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De La Tragedia de los Comunes a La Carta de los Comunes

Viernes 10 de febrero de 2012. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: La tragedia de los comunes

Garrett Hardin

"Garrett Hardin dijo, en su día, que cualquier forma de gestión comunitaria estaba condenada al fracaso. Siguiendo la visión microeconómica ortodoxa, aquellos que utilizaban el recurso tenderían a maximizar su uso hasta provocar su agotamiento. "Lo que es de todos no es de nadie" sería el famoso adagio de Hardin que generaciones de economistas neoliberales han hecho suyo. La conclusión era de esperar, para que no se destruya el recurso es necesario privatizarlo. La premio Nóbel de economía Elinor Ostrom va a corregir a Hardin. Si los usuarios de un recurso colectivo maximizan su utilidad agotando el recurso es porque ya no es un recurso comunal. Los comunes se definen precisamente por ser modelos comunitarios de gestión cuyas normas excluyen los comportamientos maximizadores individuales.

Segun Ostrom, Hardin no define un regimen de propiedad comunal sino un recurso supuestamente colectivo que, en realidad, está desregulado y abierto a la depredación. Desde este punto de vista, salvando las distancias entre una página de enlaces y los prados para ovejas de Hardin, lo que ha sucedido en el caso Megaupload es una "tragedia", no de los comunes porque no existía tal comunidad de gestión, sino de un recurso colectivo que muere por la explotación maximizadora privada, mientras otros modelos como el P2P se asemejan mucho más al tipo de modelo comunitario regulado del que habla Ostrom." (Agradecemos a Isidro López que nos descubriera el texto y esta entradilla)

Este artículo fue publicado originalmente bajo el título

"The Tragedy of
Commons" en Science, v. 162 (1968), pp. 1243-1248.

Traducción de
Horacio Bonfil Sánchez.
Gaceta
Ecológica, núm.37,
Instituto Nacional de Ecología, México, 1995.
http://www.ine.gob.mx/

Me gustaría llamar su atención no sobre el tema de dicho
artículo (seguridad nacional en un mundo nuclear) sino sobre el tipo de
conclusiones a las que ellos llegaron: básicamente, que no existe solución
técnica al problema. Una suposición implícita y casi universal de los análisis
publicados en revistas científicas profesionales y de divulgación es que los
problemas que se discuten tienen una solución técnica. Una solución de este
tipo puede definirse como aquella que requiere un cambio solamente
en las técnicas de las ciencias naturales, demandando pocos o casi nulos
cambios en relación con los valores humanos o en las ideas de moralidad.

En
nuestros días (aunque no en tiempos anteriores) las soluciones técnicas son
siempre bienvenidas. A causa del fracaso de las profecías, se necesita valor
para afirmar que una solución técnica deseada no es factible. Wiesner y York
tuvieron esta valentía publicándolo en una revista científica, e insistieron
en que la solución al problema no se iba a hallar en las ciencias naturales.
Cautelosamente calificaron su afirmación con la frase "De acuerdo con nuestro
ponderado juicio profesional...". Si estaban en lo correcto o no, no es de
relevancia para el presente artículo. Más bien, la preocupación aquí se
refiere al importante conjunto de problemas humanos que pueden ser denominados
"problemas sin solución técnica", y de manera más específica, con la
identificación y la discusión de uno de ellos.

Es
fácil demostrar que el conjunto no está vacío. Recuerden el juego del "gato".
Considérese el problema "¿Cómo puedo ganar el juego del gato? Es bien sabido
que no puedo si asumo (manteniéndome dentro de las convenciones de la teoría
de juegos) que mi oponente entiende el juego a la perfección. Puesto de otra
manera, no existe una "solución técnica" al problema. Puedo ganar solamente
dándole un sentido radical a la palabra "ganar". También puedo golpear a mi
oponente en la cabeza o bien puedo falsificar los resultados. Cualquier forma
en la que yo "gano" involucra, en algún sentido, un abandono del juego de la
manera en que, también lo concebimos intuitivamente. (Puedo, desde luego,
abandonar abiertamente el juego, negarme a jugarlo. Eso es lo que hacen la
mayoría de los adultos).

El
conjunto de los "problemas sin solución técnica" tiene miembros. Mi tesis es
que el "problema poblacional", tal como se concibe tradicionalmente, es un
miembro de esta clase. Y dicha concepción tradicional requiere cierta
reflexión. Es válido decir que la mayor parte de la gente que se angustia con
el problema demográfico busca una manera de evitar los demonios de la
sobrepoblación sin abandonar ninguno de los privilegios de los que hoy goza.
Piensan que las granjas marinas o el desarrollo de nuevas variedades de trigo
resolverán el problema "tecnológicamente". Yo intento mostrar aquí que la
solución que ellos buscan no puede ser encontrada. El problema poblacional no
puede solucionarse de una manera técnica, de la misma forma que no puede
ganarse el juego del gato.

¿Qué
debemos maximizar?

La
población, como lo dijo Malthus, tiende de manera natural a crecer
"geométricamente", o como decimos hoy, exponencialmente. En un mundo finito
esto significa que la repartición per cápita de los bienes del mundo debe
disminuir. ¿Es acaso el nuestro un mundo finito?

