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Nietzsche como lector

Jueves 29 de enero de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

I y II

Mosca Cojonera

Borges afirmaba que a lo largo del tiempo nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o páginas y artículos, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Y finalizaba diciendo: los textos de esta íntima biblioteca personal no son forzosamente famosos. ¿Es necesario vigilar obsesivamente las lecturas de los pensadores? ¿Es productivo seguir el hilo rojo de Ariadna de la lectura al concepto?

Habitualmente no se le exige confesarlas. Es en cierto sentido perjudicial, una suerte de pudor metodológico, ya que el conocimiento de lo que un autor lee facilita la inteligencia y el sentido profundo de lo que dicen.

Una mistificación dionisíaca:

Un concepto novísimo, un giro sorprendente, una metáfora imprevista nos hace sospechar que sin aviso previo se está retomando la palabra de otro. La escritura es un velo que hace difuso el razonamiento que se despliega detrás y antes de lo que estamos leyendo. Al ser transpuesta la escritura por la vigilancia hermenéutica, aquella se convierte en un eco quebrado, en un jeroglífico de la razón por fin descifrado o la mera apariencia de una idea que ya no puede negar su génesis. Sólo si tenemos la posibilidad de encontrar el texto primordial de la cadena, puede el enigma de las fórmulas huérfanas despejarse y con ello se redibujar la imagen total del filósofo. En ciertos pensadores esta tarea seculizadora (ya que aniquila el aura religiosa del Genius) se encuentra con múltiples problemas: resulta imposible fácticamente o por la propia dinámica de su Stil, reconstruir la angustia de las influencias. Nadie más adecuado, para esta reconstrucción de la biblioteca imaginaria personal, que el filósofo Nietzsche. No tanto por su estilo antiacadémico premeditado, que cita muchos autores y pocas obras, sino por la obra filial de su hermana. Gracias a la previsión de Elisabeth se protegieron no sólo los manuscritos, el Nachlass nietzscheano, sino su importante biblioteca personal, incluyendo sus libros anotados de puño y letra. Como albacea responsable hasta conservó no sólo sus libros personales, sino los recibos de compra de las librerías y talones de las bibliotecas públicas, patrimonio que se conserva hoy en el Goethe-Schiller Archiv de Weimar.

En Nietzsche sucede muy fácilmente, gracias a sus constantes autointerpretaciones de su propia vida y obra, que tengamos la impresión que en realidad leía poco o nada al final de su vida. Sus biógrafos también quedaron despistados, ya que Nietzsche mismo se encargó de borrar toda huella remarcable, todo vestigio de inspiración. Como decía su primer admirador y hagiógrafo Georg Brandes “es algo notable que considere como absolutamente insensato que él, Nietzsche, pueda deberle algo a alguien, y se enoja ‘como un alemán’ contra todo autor que se le parezca en algo”. Parte del aura atrayente y núcleo duro del culto a Nietzsche, el Nietzschéisme, que consiste en considerarlo un adivinador, un visionario, un artista, un santo original e inactual. Y no hay duda que esta imagen mítica dionisíaca fue alimentada y construida por el mismo Nietzsche. Su propia filosofía critica con dureza la lectura como una falta de afirmación en la vida misma: “Otra listeza y autodefensa consiste en reaccionar las menos veces posibles y en eludir las situaciones y condiciones en que se estaría condenado a exhibir, por así decirlo, la propia ‘libertad’, la propia iniciativa, y a convertirse en un mero reactivo. Tomo como imagen el trato con los libros. El docto, que en el fondo no hace ya otra cosa que «revolver» libros –el filólogo corriente, unos doscientos al día, acaba por perder íntegra y totalmente la capacidad de pensar por cuenta propia.

