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Historia de la literatura fascista española

Viernes 29 de mayo de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Grupo Arbeit

Comenzamos con dos chascarrillos significativos. La primera edición de esta obra, en 1986, mereció todo tipo de calificativos. Entre los menos benignos se hallaban los de oportunismo mercantilista, el de revanchismo y el de venir a perturbar la sagrada paz (y el olvido, suponemos) de la democracia. En su segunda edición, revisada y aumentada, esta obra ha merecido ser incluida en el Índice de libros prohibidos de Libertad Digital (sic). Las anécdotas quizá le puedan llevar a preguntarse qué nos cuenta esta obra para ser merecedora de tantos y tan notables afanes.

La Historia de la literatura fascista española (HLFE, en adelante) es apenas un compendio ordenado (dos volúmenes, 1300 páginas) de la abundantísima producción intelectual fascista en España desde la fundación del fascismo patrio hasta nuestros días. Ni más ni menos.

Pero, precisamente por no ser ni más ni menos que un estudio historiográfico de una producción que se nos quiere ocultar resulta molestísima a multitud de lectores. Ocurre que el campo de los estudios literarios, desde los libros de textos escolares hasta los mamotretos universitarios, es campo abonado para toda suerte de idealismos (románticos y postmodernos, con frecuencia), cuando no directamente de hagiografías indisimuladas, adulaciones bochornosas, patrioterismos acartonados y clientelismos ramplones. La ideología burguesa, desde el mercado editorial en manos de los grandes holdings de comunicación hasta las programaciones educativas de institutos y universidades, permea una visión culturalista en que la literatura y el arte se convierten en el frasco carrasco de todas las esencias: la belleza inexplicable, el estremecimiento estético, la calidad inobjetivable y el espíritu patrio. Al introducir por la puerta esta concepción idealista de la literatura se intenta, desesperadamente, hacer saltar a la historia por la ventana.

Este ahistoricismo (la muerte de las ideología, el fin de la historia), que expresa la necesidad del capitalismo de sacralizarse, de ponerse a salvo de los embates indefectibles de la lucha de clases, sirve además para crear la ilusión de que existe un lugar adonde escapar, precisamente, de la realidad histórica y sus violencias. En esta naturaleza de maniobra de distracción coinciden los estudios literarios con los teológicos, y no nos cabe la menor duda de que en la sociedad futura de esta manera serán estudiadas y leídas las obras de los intelectuales orgánicos de nuestra actual burguesía. Por otro lado, nos parece cada vez menos sujeto a objeciones que en el periodo que suelen llamar con gran satisfacción la transición española, se impuso una doctrina de olvido con que el capitalismo español se desprendía de los ropajes de una dictadura inservible ya a sus intereses para arroparse con las vestimentas de la democracia parlamentaria. Había que olvidar, y lo más aprisa posible, que las motivaciones que promovieron el auge del fascismo en Europa y de la sublevación africanista en España eran los mismos que promovían el cambio al régimen democrático, una vez que el trabajo sucio ya estaba hecho y el amenazante ciclo revolucionario finiquitado.

De ahí que inquiete a tantos el retrato que esta obra hace del trasiego de intelectuales que dieron por buena tanto una maniobra como la otra, pasando de fascistas con carné a demócratas de toda la vida. aportando la sospecha de que tal cambio es mucho menos abrupto de lo que las convenciones burguesas pretenden. Así las cosas, una obra como la HLFE, empeñada en reintroducir la historia, y por tanto, la política, en el estudio de la literatura, y además de la literatura fascista, no podía ser recibida como otra cosa que como una barbaridad contraria al sentido común. Mayor barbaridad cuando el arco de autores y textos incluidos van desde José Antonio Primo de Rivera a Sánchez Dragó o César Vidal, introducidos todos ellos en una misma línea de continuidad (estos últimos figuran en los capítulos finales de la segunda edición. El lector comprenderá mejor ahora la inquina de Libertad Digital y sus responsables). Conviene recordarnos ahora que lo que es sospechoso de bárbaro para los intelectuales orgánicos del capitalismo (batallando cada cual en su facción burguesa contra los trabajadores y las unas contra las otras) es, por eso mismo, sospechoso de albergar alguna verdad para nosotros.