Se
puede defender con justeza la idea de que el mundo es infinito; o de que no
sabemos si lo sea. Pero en términos de los problemas prácticos que hemos de
enfrentar en las próximas generaciones con la tecnología previsible, es claro
que aumentaremos grandemente la miseria humana si en el futuro inmediato, no
asumimos que el mundo disponible para la población humana terrestre es finito.
El "espacio" no es una salida.2

Un
mundo finito puede sostener solamente a una población finita; por lo tanto, el
crecimiento poblacional debe eventualmente igualar a cero. (El caso de
perpetuas y amplias fluctuaciones por encima y por debajo del cero es una
variante trivial que no necesita ser actualizada). Cuando esta condición se
alcance, ¿cuál será la situación de la humanidad? Específicamente ¿puede ser
alcanzada la meta de Bentham de "el mayor bienestar para la mayor cantidad de
individuos?" No, por dos razones, cada una suficiente por sí mismo. La primera
es de orden teórico. No es matemáticamente posible maximizar dos variables (o
más) al mismo tiempo. Esto fue claramente posible demostrado por von Neumann y
Morgenstern,3 pero el principio queda implícito en la teoría de las ecuaciones
diferenciales parciales, siendo tan viejo al menos como D’Alambert
(1717-1783).

La
siguiente razón surge directamente de los hechos biológicos. Para vivir,
cualquier organismo debe disponer de una fuente de energía (comida, por
ejemplo). Esta energía se utiliza para dos fines: conservación y trabajo. Un
hombre requiere de aproximadamente 1600 kilocalorías por día ("calorías de
manutención") para mantenerse vivo. Cualquier cosa que haga aparte de eso se
definirá como trabajo, y se apoya en las "calorías trabajo" que ingiera. Estas
son utilizadas no solamente para realizar trabajo en el sentido en que
comúnmente entendemos la palabra; son requeridas también para todas las formas
de diversión, desde la natación y las carreras de autos, hasta tocar música o
escribir poesía. Si nuestra meta es maximizar la población, es obvio lo que
debemos hacer: lograr que las "calorías trabajo" por persona se acerquen a
cero tanto como sea posible. Nada de comidas de gourmet, nada de vacaciones,
nada de deportes, nada de música, nada de arte... Creo que cualquiera
coincidirá, sin argumento o prueba, que maximizar la población no maximiza los
bienes. La meta de Bentham es imposible. Para alcanzar esta conclusión he
asumido el supuesto común de que el problema es la obtención de energía. La
aparición de la energía atómica ha iniciado el cuestionamiento de esta
suposición. Sin embargo, dada una fuente infinita de energía, el crecimiento
poblacional sigue siendo una cuestión ineludible. El problema de la
adquisición de energía es reemplazado por el de su disipación, como agudamente
lo ha demostrado J H. Fremlin.4 Los signos aritméticos del análisis están,
como lo estuvieron, invertidos; pero la meta de Bentham sigue inalcanzable.

La
población óptima es, por tanto, menor que el máximo. La dificultad para
definir lo óptimo es enorme; hasta donde sé, nadie ha abordado este problema
seriamente. Alcanzar una solución estable y aceptable seguramente requerirá de
más de una generación de arduo trabajo analítico, y mucha persuasión.

Deseamos los máximos bienes por persona; ¿pero qué es un bien? Para una
persona puede ser la naturaleza preservada, para otros centros de ski por
mayor. Para una pueden ser estuarios donde se alimenten patos para caza,
mientras que para otra pueden ser terrenos para fábricas. Comparar un bien con
otro es, solemos decir, imposible, porque estos bienes son inconmensurables, y
los inconmensurables no pueden compararse.

Teóricamente esto puede ser cierto, pero en la vida real los inconmensurables
se miden. Solamente se necesita un criterio de juicio y un sistema de
medición. En la naturaleza, dicho criterio es la supervivencia. ¿Es acaso
mejor para una especie ser pequeña y fácil de esconder, o bien ser grande y
poderosa? La selección natural mide lo inconmensurable. El compromiso
alcanzado dependerá del sopesado natural de los valores de las variables.

El
hombre debe imitar ese proceso. No hay duda del hecho de que ya lo hace, pero
de manera inconsciente. Cuando las decisiones ocultas se hacen explícitas se
inicia la discusión. El problema para los años venideros es lograr una
aceptable teoría de medición.

Los
efectos sinergéticos, las variaciones no lineales, y las dificultades al dar
por hecho el futuro vuelen difícil este problema intelectual, pero no lo
tornan (en principio), insoluble.

¿Ha
solucionado este problema práctico algún grupo cultural en nuestros tiempos,
aunque sea en un nivel intuitivo? Un hecho simple prueba que ninguno lo ha
logrado: no existe ninguna población próspera en el mundo de hoy que tenga, o
haya tenido por algún tiempo, una tasa de crecimiento igual a cero. Cualquier
pueblo que haya intuitivamente identificado su punto óptimo muy pronto lo
alcanzará, después de lo cual su tasa de crecimiento alcanzará y permanecerá
en cero.

Por
supuesto, una tasa de crecimiento positiva puede tomarse como evidencia de que
la población se encuentra por debajo de su óptimo. Sin embargo, bajo cualquier
parámetro razonable, las poblaciones de más rápido crecimiento en el mundo
actual son (en general) las más pobres. Esta asociación (que no es
necesariamente invariable) siembra dudas sobre el supuesto optimista de que
una tasa de crecimiento positiva indica que una población está en camino de
encontrar su óptimo.

