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Las huelgas que cuentan que ganamos

Lunes 20 de febrero de 2012. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Ekintza Zuzena

Por Miguel Amorós

¿Las huelgas generales que han sucedido desde aquel socorrido 14-D en España y en toda Europa hasta el diciembre francés del 95, forman parte de una revuelta contra la mundialización o son la prueba palmaria de la evaporación -virtualización diríamos ahora- de la lucha de clases? Antes de responder a la pregunta señalaríamos un hecho que nos llama la atención: la total normalidad del día siguiente. Pareció con las huelgas como con las meigas, que ya no se las ve por ningún sitio pero, de haberlas habido, húbolas.

Ni discusiones, ni nuevos procesos organizativos, ni luchas que las prolonguen, que muestren una progresión en la conciencia de sus protagonistas. Por eso, nos inclinamos a pensar que no son verdaderas huelgas, o bien que han acabado no siéndolo, que ya no ocurren huelgas auténticas, de las de antes. La pregunta es otra: ¿Cómo pueden existir huelgas obreras en la actualidad si la clase obrera no existe, si los obreros no existen en tanto que clase social específica? Quienes tratan de explicar el presente con conceptos solamente aplicables a la realidad anterior militan por la confusión y benefician al mantenimiento del orden. Alguien se acordará de los modos espontáneos y autónomos de los movimientos de base, de algún radicalismo, de alguna asamblea... pero todo ello carece de importancia, permanece en el terreno laboral, en el coto de los sindicatos, necesariamente se autolimita y entra en competencia desigual con ellos hasta degenerar en otro sindicato más o desaparecer. La ilusión de un movimiento obrero de verdad, al margen de las centrales sindicales, ya sólo son capaces de crearla las propias centrales, en tanto que maniobra de diversión específica y nada infrecuente. Hoy en día, la condición de asalariado es general y, en ese sentido, casi todo el mundo es obrero, explotado, dirigido, desposeído o contaminado, pero eso no significa que forme parte de un sujeto histórico o de una clase, que tenga una predisposición particular a la revolución, una misión histórica determinada o un destino. Sólo es uno de esos que «puede votar, pero no elegir», al decir de J. Estefanía (alto ejecutivo de El País). Queda, eso sí, una clase residual, ligada a la antigua producción industrial, es decir, al periodo capitalista precedente, en franco proceso de jubilación. Esa que todavía nos enseñan en los patéticos desfiles del Primero de Mayo cantando La Internacional. En fin, una antigualla de antes de la mundialización.

«Nada es tan sintomático de la decadencia del movimiento obrero como que el propio obrero no tome nota de ella» (Adorno). Cuando hablamos de proletariado nos referimos a esa masa heteróclita de gentes -obreros, funcionarios, empleados, clases medias en declive, cuadros, jubilados, parados, asistidos, jóvenes, etc.- donde se yuxtaponen intereses materiales divergentes y cuyo único nexo común es el de depender de un salario o un subsidio. El desarrollo del capitalismo ha alterado tanto la estructura social proletaria que la masa asalariada ha dejado de ser un agente de la transformación histórica. En efecto, tal aglomerado social no puede ser la negación del capitalismo. Se halla en la misma situación del campesinado que Marx describe en El 18 Brumario: son una masa enorme de población cuyos miembros viven prácticamente de la misma forma, pero sin estar unidos mediante el establecimiento de múltiples interrelaciones. Su trabajo y el espectáculo moderno les aíslan entre sí, en lugar de conducirles hacia relaciones recíprocas. La explotación actual del trabajo no permite ninguna variedad de talentos, ninguna riqueza de relaciones sociales. Viven en condiciones materiales que separan a los unos de los otros, y si nos atenemos al género de vida, en ese sentido son una clase. Pero no lo son en la medida que no existe entre ellos ningún lazo social, en la medida que la proximidad de sus intereses no crea entre ellos ninguna comunidad, ni menos una organización específica. Así no pueden defender sus supuestos intereses de clase, no pueden representarse a sí mismos y han de ser representados por una clase burocrática exterior. De ella salen sus jefes, de quienes se supone que están obligados a proteger sus intereses y a decidir lo que les conviene. La influencia política de los asalariados encuentra su última expresión en la subordinación de la sociedad a los políticos, o sea, al poder ejecutivo estatal, al Estado. La moderna condición proletaria, por su propia naturaleza, sirve de base a la burocracia que opera desde el Estado, al partido del Estado, y hace de los asalariados un elemento conservador, un agente del orden. Sus remedos de lucha son solamente asunto privado y no representan al interés general de la acción. Son nada más que nulidad política y aburrimiento porque la clase obrera ya no existe en oposición al sistema dominante, sino que forma parte de él. La parte prescindible.

