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El 68 español

Lunes 12 de mayo de 2008. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Jaime Pastor

Pese a las duras condiciones de la dictadura franquista y a la represión que ésta ejercía contra toda forma de disidencia, el impacto del “Gran Rechazo” de aquel año también llegó a este país y especialmente a las Universidades, convertidas ya por el movimiento estudiantil durante los años anteriores en espacios públicos de protesta política y cultural, una vez destruido el “sindicato” oficial, el SEU, para ser sustituido por el Sindicato Democrático de Estudiantes (SDEU).

Fue precisamente en medio de un proceso de radicalización del movimiento universitario antifranquista cuando llegaron los ecos de las revueltas que se fueron sucediendo por todo el mundo y que tuvieron su máxima expresión en la Huelga General en Francia.

La existencia de algunos medios de comunicación no oficialistas, entre los que destacaban la revista Triunfo y el diario Madrid (posteriormente cerrado), junto con las imágenes que pese a la censura difundía la Televisión pública, nos ayudaban a hacernos una idea de una revuelta global con la cual aspirábamos a identificarnos e incluso a emular.

Antes y después del recital de Raimon

Es muy probable que en la memoria colectiva de quienes vivimos aquel año haya quedado como acontecimiento más simbólico del modesto “mayo español” el recital que el cantante Raimon dio el 18 de mayo en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid. En efecto, ese acto, celebrado finalmente con la autorización del decano pese a las presiones policiales, se transformó en una verdadera asamblea multitudinaria no sólo de estudiantes sino también de jóvenes trabajadores que empezaban a construir las primeras Comisiones Obreras Juveniles y que por primera vez entraban en un recinto universitario. En el transcurso del mismo el apoyo a la figura del Che, víctima del ejército bolivano en octubre del año anterior, o a la “Comuna” estudiantil francesa y al pueblo vietnamita, junto a la denuncia de la dictadura y de la oligarquía española, fueron algunas de sus manifestaciones más destacadas. A la salida de ese acto la coincidencia de un grupo de manifestantes en la carretera de La Coruña con el coche en que viajaba la princesa Sofía generó momentos de pánico en la “ilustre” pasajera y su escolta que se convirtieron luego en la anécdota de la jornada; pero, más allá de ese incidente, el eco de esas acciones no pudo ser silenciado por la prensa y corrió por todo el país. La canción que dedicó Raimon años más tarde a ese acontecimiento (“18 de maig a la ‘Villa’”) contribuiría a hacer imborrable su recuerdo: “Per unes quantes hores ens várem sentir lliures, i qui ha sentit la llibertat té més forces per viure. De ben lluny, de ben lluny, arribaven totes les esperances, i semblaven noves, acabades d’estrenar; de ben lluny les portávem”.

Antes de ese acto se habían desarrollado otros que fueron expresión de un proceso de politización creciente: entre los más emblemáticos cabe mencionar la Asamblea Libre y la manifestación de febrero de 1965 en Madrid (a consecuencia de la cual fueron expulsados de la Universidad varios profesores, entre ellos Aranguren y García Calvo); la “Capuchinada” de Barcelona, cuando se constituyó el primer Sindicato Democrático de Estudiantes en marzo de 1966 pese a las detenciones masivas; o la manifestación estudiantil del 27 de enero de 1967 en Madrid en apoyo a una jornada de lucha convocada por Comisiones Obreras.

Ya en los primeros meses del 68 se emprendieron también nuevas acciones reveladoras de la transición que se estaba produciendo en un sector del estudiantado desde un sentimiento meramente antifranquista a otro progresivamente anticapitalista: la protesta con el lema “No al neocapitalismo. Sí a una Europa Socialista” frente a la visita a la Universidad de Madrid de Jean-Jacques Servan-Schreiber (autor de un conocido “best-seller” de entonces, El desafío americano) fue un buen ejemplo de ello. Siguieron otros que acompañaron al crecimiento de las diferentes organizaciones políticas presentes en la Universidad (no sólo el PCE sino también el Frente de Liberación Popular (FLP) y los diferentes grupos maoístas y ácratas). Después de mayo todas ellas fueron contrastando sus diferentes interpretaciones de la confluencia de obreros y estudiantes en la Huelga General más masiva en la historia de Francia, buscando a la vez reorientar un movimiento estudiantil que a partir de noviembre del 68 sufrió una dura represión que culminaría en la muerte a manos de la policía del compañero del FLP Enrique Ruano (con el infame papel jugado por el diario ABC y la pluma de un siniestro personaje, Alfredo Semprún), la toma del Rectorado de la Universidad de Barcelona por los estudiantes y la declaración de estado de excepción el 24 de enero de 1969. Una medida que ya antes se había adoptado en Euskadi tras la muerte de un militante de ETA, Txabi Etxebarrieta, por la Guardia Civil y el primer atentado mortal de esa organización contra Melitón Manzanas, un conocido torturador de la policía. Mientras tanto y pese a la dictadura, los documentos de los Comités de Acción y de las diversas corrientes que se habían difundido en Francia y otros países llegaban a nuestras manos y, con ellos, las obras de pensadores marxistas publicadas aquí por nuevas editoriales antes de que sufrieran también las consecuencias de las medidas de excepción.