Poco
progreso lograremos en la búsqueda de un tamaño óptimo de población mientras
no exorcicemos de manera explícita al espíritu de Adam Smith en el campo de la
demografía práctica. En asuntos económicos La riqueza de las naciones (1776)
popularizó la "mano invisible", la idea de un individuo que "buscando
solamente su propio beneficio", logra "dejarse llevar por una mano invisible a
promover... el interés público"5. Adam Smith no afirmó que esto fuera
invariablemente cierto, y quizás no lo hizo ninguno de sus seguidores. Pero
contribuyó con una tendencia dominante de pensamiento que desde entonces
interfiere con las acciones positivas basadas en análisis racionales, a saber
la tendencia a asumir que las decisiones tomadas en lo individual serán, de
hecho, las mejores decisiones para la sociedad en su conjunto. Si esta
suposición es correcta justifica la continuidad de nuestra actual política de
laissez faire en cuestiones reproductivas. Si es correcta podemos asumir que
los hombre controlarán su fecundidad de tal manera que lograrán una población
óptima. Si la suposición es incorrecta, necesitamos examinar las libertades
individuales para ver cuáles son defendibles.

La
tragedia de la libertad sobre los recursos comunes

La
refutación de la mano invisible en el control poblacional se encuentra en un
escenario descrito inicialmente en un panfleto poco conocido de 1833 por un
matemático amateur llamado William Forster Lloyd (1794-1852).6 Podemos
llamarlo "la tragedia de los recursos comunes", utilizando la palabra tragedia
como la usó el filósofo Whitehead: "La esencia de la tragedia no es la
tristeza. Reside en la solemnidad despiadada del desarrollo de las cosas". Y
continúa diciendo: "Esta inevitabilidad del destino solamente puede ser
ilustrada en términos de la vida humana por los incidentes que, de hecho,
involucran infelicidad, pues es solamente a través de ellos que la futilidad
de la huida puede hacerse evidente en el drama".7

La
tragedia de los recursos comunes se desarrolla de la siguiente manera. Imagine
un pastizal abierto para todos. Es de esperarse que cada pastor intentará
mantener en los recursos comunes tantas cabezas de ganado como le sea posible.
Este arreglo puede funcionar razonablemente bien por siglos gracias a que las
guerras tribales, la caza furtiva y las enfermedades mantendrán los números
tanto de hombres como de animales por debajo de la capacidad de carga de las
tierras. Finalmente, sin embargo, llega el día de ajustar cuentas, es decir,
el día en que se vuelve realidad la largamente soñada meta de estabilidad
social. En este punto, la lógica inherente a los recursos comunes
inmisericordemente genera una tragedia.

Como
un ser racional, cada pastor busca maximizar su ganancia. Explícita o
implícitamente, consciente o inconscientemente, se pregunta, ¿cuál es el
beneficio para mí de aumentar un animal más a mi rebaño? Esta utilidad tiene
un componente negativo y otro positivo.

1. El
componente positivo es una función del incremento de un animal. Como el
pastor recibe todos los beneficios de la venta, la utilidad positiva es
cercana a +1.

2. El
componente negativo es una función del sobrepastoreo adicional generado por un
animal más. Sin embargo, puesto que los efectos del sobrepastoreo son
compartidos por todos los pastores, la utilidad negativa de cualquier decisión
particular tomada por un pastor es solamente una fracción de -1.

Al
sumar todas las utilidades parciales, el pastor racional concluye que la única
decisión sensata para él es añadir otro animal a su rebaño, y otro más... Pero
esta es la conclusión a la que llegan cada uno y todos los pastores sensatos
que comparten recursos comunes. Y ahí está la tragedia. Cada hombre está
encerrado en un sistema que lo impulsa a incrementar su ganado ilimitadamente,
en un mundo limitado. La ruina es el destino hacia el cual corren todos los
hombres, cada uno buscando su mejor provecho en un mundo que cree en la
libertad de los recursos comunes. La libertad de los recursos comunes resulta
la ruina para todos.

Para
algunos esto puede ser un lugar común. ¡Ojalá y lo fuera! En cierto sentido
esto fue aprendido hace miles de años, pero la selección natural favorece a
las fuerzas de la negación psicológica.8 El individuo se beneficia como tal a
partir de su habilidad para negar la verdad incluso cuando la sociedad en su
conjunto, de la que forma parte, sufre. La educación puede contrarrestar la
tendencia natural de hacer lo incorrecto, pero la inexorable sucesión de
generaciones requiere que las bases de este conocimiento sean refrescadas
constantemente.

Un
simple incidente que sucedió hace pocos años en Leominster, Masssachusetts,
muestra cuan perecedero es este conocimiento. Durante la época de compras
navideñas, los parquímetros de las zonas comerciales fueron cubiertos con
bolsas de plástico con la leyenda: "No abrir hasta Navidad. Estacionamiento
gratuito por parte del Alcalde y del Consejo Municipal". En otras palabras,
ante la perspectiva de un aumento en la demanda del espacio, ya de por sí
escaso, los padres de la ciudad reinstituyeron el sistema de los recursos
comunes. (Cínicamente sospechamos que ganaron más votos de los que perdieron
con tan retrógrado acto).

