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Murió el compañero Miguel Romero Baeza "Moro"

Lunes 27 de enero de 2014. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

(actualizado 30/01/2014)

El domingo 26 de enero falleció Miguel Romero. Militante anticapitalista (FLP, Liga Comunista Revolucionaria, Espacio Alternativo, Izquierda Anticapitalista), era director de la revista Viento Sur y miembro de ACSUR-Las Segovias. Fue siempre un buen amigo de Nodo50. Recopilamos en este artículo, a modo de homenaje, varios textos que han escrito sobre él algunos compañeros de militancia. Compañero, que la tierra te sea leve.

La dignidad revolucionaria

Por Manuel Garí

El cáncer pudo, finalmente, el 26 de enero en Madrid, con la tenaz resistencia de Miguel Romero Baeza (Melilla, 1945). Periodista y militante revolucionario vivió y combatió a la dictadura franquista y al sistema capitalista con la misma pasión, inteligencia y dignidad con la que enfrentó su enfermedad. Nunca perdió la capacidad de indignación frente a la injusticia, siempre se puso del lado de las gentes de abajo, fue inmune al acomodo, en todo momento mantuvo la lucidez analítica y la decisión en la acción. Lo suyo, como ocurrió con tantos otros y otras revolucionarios, primero fue una sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, luego una opción ética (“con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar”) y más tarde, solo más tarde, vinieron la táctica y la estrategia, el partido y el programa. Vivió exactamente como pensaba. Ni una gota de ambición, ni un gramo de lucro. Decentemente. Austeramente. Incorruptible.

Por eso, ya muy deteriorado por la enfermedad, se encontraba como pez en el agua en las plazas del 15 M y en medio de las mareas o en las reuniones y actividades formativas con jóvenes de Izquierda Anticapitalista. Exactamente igual que cuando comenzó a participar en el movimiento estudiantil de los años sesenta, de forma idéntica a su presencia en los piquetes en las huelgas generales o en las movilizaciones primero por la amnistía, luego contra la entrada en la OTAN y la presencia de las bases norteamericanas, en la solidaridad con la frustrada revolución nicaragüense o en cualquier causa que mereciera la pena. Muy particularmente en todos los intentos de organizar la resistencia internacional frente al capitalismo global; de ahí la intensa actividad que desplegó en las actividades en Foros Sociales Mundiales como el de Porto Alegre.

Con la misma valentía que luchó por conquistar las libertades se enfrentó con los frenos y cortapisas de la Constitución hija de una Transición que arrumbó las aspiraciones del movimiento obrero de todo el Estado español y de los pueblos de las nacionalidades. Se escapó de sufrir cárcel bajo el franquismo pero su artículo en el dossier “¡Viva la República!” en la revista Saida le llevó un mes a prisión por negarse a pagar la fianza que le exigía el juzgado. Paradojas de la vida, alguien que dedicó su juventud a tumbar la dictadura, se vio encarcelado por los nuevos demócratas por defender una forma de gobierno y estado democráticos. Fue un irreductible, jamás aceptó la farsa de los Pactos de la Moncloa ni de un régimen, el de la reforma, que hoy hace aguas y en el que no confía la juventud harta, insumisa e indignada.

Moro –nombre por el que le conocíamos sus compañeros y amigos, y con el que se identificaba plenamente– formó parte de la generación del 68, cuando parecía que podíamos cambiar el mundo, cuando –a pesar de la represión– corrían vientos de esperanza y generosidad, tiempos en los que no era una locura ni rareza luchar por la revolución socialista que, concebíamos bien distinta a la dictadura estalinista, y bien al contrario, pretendíamos que fuera la condición para una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales. Tiempos de generosidad y compromiso, bien alejados del maldito principio rector del ratio coste/beneficio.