Si no revuelve libros, no piensa. Responde a un estímulo (un pensamiento leído) cuando piensa, al final lo único que hace ya es reaccionar. El docto dedica toda su fuerza a decir sí y a decir no, a la crítica de cosas ya pensada; él mismo ya no piensa. El instinto de autodefensa se ha reblandecido en él; en caso contrario, se defendería contra los libros. El docto, un décadent. Esto lo he visto yo con mis propios ojos: naturalezas bien dotadas, con una constitución rica y libre, ya a los treinta años ‘leídas hasta la ruina’, reducidas ya a puras cerillas, a las que es necesario frotar para que den chispas «pensamiento»– Muy temprano, al amanecer el día, en la frescura, en la aurora de su fuerza, leer un libro; ¡a esto yo lo califico de vicioso!”” (Ecce Homo, Porqué soy tan listo, 8). Leer sería una actividad meramente reactiva y un vicio que puede llevarnos a estar “leídos hasta la ruina”. Como dijimos esta constante autocomprensión de sí mismo que ha servido de canon interpretativo a hagiógrafos y epígonos (un caso similar es el de Heidegger) coincide con la peculiaridad de su Stil donde la forma táctica del ensayo aforístico no deja lugar al clásico aparato erudito de citas, ni al apéndice bibliográfico.

Aparecen aquí y allá algún autor mayor (de prestigio), ninguna obra y mucho menos autores menores o escolares. Cuando confiesa lecturas a la luz pública, como en Ecce Homo, su lista es arbitraria y limitada a obras de ficción (Molière, Corneille, Racine, Maupassant, Merimée, Stendhal, Byron, Shakespeare). Será esta la única lista confesional de Nietzsche sobre sus lecturas. El guerrero, ya armado con casco, pica, escudo y égida sobre el pecho, sólo reconoce recurrir a la lectura como mero pasatiempo entre las batallas de las ideas. El resultado es un rizo hermenéutico que refuerza la genialidad y originalidad absoluta de Nietzsche mismo, un verdadero Minerva filosófico, y como contrapartida para sus lectores la incomprensión de su diálogo íntimo con autores y obras. Como producto final Nietzsche sería un filósofo genial bien dionisíaco, un pensador original aislado, un eremita eminente y excepcional. El resultado no es otro que la incomprensión del mismo Nietzsche. Por supuesto, esta imagen es totalmente falsa. Nietzsche fue, en efecto, un enorme lector de libros, casi compulsivo. “Revolvió libros” no sólo en su juventud, sino durante toda su vida incluyendo su último año de actividad consciente.

Nietzsche y La Flair du Livre

La dudosa confesión a sus lectores de Ecce Homo que “durante años no volví a leer nada ¡el máximo beneficio que me he procurado!” es falsa, confunde y conduce a la mala interpretación. Esta pintura impresionista de un filósofo vital y dionisíaco, reflexionando en las alturas de la soledad y pleno de inactualidad (sin influencias) se desmiente con sólo espiar detrás de los hombros de Nietzsche, hacia los anaqueles más recónditos de su biblioteca personal. La cultura libresca de un miope contrastaba con Zarathustra. Ya de joven, Nietzsche fue un bibliómano obsesivo y lector voraz. De niño tuvo un interés desmesurado por los libros y su habilidad para leer y escribir la desarrolló en una edad muy temprana para la época. Según la biografía de juventud escrita por su hermana, Der junge Nietzsche, con cuatro años, su padre le había no sólo enseñado a leer sino que se sentaba a practicar en el estudio de su padre rodeado de libros. Este estudio, como lo reconocerá en escritos autobiográficos el propio Nietzsche, como en Aus meinen Leben de 1858, será su lugar favorito en su infancia.

