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Junio 1917: en Rusia, la paciencia se agota; en España, las Juntas militares

Miércoles 21 de junio de 2017. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Sin Permiso

Por Miguel Salas

Han pasado poco más de tres meses desde que en febrero la revolución acabó con el zarismo. El esfuerzo y la acción fueron de las masas trabajadoras, pero el poder pasó a manos de la burguesía, que tuvo que convivir con los soviets, en una situación de doble poder. Tras las jornadas de abril, la presión de las masas obligó a la formación de un gobierno de coalición formado por diez ministros capitalistas y cinco socialistas moderados. El gobierno seguía siendo incapaz de responder a las exigencias de la revolución: paz, pan, tierra y mejores condiciones de vida, y en junio se abrió una nueva crisis. Mientras, en España, ese mismo mes los cuadros medios del ejército ponen en un brete al régimen de la Restauración, inaugurando así un trimestre convulso. En julio, una reunión de parlamentarios exigirá una mayor autonomía para Catalunya y en agosto los sindicatos convocarán una huelga general.

En España, los militares entran en acción

La evolución política en nuestro país tenía un desarrollo mucho más lento. La organización y conciencia del movimiento obrero estaba mucho más atrasada si la comparamos con el resto de Europa y, aunque España no participó en la guerra, beneficiándose económicamente de ella, sus repercusiones abrieron una profunda crisis en la monarquía de Alfonso XIII.

Durante todo el siglo XIX, el Ejército fue la columna vertebral de la vida política, los numerosos golpes de Estado, los pronunciamientos, las guerras carlistas y la presencia colonial le dieron un papel por encima de las instituciones y, en todo caso, solo supeditado a la Monarquía. La pérdida de las colonias de Cuba y Filipinas en 1898 lo dejó desorientado y sin un papel específico. Un Ejército nacionalista con grandes ideales de antiguas conquistas pero de “escasa paga, servicio monótono y sin aliciente, ante una sociedad que consideraba la milicia como innecesaria” (La crisis española de 1917. Juan Antonio Lacomba).

La guerra de Marruecos (1909-1926) le dará un nuevo objetivo, mantener la opresión colonial, y será una de las causas de la crisis militar de junio de 1917. Las Juntas de Defensa tienen su origen en el malestar de los cuadros medios del ejército, desde tenientes hasta comandantes, por el sistema de ascensos militares. Para poder ascender, y por lo tanto aumentar salario y nivel social, era casi imprescindible ir a Marruecos. Pero para ir había que contar con el enchufismo y favoritismo tan típico en nuestra tradición. Según el historiador Vicens Vives, las Juntas se formaron “como expresión de reivindicaciones profesionales y amenaza potencial contra la incompetencia de los gobiernos parlamentarios”.

Las reivindicaciones profesionales, un único escalafón y que los ascensos fueran por antigüedad se convirtieron en un desafío contra los altos mandos y contra el sistema de funcionamiento de la Restauración borbónica de Alfonso XIII. Las Juntas, con una fuerte implantación en Barcelona, se extendieron por todo el Estado -aunque fueron débiles en Madrid- logrando imponer sus condiciones al gobierno. Pusieron patas arriba la disciplina militar, ya que los mandos sólo obedecían a las juntas, y eso ponía en cuestión a los generales y a los capitanes generales de las regiones militares. La detención de la Junta de Barcelona fue el desencadenante de un movimiento de solidaridad en todo el Estado. Las Juntas declararon que la tropa solo les obedecería a ellas; en algunas regiones se presentaron de forma amenazadora ante los gobernadores o capitanes generales y le dieron al gobierno un plazo de doce horas para que liberara a los detenidos. El Consejo de Ministros tuvo que reunirse de urgencia y decidió liberar a la Junta de Barcelona y también a las que habían sido detenidas en La Coruña, Vitoria, Sevilla y Badajoz. Además, tuvo que aceptar que los ascensos se realizaran por antigüedad. El escritor catalán Josep Pla escribió: “El Ejército en bloque se puso detrás de la infantería. El golpe estaba dado y el Ministerio quedaba como un cadáver flotante. El hecho iniciaba, en realidad, la supeditación de la vida civil y política española a la exigencia militar”.