Según los manuales, la mundialización es «aquella etapa del capitalismo en la cual las economías nacionales se integran de modo progresivo en el marco de la economía internacional, de modo que su evolución dependerá cada vez más de los mercados internacionales y menos de las políticas económicas gubernamentales». De entrada fue precedida de una reestructuración generalizada de la industria -la «reconversión» de los ochenta- y acompañada de una automatización no menos general del proceso productivo, con el resultado de la eliminación de una gran parte de los puestos de trabajo y la expulsión de la mayoría de los trabajadores hacia la periferia de la producción o directamente hacia el paro. La mundialización no ha visto erigirse ante sí a un proletariado internacional que se enfrenta al Capital en un terreno más amplio: en todo el mundo. Cabe preguntarse cómo todo ello pudo imponerse con tan poca oposición social y cómo pudo despertar tan pocos comentarios y rumores. Habría que hablar de la degradación de la conciencia consecuente a la incapacidad del proletariado en hacer su revolución, del fracaso de sus asaltos contra la sociedad de clases y del buen hacer de las clases dominantes, las cuales han sabido ir preparando las condiciones laborales, es decir, empeorándolas, jugando con pequeños privilegios políticos y sindicales sin levantar oposiciones insuperables. De una forma u otra, el proletariado se está disolviendo en una masa informe, sin derechos y malpagada, de subempleados, temporeros y parados, simple servicio doméstico de la producción, ejército de reserva del trabajo contra sí misma. Además, las máquinas, diseñadas por expertos, escapan al control de los trabajadores, así que los paros alteran cada vez menos una producción inservible e inabordable; podemos decir que esto es el fin del proletariado, que el proletariado ha muerto. Y ha nacido una clase de criados «cuya única ocupación es servir sin objeto especial a la persona de su amo y poner así de manifiesto la capacidad de éste de consumir improductivamente una gran cantidad de servicios» (Thorstein Veblen). Los asalariados actuales son incapaces, por su situación, de crear un movimiento autónomo organizado, y los viejos obreros y funcionarios sólo se implicarían en un movimiento corporativo. Pero, alguien dirá que ha habido realmente huelgas generales. Pues no; se trataba simplemente de demostraciones de la capacidad de control de los aparatos sindicales que ocurrían porque el proceso de homogeneización laboral se hacía unilateralmente y en él resultaban afectadas algunas de sus prerrogativas.

El capital y el trabajo asalariado son sólo dos aspectos de la misma relación social y uno crece en la medida que lo haga el otro. Pero el aumento del trabajo no significa necesariamente aumento del número de trabajadores. Gracias al desarrollo tecnológico autónomo, la demanda de trabajo no se corresponde en absoluto con la demanda de obreros. «Para el capital el trabajador no es condición alguna de la producción, sino que sólo lo es el trabajo. Si puede cumplirlo por medio de máquinas o simplemelnte por medio del agua o del aire tanto mejor» (Marx). La vieja reivindicación revolucionaria de la abolición del trabajo se realiza contra los trabajadores. La sociedad capitalista se fundaba en la explotación del trabajo asalariado y trabajo que no hagan las máquinas es lo que va desapareciendo de escena a marchas forzadas. Tanto que desde el poder se habla de repartir el que queda. Desde los asesores de Clinton al sector critico de CCOO, el tema consiste en reducir la jornada, trabajar a tiempo parcial, inventar empleos que no se necesitan, trabajar por periodos alternados, recurrir a la retribución variable, etc. Medidas que tratan de disimular el hecho de que el futuro supone la casi extinción del trabajo asalariado y eso, en las condiciones existentes, significa la pauperización a corto plazo de la mayoría de la humanidad. Toda una subclase urbana ha aparecido, almacenada en guetos, compuesta por quienes no son aptos para integrarse en el mercado, los excluidos, los marginados, los verdaderamente pobres, rechazados y forzados a permanecer en la periferia de la economía y en el centro de la abundancia. Son una masa de ensayo de otros tipos de economía y de política destinados a rentabilizar la miseria, puesto que la miseria ha venido para quedarse. Por primera vez en la historia, los poderosos no necesitan de grandes masas obreras. Las masas sobran. Son superfluas para el mercado. Por otro lado el trabajo es el único valor de la sociedad moderna, que es una sociedad de trabajadores. La sociedad desconoce otro tipo de actividades más elevadas y significativas por cuya causa mereciera liberarse del trabajo y no queda ya ningún grupo social portador de otros valores, a partir del cual pudieran restaurarse las demás capacidades hu-manas.«Nos enfrentamos con la perspectiva de una sociedad de trabajadores sin trabajo, es decir, Sin la única actividad que les queda. Está claro que nada podría ser peor» (Hannah Arendt).