Precisamente entonces nos conocimos, en unos momentos en los que, tomando unas palabras suyas dedicadas a Silvino Sariego, forjamos “una amistad entrañable, creada hace más de cuarenta años, cuando amistad y revolución eran inseparables”. Moro además de un luchador, un activista y un lúcido político –de los que jamás cobraron una moneda de las arcas públicas– fue un amigo entrañable e incondicional de sus amigas y amigos para quienes es un orgullo el que hayamos contado con su afecto y confianza. Y compartido vida. Y ahí nació mi amistad y conmilitancia a prueba de pruebas con Moro, Jaime Pastor, Lucía González (¡cómo te echo de menos!), y siguieron llegando nuevas gentes a nuestras vidas: Chato Galante, Justa Montero, Marti Caussa, Petxo Idoyaga y se añadieron gentes muchas gentes de una lista imposible de reproducir.

En el año 66 estaba deseando organizarse políticamente, no hubo ni que argumentarle la necesidad de hacerlo, bastó con pasarle una cita. Pronto me di cuenta de la calidad del “fichaje”. Y desde entonces ni un solo día de su vida ha dejado de estar organizado para luchar. Porque Moro siempre concibió que la acción o es colectiva y compartida o no es emancipadora. Y democrática. La acción y la organización del movimiento social, para Moro y para quienes hemos compartido la experiencia, debe estar impregnada de democracia, de autogestión, de autoorganización. Para él no hay partido que merezca la pena si, aún en las peores condiciones de represión, no es totalmente democrático en su funcionamiento.

Primero militó en el Frente de Liberación Popular (FLP) y tras su disolución fue uno de los fundadores del grupo Comunismo, embrión de la Liga Comunista Revolucionaria (LCR) de cuya dirección formó parte y que durante años representó en los organismos de la Cuarta Internacional, dónde compartió debates, proyectos e ideas con gentes de la envergadura, entre otros, de Ernest Mandel (su maestro), Francisco Louça y Daniel Bensaïd. El Bensa, su amigo francés, referentes ambos de ambos en sus elaboraciones políticas, con el que mantuvo un diálogo permanente hasta el día de la muerte del filósofo y activista, el 12 de enero de 2010.

Moro jugó un papel clave en el acercamiento entre ETA VI y LCR que culminó en la fusión de ambas organizaciones. Durante años impulsó el desarrollo de las organizaciones revolucionarias en América Latina, años en los que fue director de la edición en castellano de Inprecor, revista política bimestral de LCR. Pero su mayor labor (e ilusión) periodística la volcó en sus artículos para Combate, periódico de esa misma organización de la que fue director en varias etapas, hasta la fusión de su partido con el Movimiento Comunista (MC). Tras el fracaso de esa unificación, formó parte de Espacio Alternativo, corriente de IU, que en 2008 abandonó la coalición y se convirtió en Izquierda Anticapitalista, organización de la que seguía formando parte activamente Miguel Romero.

Creó la revista bimestral Viento Sur, publicación con una importante influencia en la izquierda alternativa, de la que ha sido editor –y principal impulsor– durante los 131 números aparecidos hasta el día de hoy. Esta ha sido su principal contribución en los últimos años, incluidos los de su larga enfermedad, desde la revista de papel o la web. Labor periodística que ha compaginado con su participación en foros y mesas redondas, conferencias y charlas formativas, trabajo durante años en ACSUR-Las Segovias, y la autoría de obras como ¡Viva Nicaragua libre! (1979), La guerra civil española en Euskadi y Catalunya: contrastes y convergencias (2006) y Conversaciones con la izquierda anticapitalista (2012) o su participación como coautor en Porto Alegre se mueve (2003), 1968. El mundo pudo cambiar de base (2008), Enrique Ruano, memoria viva de la transición (2009) y Pobreza 2.0 (2012).

Moro vivió intensamente la vida, exprimió todo aquello que merecía la pena. Disfrutó de su familia hasta el último momento, del amplio clan de los Romero del que se vanagloriaba. Y con razón, añado, una vez los he conocido. Excepto su etapa de Paris, toda su vida adulta la pasó en Madrid, salvo cortas estancias en otras ciudades, obligado por la clandestinidad. Pero siempre profesó de andaluz. Un andaluz capaz de entender a las gentes de otros pueblos y de respetar su derecho a decidir. Disfrutó de sus amistades. De las antiguas y de las nuevas. De gentes viejas y de gentes casi recién llegadas. No perdió la capacidad de conectar con las siguientes generaciones. Disfrutó de los momentos, de cada momento. Rigió su cotidianeidad por el sabio “carpe diem”. Por su carácter y por su visión del mundo, “nada humano le era ajeno”. Todo le interesaba, desde el impacto de la biotecnología al significado de la obra de Brecht.