No faltaron durante ese año actos político-culturales como el que, pese a su prohibición, se realizó a finales de octubre en homenaje al poeta León Felipe, fallecido en el exilio, o el estreno de la obra Marat-Sade de Peter Weiss, bajo la dirección de Adolfo Marsillach, en versión de Alfonso Sastre en el Teatro Español de Madrid; asimismo, eran ya frecuentes los recitales de cantautores como Paco Ibáñez o la intensa actividad cultural desarrollada desde algunos cine-clubs y Colegios Mayores, convertidos algunos de ellos en sedes de una embrionaria “Universidad Crítica” cada vez que las Facultades y Escuelas eran cerradas por la dictadura. Tampoco podemos olvidar el papel pionero en el impulso de unas ciencias sociales críticas que jugó CEISA, un centro privado promovido, sobre todo, por José Vidal Beneyto, en el que impartían conferencias profesores expulsados como Aranguren y otros ajenos entonces a la “Academia”, como Jesús Ibáñez y Alfonso Ortí, hasta que fue cerrado por el gobierno.

Fraga: “Es mejor prevenir que curar”

Puestos a recordar, no podemos dejar de mencionar a quien en esos años era Ministro de Información y Turismo del dictador, Manuel Fraga Iribarne, el cual asumió sin complejo alguno la tarea de justificar el estado de excepción declarando que “es mejor prevenir que curar, no vamos a esperar a una jornada de mayo para que luego sea más difícil y más caro el arreglo”. Esa decisión era, en realidad, la constatación de que ni la creación de una “Policía de Orden Universitario” en las facultades, ni el nuevo “Juzgado de Orden Universitario” ni una denominada “Organización Contrasubversiva Nacional” (bajo el mando del futuro golpista del 23-F del 81, José Ignacio San Martín) ni el Decreto sobre Bandidaje y Terrorismo aprobado en ese verano llegaron a ser suficientes para frenar un movimiento al que no dejaron de criminalizar (“envenenados de cuerpo y alma”, “anarquistas, drogados y ateos”, eran los calificativos que empleó el también ministro Carrero Blanco). Pero, además, en el caso de Fraga, suponía también el desenmascaramiento de la presunta “tolerancia informativa” de la que hacía gala como ministro al comprobar que no podía controlar la difusión de una protesta mundial que se convertía en nuevo acicate en la lucha contra la dictadura.

Por eso se puede sostener con fundamento que a lo largo de ese año en este país emergió, como en muchos otros lugares, una nueva subjetividad rebelde, principalmente contra el franquismo pero también frente al capitalismo “opulento” que se nos presentaba como horizonte y a un imperialismo que estaba empezando a sufrir ya en Vietnam una profunda derrota. Poco después de mayo, la derrota de la “primavera de Praga” por los tanques soviéticos daría a muchos jóvenes de entonces una nueva razón poderosa para apostar por un socialismo antiburocrático, en ruptura abierta con el stalinismo.

El imposible entierro del 68

En los años siguientes la creación de nuevos grupos políticos y contraculturales se fue extendiendo en muchos lugares, los jóvenes que habían protagonizado esas luchas abandonaban la Universidad y con ellos las esperanzas de transformar el mundo y cambiar también la vida cotidiana tan asfixiante impuesta por el franquismo llegaban a nuevos lugares. De ahí surgiría una izquierda radical con un peso social nada despreciable pero también los primeros colectivos feministas y ecologistas que irrumpirían con fuerza a mediados de los años 70. Luego, el “consenso” de la mitificada transición española permitió la conquista de libertades básicas pero frustró muchas de las expectativas de entonces, conduciendo a gran parte de esa “generación” por los caminos de la búsqueda del ascenso social individual, el cinismo político, la resignación o, también, la desesperación. Desde entonces, la contrarrevolución neoliberal se ha esforzado por contrarrestar, aquí y en todas partes, los efectos de aquella “revolución en el sistema-mundo” (Wallerstein) que no llegó a triunfar pero abrió una “brecha” y un “subsuelo” (Morin) por las cuales se ha ido manteniendo la llama de la insumisión y la desobediencia a los poderes establecidos. Porque, pese a la actual hegemonía neoliberal y a los intentos de los Sarkozy, Aznar y la larga lista de “conversos” por enterrarlo, nunca podrán borrar el “espíritu del 68”. Más allá de las trayectorias individuales diversas y las anécdotas de “viejos combatientes” en retirada, aquel espíritu era el de la rebeldía, el de la convicción de que había que estar a la izquierda de lo posible, que el futuro estaba abierto y dependía de la acción colectiva de los y las de abajo frente a un mundo injusto. Aquí y ahora, éste se nos presenta aún más injusto y destructivo que entonces. ¿Para cuándo un nuevo 68?

Fuente: Espacio Alternativo

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