El punto más débil del marxismo fue la identificación del desarrollo de la economía con la revolución proletaria. Con la automatización de la producción las fuerzas productivas principales son las máquinas; de pronto, el proletariado se revela como clase innecesaria. Es cada vez menos Capital. Las fuerzas productivas y el modo de producción dejan de estar en conflicto. Todo lo que sale de la fábrica no es producto del trabajo colectivo de gran número de obreros; nadie puede decir: «Esto lo hemos hecho nosotros, por lo tanto es nuestro». La producción pierde su carácter social. Entonces desaparece el conflicto que residía en el seno de la sociedad, entre producción social y apropiación capitalista, no se corresponde con el antagonismo entre trabajadores y patronos, es decir, ya no adopta la forma de la lucha de clases. Por lo tanto, el «socialismo», sea lo que sea, ha dejado de ser «el producto necesario de la lucha de clases formada históricamente» (Engels). No existe ni existirá una crisis fruto de aquel conflicto, que proporcione un marco de actuación a una clase obrera cada vez más difuminada, la cual, empujada por la necesidad histórica objetiva, haga su revolución y emancipe a la sociedad de sus servidumbres.

Con la mundialización de la economía, los poderes económicos transnacionales que dirigen el mercado go-biernan, y el gobierno, gestiona. Fin de la política -no hay más política que la economía- y fin del Estado nacional, de los aranceles, de la moneda nacional. Con ello no afirmamos que anteriormente política y economía fuesen realidades separadas e independientes. Desde los tiempos keynesianos de la postguerra, Estado y Capital habían actuado en simbiosis, apoyándose en la existencia de mercados nacionales de trabajo y en capitalismos nacionales protegidos. Esa fusión, auxiliada por el sindicalismo y los partidos obreristas, se conformó como «Estado del bienestar», «corazón de la civilización europea moderna», si prestamos oídos al periodista de Le Monde, Ignacio Ramonet: la jubilación, el seguro de enfermedad, el de paro, el derecho a la educación, los derechos laborales, etc. Y es este corazón el que la mundialización quiere arrancar instaurando un mercado internacional del trabajo y exigiendo un Estado barato, que es lo mismo que decir un Estado mínimo. Incluso en cuestiones de orden se confiará más en la policía privada. Así que ante ese moderno anarquismo capitalista no es de extrañar que quienes sacaban su poder del Estado -los políticos, los sindicalistas u otros intermediarios, como los ecologistas o las ONGs- o conservaban un estatus laboral menos deteriorado gracias a sus leyes -los funcionarios o la vieja clase obrera en liquidación, es decir, los pensionistas- les haya entrado una añoranza estatista profunda y defiendan si no un retorno a las idílicas condiciones de consumo y disfrute de poder del periodo anterior del capitalismo, el periodo nacionalista, sí una mundialización que respete, mediante la transacción con un Estado del cual son clientela y que no desean reducido, lo esencial de esas mismas condiciones. Pero la función del Estado moderno es la de defender las condiciones exteriores del modo capitalista de producción precisamente contra los atentados de los obreros y no la de proteger a los obreros contra los atentados del modo de producción capitalista. Esta, digamos, aristocracia obrera se sienta, como aquel que dice, en dos sillas. Son a la vez, obreros y accionistas minoritarios. Trabajan y combaten la desvalorización de su único «capital». Sus intereses son particulares, distintos de los del resto de desposeídos y por eso su lucha -la lucha sindical, y su obtuso estatismo- no puede ser la lucha de todos. Si se manifiesta con contundencia puede ser tomada en serio por el resto de asalariados, pero ¿por qué se detiene en los momentos culminantes? ¿Por qué se imponen los sórdidos argumentos de la supervivencia? Preguntas que se contestarían con otra: ¿Qué harían si venciesen? Si no saben o no quieren responder, mejor negociar y distraerse con simulacros de combate, y al final, contentarse con lo que echen.