De
manera similar la lógica de los recursos comunes ha sido entendida por largo
tiempo, quizás desde la invención de la agricultura o de la propiedad privada
en bienes raíces. Pero ha sido comprendida principalmente en casos específicos
que no son suficientemente generalizables. Incluso en nuestros días, ganaderos
que rentan tierras nacionales en el Oeste demuestran apenas una comprensión
ambivalente al presionar constantemente a las autoridades federales para que
incrementen el número de cabezas autorizadas por área hasta un punto en el
cual la sobreexplotación produce erosión y dominio de malezas. De manera
similar, los océanos del mundo continúan sufriendo por la supervivencia de la
filosofía de los recursos comunes. Las naciones marítimas todavía responden
automáticamente a la contraseña de "la libertad de los mares". Al profesar la
creencia en los "inagotables recursos de los océanos", colocan cerca de la
extinción, una tras otra, a especies de peces y ballenas.9

Los
parques nacionales son otra instancia donde se muestra la forma en que trabaja
la tragedia de los recursos comunes. En el presente se encuentran abiertos
para todos, sin ningún límite. Los parques en sí mismos tienen una extensión
limitada —sólo existe un Valle de Yosemite— mientras que la población parece
crecer sin ningún límite. Los valores que los visitantes buscan en los parques
son continuamente erosionados. Es muy sencillo, debemos dejar de tratar a los
parques como recursos comunes... o muy pronto no tendrán ningún valor para
nadie.

¿Qué
debemos hacer? Tenemos varias opciones. Podemos venderlos como propiedad
privada. Podemos mantenerlos como propiedad pública, pero asignando
adecuadamente quien ha de entrar. Esto debe ser con base en la riqueza, a
través del uso de un sistema de adjudicación. También podría hacerse con base
en méritos, definidos por estándares acordados. O podría ser por sorteo. O
bien ser con base en el sistema de que el primero que llega entra,
administrado a partir de filas. Estos, creo, son todos procedimientos
objetables. Pero entonces debemos escoger, o consentir la destrucción de
nuestros recursos comunes llamados parques nacionales.

La
contaminación 

De
manera inversa, la tragedia de los recursos comunes reaparece en los problemas
de contaminación. Aquí el asunto no es sacar algo de los recursos comunes,
sino de ponerles algo dentro —drenajes o desechos químicos, radioactivos o
térmicos en el agua; gases nocivos o peligrosos en el aire; anuncios y señales
perturbadoras y desagradables en el panorama—. Los cálculos de los beneficios
son muy semejantes a los antes mencionados. El hombre razonable encuentra que
su parte de los costos de los desperdicios que descarga en los recursos
comunes es mucho menor que el costo de purificar sus desperdicios antes de
deshacerse de ellos. Ya que esto es cierto para todos, estamos atrapados en un
sistema de "ensuciar nuestro propio nido", y así seguirá mientras actuemos
únicamente como libres empresarios, independientes y racionales.

La
tragedia de concebir a los recursos comunes como una canasta de alimentos se
desvirtúa con la propiedad privada, o con algo formalmente parecido. Pero el
aire y el agua que nos rodean no se pueden cercar fácilmente, por lo que la
tragedia de los recursos comunes al ser tratados como un pozo sin fondo debe
evitarse de diferentes maneras, ya sea por medio de leyes coercitivas o
mecanismos fiscales que hagan más barato para el contaminador el tratar sus
desechos antes de deshacerse de ellos sin tratarlos. No hemos llegado más
lejos en la solución de este problema que en el primero. De hecho, nuestro
particular concepto de la propiedad privada, que nos impide agotar los
recursos positivos de la tierra, favorece la contaminación. El dueño de una
fábrica a la orilla de un arroyo —cuya propiedad se extiende ala mitad del
mismo- con frecuencia tiene problemas para ver porqué no es su derecho natural
el ensuciar las aguas que fluyen frente a su puerta. La ley, siempre un paso
atrás de los tiempos, requiere cambios y adecuaciones muy elaboradas para
adaptarse a este aspecto recientemente reconocido de los recursos comunes.

El
problema de la contaminación es una consecuencia de la población. No importaba
mucho la forma en que un solitario pionero americano liberara sus desechos.
"El agua corriente se purifica a sí misma cada diez millas", solía decir mi
abuelo, y el mito estaba suficientemente cerca de la verdad cuando él era
niño, porque no había mucha gente. Pero conforme la población se ha hecho más
densa, los procesos naturales de reciclado tanto biológicos como químicos,
están ahora saturados y exigen una redefinición de los derechos de propiedad.

¿Cómo
legislar la moderación?

El
análisis del problema de la contaminación como una función de la densidad de
la población descubre un principio de moralidad no siempre reconocido;
específicamente: que la moralidad de un acto es una función del estado del
sistema en el momento en que se realiza.10 Usar los recursos comunes como un
pozo sin fondo no daña a la población en general en zonas vírgenes o poco
explotadas, simplemente porque no existe dicha población; el mismo
comportamiento en una metrópolis es insostenible. Hace ciento cincuenta años
un hombre de las praderas podía matar un bisonte americano, cortarle solamente
la lengua para cenar y desechar el resto del animal. No se podría considerar
en ningún sentido que fuera un desperdicio. Hoy en día, cuando quedan sólo
algunos miles de bisontes, nos sentiríamos abrumados con este comportamiento.

De
paso, no tiene ningún valor que la moralidad de un acto no pueda ser
determinada a partir de una fotografía. No se sabe si un hombre matando a un
elefante o prendiéndole fuego a un pastizal está dañando a otros hasta que se
conoce el sistema total dentro del que se incluye este acto. "Una imagen vale
por mil palabras", dijo un anciano chino; pero se llevaría diez mil palabras
validar esto. Resulta tentador tanto para los ambientalistas como para los
reformadores en general, el tratar de persuadir a otros por medio de imágenes
fotográficas. Pero la esencia del argumento no puede ser fotografiada; debe
ser presentada racionalmente: en palabras.

