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Asturies, colonia de España

Jueves 14 de agosto de 2008. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista. Carlos X. Blanco

¿Colonialismo interno? ¿Es Asturies colonia del Estado
español? Llamo colonia, simplemente, a un territorio cuyo
gobierno y destino no está en manos de sus propios habitantes,
sino que es objeto de planificación por parte de agentes exteriores,
y las posibilidades de desarrollo de ese territorio se ven truncadas
por unas decisiones que parten de y se dirigen hacia el beneficio de
otros territorios. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con
Asturies desde el momento en que el capital privado perdió protagonismo en la vida industrial del país y la inversión estatal (franquista) fue la que marcó su destino.

Casería y Socialismo

En el momento en que grandes industrias de titularidad pública marcaron la pauta de la
economía asturiana, los criterios políticos de la dictadura, y no ya
la simple extracción de plusvalía, son los que pasan al primer
plano. Entonces la "autonomía" de la región no se forja en el
contexto clásico-liberal de una lucha de clases entre la burguesía
local y un proletariado igualmente local. Ante la insignificancia de
la burguesía asturiana, el proletariado de nuestro país tuvo como
enemigo directo un régimen que era al mismo tiempo patrono y
dictador. El proteccionismo keynesiano, junto a ciertas medidas
paternalistas y socializantes, inéditas en otras regiones del Estado
que permanecieron subdesarrolladas, no dieron satisfacción, con
todo, a los requisitos mínimos de un "estado del bienestar", aun
precario hoy, treinta años después de muerto Franco.

La gran empresa pública, sin embargo, liberó importantes
fuerzas productivas y mantuvo viva y en desarrollo la conciencia
de clase proletaria, la cual incluye su organización y su posibilidad
de resistencia. La gran inversión estatal evitó el retroceso de
Asturies a la condición de país meramente rural, y en esencia
subdesarrollado. Pero esto se hizo con fines claramente políticos e
ideológicos en el contexto desarrollista por el que vivía la dictadura
española. La elección de centros periféricos industrializados, la
promoción del éxodo de grandes contingentes de emigrados desde
el centro a las periferias, todo esto obedecía a un proyecto homogeneizador
calculado, típico en una dictadura, que tuvo sus luces y
sus sombras.

Frente a los nacionalismos etnicistas que algunos constatan en
otras zonas del Estado, podemos tener el orgullo en Asturies de
que la emigración del proletariado castellano, extremeño, leonés, y
de muchos otros sitios, haya alcanzado el mayor grado de integración
deseable en el interior de nuestra cultura. ¿Ello fue así porque
somos más majos los asturianos? No, sino porque aquí no hubo
una burguesía etnicista que difundiera falsos estereotipos contra
una parte de la clase trabajadora, para así dividirla y jerarquizarla
socialmente. En Asturies la clase obrera fue un bloque, tuviera sus
orígenes familiares donde los tuviera. Cuajó una clase obrera solidaria
frente a una burguesía pequeña, timorata y parasitaria de los
criterios emanados desde Madrid.

En esta comparación entre burguesías periféricas nada tienen
que ver los casos catalán y vasco con el nuestro. Y por ello aquí no
ha cuajado un nacionalismo conservador ni etnicista. El papel
dominante del Estado en la industria asturiana explica también su
violenta retirada, brusca y autoritaria en función de los criterios
neoliberales, en la etapa de Felipe González y sus ministros,
agentes de la globalización.

La compra de líderes sindicales y la compra de élites obreras por
medio de la jubilación dorada, y otros sobornos, no son más que la
continuación más barata de la política de subsidio a una economía
cautiva de decisiones burocráticas madrileñas. A partir de los años
ochenta se quiso hacer el destete, substituyendo el chorro grande
por un chorro pequeño. Fuimos colonia, enchufados a la teta
estatal. Seguimos siéndolo, al ser separados de ella y mantenidos
por respiración artificial. Colonia con industria, colonia sin ella. En
tal situación de dependencia seguiremos, a falta de una importante
burguesía autóctona, que no existe, si somos fieles al capitalismo,
y no hay motivos para que nos interese tal fidelidad. O bien,
a falta de una clase popular autoconsciente, con ideas claras sobre
nuestra dependencia real, que exija un autogobierno en lo político,
y una democratización económica, que haga posible un desarrollo
socialista de la nación asturiana.

