monarquía constitucional y el llamado “Pacto entre caballeros”, constituido por un punto medio en el que los extremos –el franquismo, la revolución- aparecían como culpables de una historia que no había que dejar en manos de la gente y de los “amateurs”, sino de los especialistas debidamente homologados. Esto explica que ya en el prólogo de su importante obra (*), Miquel Amorós abra fuego contra los historiadores revisionistas, para los que “la lucha social es siempre un problema de personas, como de mucho de “vanguardia”, nunca de clases”. Para ellos, “Las masas no existen, sólo los líderes que las representan. Las masas sin jefes no son masas, sino grupos “incontrolados”. Y por lo tanto, en el 1936 nunca hubo una revolución, ni revolucionarios, simplemente una conspiración contra las autoridades”.

El lector encontrará una viva muestra de esta historia revisionista en obras como la de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo Queridos camaradas (Planeta, BCN, 1999) o la de Andrés Trapiello, Las armas y las letras (Península, Barcelona, 2002) pero sobre todo en el tribunalismo historicista, en artículos de especialistas como Santos Juliá, del que el autor de estas líneas recuerda uno memorable en el que exoneraba de toda responsabilidad en la victoria franquista a las democracias occidentales porque la guerra fue “cosa nuestra”. Amorós considera que la historia es algo demasiado serio para dejarla en manos de los historiadores, y nos ofrece una aportación que alumbra sobre un episodio central de la conciencia crítica –mayo de 37, fecha de la primera revolución antiburocrática-, y sobre todo sobre su colectivo más representativo, el de Los Amigos de Durruti , cuya analogía con la izquierda radical francesa opuesta al Termidor no son pocas...

Con su trabajo, Miquel Amorós entra de pleno en la polémica, así queda patente en un título escogido con connotaciones muy precisas. Cuando habla de una revolución traicionada, lo está haciendo obviamente al estalinismo y la socialdemocracia, pero también a la plana mayor de la CNT-FAI ministerialista, en tanto que las críticas al POUM van más orientada a sus errores y dudas. Amorós no esconde su opción por las barricadas, ni su afinidad con Jaume Balius, portavoz del grupo de afinidad que tomó el referente Durruti, no por haber formado parte de sus amistades, sino por resultar un símbolo inequívoco de la revolución, un nombre que el pueblo anónimo, los de abajo tenían como un revolucionario que no se había replegado a la política de los despachos. Desde este punto de vista, claramente apasionado, Amorós trata de restituir para la historia viva un retrato que hasta ahora había permanecido oculto o incompleto. Página tras página, muestra como Los Amigos de Durruti no era una planta extraña en la CNT, donde hubo corrientes muy diversas, y se expresaron contradicciones de todo tipo. Eran militantes anónimos en su mayoría, o muy poco conocidos con excepción de Balius y Lliberto Callejas, pero que se habían agrupado sobre la base de un creciente disenso contra el gubernamentalismo.

Lo que hicieron Los Amigos de Durruti fue ejercer su derecho a la crítica, y denunciaron acontecimientos y actitudes contrarias a la revolución que se predicaba. Eran los críticos de la “nomenklatura” confederal, los que expresaron el malestar del pueblo que veía como crecían los privilegios por todas partes. Desde este punto de vista, los acontecimientos de mayo del 37 fueron la continuación de las jornadas de julio, representaban el mismo espíritu, sólo que en una situación de doble adversidad, ya no se trataba sólo de la contrarrevolución fascista, sino también de una República que ahogaba la revolución para atenerse al guión de las normas de unas potencias democráticas que en los hechos, no la reconocían... Amorós dedica buena parte de su trabajo a reconstruir la vida y el pensamiento de Jaume Balius (Barcelona, 1904-Hyéres, Francia, 1980), el mítico intelectual de "Los amigos de Durruti".

Hijo de un corredor de comercio, Balius estudió primero con los jesuitas de Caspe, y después, en diversos colegios privados. Comenzó a estudiar medicina en 1920-1921, pero una enfermedad venérea le impidió continuar. En 1922 se afilió al Acció Catalana, y toma parte en las manifestaciones catalanista de 1923, siguiendo los pasos de Francecs Maciá. En 1925 fue uno de los firmantes del manifiesto catalanista de Bandera Negra, siendo encarcelado por su participación en el complot del Garraf. Evoluciona hacia el anarquismo en el que acabará integrándose ya entrada la República. En un artículo escritor en "defensa propia", para responder a lo que en contra suya se llegó a decir durante los acontecimientos de mayo del 37 en Barcelona, escribe: "Procedo de una familia burguesa(…). Y a través de la sala de dirección de los hospitales, de las cárceles y del destierro ha ido superando mi procedencia hasta llegar a identificarme en absoluto con el proletariado".