El
que la moralidad es sensible a los sistemas escapó a muchos codificadores de
la ética en el pasado. "No se debe.." es la forma tradicional de las
directrices éticas que no abren posibilidades a las circunstancias
particulares. Las leyes de nuestra sociedad siguen el patrón de la ética
antigua, y por tanto, se adaptan pobremente para gobernar un mundo complejo,
altamente poblado y cambiante. Nuestra solución epicíclica es abultar la ley
estatutaria con la ley administrativa. Puesto que resulta prácticamente
imposible mencionar todas las condiciones bajo las cuales es seguro quemar
basura en el patio trasero o manejar un coche sin control anticontaminante,
con las leyes delegamos los detalles a las oficinas. El resultado es una ley
administrativa, la cual es lógicamente temida por la vieja razón —¿Quis
custodiet ipsos custodes
? ¿Quién ha de vigilar a los propios vigilantes—.
John Adams señaló que debemos tener un "gobierno de leyes y no de hombres".
Los administradores, al tratar de evaluar la moralidad de los actos en la
totalidad del sistema, están singularmente expuestos a la corrupción,
generando un gobierno de hombres y no de leyes.

La
prohibición es fácil de legislar (pero no necesariamente fácil de imponer);
pero ¿cómo legislar la moderación? La experiencia indica que ésta puede ser
alcanzada mejor a través de la acción de la ley administrativa. Limitamos
innecesariamente las posibilidades si suponemos que los sentimientos de Quis custodiet
nos niegan el uso de la ley administrativa. Deberíamos
mejor tener la frase como un perpetuo recordatorio de temibles peligros que no
podemos evitar. El gran reto que tenemos ante nosotros es cómo inventar las
retroalimentaciones correctivas que se requieren para mantener honestos a
nuestros guardianes. Debemos encontrar maneras de legitimar la necesaria
autoridad tanto para los custodios como para las retroalimentaciones
correctivas.

La
libertad de reproducción es intolerable.

La
tragedia de los recursos comunes se relaciona con los problemas de población
de otra manera. En un mundo regido únicamente por el principio de "perro come
perro" -si en efecto alguna vez existió tal mundo- el número de hijos por
familia no sería un asunto público. Los padres que se reprodujeran
escandalosamente dejarían menos descendientes, y no más, porque serían
incapaces de cuidar adecuadamente a sus hijos. David Lack y otros han
encontrado que esa retroalimentación negativa controla de manera demostrable
la fecundidad de los pájaros.11 Pero los hombres no son pájaros, y no han
actuado como ellos por milenios, cuando menos.

Si
cada familia humana dependiera exclusivamente de sus propios recursos, si los
hijos de padres no previsores murieran de hambre, si, por lo tanto, la
reproducción excesiva tuviera su propio "castigo" para la línea germinal:
entonces no habría ninguna razón para que el interés público controlara la
reproducción familiar. Pero nuestra sociedad está profundamente comprometida
con el estado de bienestar, 12 y por tanto confrontada con otro aspecto de la
tragedia de los recursos comunes.

En un
estado de bienestar ¿cómo tratar con la familia, la religión, la raza o la
clase (o bien con cualquier grupo cohesivo y distinguible) que adopte a la
sobrerreproducción como política para asegurar su propia ampliación?13
Equilibrar el concepto de libertad de procreación con la creencia de que todo
el que nace tiene igual derecho sobre los recursos comunes es encaminar al
mundo hacia un trágico destino.

Desafortunadamente ese es justamente el curso que persiguen las Naciones
Unidas. A fines de 1967, unas treinta naciones acordaron lo siguiente: "La
declaración Universal de los Derechos Humanos describe a la familia como la
unidad natural y fundamental de la sociedad. Por consecuencia, cualquier
decisión en relación con el tamaño de la familia debe residir irrevocablemente
en la propia familia, y no puede ser asumida por nadie más".14

Es
doloroso tener que negar categóricamente la validez de este derecho; al
negarlo, uno se siente tan incómodo como un habitante de Salem, Massachusetts,
al negar la existencia de las brujas en el siglo XVII. En el presente, en los
cuarteles liberales, algo como un tabú actúa para inhibir la crítica a las
Naciones Unidas. Existe un sentimiento de que Naciones Unidas son nuestra
"última y mejor esperanza", y que no debemos encontrar fallas en ella; de que
no debemos caer en manos de archiconservadores. Sin embargo, no hay que
olvidar lo que dijo Robert Louis Stevenson: "La verdad que es negada por los
amigos es arma pronta para el enemigo". Si amamos la verdad debemos negar
abiertamente la validez de la Declaración de los Derechos Humanos, aun cuando
sea promovida por las Naciones Unidas. Deberíamos unirnos a Kingsley Davis15
en el intento de tener una población mundial planificada por los padres para
ver el error en sus opciones al abrazar el mismo trágico ideal.

La
conciencia es autoeliminante

Es un
error pensar que podemos controlar el crecimiento de la humanidad en el largo
plazo haciendo un llamado a la conciencia. Charles Galton Darwin señaló esto
cuando habló en el centenario de la publicación del gran libro de su abuelo.
El argumento es claro y darwiniano.

La
gente varía. Al confrontarse con los llamamientos para limitar la
reproducción, algunas gentes indudablemente responderán más que otros a la
súplica. Aquellos que tengan más hijos producirán una fracción más grande para
la siguiente generación que aquellos con conciencias más susceptibles. Las
diferencias se acentuarán, generación tras generación.