Pero sobre todo tenía aficiones. Grandes. Apasionado del flamenco y partidario de Enrique Morente, disfrutaba igualmente con la Sinfonía nº 40 de Mozart o con Tristán e Isolda; fan de los Beatles y de Van Morrison y un buen conocedor del jazz. Pero sobre todo fue un lector empedernido, por supuesto de autores marxistas, pero no solo; leía a Maiakovski, leía y releía Poeta en Nueva York. Miren por favor todas las contraportadas de Viento Sur y comprobarán el homenaje permanente a García Lorca. Y devoraba novelas desde que, según me contó, de chaval tropezó con La isla del Tesoro. Muy particularmente le apasionaba la novela negra. Como a tantos otros revolucionarios. Y el cine. Asiduo asistente al Festival de San Sebastián, es posible que tenga algún record de visionado de Roma cittá aperta o de Viridiana, admirador de Billy Wilder y de Berlanga, en más de un artículo político –no se sabe cómo– encontró la excusa para citar a Lauren Bacall. Y un secreto a voces: cuando jugaba el Barça, el reloj se paraba, y mejor esperar a llamarle tras la retransmisión del partido. Eso, todo eso y más, configuraba el mundo polifacético de alguien al que mucha gente solo conoció por su compromiso político.

¡Cuantas y cuantas cosas, amigo, compañero Moro, se podrían contar de ti! No recuerdo ninguna mala. Y sí recordaré siempre los buenos difíciles momentos políticos y personales en los que estuvimos juntos, compañero. Hasta la misma noche que entraste en coma. Un momento antes aún tenías ganas de saber “cómo están las cosas”, las de siempre, las tareas del momento.

Si Moro pudiera hacer un balance de su vida, nada lo expresaría mejor que unas palabras que escribió hace décadas, en el artículo “Punto y aparte” del número 518 de Combate, y que puede explicar su constante esfuerzo por “conectar” con la juventud indignada, con las nuevas generaciones revolucionarias y su obsesión por la renovación, por dar paso:

“No hay más que mirar el esqueleto de artículo que tengo delante. Allí dice en la primera página “relevo”. No es una idea muy original, pero es verdad que eso es lo importante. Pasamos el testigo. Hemos recorrido el trayecto que nos tocó, tan distinto del que habíamos imaginado, con todas nuestras fuerzas. No estamos cansados. Aún con todos los obstáculos y tropiezos, nos ha gustado la carrera. Y ahora estamos satisfechos de dejar el testigo en manos que también son las nuestras y seguir adelante. Esto es lo que cuenta y todo lo demás es secundario”.

’Moro’

Por Jacobo Rivero

“¿Qué pasa chaval?”. Creo que Moro siempre nos saludó así. Fue a partir de 1989 que lo conocí, y han sido estos últimos (veinte) años en los que más lo he disfrutado. Miguel Romero era un sujeto político en sí mismo, no como referencia altiva, sino como ejemplo de seducción humana, en el mejor sentido del término. Hace unas semanas me lo encontré en la Plaza de Lavapiés. Los dolores era un tema de conversación que irremediablemente llevaba a otros: los libros, el Barça, su última visita a Roma, los cansancios, las ilusiones. Lo que no faltaba en la conversación era un recorrido por las conspiraciones políticas, en el sentido que propagó Radio Alicia es el Diablo a finales de la década de los setenta, como forma de “respirar colectivamente”. Así era siempre con Moro, también cuando le iba faltando el aire: Su reflexión inclusiva era el motivo de su discurso, de su gesto, de su saludo.

