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Thatcher y el neoliberalismo cultural

Miércoles 10 de abril de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Thatcher y el neoliberalismo cultural

Isidro López

El verdadero logro del Thatcherismo fue cultural. La característica central del asalto neoliberal que se inicia a finales de los años setenta en los países capitalistas centrales consiste en que, mediante la conquista del poder del Estado y el uso de métodos financieros de acumulación, la riqueza social se va centralizando en los mercados financieros y, simultáneamente, el poder de decisión se concentra en el capital-dinero, las finanzas.

El logro de Thatcher, sin embargo, fue elaborar un programa cultural capaz de convertir este programa político y económico en algo parecido a la hegemonía de clase. Cosa que no deja de tener mérito teniendo en cuenta que el sentido último de esta redistribución hacia arriba es profundamente contrario a los intereses de una mayoría de la población. Está claro que no sólo se utilizaron estrategias culturales, Thatcher utilizó la expansión de los mecanismos financieros, el crédito, hacia las clases medias, y, muy en concreto, las fracciones más cualificadas de la clase obrera, para compensar el descenso de los salarios y reforzar las brechas culturales desde los parámetros políticos que planteaba La City, el centro financiero de Londres que, en última instancia, fue el verdadero gobierno de la contrarrevolución neocon tatcheriana. También se recuerda con frecuencia, aunque en esto se le adelantó Franco en algunas décadas, como utilizó el parque de vivienda pública como una maquina de producir propietarios de vivienda que, desde ahí, accedieron a las rentas financieras derivadas del patrimonio y desarrollaron intereses vinculados al crecimiento de los precios de la vivienda y los títulos financieros.

También por ser un ataque cultural, el tatcherismo recibió una de las contestaciones culturales más memorables que se recuerdan

Pero hay que insistir en que el triunfo, la verdadera originalidad de Thatcher, fue fundamentalmente cultural. En una entrevista en la que hablaba sobre la fe protestante, Margaret Thatcher llegaba a decir que la pobreza en los países desarrollados se manifiesta como una “incapacidad para la previsión y el ahorro” que tiene su origen en un “grave defecto de la personalidad”. Por supuesto, a nadie debe escapársele que el propósito último de este tipo de discurso es romper cualquier modelo de solidaridad social que redunde en mecanismos de redistribución de la riqueza en unos mínimos términos de justicia social. Esta declaración de Thatcher es buena representante del momento álgido de la ofensiva cultural del neoliberalismo atlántico. Un neoliberalismo doctrinario y triunfante que se extiende por el cuerpo social conquistando espacios políticos nuevos mediante el esquema de las “dos naciones”: Una “nación” laboriosa, honrada y buena que recibe su justo premio en forma de integración cultural y renta salarial. Y otra de vagos, adocenados y parásitos que recibe su justo merecido en forma de pobreza y exclusión.

También por ser un ataque cultural, el tatcherismo recibió una de las contestaciones culturales más memorables que se recuerdan en la Europa de las últimas décadas, cientos de canciones, películas y libros se opusieron vehementemente a las políticas de Thatcher. El enorme caudal creativo de la cultura juvenil británica proviene, y algo retiene todavía, de una mezcla única de doscientos años de instituciones culturales de clase obrera, de la revuelta sesentayochista de la New Left, de la descomunal aportación de las colonias y de la seguridad material de uno de los sistemas de protección pública más potente de toda la Europa de posguerra. El thatcherismo significaba un ataque abierto a todos estos pilares de la cultura juvenil y así lo entendieron muchísimos grupos de música, escritores o cineastas. Pero, una vez más, Thatcher mediante el uso del discurso de las “dos naciones” supo trazar las líneas de división entre unos y otros y contener en sus espacios sociales estas expresiones de rechazo político confinándolas a lugares como las periferias obreras del Norte y Escocia o las inner cities multiculturales de Londres y Manchester.

hoy, en plena ofensiva de ataque neoliberal, nadie puede sostener un discurso cultural tan ambicioso como el de las “dos naciones”

Quizás lo importante aquí es darse cuenta de que en Europa hoy, en plena ofensiva de ataque neoliberal, nadie puede sostener un discurso cultural tan ambicioso como el de las “dos naciones”. Tenemos todo un entramado institucional europeo capaz de desarrollar materialmente las grandes líneas del programa económico neoliberal pero todos los gobiernos del continente lo desarrollan bajo el paraguas de la “necesidad” de la lógica de Estado. Es decir, estamos en un momento político de fuerza institucional pero de fragilidad cultural y política creciente del neoliberalismo. Hoy el neoliberalismo continúa con su programa económico, sobretodo desde el poder que ha sabido fabricar para sus instituciones transnacionales, pero se enfrenta a una oposición popular mayoritaria en todo el continente que impide que el programa cultural thatcheriano salga adelante. Por poner un ejemplo, frente a los desahucios Rajoy dice “Ya estamos tomando medidas. Nos preocupan mucho los desahucios, etc.” mientras que Thatcher diría “Los desahuciados se lo merecen y no hay ningún motivo por el que nadie deba hacer nada por ellos”. Hay un abismo entre una posición y otra, y ese abismo no responde más que a la fuerza ideológica, cultural, que tiene el neoliberalismo en un momento y en otro.

De hecho, en España, en concreto, salvo en el caso de las “tensiones” nacionalistas, el gobierno del PP está también parapetado tras la lógica del Estado y del supraestado transnacional europeo en lugar de desarrollando una ofensiva cultural. A diferencia con otros contextos, fundamentalmente los del neoliberalismo atlántico, nunca se ha llegado a desarrollar un bloque discursivo de la radicalidad “anti-pobres” o “anti-perdedores” que manejaba Margaret Thatcher. Podemos pensar que la herencia cristiana pone obstáculos, como la limosna, al ataque frontal a los pobres o quizá que las representaciones sociales en torno a la protección social o los servicios público que han tendido siempre a verlas como “escasos” antes que como “excesivos”. Esperanza Aguirre fue quien más se acercó a este modelo de ofensiva política pero nunca franqueó ciertas líneas. No porque no le hubiera gustado franquearlas sino porque simplemente nunca pudo contar, ni fabricar, un medio político los suficientemente favorable a este tipo de ataque. Desde luego, esto nos sitúa en una situación ventajosa a la hora de desarrollar luchas en torno a la propiedad de la riqueza social. Eso si, teniendo en cuenta que la ofensiva cultural thatcheriana, en tanto que terreno desconocido, puede ser una vía de salida para los atolladeros del neoliberalismo “institucional”.

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