En
palabras de C. G. Darwin: "Bien puede tomar cientos de generaciones para que
el instinto progenitivo se desarrolle en este sentido, pero de lograrse, la
naturaleza ya habría cobrado venganza, y la variedad Homo contracipiens
se habría extinguido y habría sido remplazada por la variedad Homo
progenitivus
"16.

El
argumento supone que la conciencia o el deseo de tener hijos (no importa cuál)
es hereditario, pero hereditario solamente en el sentido formal más general.
El resultado será el mismo si la actitud es transmitida a través de las
células germinales o extrasomáticamente, para usar el término de A. J. Lotka.
(Si se niega la segunda posibilidad al igual que la primera, entonces ¿cuál es
el sentido de la educación?) El argumento aquí ha sido señalado dentro del
contexto del problema demográfico, pero es válido igualmente para cualquier
situación en la que la sociedad inste a un individuo que explota los recursos
comunes a que se restrinja por el bien general, por medio de su conciencia.
Hacer ese llamado es montar un sistema selectivo que trabaje por la
eliminación de la conciencia de la raza.

Efectos patogénicos de la conciencia

Las
desventajas a largo plazo de un llamado a la conciencia deberían ser
suficientes par condenarlo; pero también tiene serias desventajas en el corto
plazo. Si le pedimos a un hombre que está explotando los recursos comunes que
desista de hacerlo "en nombre de la conciencia" ¿qué estamos haciendo? ¿qué
está escuchando? —no sólo en el momento sino también en las pequeñísimas horas
de la noche cuando, medio dormido, recuerda no solamente las palabras que le
dijimos, sino las pistas de comunicación no verbal que le dimos sin
percatarnos—. Tarde o temprano, consciente o subconscientente, este hombre
percibe que ha recibido dos comunicados, y que son contradictorios: 1. (el
comunicado pretendido) "Si no haces lo que te pedimos, te condenaremos
abiertamente por no actuar como un ciudadano responsable". 2. (el comunicado
no pretendido) "Si te comportas como te pedimos, secretamente te condenaremos
como un tonto que puede ser humillado a tal punto de hacerse a un lado
mientras el resto de nosotros explota los recursos comunes".

Todo
hombre se encuentra atrapado en lo que Bateson ha llamado un "doble mensaje"
como un importante factor causal en la génesis de la esquizofrenia.17 El
mensaje doble puede no ser siempre tan dañino, pero constantemente amenaza la
salud mental de cualquiera que lo recibe. "Una mala conciencia —dijo Nietzche—
es una clase de enfermedad".

Conjurar la conciencia de los demás es tentar a cualquiera que desee extender
su control más allá de los límites legales. Los líderes en los más altos
niveles sucumben a esta tentación. ¿Ha evitado algún presidente durante las
últimas generaciones caer en llamados a los sindicatos para que
voluntariamente moderen sus demandas por mejores salarios, o a las compañías
acereras para que bajen voluntariamente sus precios? No puedo recordar
ninguno. La retórica utilizada en dichas ocasiones está diseñada para producir
sentimientos de culpa en los no cooperadores.

Por
siglos se asumió sin prueba que la culpa era un valioso, incluso casi
indispensable, ingrediente de la vida civilizada. Ahora, en este mundo
postfreudiano, lo dudamos.

Paul
Goodman habla desde un punto de vista moderno cuando dice: "Nada bueno ha
salido del sentimiento de culpa, ni inteligencia, ni política, ni compasión.
Los que sienten culpa no prestan atención al objeto, sino solamente a sí
mismos, y ni siquiera a sus propios intereses, lo que podría tener sentido,
sino a sus ansiedades".18

Uno
tiene que ser un psiquiatra profesional para ver las consecuencias de la
ansiedad. Nosotros en Occidente estamos emergiendo apenas de una espantosa
etapa de dos siglos de oscurantismo de Eros que estuvieron sustentados
parcialmente en leyes prohibitivas, pero quizás más efectivamente en los
mecanismos educativos generadores de ansiedad. Alex Comfort ha contado bien la
historia en The Anxiety Makers19 y no es una historia agradable.

Puesto que la prueba es difícil podríamos incluso conceder que los resultados
de la ansiedad pueden, en algunos casos, desde cierto punto de vista, ser
deseables. La pregunta más amplia que debemos hacernos es si, como un asunto
de política, deberíamos alguna vez propiciar el uso de una técnica cuya
tendencia (sino su intención), es psicológicamente patogénica. Oímos hablar
mucho en estos días sobre la paternidad responsable; el par de palabras son
incorporados en los títulos de algunas organizaciones dedicadas al control
natal. Algunas gentes han propuesto campañas masivas de propaganda para
inculcar la responsabilidad en los futuros reproductores de la nación (o del
mundo). ¿Pero cuál es el sentido de la palabra conciencia? Cuando utilizamos
la palabra responsabilidad en ausencia de sanciones sustanciales, ¿no estamos
tratando de intimidar a un hombre que se encuentra en los recursos comunes
para que actúe en contra de su propio interés? La responsabilidad es una
falsedad verbal para un quid pro quo sustancial. Es un intento para obtener
algo por nada.

Si la
palabra responsabilidad se llega a usar, sugiero que debe ser en el sentido en
que Charles Fraenkel la usaba.20 "Responsabilidad —dice este filósofo—, es el
producto de arreglos sociales definidos".