Un argumento válido al hablar de los compañeros de viajes que se marchan o se tienen que marchar es señalar su “generosidad”. El concepto es complejo, toda vez que a veces se relaciona únicamente con los grados de implicación, discutibles en cuento al motivo y las percepciones. No es el caso. La “generosidad” de Moro era en buena parte por la pedagogía que transmitía su forma de ser y estar. También de replantearnos nuestro hacer, empezando por él mismo. “Si esto lo hubiéramos pensando hace... no sé... 35 años... nos habría ido mejor”, me comentó hace relativamente poco. No era un lamento, era una voluntad por saber mirar atrás sin mayor angustia que la de seguir avanzando, al fin y al cabo, el camino de la Revolución nadie dijo que fuese fácil. Mucho menos si se decide transitar, para suerte de los que le acompañan, despacito y con minúscula. La única forma, coincidíamos, de caminar seguros y con buen pie.

Hoy por la noche hay convocada una serenata imaginaria, con sentido internacionalista. Estará regada de buen vino, literaturas, músicas y cine. Se celebrará entre Lisboa, Chiapas, Roma, Managua y Argel, entre otros muchos lugares. Será ceremonia de bailes y luces cálidas a la luz del fuego. De sonrisas a media asta y de proyecciones continuadas del combate permanente por la transformación del estado presente de las cosas. Acudirán compañeros y compañeras, amantes de películas de ficción, conversadores apasionados de fútbol y jóvenes que no dejan de serlo, gracias en buena parte a su permanente ilusión por no darnos nunca por vencidos. Una versión interplanetaria del campamento de la cuarta con adoquines y con playa. Cuando asomen las primeras luces y refresque el viento del sur, Karl -el filósofo, el político, el economista- se mesará la barba, mirará a Moro, y con guiño cómplice susurrará a su oído: “¿Qué pasa chaval?”. Entonces él seguirá sonriendo con nosotros, con su exquisita elegancia, sin sentirse nadie, pero siendo todos. Como siempre hizo.

Moro: un luchador anticapitalista y con mucha ternura

Por Pepe Mejía

Me comunican que Miguel Romero, Moro, ha fallecido después de una larga enfermedad. Conocí al Moro en el primer semestre de 1977 -en plena semi clandestinidad- y porque yo hacía algunas tareas puntuales de enlace entre la dirección de la LCR y Madrid.

La primera imagen que tengo de él es la de un camarada austero, sentado y escribiendo a toda velocidad en una vieja máquina de escribir en el local que Combate tenía en una zona sur obrera de Madrid. Mientras trabajaba no hablaba y siempre concentrado. Tenía muy presente las medidas de seguridad que todo militante teníamos por obligación que asumir. Después de redactar su texto arrugaba el papel y me lo daba. Me decía: "mételo en tu bolsillo y si ves algo raro, lo tiras". Nunca tuve necesidad de tirarlos y los textos llegaron a su destino.

Posteriormente le ví en diversas reuniones internas de la LCR. Siempre me llamó la atención su verbo fácil, punzante e irónico y, cuando las circunstancias lo requerían, duro. Sus argumentos eran muy difíciles de rebatir. Consumía mucha lectura y socializaba todo. Durante mi militancia en la LCR compartí muchos espacios y momentos.

Militamos mucho en el área internacional. Muy amigo de muchos camaradas de la Cuarta tuvimos una relación muy especial con otro camarada y amigo, Hugo Blanco. Tuvo y mantuvo una relación muy especial con Perú. Compartimos informaciones sensibles que supimos manejar y que con el tiempo saldrá. Siempre que viajaba a Perú nos veíamos antes para comentar temas de Perú. Después Hugo se entusiasmaba cuando sabía que le venía a visitar. Muchas veces, y me consta, Hugo bajaba desde su Cusco natal hasta Lima sólo para ver y hablar con Moro. Una amistad, la de Hugo con el Moro, que ha perdurado por el tiempo.

En mis viajes a Perú nunca faltó un encuentro previo con Moro. Porque me ilustraba, me aconsejaba los contactos que tenía que hacer y los temas a tratar. Me valió mucho un viaje que hice a Lima y hablar sobre la revolución sandinista. Moro acababa de escribir un folleto y sus planteamientos me ayudaron mucho.