Lo que empezó como una rebelión contra los mandos del Ejército y contra el sistema corrupto de la Restauración borbónica se transformó en una intervención militar que determinó la evolución política. Los mismos militares que formaron las Juntas participaron directamente en la represión de la huelga general del mes de agosto, pero también hirieron de muerte al régimen de la Restauración monárquica. Desde junio de 1917 hasta la dictadura militar de Primo de Rivera en 1923 se produjeron en España 14 crisis totales de gobierno, se convocaron cuatro elecciones generales y hasta tres presidentes del Consejo de Ministros cayeron por directa presión militar. El escritor Miguel de Unamuno lo reflejó así: “¿Qué pasa en España? Lo que aquí está pasando es algo así como una revolución, sin revolucionarios”.

Una catástrofe inminente

Bien diferente era en Rusia. Un proceso revolucionario significa la aceleración de los conflictos sociales y de la conciencia de las clases. Toda revolución exige claridad de propuestas y medidas enérgicas para realizarlas. El gobierno y los socialistas moderados iban perdiendo la confianza de las masas con la misma rapidez que crecía la confianza en los bolcheviques.

“¿Cuándo va acabar esto? – escribe Lenin- ¿Debemos esperar a que el desastre arrase el país y la gente comience a morirse de hambre por cientos y miles?” La situación económica va de mal en peor. La inflación es galopante. La producción metalúrgica cayó un 40% y la textil un 20%. El precio del pan se multiplicó por tres. En junio se racionó el consumo de azúcar. En las ciudades había escasez de carne. El ferrocarril, medio básico de comunicación en un país tan enorme, estaba muy desorganizado. En algunas líneas el número de locomotoras fuera de servicio alcanzaba el 50%. Este desbarajuste agudizaba las dificultades para el transporte de mercancías y el abastecimiento, las ciudades apenas recibían el 10% de sus necesidades. La carestía de la vida estaba completamente descontrolada. La inflación llegó al 400% anual. Comparando los precios con los existentes antes del inicio de la guerra, el azúcar había aumentado un 2.600%, la patata un 1.900%, el pan un 1.500% y la carne un 400%. La situación de las masas trabajadoras oscilaba entre la penuria y el hambre.

Los patronos, que durante la guerra habían tenido beneficios multimillonarios, se enfrentan a la presión y exigencias de la clase trabajadora. Recordando la experiencia de la revolución de 1905, intentan imponer un lockout (el cierre generalizado de las empresas). La prensa de derechas empieza una campaña para amedrentar. Riech, el periódico de los kadetes (algo así como el PP actual) publica: “Pasarán dos o tres semanas y las empresas empezarán a cerrarse una tras otra”. Durante marzo y abril cierran 129 pequeñas empresas que dan trabajo a 9.000 personas; en mayo son 108, con igual número de trabajadores; en junio son 125, que afectan a 38.000 obreros y obreras; en julio serán 206, que daban ocupación a 48.000. La situación era insostenible.

Durante este mes de junio, los sectores más atrasados y explotados, las pequeñas empresas, se ponen en huelga (lavanderas, tintoreros, dependientes de comercio, zapateros, etc.) Por el contrario, los metalúrgicos tienden a contener el movimiento, conscientes de que las luchas parciales ya no resuelven nada, que hay que “remover los cimientos”. Una resolución de la asamblea de la fábrica Putilov, en la que trabajan unas 30.000 personas, llama a “contener la legítima protesta” para prepararse y organizarse mejor, pero la situación es tan grave que también se alzan voces impacientes contra los bolcheviques. Delegaciones de obreros y obreras de todo el país acuden a Petrogrado a pedir que el Estado se haga cargo de las empresas, en unos casos porque los empresarios han huido y, en otros, porque pretenden cerrar. Desde febrero, en muchas empresas se han formado comités de fábrica que se ocupan de controlar a los empresarios y la producción. Pero el gobierno ni responde ni quiere afrontar ese problema. Conclusión: cada vez más sectores de la clase trabajadora opinan que hay que cambiar el gobierno, que los soviets deben adueñarse del poder. Así va creciendo la autoridad de los bolcheviques.