Observen que Fraenkel habla de arreglos sociales, no de propaganda.

Coerción mutua, mutuamente acordada

Los
arreglos sociales que producen responsabilidad son arreglos que generan
coerción de algún tipo. Considérese el robo de un banco. El hombre que se
lleva el dinero del banco actúa como si el banco fuera parte de los recursos
comunes. ¿Cómo prevenir tal acción? Ciertamente no intentando controlar su
comportamiento exclusivamente con base en llamados verbales a su sentido de
responsabilidad. En vez de basarnos en propaganda seguimos el consejo de
Fraenkel e insistimos en que el banco no forma parte de los bienes comunes;
buscamos arreglos sociales definidos que mantendrán al banco fuera de ese
ámbito. El que al hacer esto infringimos la libertad de los ladrones
potenciales, no lo negamos ni lo lamentamos.

La
moralidad de un asalto a un banco es particularmente fácil de entender porque
aceptamos la prohibición total de esta actividad. Estamos de acuerdo en decir
"No robarás un banco", sin excepciones. Pero la moderación también puede ser
generada por medio de la coerción. El cobro de impuestos es un buen medio
coercitivo. Para mantener a los compradores moderados en el uso de espacios de
estacionamiento en el centro de la ciudad, colocamos parquímetros para
periodos cortos y multas de tráfico para periodos largos. Realmente no
necesitamos prohibirle al ciudadano estacionarse tanto tiempo como desee
simplemente necesitamos que sea cada vez más caro hacerlo. No es la
prohibición, sino opciones cuidadosamente orientadas las que le ofrecemos. Un
hombre de la Avenida Madison puede llamarlo persuasión; yo prefiero el mayor
candor de la palabra coerción.

Coerción es una palabra sucia para la mayoría de los liberales de hoy, pero no
necesita serlo por siempre. Como en el caso de otras palabras, su suciedad
puede limpiarse por medio de la exposición a la luz, es decir, diciéndola una
y otra vez sin apología o vergüenza. Para muchos, la palabra coerción implica
decisiones arbitrarias de burócratas distantes e irresponsables; pero esto no
es necesariamente parte de su significado. La única clase de coerción que yo
recomiendo es la coerción mutua, mutuamente acordada por la mayoría de las
personas afectadas.

Decir
que acordamos la mutua coerción no es decir que requerimos disfrutarla o
incluso, pretender disfrutarla. ¿Quién disfruta los impuestos? Todos nos
quejamos de ellos. Pero aceptamos los impuestos obligatorios porque
reconocemos que los impuestos voluntarios favorecerían la inconsciencia.
Instituimos y (gruñendo) apoyamos los impuestos y otros medios coercitivos
para escapar de los horrores de los recursos comunes.

Una
alternativa a los recursos comunes no necesita ser perfectamente justa para
ser preferible. Con bienes raíces u otros bienes materiales, la alternativa
que hemos escogido es la institución de la propiedad privada emparejada con la
herencia legal. ¿Es este un sistema perfectamente justo? Como biólogo
entrenado en genética niego que el sistema lo sea. Me parece, que sí deben
existir diferencias entre las herencias de los individuos, la posesión legal
debería estar perfectamente correlacionada con la herencia biológica —que
aquellos individuos que son biológicamente más aptos para ser custodios de la
propiedad y del poder deberían legalmente heredar más—. Pero la recombinación
genética hace continuamente burla de la doctrina "de tal padre, tal hijo"
implícita en nuestras leyes de herencia legal. Un idiota puede heredar
millones, y los fondos de una empresa pueden mantenerse intactos. Debemos
admitir que nuestro sistema legal de propiedad privada más herencia es
injusto, pero nos quedamos con él porque no estamos convencidos, por el
momento, de que alguien haya inventado un sistema mejor. La alternativa de los
recursos comunes es demasiado aterradora para contemplarse. La injusticia es
preferible a la ruina total.

Esta
es una de las peculiaridades del enfrentamiento entre la reforma y el status
quo que está irreflexivamente gobernada por una doble norma. Frecuentemente
una reforma es derrotada cuando sus oponentes encuentran triunfalmente una
falla en ella. Como lo señaló Kingsley Davis21 los creadores del status quo
suponen algunas veces que ninguna reforma es posible sin un acuerdo unánime,
una suposición contraria a los hechos históricos. Tan claro como lo puedo
poner, el rechazo automático a las reformas propuestas se basa en dos
suposiciones inconscientes: 1) que el status quo es perfecto; o bien 2) que la
elección que encaramos es entre la reforma y la no acción; si la reforma
propuesta es imperfecta, supuestamente no deberíamos tomar decisión alguna, y
esperar una propuesta perfecta.

Pero
no podemos dejar de hacer algo. Eso que hemos hecho por cientos de años es
también acción. Claro que produce males. Una vez que estamos prevenidos de que
el status quo es una acción podremos descubrir las ventajas y desventajas de
la reforma propuesta, haciendo la mejor aritmética posible dada nuestra falta
de experiencia.

Con
base en esa comparación, podemos tomar una decisión racional que no
involucrará la suposición inmanejable de que sólo los sistemas perfectos son
tolerables.

Reconocimiento de la necesidad

Quizás el resumen más sencillo del problema de la población humana es el
siguiente: los recursos comunes, si acaso justificables, son justificables
solamente bajo condiciones de baja densidad poblacional. Conforme ha aumentado
la población humana han tenido que ser abandonados en un aspecto tras otro.