Otro de los momentos que recuerdo con mucho entusiasmo fue el primer carnet de periodista de Combate que me dió. El local todavía lo teníamos cerca de la Gran Vía. Pues ese carnet de Combate me salvó de una expulsión como inmigrante "ilegal". Un policía me pidió la documentación y yo le dí lo único que tenía: el carnet de prensa de Combate. El poli lo vió por delante pero no por detrás en la que estaba el "escarabajo" y me lo devolvió. Por dentro tuve una sensación de alivio.

La última vez que me dió un carnet fue el de Viento Sur para la cobertura de prensa frente a la casa de Esperanza Aguirre en Madrid. Pero no tuve necesidad de utilizarlo. Así era el Moro. Siempre presto a los detalles.

Tampoco puedo olvidar el momento que me comunicó que tenía orden de búsqueda y captura como "embajador de Sendero Luminoso" en Europa. Después de un viaje a Bélgica, el Moro me llamó a casa y le respondí con naturalidad. Y lo primero que me dijo fue: "no sé cómo estás tan tranquilo pero que sepas que tienes orden de búsqueda y captura internacional. Te acusan de ser embajador de Sendero Luminoso en Europa. Sale tu nombre en todos los medios, desde El País hasta El Mundo". Me quedé helado y lo único que le dije es que teníamos que coordinar para evitar mi detención y/o expulsión a Perú en donde me esperaba un Tribunal Militar Sin Rostro. Después del lío que montamos en medios y presionando a contactos concretos el Moro viajó a Perú para, entre otras cosas, hablar de lo mío.

Otro de mis principales momentos con el Moro fue cuando trabajé con él en Viento Sur. Exigente, meticuloso hasta el detalle, le daba a todo mil vueltas y siempre perseguía mejorar. Tenía una innata cualidad de elección de textos y conocía a los autores por especialidades. Pero es que además te hablaba de fútbol. Teníamos nuestros encontronazos siendo yo del Madrid y él un declarado y consumado culé. Pero siempre terminábamos con unas sonoras carcajadas. Pero además, me ilustró mucho sus conocimientos en cine. Un fijo en los festivales de San Sebastián del cual venía con las pilas recargadas.

Con el Moro no sólo hemos reído sino que nos hemos partido a carcajadas. Sonoras carcajadas. Porque el Moro tenía un sentido del humor innato. También disfruté de sus conocimientos en flamenco. Compartimos comentarios sobre cantaores y tocaores y no me veía muy bien con el cajón aunque le fascinaba el hecho de que un peruano le gustara tanto el flamenco, lo disfrutara y encima tocara el cajón.

Otro de los momentos especiales con el Moro fue cuando impulsamos, a través de las movilizaciones, la Plataforma 0’7. Cuando ocupamos la catedral de la Almudena durante quince días fue el primero que se acercó para hacerme una entrevista. Cuando siete del 0’7 nos encadenamos a los leones del Congreso también fue uno de los primeros que se acercó. Pero es que, además, trabajábamos juntos codo a codo en los temas de cooperación. Él a través de la Coordinadora de ONGD y yo desde la calle con la Plataforma 0’7. Allí aprendí mucho del trabajo en los movimientos, con los movimientos y el partido. Y el Moro fue uno de los que más me ayudaron.

No solamente era un buen teórico y polemista sino que también era un buen activista. En todas las acciones que realizamos, desde las ocupaciones de consulados hasta la sede del banco Santander en Madrid más recientemente, siempre tuvimos sus consejos. Valiosos por cierto.

Escritor consumado aprendí de él la concisión, el contraste y la seriedad. La sinceridad era una de sus cualidades. Aunque él sabía que te iba a doler, te lo decía y tu se lo agradecías.

Moro, para mí siempre Moro, tus enseñanzas perdurarán en las nuevas generaciones de camaradas. El privilegio de haber compartido tiempo y tareas hacia la revolución hace que redoble mis esfuerzos por tu memoria. Que la tierra te sea leve, camarada.

En memoria de Miguel Romero

Por Ecologistas en Acción

Es imposible decir algo de Miguel Romero que no se quede corto, que no resulte insuficiente. Su embergadura política, intelectual y humana son innegables. Sin embargo, es imposible también callarse, no dedicar al menos unas líneas a despedir y agradecer a este gran compañero de luchas todos sus años de combate, de preocupación sincera por las/os empobrecidas/os, de reflexión lúcida, de amistad.