El lugar central que ocupaban los libros en el imaginario de Nietzsche lo demuestra el rol que jugaban en sus relaciones de amistad con sus amigos de infancia Wilhem Pinder, Gustav Krug, Paul Deussen y Carl von Gersdorff. Nietzsche no sólo les recomienda constantemente libros y le anuncia novedades editoriales, sino que discute los libros que adquiere y regala a sus amigos libros en sus cumpleaños y en la Navidad. Ya en esta época Nietzsche desarrolla un hábito malsano del cual no podrá desprenderse jamás: escribe sin citar fuentes o sin entrecomillado, llegando al borde del plagio. Además se derrumbe la peregrina idea del catecismo nietzscheano de que su interés filosófico se reducía a la psicología y el arte, por el contrario: ya en Pforta compra o consulta textos de historia, no sólo clásicos escolares de la historia de Roma como Mommsen sino le dedica particular atención a historiadores de la edad moderna y de la política contemporánea. Lee y transcribe a historiadores alemanes como Mundt, Menzel o Gervinus, o historiadores conservadores como Guizot o el torie Macaulay. En carta a Elisabeth de noviembre de 1861 le indica como su deseo para regalos de Navidad una colección abigarrada de libros de historia sobre Alemania, la Reforma y en especial muchos sobre la Gran Revolución Francesa. Estudia con detenimiento además filósofos de la historia como “el gran Herder”. En el Nietzsche lector aparece un obsesivo binomio que se mantendrá incólume en su derrotero intelectual: historia y política; política e historia. Le interesan los grandes líderes históricos, no sólo lee y escribe sobre Napoleón I (y también sobre el III), devora libros sobre Metternich, Castlereagh e incluso protagonistas políticos de las luchas sociales de la época: Blanqui, Blanc, Ledru-Rollin, Cavaignac (los protagonistas de la revolución de 1848).

Nietzsche también adora la lectura colectiva o en conjunto, ya sea con su familia o amigos, una costumbre que se ha perdido: en 1864 menciona en una carta que él y Deussen han leído juntos un drama griego; en 1866 lee a Schopenhauer junto a von Gesdorff y Mushacke. En 1860 Nietzsche funda una asociación cultural con sus amigos, de significativo nombre Germania, importante en el desarrollo nietzscheano. Esta sociedad se centraba de nuevo en la cultura libresca: se obligaba a sus miembros a presentar cada mes un trabajo literario (poema, ensayo o composición musical) y los otros deberán evaluarle y escribir una crítica; además se recomendaban libros y revistas literarias. Las más importantes producciones de Nietzsche de ésta época, Fatum und Geschichte y Willensfreiheit und Fatum, fueron escritas para Germania. Ya en 1865 empieza a adquirir una cantidad importante de libros para una ambiciosa biblioteca ideal, que debido a su situación financiera, nunca podrá completar. Asiste a subastas y remates de librerías y planea pagar su compra de libros con un crédito a diez años, como le confiesa a von Gersdorff. Durante estos vagabundeos por subastas y librerías de viejo fue donde se encontró por casualidad con Schopenhauer. Otro autor importante en su desarrollo intelectual oculto, hablamos del socialista Friedrich A. Lange, lo adquirió gracias a la listas de novedades que le enviaban las librerías del lugar. Ya en Basilea como profesor de filología (1869-1879) lee entre cinco y siete horas por día, en especial textos filológicos y relacionados con sus clases. Utiliza frecuentemente la propia biblioteca de la universidad y reclama a libreros de Alemania la lista de novedades y reediciones. A partir de 1879 hasta el culmine de su vida activa, enero de 1889, Nietzsche comienza una vida nómada, sin dirección fija y con limitaciones económicas. Esta época es la más difícil de evaluar para conocer la dimensión e influencia de las lecturas de Nietzsche. (Continuará)