Primero abandonamos los recursos comunes en recolección de alimentos, cercando
las tierras de cultivo y restringiendo las áreas de pastoreo, caza y pesca.
Estas restricciones no han terminado aún en todo el mundo.

De
alguna manera, poco después vimos que los recursos comunes como áreas para
deposición de basura también tenían que ser abandonados. Las restricciones
para la eliminación de desechos domésticos en el drenaje son ampliamente
aceptadas en el mundo occidental; continuamos en la lucha para cerrar esos
espacios a la contaminación por automóviles, fábricas, insecticidas en
aerosol, aplicación de fertilizantes y centrales de energía atómica.

En un
estado aún más embrionario se encuentra nuestro reconocimiento a los peligros
de los recursos comunes en cuestiones de esparcimiento. Casi no existen
restricciones a la propagación de ondas de sonido en el medio público. El
consumidor es asaltado por música demencial sin su consentimiento. Nuestro
gobierno ha gastado miles de millones de dólares en la creación de transporte
supersónico que podría molestar a 50,000 personas por cada individuo
transportado de costa a costa tres horas más rápido. Los anuncios ensucian y
las ondas de radio y televisión contaminan la vista de los viajeros. Estamos
muy lejos de prohibir los recursos comunes para cuestiones de recreación. ¿Se
deberá esto a nuestra herencia puritana, que nos hace considerar el placer
como un pecado y el dolor (en este caso la contaminación de la publicidad)
como un signo de virtud?

Cada
nueva restricción en el uso de los recursos comunes, implica restringir la
libertad personal de alguien. Las restricciones impuestas en un pasado
distante son aceptadas porque ningún contemporáneo se queja por su pérdida. Es
a las recientemente propuestas a las que nos oponemos vigorosamente; los
gritos de "derechos" y de "libertad" llenan el aire. ¿Pero qué significa
libertad? Cuando los hombres mutuamente acordaron instaurar leyes contra los
robos, la humanidad se volvió más libre, no menos. Los individuos encerrados
en la lógica de los recursos comunes son libres únicamente para traer la ruina
universal; una vez que ven la necesidad de la coerción mutua, quedan libres
para perseguir nuevas metas. Creo que fue Hegel quien dijo: "La libertad es el
reconocimiento de la necesidad".

El
aspecto más importante de la necesidad que debemos ahora reconocer es la
necesidad de abandonar los recursos comunes, en la reproducción. Ninguna
solución técnica puede salvarnos de las miserias de la sobrepoblación. La
libertad de reproducción traerá ruina para todos. Por el momento, para evitar
decisiones difíciles muchos de nosotros nos encontramos tentados para hacer
campañas de concienciación y de paternidad responsable. Podemos resistir la
tentación porque un llamado a la actuación de conciencias independientes
selecciona la desaparición de toda conciencia a largo plazo, y aumenta la
ansiedad en el corto.

La
única manera en que nosotros podemos preservar y alimentar otras y más
preciadas libertades es renunciando a la libertad de reproducción, y muy
pronto. "La libertad es el reconocimiento de la necesidad", y es el papel de
la educación revelar a todos la necesidad de abandonar la libertad de
procreación. Solamente así podremos poner fin a este aspecto de la tragedia de
los recursos comunes.

Notas

1. J. B.Wiesner y H. F. York.
Scientific American 211 (4), 27, 1964.

2. G. Hardin,
Journal of Heredity 50, 68 (1959), S. von Hoernor, Science
137, 18 (1962).

3. J. von Neumann y O. Morgenstern, Theory of Games and Economic Behavior (Princenton
University Press, Princenton, N. J., 1947), p. 11.

4. J.
H. Fremlin, New Scientist, núm. 415 (1964), p.285.

5. A. Smith,
The Wealth of Nations (Modern Library, New York, 1937), p. 423
(Hay traducción del Fondo de Cultura Económica, México).

6. W.
F. Lloyd, Two Lectures on the Checks to Population (Mentor, New York,
1948), p. 17.

7. A.
N. Whitehead, Science and the Modern World (Mentor, New York, 1948),
p.17

8. G. Hardin (ed.),
Population, Evolution, and Birth Control (Freeman, San
Francisco, Cal., 1964)

9.
McVay, Scientific American 216 (núm.8), 13 (1966).

10.
J. Fletcher, Situation Ethics (Westminster, Philadelphia, 1966)

11.
D. Lack, The Natural Regulation of Animal Numbers (Clarendon Press,
Oxford England, 1954).

12.
H. Girvetz, From Wealth to Welfare (Stanford University Press, Stanford,
Cal., 1950).

13.
G. H. Perspectives in Biology and Medicine, 6, 366 (1963).

14.
U. Thant, International Planned Parenthood News, núm. 168 (febrero de
1968)

15.
K. Davis, Science 158, 730 (1967)

16.
S. Tax (ed.) Evolution After Darwin (University of Chicago Press,
Chicago, 1960), vol. 2, p. 469.

17.
G. Beteson, D. D. Jackson, J. Haley, J. Weakland, Behavioral Science,
1, 251 (1956).

18.
P. Goodman, New York Review of Books 10 (8), 22 (23 de mayo de 1968).

19.
A. Comfort, The Anxiety Makers (Nelson, Londres, 1967).

20.
C. Frankel, The Case for Modern Man (Harper & Row, New York, 1955),
p.203.


Reunión general del Laboratorio del procomún: Ciudad y procomún febrero 2012

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