La HLFE posee muchas virtudes y algunos defectos. La primera virtud que salta a la vista es la recuperación de textos y autores a los que se había obligado a desertar de los manuales al uso de literatura. La sola selección de textos que ilustra el repaso histórico por los géneros literarios que hace el profesor Rodríguez Puértolas ya habría justificado la existencia de esta obra. Eso fue lo que ocurrió, eso fue lo que se dijo y se escribió, aquellos quienes lo dijeron, estos otros los que lo promovieron y aquellos, en fin, quienes pagaron. En algunos capítulos, especialmente los referidos a la producción literaria de postguerra, este simple recurso de documentación ya nos obliga a recordar el tenebroso panorama del régimen nacional-católico. No menos encomiable es la recuperación de la perspectiva histórica de autores cuya hagiografía está en permanente construcción, recordándonos qué fue de tanto padre intelectual y literario de la patria cuyas alabanzas son cantadas sin descanso en una infinita cantidad de trabajos (así, por ejemplo, Cela, Ortega, Baroja...). De este lado, de la consulta morbosa del índice onomástico de la obra, proceden sin duda las denuncias de revanchismo. Sin embargo, la objetividad (al menos lingüística) con que se acomete esta labor sería irreprochable para cualquier lector medio. Como nosotros esperamos no serlo, precisamente encontramos oculta en esa objetividad una carencia de la HLFE. Nos parece que buscando la objetividad académica, Rodríguez Puértolas desiste del análisis político, histórico y económico que las herramientas del marxismo le hubieran permitido. Nos parece que en ocasiones la obra se mantiene en una vertiente testimonial, acertada pero insuficiente. A pesar de ello, y teniendo en cuenta el desolador panorama intelectual de la crítica literaria española, debemos un agradecimiento muy especial a Rodríguez Puértolas por su valiosísimo trabajo, tanto aquí, como en otros manuales, como su Historia social de la literatura española. Ambas, con sus defectos y virtudes, son dos rarae avis de valor incalculable.

Historia de la literatura fascista española, Julio Rodríguez Puértolas Akal, 2008.

::Fuente: Grupo Arbeit

Reseña de Historia de la literatura fascista española I y II de Julio Rodríguez Puértolas

Existen libros imprescindibles que, en pocos años, se convierten en clásicos. Tal es el caso de la Historia de la literatura fascista española de Julio Rodríguez Puértolas que, desde sus inicios, se convirtió un referente ineludible de la producción cultural sobre el antes, la guerra civil, la dictadura y, el después. Su aparición en 1986, suponía un reto en la historiografía contemporánea, teniendo en cuenta que habían transcurridos sólo nueve años de las primeras elecciones democráticas después de la guerra civil, años en que se produjo un intento de golpe de estado, fueron firmados los Pactos de la Moncloa y, en el horizonte, la construcción descentralizada de una nueva organización administrativa, todo esto en una atmósfera de “reconciliación nacional” mal entendida y mal interpretada.

El Golpe del 18 de Julio contra la II República, la Guerra civil, los cuarenta años de dictadura quedaba oscurecido por un “pacto de silencio” explícito o implícito que pretendía sepultar la memoria en el olvido. Así el silencio, era más que una metáfora, incluso en los años siguientes de la victoria del PSOE en octubre de 1982.

Es significativo que en el mismo año de la citada publicación se produjese en Alemania la Historikerstreit (disputa entre historiadores) en la que tuvo un papel relevante el filósofo Jürgen Habermas. En este debate se pretendía justificar con razones varias los crímenes nazis para crear una conciencia colectiva limpia de toda culpa. Este revisionismo no prosperó pues, hoy día, el nazismo para los alemanes nació de causas más de carácter interno que externo.

La publicación de la Historia de la literatura fascista española también provocó una polémica a pesar de que su autor advertía en el prólogo que su obra “era un libro de Historia y también de Historia de la literatura”. Sin embargo, la dimensión de la misma - por su propia naturaleza merece un estudio aparte – alcanzó durante un tiempo reacciones airadas, exculpatorias y descalificadoras. Su autor había tenido el atrevimiento de sistematizar la producción literaria y académica de los autores fascistas, es decir, todo aquel “que de un modo u otro puso su pluma y su pensamiento al servicio, con todos los matices que se quiera , del régimen político surgido de la sublevación militar contra la Segunda República española... Y también, claro está, a quienes antes de esa fecha formaban parte de las organizaciones que propugnaban la destrucción de la democracia y la creación de un estado autoritario, así como a quienes después de la muerte del general Franco..., o intentan un regreso al viejo sistema, o simplemente manifiestan una ideología antidemocrática.”