Transformaciones en la sociedad tradicional asturiana

Estos cambios tienen su tiempo en el siglo XIX. El Estado
español liberal y centralista de aquella época ejerce un influjo que
no puede ser considerado como positivo para la sociedad asturiana
en un balance general. En términos de autogobierno, el centralismo
liberal supone un atentado definitivo contra la realidad política
de Asturies, como comunidad nacional diferenciada. El
Estado, en su afán de crear una burguesía española capitalizada,
arranca las tierras comunales de manos de los concejos, del pueblo
campesino. No deja de favorecer, además, a la nobleza acaudalada
que abdica de sus responsabilidades como inversionistas en industria
y actividad productiva y expande, en no pocos casos, su
dominio como terratenientes. La burguesía nativa de los tiempos
pre-industriales, e incluso después de ellos, no está a la altura de la
misión histórica que debería tener asignada, y sólo se afana por
gozar de una posición de terrazgueros, imitando en todo el
comportamiento la nobleza improductiva. Los primeros grandes
capitales enviados por los indianos, pese a su colocación en obras
benéfico-sociales y suntuarias, se coloca al margen de la productividad
y también conocen una plasmación como capital paralizado
en los terrazgos.

Ante esta falta de capital productivo nativo, es lógico que la
procedencia de éste proceda del extranjero, principalemente paises
europeos, y en segundo lugar vendrá de Cataluña, Euskadi o
Madrid, entre otras zonas del Estado. Tal dato ilumina lo que
habrá de ser una tónica general de la industrialización asturiana
desde los orígenes hasta su reciente desmantelamiento. El capital
productivo vino hasta nuestro país movido por unos recursos
naturales y unas condiciones brutas que parecía adecuado valorizar.
El comportamiento de la industria de nuestro país fue de
siempre, y mayoritariamente, pasivo en lo que hace a la recepción
de capital foráneo y, consiguientemente, en lo que se refiere a la
expulsión de las plusvalías a resultas de la actividad productiva. Tal
pasividad equivale punto por punto a la situación de una colonia.
Tanto da que a nivel jurídico-formal la nación goce de soberanía,
como en el caso de las jóvenes repúblicas sudamericanas, o que su
autogobierno haya sido anulado por el estado liberal-centralista,
como era el caso asturiano, si la realidad material o económica es
la que se corresponde con una dependencia de capitales productivos
foráneos y una plusvalía fugitiva en consecuencia.
Esto hizo que el aumento subsiguiente de la clase obrera asturiana
se correspondiera, de manera "colonial" con una persistencia
de la burguesía a la manera del Antiguo Régimen, parasitaria en
grado sumo, o clientelar con respecto a las grandes iniciativas
empresariales y financieras foráneas.
El curso de las décadas demostraría que esta manera de industrializar
Asturies haría de ella una nación particularmente débil
ante los manejos de quien detentara el control o la propiedad del
capital. Si en un principio se trataba de capital de titularidad
privada, el siglo XX conocerá la puesta en marcha de una política
patronal a cargo del Estado, ante la dejadez, huida o inoperancia
del primero. La colonia de los grandes próceres de la hulla o la siderurgia, pasó a ser la colonia del Estado español que, bajo criterios
bien opacos, pero en todo caso criterios geoestratégicos y militares,
persistió en hacer de Asturies una región poco diversificada
en lo que hace a su tejido productivo industrial. El franquismo, con
su política de inversiones marcadamente centralista, aprovechó la
tradición industrial asturiana para mantener unos sectores
productivos que en ningún caso estaban pensados para satisfacer
las necesidades del país nuestro, sino las propias de una autarquía
propia de una dictadura aislada del concierto internacional.
Cuando el régimen dictatorial español pudo abrirse a los mercados
mundiales, la competencia de sus estructuras productivas
comenzó a ser evaluada a la baja, y sólo la inercia y una cierta
geoestrategia a nivel peninsular (intra-estatal), por ejemplo la
ubicación de industrias similares en Euskadi, país que amenazaba
con su emancipación respecto del Estado español, pudo explicar la
continuidad de una política estatalista ajena a la racionalidad capitalista
en Asturies.

