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Aspectos políticos del pleno empleo

Martes 11 de junio de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Recuperamos este texto clave de Michał Kalecki

Recuperamos este texto clásico de Michał Kalecki, imprescindible para comprender que es lo que está sucediendo en tiempos de neoliberalismo y turbocapitalismo salvaje. "En resumidas cuentas, el ciclo político de Kalecki sigue vigente y es de actualidad. El hecho de que la ortodoxia macroeconómica no comparta la idea de que el pleno empleo es posible, al menos con la misma unanimidad que en 1940, puede ser considerado una excentricidad propia de economistas disidentes cuyas fantasías sobre
la eficiencia de los mercados han sido rotundamente invalidadas por la actual crisis mundial (Domenico Mario Nuti)".

El ciclo político de Kalecki desde un óptica actual. Una introducción.

La batalla política por el pleno empleo


Una mayoría considerable de los economistas opina ahora que, aun en un sistema
capitalista, el empleo pleno puede alcanzarse mediante un programa de gastos del
gobierno, siempre que haya planta suficiente para emplear toda la fuerza de
trabajo existente y siempre que puedan obtenerse dotaciones adecuadas de las
materias primas extranjeras necesarias a cambio de exportaciones.

Si el gobierno realiza inversión pública (por ejemplo, si
construye escuelas, hospitales y carreteras) o subsidia el consumo masivo
(mediante asignaciones familiares, reducción de la tributación indirecta o
subsidios para mantener bajos los precios de los artículos de primera
necesidad); si, además, este gasto se financia con préstamos y no con impuestos
(que podrían afectar en forma adversa la inversión privada y el consumo), la
demanda efectiva de bienes y servicios puede aumentarse hasta un punto en que se
logre el pleno empleo. Tal gasto del gobierno aumenta el empleo, hay que
advertirlo, no sólo en forma directa sino también indirecta, ya que los mayores
ingresos que genera se traducen en un aumento secundario de la demanda de bienes
de consumo y de inversión.

Podríamos preguntarnos de dónde obtendrá el público el dinero
para prestarle al gobierno si no reduce su inversión ni su consumo. Para
entender este proceso es conveniente imaginar por un momento que el gobierno
paga a sus proveedores en valores gubernamentales. En general, los proveedores
no retendrán estos valores sino que los pondrán en circulación al comprar otros
bienes y servicios, y así sucesivamente, hasta que finalmente estos valores
lleguen a personas o empresas que los conserven como activos que rinden
intereses. En cualquier periodo el aumento total de valores gubernamentales en
posesión (transitoria o final) de personas y empresas será igual a los bienes y
servicios vendidos al gobierno. Así, lo que la economía presta al gobierno son
bienes y servicios cuya producción se “financia” con valores gubernamentales. En
realidad el gobierno no paga los servicios con valores sino con dinero, pero al
mismo tiempo emite valores y así retira el efectivo, y esto equivale al proceso
imaginario descrito antes.

Pero ¿qué ocurre si el público no desea absorber todo el
incremento de valores gubernamentales? Los ofrecerá finalmente a los bancos para
obtener efectivo (billetes o depósitos) a cambio. Si los bancos aceptan estas
ofertas, la tasa de interés se mantendrá. Si no, los precios de los valores
bajarán, lo que significa un aumento de la tasa de interés, y esto estimulará al
público a poseer más valores con relación a los depósitos. Se sigue que la tasa
de interés depende de la política bancaria, en particular de la política del
banco central. Si esta política trata de mantener la tasa de interés a cierto
nivel, ello puede lograrse con facilidad, por grande que sea el endeudamiento
del gobierno. Tal era y es la posición en esta guerra. A pesar de déficit
presupuestarios astronómicos, la tasa de interés no ha aumentado desde
principios de 1940.