El vicio impune de un vir obscurissimus

Valéry Larbaud llamaba al arte de leer el “vicio impune”. ¿Es un vicio la lectura? ¿es un trabajo vano o el mundo nos exige llegar y salir de un libro? Nietzsche parece ser un combatiente tenaz de esta idea ilustrada. Su pathos es claramente antilibresco, en el arte de leer no está la vida, leer ya no es vivir, como creía Flaubert. Leer, en el sentido de la Aufklärung burguesa, corrompe el pensar, corroe los espíritus libres. El pensionista Nietzsche lo tenía claro “yo odio a los ociosos que leen…un siglo de lectores todavía –y hasta el espíritu olerá mal”. El hommo bourgeois y el doctus poeta eran símbolos del Büchernarr, el “loco de los libros”: un hombre decadente que no quiere ver y actuar en el mundo directamente, sino que depende de las palabras muertas de la página impresa. En esta senda anti-ilustrada de su filosofía del temperamento trágico, Nietzsche se autodefinía, en cartas o personalmente, con el irónico término latino vir obscurissimus. Parte de su propia autocomprensión consistía en presentarse a sí mismo y a su trabajo bajo la sombra vital de una especie de nuevo Baco-Dioniso: quería y pretendía ser un “macho oscuro”, un Zarathustra que no tejería “los calcetines del Espíritu” con prácticas librescas. Justamente quien más malinterpreta su mensaje profético son los más doctos, los que no pueden superar ni elevarse del límite que le impone la pasiva lectura-placer.

El carácter mismo de su filosofía dependía, de alguna manera, de esta íntima coherencia entre obra y existencia. Parte integral de esta mitología consistía en minimizar y despreciar la cultura libresca y la lectura sans phrase. Los primeros biógrafos y admiradores siguieron al pie de la letra esta mise en scène nietzscheana. Uno de los primeros hagiógrafos del ‘900, Henri Lichtenberg, que trabajó estrechamente en el Archiv con su hermana, concluye que “a Nietzsche no puede considerárselo ni un erudito, ni un sabio… El estado de su salud, y en particular de la vista, le prohibió casi completamente durante años enteros toda especie de lectura…” Ergo: todo lo que escribió Nietzsche puede considerarse la maravillosa producción introspectiva, no dialógica, de un Genius solitario e inspirado. El Genius se opone al Doctus, al mero erudito, esa figura patética generada por la burguesía. Si existe alguna fuente de influencia o inspiración será la de la naturaleza del instinto. El catecismo nietzscheano se mantuvo intacto hasta nuestros días: cualquiera de los libros sobre Nietzsche, ya interpretativos, ya biográficos, jamás han consultado las fuentes originales de su pensamiento, y mucho menos rastreado las marcas y huellas en su propio Nachlass o en los libros de su biblioteca personal. Se suceden así elipsis posmodernas e inferencias postestructuralistas que llegan al ridículo, como concluir que cuando menciona el término Dialektik discutía contra Hegel (Deleuze), cuando lo leyó poco o nada (a excepción de su Vorlesungen über die Philosophie der Geschichte) y su objetivo central era el naciente socialismo y anarquismo; o que estaba profundamente influido por Spinoza (cuando lo conoció a través de manuales de segunda mano o de la opinión de Goethe: jamás lo leyó directamente). Se encuentras parentescos con filósofos prestigiosos en el Olimpo académico y se obliteran las verdaderas influencias en el pensamiento de Nietzsche de los pensadores y escritores que realmente leyó y estudió con profundidad. Pero sigamos el derrotero poco transitado hacia la caverna del Nietzsche lector. Durante su período como profesor de filología y a la vez de instituto secundario, gracias a que se conservan sus informes semestrales, sabemos que leyó a Homero, Esquilo, Sófocles, Hesíodo, Platón (un autor que había empezado a leer con discontinuidad desde 1863, poseía volúmenes sueltos hasta que pudo adquirir la Sämmtliche Werke en ocho tomos), Demóstenes, Tucídides, Jenofonte, Aristóteles (había comprado las Werke en nueve volúmenes en 1868; curiosamente sólo enseñaba la Retórica).