Industrialización como detonante de conflictividad social

Sin embargo, que Asturies fuera un país industrializado en
grado elevado con relación a otras regiones del Estado, produjo en
nuestra sociedad unas coyunturas revolucionarias cuyo peso es
necesario valorar:

a) La creación de una clase obrera numerosa, y con el tiempo,
fuerte, combativa, organizada.

Este pasado obrero es hoy aún un factor diferencial con
respecto a buena parte de lo que se entiende por España, especialmente
ambas Castillas, Extremadura y extensas regiones del resto
del Estado que aún dormitan en una economía agraria subvencionada,
rápidamente transformada ahora en agro-business esclavista,
por mor del trabajo de emigrantes extranjeros, o en un sector
servicios que, hasta ayer, era casi inexistente en la Piel de Toro.
Este pasado obrero es el que todavía explica sociológicamente
la abundancia de movimientos sociales y respuestas sociales y
culturales, aunque corre riesgo de dormirse para siempre tras el
desmantelamiento que, manu militari, los gobiernos del PSOE
(especialmente) nos trajeron. También explica el coto al que tradicionalmente
ha estado sometida la ultraderecha más cavernícola y
la Iglesia más ultramontana en tiempos de democracia formal, si
bien tras nuestro desmantelamiento, estas fuerzas reaccionarias
están volviendo bravuconamente a la palestra asturiana al sentirse
menos obstaculizadas en este cementerio industrial.

b) La formación de una clase obrera no fue tarea fácil en
nuestro país.

Cándido y Morala

Los primeros patronos se encontraron con un proletariado que
no se ajustaba a los moldes clásicos, que tan bien describe Marx en

El Capital. Lejos de encontrarse con una clase obrera absoluta-
mente desposeída de sus medios de producción, tras una acumulación
primitiva que diera nacimiento a los grandes capitales, por un
lado, y a los poseedores de fuerza de trabajo lista para ser vendida,
por otra, el encuentro que las dos clases encargadas de la producción
tuvo lugar aquí fue bien distinto. Los primeros mineros, y
secundariamente, obreros fabriles, eran con mucha frecuencia,
propietarios agrícolas. Estos obreros-aldeanos constituían una
fuerza de trabajo indeseable para los patronos bajo muchos puntos
de vista. La facilidad con que se les podía disciplinar y explotar no
era grande y la mina/fábrica era, en ciertas épocas del año, un
complemento asalariado de una economía autárquica en el seno de
la casería. La importación de obreros ajenos al país contribuyó a la
creación de una clase obrera clásica, vale decir, desarraigada del
medio rural y de cualesquiera medios de producción propios o
autogestionados que pudiera darle fuerza a esta clase en su dialéctica
con el capital.

Sólo avanzado el siglo XX puede darse ya esta clase trabajadora
desarraigada de la aldea, proletariado clásico. Pero si exceptuamos
Xixón, Avilés, y algunos otros núcleos urbanos cien por cien, el
perfil de muchos pueblos mineros o minero-industriales, revela
aún hoy su peculiar mixtura con la arquitectura y el urbanismo
rural, señal inequívoca de la doble naturaleza trabajadora del
pueblo asturiano contemporáneo, como campesino y como asalariado
minero-fabril.

c) La infravalorada historia del proletariado asturiano.

