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Anarquía en acción: una sociedad autoempleada (Colin Ward).

Miércoles 20 de marzo de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Anarquía en acción

Fragmento del libro publicado recientemente por Enclave de libros

"Esto nos lleva a preguntarnos —no en una sociedad futura, sino en la actual— qué es el trabajo y qué es el ocio, y si trabajamos con más ahínco en nuestro ocio que en nuestro trabajo. El hecho de que uno de estos trabajos sea remunerado y el otro no parece casi fortuito. Las paradojas del capitalismo contemporáneo generan enormes cantidades de lo que un economista americano llama «no personas»: el ejército de desempleados que han sido repudiados por la esclavitud mecanizada y sin sentido del sistema de producción industrial contemporáneo, o que ellos mismos rechazan conscientemente".

Los temas sobre los que Ward escribía -anarquismo, vivienda, ambiente, transporte, arquitectura, usos no oficiales del espacio, la educación de los niños- estaban siempre lleno de ejemplos positivos de la forma como la gente vive ahora, y la manera como podemos vivir en el futuro. Muchos veían en él la evidencia que había más vida que la protesta permanente; como Gustave Landauer, Colin consideraba que el estado es una relación y de lo que se trata es construir otro tipo de relaciones sociales, y con Paul Goodman estaba de acuerdo cuando este observaba que ’una sociedad libre no puede estar en la sustitución por un "nuevo orden" del viejo orden; ella debe ser la extensión de la esfera del libre actual, hasta que haya cambiado la mayor parte de la vida social’.

Colin Ward o como construir la anarquía hoy (1924-2010)


Como nos recuerda a menudo nuestra propia experiencia como consumidores, los productos industriales en nuestra sociedad se fabrican con una vida limitada, además de con una obsolescencia planificada. Los productos disponibles en el mercado no son los que preferiríamos poseer. Por ello, en una sociedad gestionada por los trabajadores, a estos no les interesaría producir deliberadamente artículos con una vida limitada ni hacer cosas que no se pudieran reparar. Los productos tendrían una transparencia de funcionamiento y una simplicidad de reparación. Cuando Henry Ford empezó a comercializar su modelo T, aspiraba a un producto que cualquiera pudiera arreglar con un martillo y una llave inglesa. Casi arruinó a la compañía en el proceso, pero precisamente este constituye el tipo de producto que una sociedad anarquista necesitaría: objetos cuyo funcionamiento sea claro y cuya reparación la pueda llevar a cabo el usuario de forma fácil y sencilla.

En su libro The Worker in an Affluent Society, Ferdynand Zweig hace la divertida observación de que «con bastante frecuencia el obrero viene a trabajar el lunes agotado por sus actividades del %n de semana, especialmente por el “bricolaje”. Un buen número sostiene que este tiempo representa el momento más duro y agotador de la semana y que, en comparación, la mañana del lunes en la fábrica supone un descanso» [1].Esto nos lleva a preguntarnos —no en una sociedad futura, sino en la actual— qué es el trabajo y qué es el ocio, y si trabajamos con más ahínco en nuestro ocio que en nuestro trabajo. El hecho de que uno de estos trabajos sea remunerado y el otro no parece casi fortuito. Las paradojas del capitalismo contemporáneo generan enormes cantidades de lo que un economista americano llama «no personas»: el ejército de desempleados que han sido repudiados por la esclavitud mecanizada y sin sentido del sistema de producción industrial contemporáneo, o que ellos mismos rechazan conscientemente. ¿Podrían ganarse el sustento por sí mismos en el «taller comunitario»? Si se piensa en el taller meramente como un servicio social para el «ocio creativo», la respuesta es que ello iría probablemente en contra de las reglas del propio taller.

Los miembros se podrían quejar de que fulano o mengano estuviera abusando de las instalaciones por utilizarlas con ’nes «comerciales». No obstante, si el taller se concibiera con una actitud más imaginativa, sus potencialidades podrían convertirse en una fuente de sustento en el sentido más real. En varias de las new towns del Reino Unido, por ejemplo, se ha considerado necesario y conveniente construir grupos de pequeños talleres para particulares y pequeños negocios que se dedican a trabajos como la reparación de equipamientos eléctricos o carrocerías, la carpintería y la fabri- cación de componentes pequeños. El valor de un taller aumentaría según el número de otros talleres a los que abastecerían de trabajo «útil». ¿Podría el taller transformarse en una fábrica comunitaria ofreciendo puestos de trabajo a todo aquel vecino que quisiera trabajar según este sistema? Naturalmente, no para generar un dinero extra en la economía de la sociedad de la abundancia, que rechaza a un porcentaje cada vez mayor de sus miembros, sino como uno de los requisitos previos de la futura economía de autogestión obrera.

Una vez más Keith Paton, en un clarividente opúsculo dirigido a los miembros del Claimants’ Union [Sindicato de Demandantes], los instaba a no competir por trabajos absurdos en una economía que los había desechado por inútiles, sino a utilizar sus competen- cias para servir a su propia comunidad (pues una de las características del mundo rico estriba en que niega a sus pobres la oportunidad de alimentarse, vestirse o buscarse alojamiento por sí mismos, o satis- facer sus necesidades o las de su familia, a no ser que lo hagan por medio de las asignaciones sociales repartidas a regañadientes). Paton explica que

cuando hablamos de «hacer las cosas nosotros mismos» no estamos defendiendo volver a hacerlo todo a mano. Esta hubiera sido la única solución en la década de 1930; pero, desde entonces, la electricidad y la «opulencia» han proporcionado a la clase media trabajadora una ingente cantidad de máquinas, algunas de las cuales son muy sofisticadas. Incluso, aunque no se posean (como ocurre con muchos de los demandantes de empleo), existe la posibilidad de pedirlas prestadas a vecinos, familiares o excompañeros de trabajo. Las tejedoras y las máquinas de coser, las herramientas eléctricas y otros equipamientos de bricolaje entran en esta categoría. Los garajes se pueden convertir en talleres pequeños, los equipos de bricolaje son muy económicos y las piezas y la maquinaria se pueden sacar de coches viejos y otros aparatos. Si viesen la oportunidad, los metalúrgicos y los mecánicos cualificados podrían dedicarse a recupe- rar la chatarra con una tecnología más avanzada, reciclando los desechos metálicos de la sociedad de consumo para cosas que se podrían usar de nuevo, aunque tuvieran que comprar algo puntualmente en una tienda. Muchos afcionados al bricolaje podrían empezar a ver sus intereses bajo una nueva luz [2].

«Nos necesitamos unos a otros —continúa Paton— y necesitamos, también, la enorme reserva de energía y moralidad que permanece sin explotar en cada gueto, barrio y urbanización». Resulta diver- tido que cuando debatimos sobre el asunto del trabajo desde una perspectiva anarquista la primera pregunta que la gente hace es: «¿Qué hacemos con los vagos?» La única respuesta posible es que llevamos siglos haciéndolo. En realidad, el problema al que se en- frenta cada individuo y cada sociedad es completamente diferente, ya que consiste en proporcionar a las personas la oportunidad que anhelan: la ocasión de mostrarse útiles.

Notas

[1] Ferdynand Zweig, The Worker in an Affluent Society, Londres, Heinemann, 1961.

[2] Keith Paton, The Right to Work or the Fight to Live?,, Stoke-on-Trent, 1972.

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