En aquellas fechas, muchos de los autores estudiados estaban vivos y la mayoría habían evolucionado para adaptarse a la democracia. No podemos olvidar que el desarrollo del capitalismo durante el franquismo creó profundos cambios sociales y económicos. Otro discurso era necesario para el cambio. En esta tarea, intervinieron junto a la oposición de la izquierda personas relevantes del régimen fascista que ajustaron cuentas consigo misma con “descargos de conciencia” o simplemente con cínicas posiciones prácticas como estudia con rigor el profesor Rodríguez Puértolas Sin embargo, los ingredientes de la ideología que había dado cohesión al franquismo, como el nacionalismo español, el anticomunismo, el nacional catolicismo, la concepción autoritaria del poder y de la vida permanecieron enquistadas en los partidos de derecha con una nueva nomenclatura ajustada a sus posiciones liberales. Un discurso ideológico en el que la palabra democracia legitima de otra manera el capitalismo. El límite entre explotadores y explotados se disipa en la aceptación colectiva de la realidad. Es por ello por lo que la dialéctica que se produce entre la memoria y el olvido puede crear de nuevo un antagonismo de clase. De ahí el revisionismo y la tergiversación de la Historia desde posiciones antidemocráticas. Para ello, nuevas editoriales, cadenas de radio, redes de prensa, televisión, sin complejos, como ellos dicen, día a día crean un discurso que deslegitima, con el activismo de la Iglesia, el progreso democrático. No es casual que historiadores aficionados, que siguen, junto a otros empeñados en tergiversar la veracidad de los hechos, como Pío Moa y César Vidal, sean más conocidos que la historiografía de, por ejemplo, Juan Pablo Fusi, Reyes Mate, Santos Juliá o Julián Casanova.

En este contexto reactivo y de propaganda antidemocrática, aparece la reedición de la Historia de la literatura fascista española escrita con materiales de primera mano, es decir, con una documentación, tan extensa como sistemática, de la que el autor nos da puntualmente su fuente, además de incluir una amplia bibliografía - es difícil encontrase en nuestro ambiente literario obras de tal envergadura que compendian casi una vida de trabajo –. Posiblemente la recepción de este libro hoy no sea tan airada, ya que la mayoría de los autores estudiados han desaparecido y los que siguen aferrados a las políticas imperialista de Bush sólo tienen poetas y ensayistas de la talla de Alfonso Ussía, Federico Jiménez Losantos o Sánchez Dragó, aunque tienen un poderoso aparato mediático detrás. Podemos concluir que, después de leer el estudio de Rodríguez Puértola, no existió o existe una gran obra fascista en lengua castellana. Ahora bien, estos nuevos perros guardianes del imperialismo, como les llamaría Paul Nizan, representan un peligro. Además de su insistencia propagandística tienen muchos altavoces con un discurso definido: la Historia debe seguir enterrada en las cunetas de los caminos.

::Fuente:Antonio José Domínguez - Rebelión

Camilo José Cela, propagandista del fascismo

Camilo José Cela acumula premio y honores desde la posguerra hasta la más contemporánea democracia. Camilo José Cela fue falangista, se ofreció como soplón de la policía, fue censor, dio conferencias que emocionaban al Generalísimo entre el público, loó a José Antonio, se autorizó con la voz de Mussolini y, sobre todo, ascendió y ascendió. Desde arriba, ya pudo olvidar y hacer olvidar, decir y desdecirse. Cela alcanzó la beatitud, suponemos, cuando el 20 de junio de 1986, la Universidad Hebrea de Jersualem le concedió el doctorado honoris causa por ser "un hombre que luchó durante toda su vida contra el fascismo" (y Franco y José Antonio revolviéndose en su tumba). Pertenece a esa casta de hombres probos y benditos que, como Torrente Ballester entre muchos en literatura o Fraga también entre muchísimos otros en política, siempre encontraron un hueco en las altas esferas del dominio cultural y político. A estos benditos por el manto del olvido y una reconstrucción facial de riete tú de Corporación Dermoestética habría que sumar los hijos y nietos (naturales o ideológicos) de los que antaño fueron poderosos y heredaron de sus ancestros la disposición natural al mando y la posición política necesaria para ejercerlo. A contrapelo de ese olvido queremos ofrecer aquí unos recortes de qué fue frente a lo que nos han contado insistentemente que fue. Sirva como botón de muestra de tantos otros y como sospecha de lo que se nos ofrece como democracia sólidamente construida. Quien, además, desee un juicio crítico sobre su obra literaria ajeno al papanatismo, la adulación servil, el olvido estéril y el vacuo idealismo literario, le recomendamos la lectura de la Historia social de la literatura española (Blanco Aguinaga, Zavala y Rodríguez Puértolas) y la imprescindible Historia de la literatura fascista española.