Podría objetarse que el gasto gubernamental financiado con
préstamos causará inflación. A ello puede responderse que la demanda efectiva
creada por el gobierno actúa como cualquiera otro aumento de la demanda. Si hay
oferta abundante de mano de obra, planta y materias primas, el aumento de la
demanda se satisface con un aumento de la producción. Pero si se ha llegado al
punto de pleno empleo de los recursos y si la demanda efectiva continúa
aumentando, los precios aumentarán para equilibrar la demanda y la oferta de
bienes y servicios (en el estado de empleo excesivo de recursos que contemplamos
ahora en la economía de guerra, un aumento inflacionario de precios sólo se ha
evitado en la medida en que la demanda efectiva de bienes de consumo ha sido
reducida por el racionamiento y la tributación directa). Se sigue que si la
intervención gubernamental trata de lograr el pleno empleo pero no llega a
aumentar la demanda efectiva más allá de la marca del pleno empleo, no hay por
qué temer la inflación. [2]

La anterior es una presentación muy burda e incompleta de la doctrina económica
del pleno empleo. Pero me parece suficiente para familiarizar al lector con la
esencia de la doctrina y permitirle seguir la discusión subsiguiente de los
problemas políticos implicados en la obtención del pleno empleo.

Debemos advertir primero que si bien la mayoría de los economistas conviene
ahora en que el empleo pleno puede lograrse mediante el gasto gubernamental no
ocurría así ni siquiera en el pasado reciente. Entre los oponentes a esta
doctrina se encontraban (y aún se encuentran) prominentes sedicentes “expertos
económicos” estrechamente conectados con la banca y la industria. Esto sugiere
que hay un fondo político en la oposición a la doctrina del pleno empleo, a
pesar de que los argumentos utilizados sean económicos. Ello no quiere decir que
quienes los utilizan no crean en su economía, por pobres que tales argumentos
sean. Pero la ignorancia obstinada suele ser una manifestación de motivos
políticos subyacentes.

Sin embargo, hay indicaciones más directas aún de que una cuestión política de
primera clase se encuentra en juego aquí. En la gran depresión de los años
treinta las grandes empresas se opusieron sistemáticamente a los experimentos
tendientes a aumentar el empleo mediante el gasto gubernamental en todos los
países, a excepción de la Alemania Nazi. Esto se vio claramente en los Estados
Unidos (oposición al Nuevo Trato), en Francia (el experimento Blum) y también en
Alemania antes de Hitler. No es fácil la explicación de esta actitud. Es claro
que el aumento del producto y el empleo no beneficia sólo a los trabajadores,
sino también a los empresarios, porque sus ganancias aumentan. Y la política de
empleo pleno antes descrita no reduce las ganancias porque no implica ninguna
tributación adicional. En la depresión los empresarios suspiran por un auge,
¿por qué no aceptan gustosos el auge “artificial” que el gobierno puede
ofrecerles? En este artículo trataremos de resolver este interrogante difícil y
fascinante.

Las razones de la oposición de los “líderes industriales” al pleno empleo
obtenido mediante el gasto gubernamental pueden subdividirse en tres categorías:
a) la resistencia a la interferencia gubernamental en el problema del empleo
como tal; b) la resistencia a la dirección del gasto gubernamental (inversión
pública y subsidio al consumo), y c) resistencia a los cambios sociales y
políticos resultantes del mantenimiento del pleno empleo. Examinaremos en
detalle cada una de estas tres categorías de objeciones a la política
expansionista del gobierno.

Primero nos ocuparemos de la resistencia de los “capitanes de la industria” a
aceptar la intervención gubernamental en la cuestión del empleo. Las “empresas”
observan con suspicacia toda ampliación de la actividad estatal, pero la
creación de empleo mediante el gasto gubernamental tiene un aspecto especial que
hace particularmente intensa la oposición. Bajo un sistema de laissez faire el
nivel del empleo depende en gran medida del llamado estado de la confianza. Si
tal estado se deteriora la inversión privada declina, lo que se traduce en una
baja de la producción y el empleo (directamente y a través del efecto secundario
de la reducción del ingreso sobre el consumo y la inversión). Esto da a los
capitalistas un poderoso control indirecto sobre la política gubernamental; todo
lo que pueda sacudir el estado de la confianza debe evitarse cuidadosamente
porque causaría una crisis económica. Pero en cuanto el gobierno aprenda el
truco de aumentar el empleo mediante sus propias compras este poderoso
instrumento de control perderá su eficacia. Por lo tanto, los déficit presupuestarios necesarios para realizar la intervención gubernamental deben
considerarse peligrosos. La función social de la doctrina del “financiamiento
sano” es hacer el nivel del empleo dependiente del “estado de la confianza”.