Esto en cuanto a su actividad y currícula meramente pedagógica, pero Nietzsche, un devorador de libros, no se quedó en esto. Las lecturas en horas de clase no eran todo el programa para los sufridos escolares. Como testimonian sus alumnos importó de su experiencia de instituto en Pforta la llamada institución de la private Lesung (Lectura Privada). Textos cuya lectura y dominio personal se dejaban al buen criterio y autonomía del alumno, pero que ocasionalmente eran “comprobados” por el profesor. Y esto exigía mucho trabajo de búsqueda de texto, lectura e interpretación: “De vez en cuando pedí cuentas e información sobre lecturas privadas llevadas a cabo; y el éxito es tal que, al menos, a nadie en absoluto se le ha podido inculpar de falta de decidida aplicación… hay que resaltar laudatoriamente, por su espontaneidad y su amplitud, la lectura privada de los alumnos”, dice el propio Nietzsche en su informe de 1869. La obsesión por la lectura hizo que Nietzsche le propusiera en el semestre de invierno 1872/73 a los alumnos la siguiente lista de sugerencias de lectura: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Homero, Hesíodo, Anacreonte, Aristófanes, Isócrates, Platón, Luciano, Plutarco. Nietzsche no aplicaba, ni había optado en absoluto, por vivir de acuerdo con la imagen del filósofo trágico y subversivo que tan grandiosamente gustaba de esbozar en sus libros y phamplets. Su método pedagógico levantaría la ira de Zarathustra. En el año sabático (1876-77) que se toma como interludio a su baja en la universidad, la actividad de Nietzsche y sus amigos en el balneario de Sorrento (Italia) se centra… ¡en la lectura: junto a Paul Rée, Malwida von Meysenbug y un alumno, Albert Brenner, leen en grupo las lecciones de historia del conservador Burckhardt, Heródoto y Tucídides. Malwida lo cuenta en sus memorias: “Teníamos un surtido grande y excelente de libros, pero lo más hermoso entre toda esa variedad era un manuscrito tomado por un alumno de Nietzsche de las lecciones de Jakob Burckhardt sobre la cultura griega… Cuando acabamos las lecciones de Burckhardt, leímos a Heródoto y a Tucídides”.

Las lecturas no se limitaban a ellos: se siguió con Platón político (Las Leyes), por supuesto historia con von Ranke (Historia de los Papas), además de los críticos moralistas franceses (Montaigne, La Rochefoucald, Vauvenarges, La Bruyére), literatura romántica (Stendhal), filósofos extraños y secundarios, como Afrikaan Spir (otra gran influencia en Neitzsche) e incluso el Antiguo Testamento. Al parecer era Rée (la más grande influencia intelectual muy poco reconocida en Nietzsche) quien elegía las lecturas y él mismo quien las leía para el grupo. La lectura en común en Villa Farinacci, así como la extraña idea de estar de vacaciones acompañado de kilos de libros, nos habla de la obsesión bibliómana y el rol que jugaba en la inspiración nietzscheana los libros. Cuando intenta curarse de sus migrañas y gastritis crónicas en Saint Moritz, viaja acompañado por ¡libros!: “para mi reconstrucción intelectual llevo tres libros: algo nuevo de Mark Twain, el americano (me gustan más esas tonterías que las cosas sesudas de los alemanes), Las Leyes de Platón y… a Paul Rée”.

La máquina de leer y el loco de los libros

Cuando Nietzsche deja su cargo de profesor ordinario de filología en Basilea, se lleva consigo una biblioteca personal básica a la casa materna en Naumburg. El resto de sus libros, un sustancial número, se los deja provisoriamente a la suegra de su amigo Franz Overbeck, Frau Rothpletz, que vivía en Zurich. Esta parte de su biblioteca será rescatada más tarde (1892) por su hermana Elisabeth e incluida en el Archiv. Antes de esto Nietzsche ya la había depurado vendiendo a libreros de viejo los ejemplares referidos a filología y enseñanza, en 1878. Como decíamos Nietzsche deja la sedentaria Basilea y entra en una dinámica nómada que le hará viajar con mucha frecuencia hasta el fin de su vida consciente. Sabemos que estos desplazamientos eran para él muy dificultosos y la dificultad no era otra que la enorme cantidad de libros de su biblioteca.

