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Voces que huyen de la guerra de Sudán del Sur

Miércoles 15 de agosto de 2018. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: El Salto

Sudán del Sur

Por Francecs Millán Yumbe

Desde que en 2013 estalló el conflicto, más de un millón de sursudaneses han buscado refugio en Uganda. Sus historias hablan de violencia indiscriminada contra civiles, de violaciones, de hambruna y epidemias.

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Niños y jóvenes sursudaneses huídos de la guerra, en el campo de refugiados Imvepi, en el noroeste de Uganda. FRANCESC MILLAN YUMBE

Para Christine y Susan Rose, la guerra es una noche fugaz de junio. Una noche de esas que nunca se esperan, aunque sabes que, tarde o temprano, llegarán. Como si de una condena se tratase. Son hermanas, tienen 16 y 14 años, y les tiembla la voz cuando hablan de lo que vieron. “Nos atacaron los soldados”, repite Susan, la menor. Christine es más precisa: “Un grupo de combatientes dinka [la etnia mayoritaria que controla el Gobierno de Sudán del Sur] entró en casa de noche”. Se toma un respiro y se seca las lágrimas que desde hace unos segundos le bajan por las mejillas. “Uno cogió a mi padre, otro a mi madre y los dos que quedaban nos robaron ropa y comida. Entonces se los llevaron [a los padres] y los decapitaron a pocos metros de donde estábamos nosotras”, explica Christine, que ahora ya no se esfuerza en borrar el llanto de su rostro. Su herida es demasiado reciente: el ataque de los combatientes dinka a su aldea ocurrió hace solo seis días. “También vimos morir a muchos de nuestros vecinos. Había cuerpos decapitados por todos los lados”, lamenta la hermana mayor. Y escaparon. “¿Qué podíamos hacer si no?”.

Ahora las dos hermanas están tumbadas en un suelo polvoriento del centro de recepción de Imvepi, un centro de refugiados en en distrito Arua, en el noroeste de Uganda, donde llegaron hace dos días. Hablan despacio y les cuesta fijar la mirada en los ojos de quien escucha. Su testimonio podría ser el de centenares de miles de refugiados de Sudán del Sur que han huido del conflicto que martiriza a su país desde 2013 y que está siendo especialmente duro para la población civil. Aquí, en el norte de Uganda —que con más de un millón de sursudaneses, es el Estado que más ha acogido— casi todo el mundo evoca el mismo horror: los soldados del Gobierno llegan a los poblados de noche, matan, violan, saquean las cabañas, queman algunas y se van. Con total impunidad, ante el silencio internacional, como desde hace casi cinco años.

VIOLENCIA, HAMBRE Y EPIDEMIAS

Y es que esta es también una guerra olvidada. Desde que, en julio de 2013, el presidente Salva Kiir, de etnia dinka, expulsara del Gobierno a su vicepresidente Rieck Machar, de etnia nuer, acusado de preparar un golpe de Estado, y empezaran los enfrentamientos entre los soldados del Gobierno y los simpatizantes del vicepresidente destronado, es muy difícil saber con exactitud la magnitud de la tragedia. Las balas han llegado a buena parte del país y la lucha por el poder, y por el dinero, y por el petróleo —Sudán del Sur tiene la tercera reserva de oro negro más importante de África—, ha aumentado la tensión entre etnias rivales. Cuentan que los soldados dinka son los peores, pero los rebeldes —más amateurs— también matan y también extorsionan. Se calcula que, desde el inicio del conflicto, centenares de miles de personas han perdido la vida, más de cuatro millones de sursudaneses se han visto obligados a abandonar sus casas y la situación de crisis humanitaria que se enquista —con incesantes episodios de hambruna y epidemias— es desgarradora.