Para quienes ya llevan años bregando desde el ecologismo, Miguel ha sido siempre una figura de enlace, un puente. Ha sabido mediar y transmitir las urgencias ambientalistas a un entorno urgido por lo social y, sin duda, ha sido una persona clave en el entendimiento mutuo de nuestras organizaciones (y de muchas otras). Porque una de las cualidades más destacables del Moro era su capacidad de diálogo y de escucha.

Para muchas personas en Ecologistas en Acción, Miguel es, además, un maestro. Un maestro cercano, accesible, que te permitía sentirte compañera/o, aunque no llegaras ni de lejos a su capacidad de análisis ni a su trayectoria política.

Un placer escucharlo en sus conferencias brillantes y amenas. Y un placer también leerlo, con análisis certeros e iluminadores. Prodigioso verlo en las asambleas, moderando, buscando acuerdos sensatos que recogieran el sentir mayoritario. Prodigiosa también su capacidad de trabajo. Desde escribir manifiestos a altas horas, a barrer y colocar la sala después de una reunión (¿no es eso lo que exigimos desde el ecofeminismo?). El Encuentro Social Alternativo al Petróleo (2008) o la Cumbre de los Pueblos Enlazando Alternativas (2010), por ejemplo, no hubieran sido posibles sin Miguel.

Hasta siempre, compañero, aquí seguiremos con tu/nuestra lucha.

Un militante irrepetible

Por Fernando Ruiz, periodista

Creo que hay gente que es, por sí misma, imprescindible e irrepetible. No es un concepto original; tengo muchos amigos que comparten esa idea. Pero una vez, hace muchos años, conocí a un tipo flaco, alto y de voz profunda que no compartía esa idea. Para él había proyectos imprescindibles, colectivos imprescindibles y tareas imprescindibles. Pero sostenía, —como decía una poesía muy cantada en los años 70—, que los individuos, tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada. Y menos aún, imprescindibles.

A ese tipo tan original le conocí una calurosa tarde de otoño en la que, como muchas otras, el comité de la Universidad Autónoma de Bellaterra de nuestra organización se reunía en un amplio piso situado en un magnífico edificio modernista de la calle de Trafalgar, de Barcelona. Hacía dos años o así que Franco había muerto y respirábamos libertad y futuro, un futuro que nunca llegaría. Pero aquella tarde todavía no lo sabíamos.

Nuestro comité, cuya media de edad rondaba los veinte años, estaba en plena efervescencia. Las tareas se nos acumulaban y el local era un hervidero de jóvenes que entraban, salían, se reunían, imprimían panfletos y confeccionaban pancartas. Éramos vitalidad, generosidad, pasión y sueño las 24 horas del día.

La organización había sido legalizada justo un año antes, un año en el que unas semanas antes de la legalización habían sido detenidos en Aránzazu todos los asistentes a la asamblea fundacional de nuestra organización en Euskadi. Hacía apenas un par de meses que la policía había matado a Germán, un compañero, cuando pedía amnistía en Pamplona; al día siguiente murió otra persona que protestaba por su muerte, en San Sebastián; se desató una huelga general en Euskadi y ocurrieron los sucesos de Rentería...

En ese marco político, social y mental, donde el dictador había muerto pero la dictadura seguía ladrando y mordiendo, las relaciones entre nosotros todavía estaban marcadas por los tics de la clandestinidad, como era lógico. Preferíamos, si no era necesario, no saber nombres, datos, teléfonos, direcciones.

En una sala contigua a donde nos reuníamos había un cuarto con una mesa muy grande donde aquella tarde se encontraba reunida la dirección de Catalunya de la organización, cuya media de edad era, como mucho, unos diez años más que la nuestra. Aquel día había acudido a la reunión gente de Madrid y de la alta dirección. Entre las caras nuevas me llamó la atención uno de los asistentes que salió un rato a descansar de aquella reunión, probablemente interminable. Se trataba de un tipo espigado, de pelo negro crespo y que fumaba mucho. Vestía de una manera muy sencilla, con pantalón vaquero y camisa blanca de manga corta.