Esta clase obrera, con todas las peculiaridades que antes hemos
señalado, ha sido protagonista histórica de unos procesos de lucha
de clase y de reivindicación soberana ante el fascismo que se
encuentran entre los más interesantes de la historia europea.
A pesar de la censura educativa y académica que se impuso en
la llamada “Transición", se ha de reseñar que la afirmación
nacional del Pueblo Trabajador Asturiano en el Ochobre de 1934
sigue aún presente en muchas conciencias, y exige una explicación
histórica seria, que marcará, en todo caso, una divergencia con
respecto a la dinámica de otras zonas del Estado.
¿Por qué esta reacción organizada pese a su escasez de medios
armados ante un ejército profesional? Como mínimo cabe decir
que la evolución hacia una conciencia de clase (hacia la ideología
revolucionaria) había sido rápida en los últimos 50 años. En 1934,
Asturies, el Pueblo Trabajador de nuestro país estaba a la altura de
las circunstancias ante las amenazas del fascismo europeo y del
fascismo español. El diagnóstico de socialistas, comunistas y libertarios
no pudo ser más certero a la luz de lo que vendría después:
el alzamiento reaccionario de 1936, la peligrosidad de los regímenes
de Hitler y Mussolini, la II Guerra Mundial, etc. El hecho de
que las fuerzas obreras, y en especial, sus dirigentes, de fuera de
Asturies, no estuvieran a la altura de las circunstancias y no
siguieran a los trabajadores asturianos en su revolución, contribuyó
de forma decisiva para que Franco y sus rebeldes se impusieran
finalmente en los campos de batalla. En la República de
España, durante la contienda de 1936-1939, no se volvió a
alcanzar nunca esa unidad obrera y la visión de futuro revolucionarias
de 1934, las del Octubre asturiano.

d) La labor trasformadora de la clase obrera asturiana.

35 razones

Cualesquiera que fuesen las peculiaridades sociológicas e ideológicas
del proletariado asturiano, desde sus inicios híbridos en el
XIX (campesino-minero, por ejemplo), con su fuerte ligazón a la
tierra y a una cultura tradicional que la burguesía capitalista le
quería arrebatar, lo cierto es que éste se convirtió en vanguardia de
las reivindicaciones sociales y laborales, de la conciencia de clase y
del afán ilustrado por elevar el nivel de instrucción de sus miembros.
Es de notar que, ante la dejadez con que el Estado español
cumplía sus deberes educacionales, ya fuere con monarquías
borbónicas, ya fuere con la dictadura franquista, el Pueblo
Trabajador Asturiano, tomando como precedente la labor de
algunos benefactores indianos, organizó ateneos, casinos y academias
de raíz y cuestación popular, que lograron no poco difundir la
cultura entre las masas, desligándolas de las élites burguesas y de
los academicismos oficiales, separándose así buena parte del
pueblo del caciquismo sempiterno que permitió la fácil gobernación
de los pueblos España, pero no del pueblo asturiano.

e) La idiosincrasia del proletariado asturiano.

La simbiosis entre aldea e industria es otro aspecto que merece
análisis profundos. Nuestro país, a tenor de su industrialización a
fines del siglo XIX, experimentó fuertes cambios en la sociedad
rural tradicional que, sin dejar de serlo en cuanto a ciertos valores
esenciales, optimizó ciertos recursos, especializó su producción y
halló mercados de excedentes en la creciente población obrera de
las barriadas urbanas, de las cuencas mineras, de los poblados
fabriles. La especialización ganadera, en detrimento del policultivo,
data de esta época y no hará sino profundizarse a lo largo de
una centuria hasta la crisis de los 70 del siglo XX. Y dentro de una
mayor extensión y productividad de la producción ganadera, fue la
especialización del vacuno la que marcará el rumbo. Se abasteció a
la población creciente con carne y leche en abundancia, e incluso
se exportó en grandes cantidades hacia España. La casería asturiana,
en ciertos sectores pujantes, y sin abandonar del todo su
polifuncionalidad contó con grandes bazas a su favor con esta
especialización.