Uno de los aspectos de cualquier huelga importante de antaño que más preocupaban a los obreros conscientes era el de la información, que organizaban con celo autónomo para contrarrestar la desinformación o el silencio de los medios de comunicación habituales. Ahora en cambio, son esos mismos medios los principales exegetas de la huelga y sus mejores valedores. Su función sigue siendo la misma, la de escamotear la realidad sirviendo un sucedáneo, pero si antes se trataba de disimular la existencia de la lucha de clases, ahora que no hay proletariado que valga, se trata de disimular su inexistencia. Si antes se montaba su invisibilidad, ahora se prepara su espectáculo. En las sociedades donde reinan las condiciones modernas de producción una huelga no es huelga si no sale por la televisión. El panfleto y la pintada ya no se llevan. La huelga general no existe sino como espectáculo y su organización corre a cargo menos de los aparatos sindicales que de los medios de comunicación. Ellos la convocan, ellos la retransmiten y ellos le ponen punto final apartando las cámaras. Allí sólo caben los actores: los líderes son realistas; los huelguistas, responsables; las autoridades, dialogantes; las peticiones, justas; las consignas, moderadas; los piquetes, informativos, y, por fin, los incontrolados, lamentables. Lo ideal seria que las movilizaciones fueran cubiertas de igual modo que, por ejemplo eventos de la realeza. Cuando ya han conseguido sacar fuera de la realidad a toda la población, la realidad más real es el mismo espectáculo. «Hacer la infamia más infamante librándola a la publicidad» es hoy una consigna sin sentido, puesto que cuando ya no se percibe lo real, nada tiene consecuencias; la publicidad es sólo ruido. Se han perdido todas las referencias y reina la indiferencia frente a la realidad. La comunicación no es posible sino como acto ilegal entre ilegales, antiespectáculo.

Después de todo lo que hemos dicho, alguien se preguntará: ¿Son legítimas entonces las luchas obreras? ¿valen la pena? Nada se podrá objetar a que las luchas continúen, sobretodo si suprimen intermediarios y huyen de los tratamientos mediáticos y de los procedimientos jurídicos. Un conflicto funciona en la medida en que el sistema trata de disimularlo o silenciarlo. El boicot de los medios de comunicación es una garantía de efectividad y lo contrario, una prueba de inocuidad. Pero el problema consiste en que la cuestión laboral no constituye ya el núcleo de la cuestión social y por lo tanto, las luchas no conducen necesariamente a su planteamiento: no se superan a sí mismas. Hay que considerar al trabajo asalariado como un efecto nocivo, al igual que la contaminación, la alimentación adulterada o el efecto invernadero, tan destructor que incluso crea adicción, y toda lucha en su terreno ha de ser, para ir al centro de la cuestión, una lucha contra él, es decir, que ha de llevar implícita su critica y la del sistema social basado en la condición asalariada. Ha de ser una lucha antieconómica y antiestatal. Ha de ser un sabotaje. Como la insumisión es un sabotaje del ejército o la ocupación es un sabotaje de la propiedad privada. El sabotaje es la táctica de los tiempos.

Pero, ¿no han sido la semana de treinta y cinco horas o la Cumbre Europea del Empleo consecuencia directa de las protestas obreras? Han sido medidas políticas que no crearán ningún empleo, como no lo creó la semana de cuarenta horas ni la contratación a tiempo parcial. Sólo marean la perdiz. Significa que la facción estatista del partido del orden ha triunfado en Francia y en Italia, y a ella le toca defender el proceso de supresión del empleo fomentando la ilusión de su creación. Esa ilusión ha sido bautizada varias veces: Mercado con Estado, Nuevo Contrato Social, Socialismo de Mercado, etc. Pero siempre, las medidas que se supone que nos acercaban a estas «utopías» se han materializado en incrementos de horas extraordinarias, trabajo negro y rebajas salariales, al son de la canción Lavorare meno per lavorare tutti.

El fin de la lucha de clases no es el fin de la historia; se da la paradoja de una aceleración del proceso histórico llevada a cabo por fuerzas sociales antihistóricas. La historia se ha ocultado. En menos de dos décadas, las clases, los partidos que pretendían representarlas y el mismo terreno social se han vuelto gaseosos. De un mismo movimiento, la sociedad se ha hecho irrecuperable y la revuelta, invisible. Da la impresión de que la historia se haya detenido, de que pasen cosas sin que pase nada. Pero realmente nada sucede, todo lo que se ve es pura representación, espectáculo, y lo que ocurre en realidad no se ve. Puesto que la condición sine qua non de la realidad en la sociedad del espectáculo es la clandestinidad. Las verdaderas huelgas obreras comenzaban cuando acababan; en cambio, cuando un espectáculo acaba, acaba del todo. Hasta que venga el siguiente. La dominación se ha puesto a producir los típicos individuos de la sociedad de masas, aislados, amorfos y manipulables, con un comportamiento propio de los seres en cautividad, que conforman una mayoría resignada, unificada gracias al espectáculo, dentro de la cual la rebelión queda anulada. Sólo hay una manera de acabar con ella: tomar la determinación de oponerse, pensar que cualquier cosa mejor es posible. Pero eso es una solución ante todo individual y, al no respetar las reglas del espectáculo, criminal. En ese sentido el rebelde se halla en una posición semejante a la que se hallaba el disidente soviético dentro del sistema estalinista. La solución definitiva dependerá de que muchos digan que no, pero el camino lo tendrá que empezar uno mismo. Y «un hombre con más razón que sus conciudadanos ya constituye una mayoría de uno» (Thoreau).

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