Pero no solo era eso. En realidad, buena parte de la producción que funcionaba estaba determinada por las necesidades de la guerra, y, sin embargo, una mayoría importante de la población trabajadora consideraba que la guerra no debía continuar. Las necesidades de alimentar al frente se anteponían a las de la población de la retaguardia, y no pocas veces eso fue causa de enfrentamientos. El gobierno seguía empeñado en su política imperialista: preparaba una nueva ofensiva militar en el frente y apoyaba la ocupación de Albania por Italia, o de Persia por Gran Bretaña y la conversión de Grecia en un protectorado británico. El 12 de junio, el gobierno de coalición vuelve a imponer la pena de muerte en el frente para los soldados que se insubordinen o deserten. La población quería acabar con la guerra; el gobierno seguía detrás de los planes imperialistas. No tardará en llegar el choque, máxime cuando la patronal explicita que “el origen del mal no está solamente en los bolcheviques, sino que está también en los partidos socialistas. Sólo una mano firme, una mano férrea puede salvar a Rusia”. La advertencia de un golpe militar no podía ser más clara.

Recuento de fuerzas

El mes de junio se convirtió en la ocasión para recontar las fuerzas de la clase trabajadora. Se celebran tres reuniones importantes, la de los comités de empresa, la de los sindicatos y el congreso de los soviets de obreros y soldados de toda Rusia. Estas organizaciones, junto a las de los campesinos, representan al conjunto de las fuerzas organizadas de las clases trabajadoras. De ellas dependerá el futuro de la revolución en los próximos meses.

Los comités de fábrica surgieron de los comités de huelga elegidos durante la huelga general de febrero. Se mantuvieron como representación obrera ante la huida de empresarios o para controlar el proceso productivo y progresivamente fueron interviniendo en casi todos los aspectos de la organización del trabajo, y también fueron ocupándose de otras actividades en las empresas: culturales, guarderías, coros, conferencias, actividades de ayuda mutua, etc. En su conferencia, celebrada entre el 30 de mayo y el 3 de junio, se reunieron 499 delegados y delegadas (el sector del metal aportó 261), en su mayoría de Petrogrado y sus alrededores. Se debatieron temas relativos al estado de la industria, al control y regulación de la producción, su relación con los sindicatos y también sobre la actitud ante el gobierno de coalición. Las propuestas bolcheviques obtuvieron 297 votos, 21 en contra y 44 abstenciones. Fue una confirmación del avance de su influencia. Se eligió un Consejo General de 25 personas. Los comités de empresa jugaron un papel muy importante en la puesta en marcha del control obrero sobre la producción, que fue decisivo para la organización del trabajo tras el triunfo en octubre. Los comités de empresa encabezaron también la organización de las milicias obreras para luchar contra la contrarrevolución.

En Rusia no habían existido sindicatos obreros legales. En los pocos meses que duró la revolución de 1905 apenas hubo tiempo para su constitución. Los intentos del zarismo para controlar a la clase trabajadora, como hicieron los fascistas mientras duró el franquismo, fueron fracasando. Por eso, la revolución supuso un gran impulso para la organización sindical de la clase trabajadora. La conferencia de los sindicatos de toda Rusia, que se reunió entre el 21 y el 28 de junio, asistieron 211 delegados con voz y voto en representación de alrededor de 1.400.000 afiliados. 73 de ellos eran bolcheviques. Reaparecieron debates antiguos sobre la neutralidad o no del movimiento sindical, sobre si sólo debían ocuparse de las reivindicaciones laborales, y debates del momento sobre la actitud que el movimiento sindical debía tomar frente a la guerra imperialista o el gobierno de coalición. Por tan solo 12 votos se impusieron las opiniones de los mencheviques, los socialistas moderados.

Sin duda, el acontecimiento más importante fue la reunión, del 3 al 24 de junio, en Petrogrado del Congreso de los soviets. Están presentes todos los revolucionarios que han combatido al zarismo. Entre todos suman siglos de cárcel, de persecución y de exilio. Se reunieron 1.090 delegados, 822 de los cuales tenían voz y voto, que representaban a 305 soviets, más 53 soviets regionales y 35 organizaciones del ejército. Tenían voz y voto los soviets con más de 25.000 miembros. Los formados por 10 a 25.000 sólo tenían voz. Con esos datos se calcula que en el Congreso estaban representadas más de 20 millones de personas. De los 777 delegados que facilitaron datos sobre su filiación política, 285 eran socialrevolucionarios, 248 mencheviques y 105 bolcheviques; después venían otros grupos menos nutridos y 73 independientes. El ala izquierda, formada por los bolcheviques y los internacionalistas, representaba menos de la quinta parte de los delegados.

