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Bolivia: tres miradas post referéndum

Domingo 4 de mayo de 2008. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

El referendo por la autonomía de la Bolivia rica fractura en dos al país.

La victoria del "sí" en el referendum realizado ayer en Santa Cruz, y tras varios meses de tensiones por el abierto desafío, tres analistas reflexionan sobre las implicaciones de esta iniciativa, los poderes ocultos tras la convocatoria y sobre los nuevos retos a los que se enfrenta el gobierno de Evo Morales.

Apunta a desintegrar la región

Hugo Calelo

Bolivia vive una situación crítica. Marcada por la aparición temprana del movimiento minero y los grupos trotskistas en 1952, la nación boliviana se caracteriza por tener un alto nivel de conflictividad y una clase dominante reducida. Desde mediados del siglo pasado, es una sociedad muy inestable pero con un potencial muy importante. Al igual que Ecuador y México, Bolivia posee una extendida cultura originaria dispuesta a reaccionar, de la que el presidente indígena Evo Morales es su expresión.

Sin embargo, al mismo tiempo que aparecen indicios de avance y progreso, emergen sectores muy vinculados a la estructura capitalista que no sólo se apoyan en núcleos de poder sino también en la población. Mientras Morales representa un avance para un importante sector de la sociedad que antes no tenía gas, la clase dominante, conocida por su historia de dominación fascista, no se ha quedado quieta y en Santa Cruz, la otra Bolivia, maneja el aparato productivo, así como el petróleo.

Se trata de una reacción de un aparato político que no sólo es boliviano, sino que responde a cierta presión imperialista para operar una ruptura en el Altiplano en contra de los movimientos de resistencia y emancipación. Las fuerzas opositoras están operando en una línea de confrontación no sólo con Morales sino también contra el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, donde ahora no existe la posibilidad de secesionismo. Así se apunta a romper un proceso de integración de los países de la región en favor del ALCA y en desmedro del ALBA, impulsado por Chávez, como del Mercosur.

Aunque algunos ahora hablan de desintegración, el temor es viejo. Guillermo Lora, el principal dirigente trotskista del Partido Obrero Revolucionario (POR) que conocí siendo estudiante, tenía una tesis en la que afirmaba que Bolivia no podía sobrevivir como país aislado. Si bien tenía potencia revolucionaria –señalaba Lora–, carecía de una salida al mar y de otras ventajas que poseía Argentina. Por eso, según Lora, el país andino debía unirse a la nación vecina.

Ahora, en cambio, lo que se discute es un intento de desintegración como parte de una política anticipatoria para impedir la integración latinoamericana. De llevarse a la práctica esta escisión, se dispararía una situación muy peligrosa que podría desembocar en un conflicto bélico y comprometer a toda América latina. Se trata de una estrategia de fortalecimiento de la derecha en la que Santa Cruz se ha ganado parte del apoyo de la población sobre la base de una situación confusa y masificada. No hay que olvidarse de los regionalismos de Yugoslavia y España que ahora son estimulados en el subcontinente. Si bien hay pensadores que creen que los autonomismos son necesarios, el proceso cruceño no es progresista, sino de carácter negativo.

Como indica Giorgo Agamben, en los últimos tiempos hubo un traslado de la violencia represiva de las dictaduras militares a otras formas de violencia que se ejercen tanto desde el Estado así como desde otros niveles –policía, sindicatos violentos y matones–. En Bolivia, estamos viviendo una nueva forma de represión que apunta a paralizar o crear inseguridad en momentos en que resurgen las manifestaciones de los pueblos originarios y otros sectores sociales

Hugo Calelo es Doctor en Filosofía en la Universidad Nacional de Venezuela y profesor titular de Sociología, UBA.


Lo viejo se resiste a morir, y mata

Gabriel Puricelli

La consulta inconstitucional organizada por las autoridades departamentales de Santa Cruz de la Sierra se inscribe en un contexto más amplio de cuestionamiento de la legitimidad de la autoridad de Evo Morales, donde la cuestión de la autonomía es tomada como el eje vertebrador de una contestación anticonstitucional del mandato que ejerce el presidente de la nación boliviana.

La violencia, dolorosa como siempre por sus consecuencias, es un efecto deseado de esta estrategia sediciosa, un objetivo parcial en la escalada de los perdedores de las últimas, limpísimas elecciones presidenciales y de la Asamblea Constituyente. Lo que persiguen no es la autonomía de Santa Cruz de la Sierra ni de los departamentos sudorientales del país en su conjunto, sino restaurar el orden previo al derrumbe del sistema político vigente en el país hasta la victoria del MAS: la autonomía sólo se agita para decir que “nadie que esté en el Palacio del Quemado en La Paz que no seamos nosotros podrá gobernar esta mitad de Bolivia”. No estaríamos asistiendo a este reclamo si en La Paz no se hubiera roto la “normalidad” excluyente de la alternancia de las coaliciones vertebradas en torno de la banzerista Acción Democrática Nacionalista o del Movimiento Nacionalista Revolucionario de “Goni” Sánchez de Losada: ése es el “nosotros” que expresa la sopa de letras de las siglas de fantasía que constituyen el llamado “Comité Cívico” y los partidos opositores en La Paz.