La resistencia de los líderes empresariales a una política de gasto
gubernamental se agudiza cuando consideran los objetos en que se gastaría el
dinero: inversión pública y subsidio al consumo masivo.

Los principios económicos de la intervención gubernamental
requieren que la inversión pública se limite a objetos que no compitan con el
equipo de la empresa privada (por ejemplo, hospitales, escuelas, carreteras
etc.). De otro modo podría perjudicarse la rentabilidad de la inversión privada
y el efecto positivo de la inversión pública sobre el empleo podría ser
contrarrestado por el efecto negativo de la declinación de la inversión privada.
Esta concepción les parece muy adecuada a los empresarios. Pero el alcance de la
inversión pública de este tipo es más bien reducido y existe el peligro de que
el gobierno, al seguir esta política, se vea tentado eventualmente a
nacionalizar el transporte o los servicios públicos para ganar una esfera nueva
donde realizar su inversión. [3]

En consecuencia, es de esperarse que los líderes empresariales y sus expertos se
inclinen más al subsidio del consumo masivo (mediante asignaciones familiares,
subsidios para mantener bajos los precios de los artículos de primera necesidad,
etcétera), que a la inversión pública; porque al subsidiar el consumo el
gobierno no estaría iniciando ningún tipo de “empresa”. Pero en la práctica no
ocurre así. En verdad, el subsidio al consumo masivo encuentra una oposición
mucho más violenta de estos “expertos” que la inversión pública, porque aquí
está en juego un principio “moral” de la mayor importancia. Los principios
fundamentales de la ética capitalista requieren la máxima de “ganarás el pan con
el sudor de tu frente”, a menos que tengas medios privados.

Hemos considerado las razones políticas de la oposición a la política de
creación de empleos mediante el gasto gubernamental. Pero aun si se superara
esta oposición —como puede ocurrir bajo la presión de las masas—, el
mantenimiento del empleo pleno causaría cambios sociales y políticos que darían
nuevo ímpetu a la oposición de los líderes empresariales. En verdad, bajo un
régimen de pleno empleo permanente, “el cese” dejaría de desempeñar su papel
como medida disciplinaria. La posición social del jefe se minaría y la seguridad
en sí misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría. Las
huelgas por aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo crearían
tensión política. Es cierto que las ganancias serían mayores bajo un régimen de
pleno empleo que su promedio bajo el laissez faire, y aun el aumento de salarios
resultante del mayor poder de negociación de los trabajadores tenderá menos a
reducir las ganancias que a aumentar los precios, de modo que sólo perjudicará
los intereses de los rentistas. Pero los dirigentes empresariales aprecian más
la “disciplina en las fábricas” y la “estabilidad política” que los beneficios.
Su instinto de clase les dice que el pleno empleo duradero es poco conveniente
desde su punto de vista y que el desempleo forma parte integral del sistema
capitalista “normal”.

Una de las funciones importantes del fascismo, tipificado por el sistema nazi,
fue la eliminación de las objeciones capitalistas al pleno empleo.

La resistencia a la política de gasto gubernamental como tal se supera bajo el
fascismo por el hecho de que la maquinaria estatal se encuentra bajo el control
directo de una combinación de las grandes empresas y los arribistas fascistas.
Se elimina la necesidad del mito de las “finanzas sanas”, que servía para
impedir que el gobierno contrarrestara una crisis de confianza con el gasto. En
una democracia no se sabe cómo será el próximo gobierno. Bajo el fascismo no hay
gobierno próximo.