Durante todo ese tiempo Nietzsche, como un caracol libresco, se traslada cargando, como menciona en una carta de 1883, ¡104 kilos de libros! Tal tara la traslada de su refugio en Sils-María, primero hasta Zurich y luego hasta Menton y Niza. En 1884 le vuelve a escribir desde Zurich a su madre sobre el engorroso problema de moverse con sus amados libros: “con este pie contrahecho que llevo conmigo, y me refiero a mis 104 kilos de libros, no seré capaz de huir muy lejos de aquí”. Una imagen poco dionisíaca del médico de la cultura y del nuevo filósofo del futuro. En 1881 Nietzsche se escapa del invierno suizo hacía la húmeda Génova (noviembre 1880-mayo 1881), excesivamente cargado deja a cargo de la dueña de la pensión un gran baúl conteniendo más libros, libros que en vida jamás volverá a buscar, algunos se perderán y otros serán de nuevo rescatados para el Archiv por su hermana Elisabeth.

Ya durante los años 1885-1888, ante las complicaciones de moverse a través de los Alpes y el norte de Italia con tantos libros. Nietzsche, un lector agobiado, decide depositar libros en diferentes puntos clave de sus domicilios eventuales, incluyendo Génova y la casa de su madre en Naumburg. La mayor cantidad de libros la traslada a Niza, lugar desde donde refiere en cartas de 1885 que ha llegado con su Bücherkiste (cajón de libros con los famosos 104 kilos); en otra misiva a su madre de 1885 describe que está rodeado de “una gran cantidad de libros” y en 1888 informa que su Bücherkiste ha sido enviada en barco de Niza a Turín y que la expedición ya ha arribado. No es todo: sabemos que en este derrotero Nietzsche sigue adquiriendo libros, comprándolos por correo con mucha frecuencia y leyendo en bibliotecas públicas. Durante la última década de vida activa, Nietzsche vive en una pequeña pensión de la universidad de Basilea, constantemente agobiado por sus ingresos y gastos. Pese a las restricciones económicas, el ex filólogo adquiere una gran cantidad de libros, alrededor de cien en tres años (un libro nuevo cada dos semanas). Aparte de estos canales habituales, Nietzsche recibe libros de autores que le envían su propio ejemplar y de sus amigos por correo (especialmente de Overbeck y Gast). Contra sus propias sentencias y aforismos, contra la letra escrita, su espíritu es el de un bibliómano digno de la Ilustración. Una consideración práctica para creer que Nietzsche fue original, sin influencias y con poca lectura en sus años más productivos, proviene del hecho de sus frecuentes demencias pasajeras y sus problemas de vista. Sus problemas de salud incluían migrañas, problemas estomacales (gastritis) y quizá los más decisivos, severos problemas oculares que le llevaron a utilizar lentes Nº 3 (dioptrías) para su miopía en los últimos años de vida activa: “el tormento en y sobre los dos ojos es despiadado” comenta en una carta a su amigo Carl Fuchs. En otra carta a Marie Baumgartner le comenta algo similar: “¡Imagínese que mis ojos, prácticamente de modo repentino, se han debilitado tanto que casi no puedo leer en absoluto!”. A su madre le cuenta en agosto de 1877 que “recién levantado del lecho de enfermo, ojos dolientes… ceguera cualquier día inevitable; dolores diarios de ojos; lo máximo hora y media al día para leer y escribir.”