Los debates del congreso giraron en torno a dos cuestiones principales: a/ la actitud ante el gobierno de coalición y las medidas para luchar contra la crisis y b/ la guerra. La posición mayoritaria, representada por los mencheviques y los social-revolucionarios, proponía supeditar los soviets al gobierno de coalición y, presionados por los aliados británicos y franceses, propusieron que el congreso apoyara una resolución a favor de una ofensiva militar contra los alemanes. Los bolcheviques defendieron que los soviets representaban a la mayoría de las clases trabajadora, que esa mayoría estaba en condiciones de tomar el poder y propusieron que este pasara a los soviets. En el desarrollo del congreso, para defender su posición de alianza con la burguesía, Tsereteli, ministro de Correos, dirigente del soviet y socialista moderado, dice desde la tribuna: “En este momento no hay en Rusia ningún partido que diga: “Dadnos el poder. Marchaos, nosotros ocuparemos vuestro lugar. Ese partido no existe entre nosotros”. Una figura se levanta de su butaca y declara: “Sí, ese partido existe”. (¿Cuándo amanecerá, camarada? Jean-Paul Ollivier) Es Lenin quien habla. La mayoría del congreso se burla, pero la idea de que el poder debe pasar a los soviets es cada día más popular.

Los partidarios de mantener la coalición con la burguesía obtuvieron una amplia victoria: 543 votos favorables frente a 126 contrarios. Sin embargo, la moción aprobada limitaba la confianza a los ministros socialistas y al programa gubernamental, pero no a los ministros burgueses del gobierno. La mayoría del congreso acordó también dar apoyo a la ofensiva militar que preparaba el gobierno de coalición. Será un fracaso militar y político y una pérdida de vidas humanas.

Una lección de táctica

La grave situación económica y el anuncio de una ofensiva militar tensaron aún más la situación a lo largo del mes de junio. Los bolcheviques deciden convocar una manifestación pacífica para el 10 de junio, con el Congreso de los soviets reunido. Sin embargo, la mayoría del soviet recibe esa convocatoria como una amenaza y decide prohibirla, con la excusa de que la contrarrevolución podría aprovechar la situación. El escándalo es mayúsculo. Es la primera vez que se prohíbe una manifestación, y el gobierno y los socialistas moderados pretenden también doblegar a los bolcheviques. El dilema tiene difícil solución. ¿Hay que ceder a las amenazas y suspender la manifestación? ¿Hay que defender el derecho a manifestarse y enfrentarse a la mayoría del soviet? Después de muchos y difíciles debates, los bolcheviques deciden suspenderla. Envalentonados, los socialistas moderados deciden convocar una manifestación para el domingo siguiente con el objetivo de que las masas expresen su apoyo al gobierno de coalición y a la ofensiva militar.

El 18 de junio, las calles de Petrogrado se llenan de manifestantes. Más de 500.000 personas ocupan el centro de la ciudad, pero, para sorpresa de muchos, en las pancartas y los gritos solo se leen y escuchan las consignas de los bolcheviques: “Todo el poder a los soviets”, Guerra a los palacios. Paz en las cabañas”, “Abajo los diez ministros capitalistas”, “No a la guerra”. Es la constatación de un cambio en la conciencia y en las exigencias de las masas: quieren que se acabe la guerra y echar a los burgueses del gobierno.

Algunos sectores obreros, que sienten la presión y desesperación de la gente, quieren aprovechar el momento para ir más allá, hasta provocar la caída del gobierno. Lenin tiene que emplearse a fondo para convencer a quienes quieren ir más rápido que la conciencia y organización de la mayoría. “Cualquier movimiento errado de nuestra parte – dice– puede arruinar todo... Dijimos muchas veces que la única forma posible de gobierno revolucionario es la del soviet de los diputados soldados, obreros y campesinos. ¿Cuál es el peso exacto de nuestra fracción en el soviet, incluso en el soviet de ambas capitales, por no hablar del resto? Estamos en una minoría insignificante. Este hecho no puede ser ignorado. Muestra que la mayoría de las masas está protestando pero todavía cree en los mencheviques y socialistas revolucionarios”. Concluye Lenin: “Por todos los medios están tratando de provocarnos para una acción aislada y apresurada... y no les daremos ese gusto. Y cuando las masas vean que el gobierno de coalición las está defraudando –y los eventos de los últimos días muestran esa decepción– vendrán hacia los bolcheviques, el único partido que no está comprometido con los explotadores. Los hechos no deben ser anticipados. El tiempo está de nuestro lado”. Aún habrá que pasar duras pruebas, pero los hechos le darán la razón.

P.-S.

Miguel Salas Sindicalista. Es miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso.

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