Aquel hombre salió de la habitación, se acercó a nuestra reunión, se colocó a mi lado y nos saludó afablemente durante unos minutos, apoyando sus manos en la mesa. Nos preguntó qué hacíamos. Le explicamos dónde interveníamos y qué estábamos discutiendo en ese momento. Con su voz profunda nos dio consejos valiosos y recomendaciones precisas. También nos dio muchos ánimos y nos dijo que cualquier duda que tuviéramos la compartiéramos con los compañeros de mayor experiencia. Luego comentó el calor que estábamos pasando aquella tarde e hizo unas bromas sobre algo que no recuerdo.

Oía embobado su voz profunda mientras le miraba sin pestañear. Su peculiar acento y manera de modular la voz, y su forma llana de relacionarse, sin la pomposidad, retórica, terminología hermética y sapiencia barata que tenían muchos de los popes políticas de aquella época.

En ningún momento llegué a pensar que aquel señor de trato extremadamente cordial era el mentor y director del periódico que yo vendía y propagaba todos los días por las facultades de Bellaterra. Y menos aún que el visitante aquel tan cortés trataba de tú a tú, en un excelente francés, a personajes como Ernest Mandel o Daniel Bensaid, por citar a dos de los más importantes pensadores y dirigentes de nuestra corriente política a nivel internacional, en esa época.

Mientras hablaba, mis ojos se fijaron en el bolsillo de la camisa, en la que sólo había un carné de identidad, de aquellos grandes y azulados. El bolsillo era amplio y el documento bailaba holgadamente en su interior. No pude evitar echar un vistazo de reojo al nombre del documento. Lo leí y guardé el peligroso dato en la memoria, como un valioso tesoro. Era el nombre de alguien que me fascinó desde la primera vez que le vi y le traté. Era el nombre de una persona de la que aprendí mucho a lo largo de los años, en especial la normalidad revolucionaria, pero con la que nunca pude estar de acuerdo en que no existía nadie imprescindible e irrepetible. Es la primera vez que cuento esta pequeña anécdota juvenil, pero así fue. El nombre que ponía en el DNI era Miguel Romero Baeza.

Encuentro con “el Moro” en la España franquista de 1972

Por Daniel Bensaïd

Nota de Viento Sur: Para quienes le han conocido, reproducimos un pasaje del libro Une lente impatience (Una lenta impaciencia) de Daniel Bensaïd, en el que este evoca su primer viaje a la España franquista en 1972 y su encuentro con el “Moro”, Miguel Romero Baeza, fallecido el 26 de enero de 2014. “ Que la tierra te sea leve”: con estas palabras concluyó el homenaje de Moro a Daniel en la Mutualité de París el 24 de enero de 2010 [1], y hoy se las dedicamos a ambos en recuerdo de su larga amistad.

[…] En Semana Santa [1972] hice mi primer viaje clandestino a Barcelona. De madrugada, los nombres de aquellos pueblos catalanes desfilaban como tantos otros lugares frecuentados por los personajes fantasmales de los Siete domingos rojos de Ramón Sender, o de las novelas de Arturo Barea o Juan Marsé. Armado con un manual de español en 90 lecciones y algunos ejemplares de Mafalda, traté de reavivar mis recuerdos de la conjugación latina y de aclararme con el uso de ser y estar. Cuando el Talgo atravesó en el alba gris las pequeñas estaciones de Massanet y de Fornells, saludé la memoria de Francesc Sabaté Llopart, quien el 6 de enero de 1960 paró en esta estación, pistola en mano, el tren de las 6.20 con destino a Barcelona. Combatiente de retaguardia de una guerra perdida, herido, fue abatido en Sant Celoni. Su odisea figuraba en Les Bandits, de Eric Hobsbawm, que acababa de publicar Maspero.

Yo estaba citado en un oscuro bar del Passeig de Gràcia, frente a la casa de Gaudí. Salido directamente de las páginas de L’Espoir, un pequeño bigotudo se me presentó diciendo que se llamaba “Agustín”. Era un joven obrero metalúrgico, de tez morena y aspecto tiñoso, que recordaba a las figuras que aparecen en las fotos de actualidad de mayo de 1937, vestidas con un mono azul y una gorra, el cigarrillo entre los labios y el dedo en el gatillo, defendiendo la Telefónica de la Plaça Catalunya.