Para ilustrar las virtudes de CJC, premio nobel en 1989, nos servimos a reproducir literalmente la documentación aportada por el profesor Julio Rodríguez Puértolas (U. Autónoma de Madrid) en su "Historia de la literatura fascista española" (HLFE en adelante; dos vólumenes en la segunda edición de la editorial Akal), cuya lectura recomendamos encarecidamente antes de que la anestesia democrática llegue a afirmar (como tememos que hará) que el fascismo jamás existió. Los números de página se refieren siempre a HLFE.

Para ilustrar las virtudes de CJC, premio nobel en 1989, nos servimos a reproducir literalmente la documentación aportada por el profesor Julio Rodríguez Puértolas (U. Autónoma de Madrid) en su Historia de la literatura fascista española (HLFE en adelante; dos vólumenes en la segunda edición de la editorial Akal), cuya lectura recomendamos encarecidamente antes de que la anestesia democrática llegue a afirmar (como tememos que hará) que el fascismo jamás existió. Los números de página se refieren siempre a HLFE.

Cela, en 1938, con 21 años, se ofrece como confidente a la policía del bando sublevado

Reproducimos, en primer lugar, el texto del documento en el que CJC se ofrecía como confidente de los sublevados. Figura en copia del original, con firma de CJC, en la página 206 de la HLFE.

Con fecha de registro de entrada de 4 de abril de 1938.
EXCELENTÍSIMO SEÑOR COMISARIO GENERAL DE INVESTIGACIÓN Y VIGILANCIA.

« El que suscribe, Camilo José Cela y Trulock, de 21 años de edad, natural de Padrón (La Coruña) y con domicilio en esta capital, Avenida de la Habana 23 y 24, Bachiller Universitario (Sección de Ciencias) y estudiante del Cuerpo Pericial de Aduanas, declarado Inútil Total para el Servicio Militar por el Tribunal Médico Militar de Logroño en cuya Plaza estuvo prestando servicio como soldado del Regimiento de Infantería de Bailén (nº 24), a V.E. respetuosamente expone:

Que queriendo prestar un servicio a la Patria adecuado a su estado físico, a sus conocimientos y a su buen deseo y voluntad, solicita el ingreso en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia.

Que habiendo vivido en Madrid y sin interrupción durante los últimos 13 años, cree poder prestar datos sobre personas y conductas, que pudieran ser de utilidad.

Que el Glorioso Movimiento Nacional se produjo estando el solicitante en Madrid, de donde se pasó con fecha 5 de Octubre de 1937, y que por lo mismo cree conocer la actuación de determinados individuos.

Que no tiene carácter de definitiva esta petición, y que se entiende solamente por el tiempo que dure la campaña o incluso para los primeros meses de la paz si en opinión de mis superiores son de utilidad mis servicios.

Que por todo lo expuesto solicita ser destinado a Madrid que es donde cree poder prestar servicios de mayor eficacia, bien entendido que si a juicio de V.E. soy más necesario en cualquier otro lugar, acato con todo entusiasmo y con toda disciplina su decisión.

Dios guarde a V.E. muchos años.

La Coruña a 30 de Marzo de 1938. II Año Triunfal.»

Fdo. Camilo José Cela.

Primeros cargos políticos para el régimen y Cela censor:

« Terminada la guerra civil, Cela colaboró bien pronto en periódicos y revistas fascistas, como Arriba, Legiones y Falanges, Medina, Y (ambas de la Sección Femenina de Falange, por la que sentía gran admiración; precisamente en Y publicó Cela su primer cuento, Don Anselmo). En El Español apareció su novela Pabellón de reposo (1943-1944), y en Juventud En Seminario de combate del SEU (revista de la que fue redactor jefe), sus Nuevas andanzas de Lazarillo de Tormes (1944). Por otro lado, La familia de Pascual Duarte la escribió Cela siendo burócrata de los Sindicatos Verticales, en concreto del textil. Fue asimismo, por algún tiempo, "jefe de negociado de cine-club" en la vicesecretaría de Educación Popular. Funcionario también de prensa y propaganda, ejerció como censor entre 1941 y 1945. Cela menta en sus citadas Memorias (XL-VIII, p. 382), que sucedió en el puesto a su amigo camarada Eugenio Suárez (...). El propio Cela ridiculiza y minimiza sus censuras, y añade (Memorias, ibid, p. 383) algo en lo que insistirá en otras ocasiones