La resistencia al gasto gubernamental, en inversión pública o en consumo, se
supera concentrando el gasto gubernamental en armamentos. Por último, la
“disciplina en las fábricas” y la “estabilidad política” bajo el pleno empleo se
mantienen por el “nuevo orden”, que va desde la supresión de los sindicatos
hasta el campo de concentración. La presión política sustituye a la presión
económica del desempleo.

El hecho de que los armamentos constituyan la columna vertebral de la política
del empleo pleno fascista tiene una influencia profunda sobre su carácter
económico. Los armamentos en gran escala son inseparables de la expansión de las
fuerzas armadas y la preparación de planes para una guerra de conquista. También
inducen al rearme competitivo de otros países. Esto hace que el objetivo
principal del gasto se desplace gradualmente del pleno empleo a la obtención del
máximo efecto del rearme. En consecuencia, el empleo se vuelve “más que pleno”;
no sólo queda abolido el desempleo sino que prevalece una aguda escasez de mano
de obra. Surgen cuellos de botella en todas las esferas y esto debe afrontarse
con la creación de diversos controles. Tal economía tiene muchas características
de una “economía planeada” y en ocasiones se compara, con cierta ignorancia, con
el socialismo. Pero este tipo de “planeación” aparece necesariamente siempre que
una economía se fija cierta meta elevada de producción en una esfera particular,
cuando se convierte en una “economía de metas”, entre las que la “economía del
armamento” es un caso especial. Una “economía del armamento” implica en
particular la reducción del consumo en comparación con lo que habría podido ser
bajo el pleno empleo.

El sistema fascista principia por la solución del desempleo, se convierte en una
“economía del armamento” llena de escasez, y termina inevitablemente en la
guerra.

¿Cuál será el resultado práctico de la oposición al “pleno empleo mediante el
gasto gubernamental” en una democracia capitalista? Trataremos de contestar esta
cuestión mediante el análisis de las razones de esta oposición mencionadas en la
segunda sección. Sostuvimos que es de esperarse la oposición de los “líderes de
la industria” en tres planos: a) la oposición de principio al gasto
gubernamental basado en un déficit presupuestal; b) la oposición a la dirección
de este gasto hacia la inversión pública —que puede presagiar la intrusión del
Estado en las nuevas esferas de actividad económica— o el subsidio del consumo
masivo, y c) la oposición al mantenimiento del pleno empleo y no sólo la mera
prevención de depresiones profundas y prolongadas.

Ahora bien, debe reconocerse que la etapa en que los “líderes empresariales”
podían oponerse a cualquier clase de intervenciones gubernamentales tendientes a
aliviar una depresión es cosa del pasado. Tres factores han contribuido a esto:
a) verdadero empleo pleno durante esta guerra; b) el desarrollo de la doctrina
económica del pleno empleo y c) en parte como resultado de estos dos factores,
el lema “nunca más desempleo” está profundamente arraigado ahora en la
conciencia de las masas. Esta posición se refleja en los pronunciamientos
recientes de los “capitanes de industria” y sus expertos. Se acepta la necesidad
de “hacer algo en la depresión”; pero la pelea continúa, primero, en cuanto a
lo que debe hacerse en la depresión” (es decir, cuál debe ser la dirección de
la intervención gubernamental) y segundo, en cuanto “tal cosa deba hacerse sólo
en la depresión” (es decir, sólo para aliviar las depresiones y no para asegurar
el pleno empleo permanente).

En las discusiones actuales de estos problemas emerge una y otra vez la
concepción de contrarrestar la depresión mediante el estímulo a la inversión
privada. Esto puede hacerse rebajando la tasa de interés, disminuyendo el
impuesto al ingreso o subsidiando la inversión privada directamente en esta u
otra forma. No es sorprendente que tal programa resulte atractivo para las
“empresas”. El empresario sigue siendo el conducto de ejecución de la
intervención. Si no siente confianza en la situación política no aceptará
invertir. Y la intervención no involucra al gobierno en el “juego” de la
inversión (pública) ni en el “desperdicio de dinero” que significa el subsidio
al consumo.

Sin embargo, puede demostrarse que el estímulo a la inversión privada no
constituye un método adecuado para la prevención del desempleo masivo. Deben
considerarse aquí dos alternativas.