Como entrar en el país es casi imposible, una de las pocas formas de saber qué pasa tierra adentro es a través de los relatos de las personas que huyen. Hace dos años por la frontera que separa Sudán del Sur de Uganda cruzaban cada día unas 2.000 personas buscando refugio. En los últimos meses, el flujo ha bajado, pero unas 150 personas siguen alcanzando a diario suelo ugandés para escapar de la barbarie.

En uno de los puntos de este límite geográfico, donde Uganda, la República Democrática del Congo y Sudán de Sur parecen mezclarse en una arboleda verde, virgen y aislada de todo, un grupo de 16 sursudaneses acaba de huir de la enésima masacre. Están sentados en el suelo, los niños no paran de llorar y hace tres días que ni comen ni beben. Cae un sol de justicia y la frente de Alison Richard parece una cascada. “Caminamos durante tres días hasta que llegamos a Uganda”, dice este joven sursudanés de 20 años. Explica que una pandilla de soldados dinka atacaron su poblado y arrasaron con todo lo que pudieron. Él vio cómo decapitaban a su padre. El camino también es peligroso. “Si te descubren los [soldados] dinka, te matan. Los rebeldes en un principio no te matarán, pero sí que violan a las mujeres y nos roban”. A ellos no les saquearon, pero es que no tienen nada más que la ropa que llevan puesta. “No pude coger nada. No sé ni cómo conseguí escapar. Cuando los [soldados] dinka llegan a las aldeas matan a todos los vecinos que pueden porque consideran que somos rebeldes”, lamenta, con voz cansada, Alison. De fondo, el llanto de un bebé rompe el silencio. Su madre trata de aliviar el lloriqueo del niño y se lo acerca al pecho, pero la mujer apenas tiene leche. Ahora esperan que Acnur les venga a buscar y les traslade a un centro de registro ugandés, donde serán identificados y posteriormente reubicados en uno de los campos de refugiados que se ubican en el norte de Uganda. “Necesitamos que vengan ya. Hace días que no comemos. Uno de los bebés tiene fiebre, y aquí no hay ni agua”. Tampoco mosquiteras, y esto, en uno de los puntos del continente donde la malaria pica con más fuerza, es una sentencia para muchos pequeños.

En la guerra sursudanesa no solo se muere de violencia. Después de los ataques, buena parte de las familias —o lo que queda de ellas— se queda sin su principal fuente de ingresos y alimentación: los campos de cultivo. Entonces el hambre aparece. Según Unicef, casi la mitad de la población —más de cinco millones de personas— no puede cubrir sus necesidades alimentarias y más de un millón de niños sufren desnutrición aguda. La hambruna, a la vez, favorece las epidemias y las muertes por enfermedades como la malaria, el sarampión o el cólera. La ayuda humanitaria, que no es suficiente, a veces no llega porque los soldados impiden su entrada.

NIÑOS HUÉRFANOS

Pongamos que se llama Dennis. Tiene unos 10 años, y no sabemos su nombre porque casi no habla. Está apoyado en la pared de lona de una de las tiendas que hay en el centro de recepción de Imvepi, y tiene la mirada perdida, como la mayoría de niños que hay aquí. “Fíjate, estas criaturas están traumatizadas. Mira sus ojos, mira cómo se mueven… Están rotos por dentro”, grita indignado Paul Draga, uno de los trabajadores que Save The Children tiene en este campamento. A su lado, unos 20 niños imitan el posado de Dennis. Unos se tumban fatigados en el suelo, algunos esconden su rostro entre las rodillas, como si desconectaran, y otros, directamente, duermen. La mayoría de ellos llevan en una de sus muñecas una pulsera de color blanco, que en este centro significa que son menores no acompañados. “Miles de niños han llegado a Uganda solos. Muchos de ellos han visto con sus propios ojos cómo los soldados mataban a sus padres. Han presenciado todo tipos de horrores...”, repite Paul.