Otro aspecto de la sinergia aldea-industria hace referencia a la
interpenetración cultural. Cuando en España se habla de "campo",
o de la "vida en el pueblo" estas ideas no tienen connotaciones
similares a las que presentan en Asturies.
En el área mediterránea y castellana, especialmente, se vive de
manera secular un dualismo casi antagónico entre campo y ciudad.
La "civilización" (en el sentido spengleriano) latina, y por ende,
imperial, agotó hasta el máximo la autonomía cultural, el
fermento antropológico de la vida rural en esas regiones.
En la cornisa cantábrica, sin embargo, Asturies comparte con
Euskadi la peculiar forma de simbiosis entre aldea y caserío rural
disperso, por un lado, y el poblamiento urbano y semiurbano de
distinto tamaño y con infinitas combinaciones de integración con
la aldea tradicional. El tejido industrial deja, sin duda, cicatrices,
pérdidas paisajísticas, disfunciones en el paisaje natural, pero a su
vez se va creando con ello una segunda naturaleza- de índole netamente humana y nacional donde es (o más bien era hasta hace
poco) perfectamente admisible, por ejemplo, ver hórreos, varas de
hierba y caserías en activo, en verdes intersticios que las grandes
instalaciones fabriles dejaban libres. No es de extrañar que el
acerado urbano y la carretera flanqueada de castilletes o chimeneas
gigantes, prolongados a lo largo de la calle de una villa, se
metan directamente en pocos metros, con las curvas y pendientes
necesarias, en lo más profundo y telúrico de una aldea tradicional.
Lo que revela el paisaje, también se refleja en la mentalidad de
los habitantes (en especial de la Asturies central). No hay solución
de continuidad campo-ciudad entre muchos de nosotros, frente a
lo que se observa en España, sobremanera en Castilla y Levante.

Allí la ciudad es la sede (la Roma en pequeño) de los rentistas y los
funcionarios, una sede de servicios, improductiva, que en parte es
parasitaria del campo circundante, explotado y discriminado al
estilo "imperial" por estas capitales urbanas.
Ni que decir tiene que el actual desmantelamiento industrial de
Asturies y su forzada reconversión en "región" destinada a la
economía del turismo y demás servicios hará que esta idiosincrasia
(que algunos consideran estéticamente fea, pero que es real) se
pierda, y que al ya tradicional papel parasitario ejercido por Uviéu,
como capital eclesiástico-administrativa, se le sumen Xixón,
Llanes y muchas otras villas, todas ellas en proceso de ruina urbanística,
siguiendo la égida de Castilla y Levante, propia de una
economía centralista y dirigida desde Madrid. De esta manera, la
desconexión entre lo urbano y lo rural, que incluso con las revoluciones
industriales del pasado, parecía un fenómeno imposible,
anti-orgánico, podrá ser una realidad a la vuelta de la esquina si se
mantienen estas tendencias. Así pues, la Historia nos parece la
mejor guía, una vez más, para comprender el presente y barruntar
el porvenir.

Extracto del libro de Carlos X. Blanco Caserío y socialismo. Nación asturiana y marxismo nacionalista

Casería y Socialismo: nación asturiana y marxismo nacionalista
Carlos X. Blanco
ISBN: 978-84-612-3363-2
288 páginas
Edición rústica
Lengua de publicación: castellano
PVP sin IVA: 11,53€
PVP con IVA: 12€
info@glayiu.org
http://www.glayiu.org/editorial

Enlaces relacionados de interés

:: Presnetación del Llibru Casería y Socialismo. Glayiu
:: Glayiu: Asturies na rede.
:: Corriente Sindical de Izquierda. CSI
:: Xunta pola Defensa de la Llingua Asturiana
:: Coordinadora Antifascista d’Asturies
:: 35 razones
:: Sofitu

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