Era habitual en las cartas de Nietzsche que éste hablara de sus “tres cuartos de ceguera”. Una y otra vez volvía la tentadora imagen dionisíaca del filósofo del martillo obligado por su ineludible fatum: “Mis ojos, por sí solos, pusieron fin a toda bibliomanía, hablando claro: a la filología: yo quedaba ‘redimido’ del libro, durante años no volví a leer nada ¡el máximo beneficio que me he procurado! El mí-mismo más profundo, casi sepultado, casi enmudecido bajo un permanente tener -que-oír a otros sí mismos (¡y esto significa, en efecto, leer!), se despertó lentamente, tímido, dubitativo, pero al final volvió a hablar.” (Ecce Homo, Humano, demasiado humano, 4). Más allá de sus problemas de miopía y jaquecas, que a veces le permitían unas horas diurnas de trabajo intelectual, todos los allegados de Nietzsche coinciden en que era un quema-libros, lector ávido y voraz. Meta von Salis, que conoció personalmente a Nietzsche en la segunda mitad de las década de 1880, afirma que “Nietzsche está poseído por ‘le flair du livre’ y lee mucho a pesar de sus problemas de vista”. Cuando el estado de su vista no se lo permite, la adicción libresca de Nietzsche, como Borges, le empuja a procurarse que otros le ayuden en la lectura. En los Nachlass muchas veces Nietzsche anota, como reflexión cruel, la necesidad de que otros le leyeran textos.

En rápida sucesión su madre Franziska, su hermana Elisabeth, su fiel Peter Gast (Köselitz) leen para él. Cuando la ocasión lo permite otros íntimos como von Gersdorff, Rée, Romundt, Meta von Salis y Resa von Schirnhofer se ofrecen con generosidad para leer para Nietzsche. Su propia decisión de ser un anacoreta limita que su familia y amigos puedan acercarse y ayudarlo en sus lecturas. Hasta tal punto llego la necesidad insatisfecha de Nietzsche por la lectura que en carta a su madre y a su amigo Overbeck les comenta que ha soñado con que han inventado una Lesung Maschine (máquina de leer) y agrega “ahora mis amigos deberían inventar una ‘máquina de leer’: de lo contrario estaré por debajo de lo que puedo lograr y no seré capaz de adquirir suficiente alimento intelectual”. La importancia de los libros en su propia formación filosófica lo resume Nietzsche con la metáfora vital de la alimentación… Cuando no hay conocidos, Nietzsche recurre a extraños que por una paga lean para él: por ejemplo en 1883 contrata los servicios de lectura de la viuda de un pastor alemán que ha vivido muchos años en Estados Unidos, y no sólo le lee y toma dictados, sino le traduce del inglés autores que Nietzsche no puede entender; en 1885 emplea a “una dama alemana de la ciudad de Meiningen” que le leerá y copiará sus dictados muchas semanas en su “casa-perrera ideal” en Sils-María. El hecho es que Nietzsche lee muchísimo, en su intimidad le asusta la idea de no leer lo suficiente en cantidad y calidad. Pese a sus declamaciones dionisíacas, “solamente las ideas que se tienen caminando tienen algún valor” (Götzen-Dammerung oder wie man mit dem Hammer philosophirt, 1888) o sus profession de foi en Ecce Homo “Estar sentado el menor tiempo posible; no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre… ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos”, en la realidad su práctica en nada se modificó de su tierna infancia. Siguió poseído por la enfermedad erudita del libro, por le flair du livre.

En realidad Nietzsche permanecía sentado y leyendo sobre un escritorio mucho más tiempo de lo que supone la hagiografía heroica del Nietzschéisme. Se deduce del tamaño increíble de su biblioteca personal, del número de libros que compró, pidió a préstamo o alquiló, de su práctica de anotar con profusión sus libros y especialmente en el largo número de citas, resúmenes, extractos y referencias a libros que se encuentran en su Nachlass. Podemos incluso dar un paso más: muchos conceptos claves de Nietzsche fueron escritos por primera vez en los márgenes de un libro. Y esto nunca fue tan intenso como durante su más importante período de desarrollo intelectual, de 1880 en adelante. Si cómo él mismo decía en varios libros “la carne del culo es el auténtico pecado contra el Espíritu Santo”, podemos afirmar que Nietzsche vivió y murió como un pecador sin arrepentimiento.

::Fuente: Mosca Cojonera

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