1) La tasa de interés o el impuesto al ingreso (o ambos) bajan considerablemente
en la depresión y aumentan en el auge. En este caso disminuirán el periodo y la
amplitud del ciclo económico, pero el empleo puede distar mucho del nivel pleno
no sólo en la depresión sino aun en el auge, es decir, el desempleo medio puede
ser grande aun cuando sus fluctuaciones serán menos marcadas.

2) La tasa de interés o el impuesto al ingreso bajan en una depresión pero
no
aumentan en el auge subsiguiente. En este caso el auge durará más pero debe
terminar en una nueva depresión; por supuesto, una reducción de la tasa de
interés o del impuesto al ingreso no elimina las fuerzas que generan
fluctuaciones cíclicas en una economía capitalista. En la nueva depresión será
necesario reducir de nuevo la tasa de interés o el impuesto al ingreso y así
sucesivamente. Así, en un tiempo no muy remoto la tasa de interés tendría que
ser negativa y el impuesto al ingreso tendría que ser sustituido por un subsidio
al ingreso. Lo mismo ocurriría si se intentara mantener el empleo pleno
mediante el estímulo a la inversión privada: la tasa de interés y el impuesto al
ingreso tendrían que rebajarse continuamente. [4]

Además de esta debilidad fundamental del ataque al desempleo mediante el
estímulo a la inversión privada hay una dificultad práctica. La reacción de los
empresarios ante las medidas descritas es incierta. Si la depresión es profunda
pueden adoptar una visión pesimista del futuro y la disminución de la tasa de
interés o del impuesto al ingreso puede tener entonces, durante largo tiempo,
poco o ningún efecto sobre la inversión y por ende sobre el nivel de la
producción y el empleo.

Aun quienes invocan el estímulo a la inversión privada para contrarrestar la
depresión, con frecuencia no se limitan al mismo sino que contemplan su
asociación con la inversión pública. Parece ahora que los “líderes
empresariales” y sus expertos (por lo menos una parte de ellos) tenderían a
aceptar como un pis aller la inversión pública financiada con préstamos para
aliviar las depresiones. Sin embargo, parecen oponerse todavía sistemáticamente
a la creación de empleo mediante el subsidio al consumo y al mantenimiento del
pleno empleo.

Este estado de cosas es sintomático quizá del futuro régimen económico de las
democracias capitalistas. En la depresión, bajo la presión de las masas o aun
sin ella, la inversión pública financiada con préstamos se realizará para
impedir el desempleo en gran escala. Pero si se intenta aplicar este método para
mantener el alto nivel de empleo alcanzado en el auge subsiguiente, es probable
que surja una fuerte oposición de los “líderes empresariales”. Como hemos
mencionado, el empleo pleno duradero no les agrada en absoluto. Los trabajadores
se “saldrían de control” y los “capitanes de la industria” estarían ansiosos de
“enseñarles una lección”. Además, el aumento de precios en el auge es
desventajoso para los pequeños y grandes rentistas y los hace que “se cansen del
auge”.

En esta situación es probable la formación de un bloque poderoso entre las
grandes empresas y los rentistas, y probablemente encontrarían a más de un
economista dispuesto a declarar que la situación es manifiestamente
inconveniente. La presión de todas estas fuerzas, y en particular de las grandes
empresas —por regla general influyentes en algunos departamentos
gubernamentales—, induciría con toda probabilidad al gobierno a volver a la
política ortodoxa de reducción del déficit presupuestal. Seguiría una depresión
donde la política del gasto gubernamental volvería a resultar aconsejable.

Este patrón de un “ciclo económico político’ no es mera conjetura; algo muy
parecido ocurrió en los Estados Unidos en 1937-1938. El rompimiento del auge en
la segunda mitad de 1937 se debió en realidad a la reducción drástica del
déficit presupuestal. Por otra parte, en la aguda depresión consiguiente el
gobierno volvió pronto a una política de gasto.

El régimen del “ciclo económico político” sería un restablecimiento artificial
de la posición existente en el capitalismo del siglo XIX. El empleo pleno sólo
se lograría en la cúspide del auge, pero los auges serían relativamente
moderados y breves.