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Una de las mujeres llegadas al campo de refugiados Imvepi, en Uganda, tras huir de la guerra de Sudán del Sur. FRANCESC MILLAN YUMBE

Estos menores sursudaneses forman parte de una de las consecuencias más crudas de la guerra: desde que empezó en 2013, decenas de miles de criaturas han cruzado solas la frontera porque el conflicto les robó a sus padres. La mayoría son huérfanos, pero también hay muchos chiquillos que perdieron de vista a sus padres durante el ataque, huyeron en direcciones distintas y nunca más han vuelto a saber de ellos. “Estos suelen llegar aquí con grupos de adultos que los acogen durante el camino”. Son Unicef y Acnur quienes gestionan sus llegadas y los identifican en el centro de registro. Si antes no han sido acogidos por una familia o un grupo de adultos —normalmente durante el camino hacia suelo ugandés—, estas organizaciones buscan otros refugiados que puedan hacerse cargo de los niños. Principalmente son madres —a menudo viudas— que ya tienen sus hijos, pero que hacen un esfuerzo para adoptarlos. A cambio, reciben ayuda económica y más alimentos.

A Susan Neima le brilla la mirada cuando le preguntan por sus pequeños. Tiene seis: tres son suyos, pero a tres los acogió durante el camino hacia aquí. “Estaban solos y muertos de miedo. Seguramente habían visto morir a sus padres. ¿Cómo no los iba a llevar conmigo? Hubiesen podido ser mis hijos”, relata entre llantos.

MUJERES ROTAS Caminar por los campos de refugiados de sursudaneses supone entender pronto una cosa: éste es un éxodo de niños y de mujeres. Los hombres no llegan con tanta frecuencia. O bien porque los han matado —los testigos dicen que, cuando llegan a las aldeas, los soldados intentar matar primero a los varones— o porque se quedan luchando. Algunos también prueban a ir a trabajar a zonas donde la guerra se ha alejado y envían dinero a sus familias para que hagan frente a la precariedad de los asentamientos de refugiados. En la huida, pues, son las mujeres quienes suelen hacerse cargo de los pequeños. Pero estas mujeres también están rotas por dentro. Doblemente rotas.

En el campo de refugiados de Bidi Bidi, a pocos kilómetros de la frontera ugandesa con Sudán del Sur, una quincena de mujeres espera su turno en el hospital de ayuda psicológica de Médicos Sin Fronteras (MSF). Las hay de todas las edades, algunas llevan en brazos a sus hijos y casi todas prefieren el silencio. “Todas han sido violadas excepto una”, dice Patrick, el psicólogo de MSF. “La guerra de Sudán del Sur es horrible para las mujeres. Aparte de la violencia, muchas han sufrido abusos en varias ocasiones y son violadas de manera feroz por grupos de combatientes que hacen fila y esperan su turno”, se lamenta Patrick, que mientras habla no deja de mirar a sus pacientes. Ninguna de ellas le devuelve la mirada porque casi siempre esconden el rostro.

Margaret tiene 21 años y prefiere no desvelar su nombre real. Ella es una de las muchas mujeres sursudanesas que ha sido víctima de la violencia sexual que se ha normalizado en el conflicto: como una arma de guerra más, como una manera de dañar o humillar al enemigo. Tiene la voz rota y habla despacio, con la mirada perdida, hasta que se rompe entre llantos y sollozos tristes. En sus brazos, un bebé de no más de un año se agarra con fuerza al vestido de la madre. Ella no puede parar de llorar. —¿Por qué lloras, Susan? No dirá nada. De hecho, ya no volverá a hablar de su historia. Simplemente cierra los ojos con fuerza e intenta reprimir las lágrimas. Claude, que es uno de los traductores que hay en el centro, conoce su relato. “La violaron un grupo de soldados dinka mientras huían hacia aquí [Uganda]”. Como a tantas otras. “Creemos que no sabe si el bebé es fruto de la violación o es hijo de su marido”, lamenta. —Y su marido, ¿dónde está? —Ah, lo mataron durante un fuego cruzado entre los dinka y los rebeldes.

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