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Los tiempos están cambiando. Pequeña crónica del concierto por la libertad de Alfon

Lunes 31 de diciembre de 2012. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Por Ángeles Maestro. Red Roja

Muchos hechos, aparentemente aislados se han condensado y mostrado su significado en el acto que hoy [por el sábado 29] ha tenido lugar en la parroquia de Vallekas, para exigir la libertad de Alfon.

Casi setecientas personas, convocadas de boca a boca y por Internet, hemos abarrotado un salón que ha alojado un concierto destinado a recoger fondos en solidaridad con el único preso del Estado que permanece en la cárcel por la huelga general del 14 N y al que se le ha aplicado el régimen especial FIES 5.

Alfonso Fernández Ortega, un joven vallekano de 21 años, un luchador, hijo de la clase obrera, que está sufriendo una represión descomunal sin que a fecha de hoy – mes y medio después de su detención – se conozca el informe policial de la acusación, no es el primero sobre el que se descarga la opresión de los aparatos del Estado. La represión viene incrementándose desde hace tiempo. Lo que antes caía casi exclusivamente sobre el pueblo vasco, se extiende ya sobre las espaldas de otros pueblos del Estado español con una marca única. La sufren quienes afrontan el reto de enfrentarse mediante la lucha al expolio generalizado con el que las clases dominantes están golpeando a la clase obrera con el pretexto de la crisis.

La diferencia del caso de Alfon con lo sucedido en ocasiones anteriores es que ahora se está gestando una respuesta colectiva, de clase. No es casual que el epicentro esté en Vallekas, el corazón de la clase obrera madrileña. Es allí donde, a pesar de todos los desastres y traiciones que ha sufrido el movimiento obrero, se acumula memoria colectiva, juventud combatiente y ese germen incombustible de conciencia que generan el paro, los desahucios y unas condiciones de vida cada día más difíciles. Ese es el baluarte frente al que se estrellan cada día los millones gastados en anestesia colectiva destilada desde los medios de comunicación, la opresión brutal ejercida cotidianamente en los lugares de trabajo con el miedo a perderlo como concreción de la dictadura del capital y el fantasma cada vez más presente de la represión. No saben ellos, y no aprenden de la historia, que cuando más se desenmascaran y con más fuerza golpean, más se templa el acero del pueblo que resiste y que comprueba que no tiene ante si otro camino que destruir el sistema criminal que representan.

La lucha por la libertad de Alfon es hija de la conciencia obrera y popular que a tientas y a trompicones se va construyendo en Madrid. Luchas aparentemente aisladas como el movimiento antifascista – que aglutinó una enorme y combativa respuesta popular ante el asesinato de otro joven vallekano, Carlos Palomino – las asambleas populares surgidas en torno al 15M, la Coordinadora de Asambleas de trabajadores de Barrios y Pueblos, la fuerza con la que se recibió la Marcha Minera, las convocatorias a rodear el Congreso y la respuesta a la represión, las huelgas de la enseñanza, el transporte y la sanidad – van coagulando en conciencia de que el capital y sus gobiernos van a destruir todas las conquistas sociales de generaciones de lucha obrera y han ido acumulando “material altamente inflamable”. Se extiende la conciencia de que la lucha es el único camino, a pesar de que no hayan victorias parciales, de que se trata de ellos o nosotros.

Todo eso se ha puesto de manifiesto esta noche, con una belleza difícil de expresar. Se ha concretado en sentimiento colectivo toda la fuerza imponente de un pueblo que siente que si nos golpean a uno, nos golpean a todos y que la lucha por la libertad de Alfon, es la lucha por la libertad de todos. Y sobre todo, que cuando hay un pueblo detrás, la represión es un boomerang imparable que nos fortalece y les debilita.

Las cantoras y los cantores de esta noche han cumplido, como hacía mucho tiempo que no se sentía en Madrid, esa función vital, genética y palpitante de ser la expresión de los sentimientos de un pueblo en lucha. El silencio expectante, las palmas y las voces de la gente han sido el caldo de cultivo que ha hecho que las voces de Luis Pastor, Elisa Serna, Cancionero Rojo o la Solfónica, se arrancaran con la fuerza mineral de los que no tienen voz.

La crítica dura a los “cantautores” convertidos en palmeros del poder tras la Transición de Luis Pastor, la hermosa “Esa gente que querrá” cantada por Elisa Serna, adaptación de la canción de Maria del Mar Bonet "que volen aquesta gent", la memorable actuación de Cancionero Rojo – imposible de constreñir y que hizo vibrar con cada canción a todo el auditorio, con Lua, una preciosísima niña que con su fuerza confirma que vienen tiempos nuevos que tendrán grandes cantoras, finalizó con la entrañable actuación de la Solfónica que ha puesto voz y música a las últimas luchas. Pongo enlaces en homenaje a todos ellos, pero espero que la grabación del concierto de hoy de cuenta con más realidad que mis palabras a lo que esta noche han hecho.

El final con todxs ellxs en el escenario ha sido apoteósico. Todo el público en pie con las manos entrelazadas hemos cantado “Hasta siempre comandante” y “A galopar” con una fuerza difícilmente igualable.

Finalmente quiero decir que la enorme importancia de esta lucha por la libertad de Alfon hubiera sido imposible si no existieran los pilares firmes en los que se apoya: Alfon y Elena, su madre. Ambos son perfectamente conscientes, como lo expresa Elena cada vez que habla, de que lo que están sufriendo se debe a que son hijos conscientes de la clase obrera – Elena recordaba a su abuelo minero cuando la Solfónica cantó el “Santa Bárbara bendita” - y de que la represión brutal que está sufriendo Alfon es el intento del poder de amedrentar a lxs jóvenes que están dispuestxs a luchar.

Su ejemplo es imprescindible como lo ha sido siempre la resistencia concreta de la gente del pueblo para quienes les necesitamos para seguir luchando y a la vez confirma su capacidad inagotable para generar sus propios símbolos de lucha.

Mas solidaridad en forma de música: ¡Libertad Alfon! Por Pablo Hasél

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