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80 años del rey emérito.

Jueves 11 de enero de 2018. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Recuperando la memoria

Por: Ani García Pérez

El 5 de enero, el rey emérito, Juan Carlos I, cumplió 80 años. Lo mismo que muchos ciudadanos y muchas ciudadanas de este país. ¿Lo mismo? Ni por asomo. Porque 80 años de vida dan para mucho, bueno y malo. Cada uno que haga balance de su vida. Pero la vida del emérito y sus decisiones nos han afectado y nos siguen afectando a todo un país, a las generaciones que lo vivieron, pero también las futuras generaciones tendrán que vivir bajo las consecuencias de esas decisiones.

Cuando el pasado junio se celebró el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas en España tras la muerte del dictador Franco, su majestad emérita se enfadó porque no fue invitado al acto. Pues para resarcirle de tal imperdonable afrenta, según él, el 6 de enero y para celebrar la Pascua Militar (hecho que se remonta a 1782 e instaurado por el rey Carlos III), su hijo, Felipe VI, decide que en esta ocasión esté presente con motivo de homenajearle por su 80 cumpleaños.

Muchos han sido los discursos pronunciados en ese acto, desde el propio Felipe VI, pasando por la ministra de defensa, Mª Dolores de Cospedal. No es mi intención entrar en valorar lo que a lo militar se refiere. Eso da contenido para otro artículo. Más bien quiero hacer una parada en las palabras del hijo al padre: “Felicidades majestad y gracias también por tantos años de servicio leal a España, por tu ejemplo vistiendo con honor el uniforme y siempre velando por la excelencia y el compromiso de nuestras Fuerzas Armadas con nuestra democracia, nuestra libertad y nuestra seguridad”.
Seguramente que habrá mucha gente en este país que estén de acuerdo con estas palabras. Pero ¿realmente la lealtad de Juan Carlos I ha sido para con España, los españoles y las españolas? ¿O quizás esa lealtad ha ido más bien encaminada en mantener sus propio estatus y el de su familia? Creció siempre rodeado de privilegios a los cuales difícilmente querría renunciar.
Siempre se nos ha vendido la figura de Juan Carlos I como la persona clave para una “transición pacífica” de la dictadura hacia la Democracia. El impulsor de una nueva era. Pero es imposible olvidar la imagen de un Juan Carlos joven, que el 22 de julio de 1969 en las Cortes, a la pregunta de: “¿Juráis lealtad a su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento Nacional?” respondía con un claro y contundente “Si, juro”. Juan Carlos quedaba nombrado por el mismísimo Franco sucesor en la Jefatura de Estado. Impuesto, asegurándose que seguiría mandando, aún desde la tumba. Y quedaban de esa forma sentadas las bases para el continuismo de la política franquista. Pero seamos magnánimos. En ese momento era la única forma de que no lo echaran a la calle. Había que asegurarse el futuro. Comprensible.

Pasan aún 6 años hasta que muere el dictador y llega el momento clave. Juan Carlos será nombrado rey. 22 de noviembre de 1975. Una gran expectativa entre quienes confían que realmente habrá cambios importantes, que Juan Carlos dará un paso al frente y dejará claro que el franquismo ha muerto con Franco y que España tendrá la oportunidad que se merece. Una oportunidad para la Justicia, para la Verdad, la Libertad, la Igualdad y los Derechos Humanos. Para todo aquello que durante 40 años había sido pisoteado, castigado y negado a millones de españolas y españoles.
Pero nuevamente la bofetada en la cara de los esperanzados resuena mucho más allá de los muros de las Cortes, dónde Juan Carlos hace el siguiente juramento: “Juro por Dios y los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”.
No conforme con esa primera estocada a las esperanzas de todo un país, su discurso hace clara referencia de su admiración hacia el dictador muerto: “Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del estado.”
Y desde luego no pudo estar más acertado. Perfectamente se entienden “las claves de nuestra vida política contemporánea”. Bajo el falso manto de la mal llamada “transición democrática” no hizo otra cosa que permitir la continuidad de una política absolutista y represora. Junto con los cómplices traidores (léase PSOE, PCE y demás agentes sociales), pieza clave para que se pudiese perpetrar tal barbaridad. Lavado de cara de militares represores, políticos y ministros franquistas, permitiéndoles seguir manejando la vida política, económica, social y jurídica de este país.
Cuando tuvo oportunidad de dar un giro de 180 grados, devolver el poder que le fue arrebatado al pueblo aquel fatídico 18 de julio de 1936, prefirió asegurarse su propio futuro y el de su familia. Pesaba más en la balanza esa única familia que los millones de ciudadanos que esperaban ansiosamente que restableciera la legalidad y con ella la República que tan vilmente fue aniquilada por su “admirado y querido dictador”.
Dice el refrán que muerto el perro se acabó la rabia. Pero en este caso, el perro tuvo una camada de cachorros bien formados que han seguido mordiendo con esa rabia hasta conseguir que aún hoy en día, 42 años después, la política represora, clasista, neoliberal y corrupta siga marcando el destino de este país.
Y para que no faltase detalle, el “campechano emérito” no desaprovechó sus 39 años de reinado para seguir engañando a “sus súbditos”. Sería muy pesado volver a repasar todas las faenas del emérito, bien conocidas por todos y todas. Las suyas y las de su prole. Finalmente mostraron su verdadera cara y quedó bien claro que han seguido comportándose de forma egoísta y absolutista. Viviendo de dinero público, sin escatimar en lujos y privilegios, aún en tiempos en los que miles de familias pierden viviendas, trabajo e incluso lo más básico para subsistir. Cuando la pobreza energética ha costado incluso la vida de muchas personas. Cuando la pobreza infantil ha llegado a alcanzar hasta un 40% de la población de menores. Cuando los recortes en política social han provocado que el umbral de la pobreza y la exclusión en España haya alcanzado casi al 30% de la población.

Con este currículo, esos honores en la Pascua Militar, más bien sobraban. Porque ni su lealtad, ni su actos han sido nunca en favor de los ciudadanos y ciudadanas de este país. De España, quizás sí. Esa España que le fue legada y regalada por un asesino. Esa España que quiere seguir manteniendo las diferencias clasistas, que piensa que deben seguir existiendo ciudadanos de primera, segunda e incluso, tercera clase. Que permite la exhibición de banderas franquistas de forma impune, mientras multa y encarcela a cualquiera que se atreva a opinar sobre ello. Que justifica el insulto y las amenazas a representantes políticos de izquierdas pero condena por hacer un chiste sobre Carrero Blanco. Esa España, sí. A esa, lealtad absoluta.
Que siga Usted cumpliendo muchos años más, Majestad emérita, aunque sea solamente para ver si su conciencia despierta o si seguirá tan dormida como hasta su 80 cumpleaños.

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