Aunque Proudommeaux afirma que Balius no se hizo anarquista hasta la crisis de 1934, al parecer fue introducido en los medios libertarios por Lliberto Calleja alrededor de 1932. Amorós también revaloriza a éste, considerado normalmente como un personaje bohemio y de segunda fila en la CNT. El propio Balius asegura en el citado artículo: "A la vuelta del exilio de tierras francesas en la época de Primo de Rivera, combatí a la Generalitat en un instante en el que podía enchufarme y desde entonces defiendo a la CNT y a la FAI…" Una parálisis le obliga a quedarse en la retaguardia, en Barcelona, donde publicará El Amigo del Pueblo, órgano de "Los amigos de Durruti", enfrentados a la dirección oficial anarcosindicalista. Este grupo, del que Balius será subsecretario, discrepa de su organización y se aproxima en buena medida a las posiciones del POUM y sobre todo del grupo trotskysta con el que mantendrá algunos contactos. Denuncia el proceso antirrevolucionario en el campo republicano, vincula estrechamente la guerra con la profundización revolucionaria y propugna la instauración de un nuevo poder revolucionario que desplace a los partidos burgueses y a los "marxistas oficiales".

En sus soflamas, Balius y los demás utilizan el lenguaje inflamado de los sans-culottes, de hecho el modelo de adopción de Durruti es muy semejante al que utilizaron los “enrâges” con Marat y El Amigo del Pueblo, y habría mucho que hablar de su puritanismo revolucionario, propio de quienes creen que están asistiendo a una “traición”, pero que carecen de capacidad para desarrollar una alternativa que restituya el curso iniciado en las jornadas de julio. Hay mucha desesperación en esta izquierda irreductible, la misma que se percibe en personalidades y grupos que perciben el desastre de una guerra que se estaba perdiendo por la única parte que la podía ganar, por donde la ganaron otras revoluciones desde Cromwell hasta el Vietnam pasando por la revolución francesa, por Toussaint L´Ouverture, o por Cuba o Argelia, o sea colocando la liberación social y la guerra revolucionaria como método.

La “República” que salió de las jornadas de julio fue derrotada por una “normalización” que reprimió su espíritu revolucionario en aras de una colaboración con las democracias occidentales que ni siquiera le entregaron las armas ya pagadas. En cuanto a la URSS, toda las investigaciones conducen a la misma constatación, a Stalin le preocupó, primero, que no hubiera socialismo en ningún otro país (porque de esta manera se vería que en la URSS el socialismo ya estaba enterrado), y segundo, sacar sus propios beneficios.

Aunque el escenario del libro está ocupado principalmente por Balius y sus compañeros, Amorós no descuida la parte que le corresponde al POUM, y por extensión, a los partidarios de la IV Internacional. El POUM no tuvo, ni de lejos, el mismo grado de responsabilidad, ni en el curso de la revolución, ni en el compromiso gubernamental, el apartado más controvertido de su actuación. Con todas las contradicciones (y errores) que se quieran, sus líderes no actuaron de apagafuegos, sino que buscaron una salida revolucionaria buscando acuerdos con la CNT-FAI. Cuando esta tocó a retirada, consideraron que no podían proseguir por su cuenta en las barricadas. Por lo mismo, tampoco apareció una reacción espontánea por sus bases. El destino del POUM es de todos conocido, y el lector puede encontrar una rica bibliografía, a la que ahora hay que añadir esta aportación desde el inquieto flanco libertario. Con este libro, Virus se afianza como una editorial en cuyos catálogos se encuentra las pistas de una nueva historia libertaria con títulos como éste o otros, todavía más reciente, como es el caso del estudio de Josep Mª Roselló: La vuelta a la naturaleza. El pensamiento naturista hispano (1890-2000): naturismo libertario, trofología, vegetarismo naturista, vegetarismo social y librecultura. Otra aportación más, muy diferente pero en buena medida complementaria, que alumbra sobre otra dimensión de una tradición que desarrolló por estos lares una serie de experiencias cuyo interés crece en la medida en que nos cuestionamos no sólo el pensamiento dominante, sino también unas formas de vida sometidas y alienantes.

Fuente: Revista Polémica

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::Documento publicado por Los Amigos de Durruti. Mayo de 1937
:: La Agrupación Los Amigos de Durruti. Agustin Guillamón
:: Los amigos de Durruti en mayo de 1937. Agustín Guillamón
:: 70 aniversario de los Hechos de Mayo de 1937 en Barcelona . Kaos
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