Nuestro cónclave discreto tuvo lugar en un barrio popular de l’Hospitalet de Llobregat. Esas reuniones tenían entonces cierto aire festivo. La mayoría de los camaradas vivían en las catacumbas de la clandestinidad. Así, Jesús Idoyaga, ”Petxo“, estuvo recluido durante un año en un piso de Pamplona, desde donde escribía la prensa clandestina de ETA-VIª. La organización le procuró generosamente una bicicleta estática para que se mantuviera en forma y gastara su energía desbordante (después de la huelga de hambre en Baiona, Petxo se zampó pantagruélicamente, para nuestro espanto, una buena veintena de chuletas). Las reuniones brindaban entonces la ocasión para cálidos reencuentros y desahogos amistosos. Los asistentes intercambiaban mil anécdotas. Se informaban del menor signo de rebelión contra el régimen. Se sentaban alrededor de la chimenea donde se asaban butifarras que rezumaban grasa. Enrique, hijo de campesinos catalanes y de hablar pausado, era el alma del grupo [2].

En esa reunión pascual de 1972, los madrileños brillaron: preparaban un 1º de mayo histórico, inspirado en tácticas de movilización experimentadas en Francia, con citas previas, recorridos cronometrados, grupos móviles y cócteles mólotov. Era una operación audaz, y a pesar de las detenciones fue todo un éxito. Tras la represión de 1969 contra el movimiento estudiantil, fue la confirmación del nuevo ascenso de la combatividad y representaba una (modesta) victoria moral.

Quien expuso el plan de batalla se presentó con el nombre de Moro. Nacido en Melilla, tenía la cabeza de ave rapaz, el verbo afilado y un gran sentido de la eficacia. Con los años nos hicimos los mejores amigos del mundo. En 1973, tras una ola de detenciones en Madrid (nuestro aparato, el “apa”, prácticamente nunca duraba más de un año), la dirección de la LCR-ETA-VIª (devenida sección de la IVª Internacional en el Estado español tras la fusión entre la Liga y ETA-VIª) tuvo que trasladarse a Barcelona. El Moro compartía vivienda con dos camaradas vascos, Petxo y Xirri, un piso próximo al barrio popular de Poble Sec y al Molino. Cuando daban por televisión un partido del Atlético Bilbao, la revolución mundial suspendía su paso de cigüeña. De la nevera salían cervezas heladas y nosotros formábamos una alegre tribuna, cantando “¡At-lé-ti-co! ¡At-lé-ti-co!” para celebrar las jugadas de un equipo que era 100 % vasco y algunos de cuyos jugadores (como el portero Iríbar) eran conocidos simpatizantes de ETA.

Antes de tomar el tren de vuelta, pasé las últimas horas paseando por los alrededores del hotel Falcon, sede legendaria de la dirección del POUM en 1937, siguiendo las huellas del personaje perdido de Al margen, de Mandiargues, y degustando en la Plaça Reial unos churros saturados de aceite, acompañados de horchata de chufa.

2004
http://danielbensaid.org/L-histoire...
Traducción: VIENTO SUR

Notas
1. Véase en Europe Solidaire Sans Frontiéres (artículo 16312), El Bensa — Daniel Bensaïd.
2. Durante mis estancias en Barcelona me alojé en casa de una joven pareja de militantes. Ella estaba embarazada, y cuando nació el bebé le pusieron de nombre el que era entonces mi seudónimo, Jebrac. Este nombre, que me habían puesto sin que yo lo hubiera elegido, no constaba desde luego en ninguna nomenclatura del registro civil. Así, un pequeño catalán recibió ese nombre exótico de leves resonancias gasconas. Nunca me encontré personalmente con ese niño desconocido. Murió en 2003, a la edad de 30 años, en un accidente de moto. [Extracto de “Une lente impatience”, capítulo VIII, colección “Un ordre d’idées”, éditions Stock, abril de 2004]

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