El egoísmo económico es el paraguas que cubre el conjunto de las demandas de las elites políticas desplazadas por el ascenso electoral del MAS y sus fuerzas aliadas y de las clases dominantes que temen que las reformas impulsadas por Evo cobren carácter duradero y permitan la emergencia de un nuevo consenso (hablar de hegemonía en un contexto tan fluido nos pondría en el terreno de las conjeturas más irresponsables) que haga definitivo su desplazamiento.

Las condiciones para que un sector político juegue con la idea de la secesión de una nación de América del Sur tendrían muchas menos posibilidades de existir si no hubiera un intento pertinaz de deslegitimación del gobierno de Evo Morales por parte del gobierno actual de los EE.UU. Como no es dable esperar que esa pretensión ceda antes de que se extinga el mandato de George W. Bush y sus neoconservadores revolucionarios, se vuelve cada día más importante la reafirmación por parte de los países vecinos de que la unidad constitucional de Bolivia es un bien común sudamericano y de que la voluntad de defenderlo no consentirá aventuras como las que proponen los personeros del ancien régime del Altiplano.

Gabriel Puricelli es Co-coordinador del Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas.


Los dilemas de Evo

Néstor Kohan

La derecha sólo respeta la legalidad cuando le favorece. La historia de nuestra América lo ha demostrado mil veces. La pulseada que hoy sacude a Bolivia no es una excepción.

El referéndum autonómico de Santa Cruz es sólo la punta del iceberg. Gravísimo error sería limitar el debate a una cuestión leguleya. Es un secreto a voces que la burguesía de la “Medialuna”, blanca, racista, lumpen y dependiente, se propone voltear a Evo Morales. No está sola. Es asesorada y dirigida por el embajador norteamericano Philip Goldberd (quien trabajó entre 1994 y 1996 en Kosovo...). La CIA aplica en Bolivia un plan previsible. Combina el secesionismo de Kosovo, la guerra psicológica y el fogoneo a la contrarrevolución interna como ayer lo hizo en el Chile de Salvador Allende y hoy lo hace en la Venezuela de Chávez. Goldberd implementa un esquema de manual. Utiliza fundaciones como la National Endowment for Democracy (NED), la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (Usaid) y otros organismos para transferir dinero a ONG “independientes” y grupos de derecha, exactamente igual que en Venezuela. Desde 2005 la Usaid dio 120 millones de dólares al año a la oposición supuestamente “democrática”.

La plaza central de Santa Cruz está repleta de jóvenes mormones –camisa blanca, rubios, ojos celestes– que apenas hablan español y alertan contra “el demonio”... Sugerirle a Evo Morales que en ese contexto se siente a dialogar mansamente con esta burguesía guerrera, financiada por EE.UU., no sólo es poco realista y escasamente pragmático. Es, sencillamente, suicida.

Como el mismo Morales reconoció en una entrevista que le hicimos en La Paz en marzo de 2008, el MAS ha llegado al gobierno, pero no tiene el poder. Precisamente de eso se trata. Si se pretende transformar a fondo la sociedad boliviana no puede eludirse el problema del poder, bajo el riesgo de perderlo todo.

El dilema actual de Evo y el MAS consiste en saber si se puede frenar a la derecha haciéndole concesiones o es preferible confrontar y avanzar en el proceso. La respuesta es compleja pues el gobierno boliviano no es homogéneo. Está tironeado entre dos polos: la opción de los consejeros moderados (donde se inscriben algunos funcionarios de la vieja clase política, hoy devenidos progresistas, y algunos académicos que han acompañado el proceso) y la opción de sus militantes y bases sociales más radicales. Estos últimos proponen avanzar de modo radical en el proceso de reformas hasta quebrar el pacto implícito que maniata al gobierno y lo va debilitando lentamente. Si esta opción terminara predominando, Evo debería no sólo profundizar el enfrentamiento con la “Medialuna”. También debería imponer el control de precios para frenar la inflación (consigna que, según hemos podido escuchar de manera directa, sus propias bases le han sugerido a grito pelado en algunas manifestaciones) y acelerar el control total y no sólo parcial de los recursos naturales.

Queda escaso tiempo para decidir entre ambas alternativas. La historia es cruel y no perdona las indecisiones. Los pueblos postergados, humillados, explotados, están a la expectativa. Bolivia vive horas decisivas. El desenlace repercutirá en toda la región, desde Venezuela hasta Argentina.

Néstor Kohan es Docente de la UBA. Coordinador del Colectivo Amauta-Cátedra Che Guevara.

Fuente de los tres artículos: Página 12

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