De mis conductas censitorias no he de hablar, todo menos pedir disculpas de algo que no me avergüenza»

Se conservan documentos de sus actividades en los servicios de Censura de 1943 y 1944; por sus manos pasaron no menos de 250 revistas y boletines diferentes. Decir, como se ha dicho, que el autor de La Colmena censuró sólo tres revista y por breve tiempo, es faltar a sabiendas a la verdad y un ejercicio pleno de falseamiento histórico (así Camilo José Cela Conde en "El País", 27-X-1989, y "Diario16", de igual fecha), lo mismo que hablar de los "supuestos empleos censores" del novelista (Juan Cruz, "Camilo José Cela: un día en la vida del Nobel", El País, 20-X-1989; suplemento extraordinario).

págs. 744-745.

Las opiniones fascistas de Cela en la década de 1940

- De las derrotas carlistas a la Cruzada franquista:

« Con Don Carlos lloraron millares de españoles y nuestra pobre y grande, la malquerida España, cayó tan al abismo que para levantarse, le hizo falta: primero todo un siglo, después... la bendición de Dios para Francisco Franco, nuestro Caudillo y Padre.

En el año 1937 es el "primer Año Triunfal del difícil triunfo contra el mundo", con un ejército, el del general Franco,

sacando heroicidad y hombría de bien donde nada había. En donde, solamente cizaña y odio sembró el enemigo, surgió la flor lozana, y un poco emocionada, de esta viril y austera y española generación triunfal de lo imposible.»

- Sobre el Duce y Esteban Ascensión, héroe falangista:

« Mussolini nos dijo que la Historia se mueve con la rueda de la sangre y Esteban Ascensión debe saberlo, porque se lanzaba al galope sin pensarlo en un instante
»

- Sobre Jose Antonio y la esencia española:

«Porque lo difícil que José Antonio quería para nosotros -españoles y falangistas y, probablemente, intoxicados por el virus maligno de la decadencia- era ni más ni menos que una vuelta a lo que en el concepto clásico español fuera fácil (...): la elegante y cómoda postura de los infantes que anduvieron con andadura de Imperio.
»

págs.746-749

1962: Cela espía a compañeros escritores y propone la recuperación de rojos mediante soborno

Muchos años más tarde [después de haberse ofrecido como informador a los jerarcas del bando sublevado] -cuando Cela ya no era, ciertamente, menor de edad- fue protagonista de otra sórdida peripecia de signo parecido. Tras haber firmado el 6 de mayo de 1962 un documento en el que diferentes personalidades mostraban su preocupación por la actitud del Gobierno ante las importantes huelgas mineras del momento, en los sucesivos escritos de los intelectuales ya no figuraba la firma de Cela. Mas no sólo eso. En octubre de 1963 se celebró en un hotel de Madrid una reunión de escritores para tratar el tema "Realismo y realidad en la literatura contemporánea", reunión a la que asistió Cela. Se propuso, tomando como base la de 1962, enviar otro documento al Gobierno. Cela se ausentó del encuentro de escritores y se apresuró en comunicar al Director General de Información lo que había ocurrido y lo que se proponían sus colegas. Explica Cela que 42 de los 102 firmantes de 1962 eran miembros del Partido Comunista, y muchos "perfectamente recuperables, sea mediante estímulos consistentes en la publicación de sus obras, sea mediante sobornos". Señalaba también Cela las divergencias entre algunos de los implicados, como Bergamín y Aranguren, y que otros se sentían inquietos y temerosos, como Laín Entralgo,"persona mucho más medrosa que Aranguren"; este último, por lo demás, deseaba apartarse del núcleo dirigente. El Director General de Información propuso a su ministro, Fraga Iribarne, aceptar las sugerencias del confidente, Camilo José Cela, incluyendo sobornos "con cargo a fondos reservados y de manera muy discreta"

(Cfr. para todo esto Pere Ysás, Disidencia y subversión. La lucha del régimen de Franco por su supervivencia, Barcelona, 2004, pp. 49-53; también Javier Tussel, "Catadura Moral", El País, 21 de octubre de 2004 ; Ignacio Fernández Castro y José Martínez, España Hoy, París-Turín, 1963, pp. 167-170 y 477-482). En sus ya citadas Memorias (vol. XLIX, 1991-1992, p.390), escribía Cela: "Yo creo que los hombres y las mujeres se denuncian porque se aburren". Parece que el autor de La colmena se aburría de vez en cuando.

p. 1224, nota 160.

::Fuente: Grupo Arbeit

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