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Marginalidad, prostitución y lucha por la identidad trans en Bogotá

Martes 29 de septiembre de 2015. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: ANRed

Por Laura Castro

La capital colombiana se ha constituido en la principal fuente de trabajo para mujeres transexuales que, escapando de sus pueblos y lugares de origen, transitan desde el interior del país hacia la metrópoli en búsqueda de una oportunidad laboral.

La prostitución es un fenómeno social que atraviesa la vida de una gran cantidad de personas transexuales y travestis en la ciudad de Bogotá. La falta de oportunidades laborales, el rechazo inicial de la familia, la necesidad de desplazamiento a las urbes y la violencia emocional y/o física que puede suscitar el tránsito son algunos de los causantes de la llegada de mujeres transexuales [1] al ejercicio de la prostitución. La intención por comprender cómo esta situación impacta la vida de muchas mujeres en tránsito, supone ante todo priorizar el acercamiento concreto a sus vivencias, su visión sobre el trabajo sexual y la manera en la que este ha impactado su transición.

En Bogotá, la ciudad más importante del país caribeño, con una población promedio de 9.000.000 habitantes, aglutinada en un territorio no mayor a 1600 kilómetros cuadrados. Este carácter de metrópoli la que ha convertido en los años al DF colombiano en un faro para la migración interna de trabajadores y trabajadoras que buscan en la altura, hacerse de un futuro mejor.

Este es el caso de mujeres trans y transexuales que encuentran en la prostitución una doble vía hacia la liberación o hacia el sometimiento. Aquí, Laura Castro, estudiante de la carrera de Antropología de la Universidad del Rosario, nos presenta un análisis que aborda la temática de las identidades disidentes y el ejercicio de la prostitución como modo de vida y de sustento económico, como práctica cotidiana y naturalizada, como medio de explotación o motor del tránsito en el populoso barrio de Santa Fe.

Prostitución: entre la cosificación y la búsqueda de la identidad

Según la Encuesta LGBT: sexualidad y derechos, realizada en Bogotá en el 2007, la población trans presenta los niveles más altos de violencia, agresión y/o discriminación con un 77, 9% en comparación con gays, lesbianas y bisexuales (71,3%; 63,5%; 54,9% respectivamente). Además, en donde más frecuentemente se señala la violencia es en los círculos de convivencia más íntimos: amigos, vecinos, familiares (Brigeiro et al, 2007).

El anterior rechazo o segregación encuentra origen en el choque que suscita para una sociedad, constituida desde una cosmovisión patriarcal y heteronórmica, un cuerpo que en principio no se adscribe al binarismo sexual, es decir, al pensamiento naturalizado acerca de la existencia únicamente de dos cuerpos posibles: hombre y mujer. En este sentido, la transexualidad, que en principio reta la coherencia que se supone exista entre genitalidad, género y orientación sexual, puede ser leída como una enfermedad o desviación, lo cual conlleva a un rechazo expreso.

Lo anterior describe un panorama, más no pretende encasillar las vivencias e historias trans en un oscuro y trágico espacio. Todo lo contrario, se trata entonces de un escenario que nunca está libre de contradicciones, y que es al tiempo una experiencia dolorosa y placentera, liberadora y violenta.

Santa Fe, territorio de prostitución y resistencias

El barrio Santa Fe, ubicado en el centro de la capital, ha sido por varias décadas el territorio en el cual se ejerce la prostitución de mujeres tanto transexuales como cisgénero. Las aproximaciones a los debates en torno al ejercicio de la prostitución suelen estar encaminadas por tintes morales y políticos, en donde los cuerpos y las opiniones de las sujetas que la ejercen, terminan siendo opacadas por posiciones que pocas veces tienen en cuenta la capacidad de autorreflexión y autodeterminación de todas aquellas que tanto desde las esquinas, como desde las residencias y desde sus propias habitaciones, tienen la capacidad de contarnos sus historias, siempre llenas de risas, silencios y nostalgia.

Tanto para Camila, que lleva quince años en el ejercicio, como para Maria Jose, que lleva cinco, la prostitución en la ciudad de Bogotá les permitió el acceso a ingresos económicos que terminaron por consolidar y poner en marcha el tránsito de género que ambas anhelaban hace años. Es necesario señalar que la prostitución es generalmente la primera actividad a la que mujeres transexuales, llegadas de todas partes del país, se insertan; sin embargo, no es la última.

Un gran número de mujeres transexuales con las cuales he tenido contacto ya se encuentran inscritas en varias redes de trabajo, principalmente con la alcaldía de la ciudad y organizaciones y ONG´s a favor de la diversidad sexual y de género. Es igualmente imperioso aclarar que lo presentado aquí no tiene el propósito de defender el ejercicio de la prostitución a ultranza, tampoco invisibilizar los actos violentos y peligrosos que implica este trabajo, ni mucho menos “alentar” a todas y a todos a llevarlo a cabo. Se trata única y exclusivamente de hacerle frente a una realidad que se respira y se siente en la ciudad, y que a pesar de todas las opiniones e ideas que tengamos al respecto, se impone en las prácticas y en la supervivencia de muchos y muchas que llegan pisando la capital con sueños y expectativas.