¿Podría conformarse un progresista con un régimen del “ciclo
económico político” como el descrito en la sección anterior? Creo que debe
oponerse al mismo por dos razones: a) porque no asegura un empleo pleno
duradero; b) porque la intervención gubernamental se liga a la inversión pública
y no abarca el subsidio al consumo. Lo que las masas piden ahora no es el alivio
de las depresiones sino su abolición total. Tampoco debe aplicarse la
utilización más plena de los recursos resultante a inversión pública, no
necesaria, sólo para proporcionar trabajo. El programa de gasto gubernamental
deberá dedicarse a la inversión pública sólo en la medida en que tal inversión
se necesite realmente. El resto del gasto gubernamental necesario para la
conservación del empleo pleno deberá utilizarse para subsidiar el consumo
(mediante asignaciones familiares, pensiones de vejez, disminución de la
tributación indirecta, subsidio a los precios de los artículos de primera
necesidad). Quienes se oponen a tal gasto gubernamental afirman que entonces el
gobierno no tendría que comprobar en qué gasta su dinero. La respuesta es que la
contrapartida de ese gasto será el más alto nivel de vida de las masas. ¿No es
tal el propósito de toda actividad económica?

Por supuesto, el “capitalismo de pleno empleo” deberá
desarrollar nuevas instituciones sociales y políticas que reflejen el mayor
poder de la clase trabajadora. Si el capitalismo puede ajustarse al empleo pleno
habrá incorporado una reforma fundamental. De lo contrario demostrará que es un
sistema obsoleto que debe ser abandonado.

Pero ¿es posible que la lucha por el pleno empleo conduzca al
fascismo? ¿ Es posible que el capitalismo se ajuste al pleno empleo en esta
forma? Ello parece sumamente improbable. El fascismo brotó en Alemania en un
marco de enorme desempleo y se mantuvo en el poder logrando el pleno empleo
cuando la democracia capitalista no podía hacerlo. La lucha de las faenas
progresistas por el empleo pleno es al mismo tiempo una forma de prevención del
retorno del fascismo.

_______________________
1 M. Kalecki, “Political aspects of fulI employment,
Political
Quarterly
, vol. 14, 1943, pp. 322-331.

2 Otro problema de carácter
más técnico es el de la deuda nacional. Si se mantiene el pleno empleo mediante
el gasto gubernamental financiado con préstamos, la deuda nacional aumentará
continuamente. Sin embargo, tal cosa no implica necesariamente perturbaciones de
la producción y el empleo si el interés de la deuda se financia con un impuesto
anual al capital. El ingreso corriente de algunos capitalistas tras el pago del
impuesto al capital será menor y el de otras capitalistas será mayor que en el
caso de que la deuda nacional no hubiese aumentado, pero su ingreso total
permanecerá constante y su consumo total no tenderá a cambiar en forma
considerable. Además, el incentivo a la inversión en capital fijo no es afectado
por un impuesto al capital porque éste se paga sobre cualquier tipo de riqueza.
Ya se tenga una cantidad en efectivo, en valores gubernamentales, o se invierta
en la construcción de una fábrica, se paga el mismo impuesto al capital, de modo
que la ventaja comparativa no se altera. Y si la inversión se financia con
préstamos, claramente no es afectada por un impuesto al capital porque no
significa un aumento de la riqueza del empresario inversionista. Así pues, ni el
consumo ni la inversión de los capitalistas son afectados por el aumento de la
deuda nacional si el interés sobre la misma se financia con un impuesto anual al
capital.

3 Debe advertirse aquí que la
inversión en una industria nacionalizada puede contribuir a la solución del
problema del desempleo sólo si se realiza según principios distintos de los
empleados por la empresa privada. El gobierno debe conformarse con una menor
tasa neta de rendimiento que la empresa privada, o bien debe sincronizar
deliberadamente su inversión para mitigar las depresiones.

4 En un articulo que publicará
Oxford Economic Papers se da una demostración rigurosa de esto.

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