A continuación la opinión de Maria Jose frente a la prostitución:

¿Qué opinas respecto a la prostitución en la ciudad?

MJ: Si, o sea, yo digo que la prostitución para las chicas es un modo de sostenerse aquí en Bogotá, pues porque uno sale de su tierra porque no hay oportunidades. Toca trabajar en prostitución, pero en Bogotá hay muchas oportunidades para las chicas trans, lo que pasa es que falta que la gente se acostumbre, que digamos una chica trans trabaje en un banco, una entidad privada, no solamente en el distrito. Porque también hay problemas a veces.

¿Te generaba sufrimiento no poder iniciar el transito full time en Neiva?

MJ: Sí, pero yo quería terminar con un cartón, no me quería venir para la capital sin nada, sin estudio. Tener al menos un conocimiento y superarme más, entonces yo tenía que aguantarme un tiempo. Y efectivamente me aguantaba, yo me transformaba no más los fines de semanas, los que sabían que yo me vestía de mujer y pues llegaba como hombre a mi barrio y a mi casa. Desde que María José llegó a Bogotá, no ha pasado un día en que no se vista como ella misma: con sus sacos rosados y de plumas, sus tacones y jeans ajustados. Esta ciudad, a pesar de sus los problemas de seguridad y acceso, ha sido un garante para cientos de mujeres transexuales que bajo el anonimato y la idea de un nuevo comienzo han empezado a sentirse y verse como Camila, Maria Jose, Daniela y Johana.

Quisiera que aquí nos detuviéramos por un momento a pensar en la valentía y fuerza que implica dejar familia, amigos y amores por el objetivo de ser quien tu cabeza, corazón y sentimientos dictan. Las marcas y consecuencias en salud y bienestar –aplicaciones caseras de silicón, desequilibrio hormonal derivado de la ingesta de pastillas sin consulta médica, cicatrices por riñas y peleas en la calle, etcétera-, que ellas llevan por perseguir una visión de su propio yo, nos obligan a pelear con más fuerza por una sociabilidad amigable y respetuosa frente al tránsito, ya sea de género, sexualidad, ideas o acciones.

El factor económico como motor de búsqueda

Ahora bien, mucho del debate frente a la “objetivación” de la mujer en el ejercicio de la prostitución se encuentra anclado a la transacción monetaria, la cual se presenta como una situación unidireccional, en donde aquella que se prostituye acepta de manera sumisa y excluyente lo pactado. A diferencia de esta visión, lo que efectivamente pasa en las calles es muy distinto.

¿Y cuánto cobras por el rato?

MJ: Por ejemplo, según hermana, uno ve el marrano que esta bueno y gordo y uno le cobra más, sino, uno le cobra menos… uno según el marrano…

¿Más o menos cuánto?

MJ: Entre 35 mil y 40 mil pesos (106,70 y 122 pesos argentinos, respectivamente), así, porque hay unos que me salieron el sábado pasado, dizque “ay mami a 15”, y yo “oigan a este, es que acaso qué, yo qué, dónde quedo yo, máximo 35, mínimo 25, de ahí no le bajo”.

Aunque corto, el apartado anterior se suma a una serie de conversaciones casuales y recorridos por el Santa Fe, que ejemplifican exactamente lo mismo: la relación es bidireccional y hay allí una serie de acuerdos en donde ambas partes pactan lo que se puede y no se puede hacer dependiendo del precio. Cuando estos acuerdos se rompen no hay una actitud pasiva y silenciosa, al contrario, se hacen respetar sus cuerpos y decisiones, así esto implique un enfrentamiento físico. En contra del discurso victimizante respecto a las sujetas inmersas en la prostitución, hay aquí una invitación a pensar en la complejidad que supone todo el contexto y evitar, por encima de todas las cosas, la negligencia al momento de hablar sobre este importante tema.

Lucha por la identidad, el respeto y la tolerancia

La lectura de la prostitución como un trabajo en boga, por el reconocimiento de condiciones de garantías y seguridad mínimas, va de la mano con la no infantilización de las sujetas que la ejercen, siendo este un objetivo de una sociedad que se jacta de su carácter democrático. En este sentido, su propia visión acerca del trabajo sexual, sumado al tipo de demandas que ellas consideren necesarias, significa la superación de una mirada paternalista, tan perjudicial en la consecución de una sociedad respetuosa de la diversidad y la diferencia.

El ejercicio de la prostitución por parte de mujeres trans no podrá ser resignificado ni dignificado si primero no se expande y flexibiliza la construcción teórica sobre el binomio de género, ya que la criminalización y patologización seguirán siendo excusas válidas para mantener una ciudadanía de tercer orden, es decir, una en los márgenes.

P.-S.

Notas: [1] No existe –ni debería existir- un consenso respecto a de qué forma se nombra y refiere a los y las sujetas dentro del mundo trans (transgénero, travesti, transexual). Aunque esta denominación de transexualidad parte de un categorización médica, la utilizo porque resulta fácilmente rastreable y además porque ellas mismas suelen ubicarse dentro de la referencia a lo trans.

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