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Jeremy Bentham: sociofobia y utopía y II

Sábado 21 de enero de 2012. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Prólogo a Jeremy Bentham, Panóptico (Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2011) - César Rendueles

El panóptico es una utopía. Propone una intervención rupturista sobre esa sinécdoque de la sociedad que eran las prisiones tradicionales. Pero el panóptico no es una cárcel, sino un dispositivo general con numerosas aplicaciones (fábricas, hospitales, escuelas, manicomios…). De hecho, Bentham subraya que si elige la cárcel para ejemplificar el panóptico es porque es allí donde más difícil resulta su aplicación y, por tanto, si resulta exitosa, quedará demostrada su adecuación a otros fines más ambiciosos: “¿Qué diría si mediante la gradual adopción y diversificada aplicación de este principio, viese un nuevo estado extenderse sobre el rostro de la sociedad civilizada? La moral reformada, la salud preservada, la industria reforzada, la educación generalizada, las cargas públicas aligeradas, la economía asentada, por así decirlo, sobre una roca, el nudo gordiano de la Ley de Pobres no cortado sino desatado, todo gracias a una simple idea arquitectónica”.

Felicidad, individuo y mercado

El eudemonismo utilitarista de Bentham es una metodología para maximizar la felicidad total de una sociedad. El instrumento básico es la búsqueda individual de la felicidad. La colectividad máximamente feliz es aquella que facilita a los individuos que la componen la realización coherente de aquellas actividades que cada uno considera más placentera. No sólo por un individualismo ético u ontológico, sino por una cuestión de eficacia: nadie, y en particular ningún gobernante, puede conocer cuáles son las actividades que más satisfacción le reportan a cada individuo tan bien como los propios implicados. La búsqueda individual de la felicidad transmite al sistema social una información vital para que la felicidad total sea la máxima posible.

Esta estrategia es un correlato estricto de la concepción del sistema de precios como el medio idóneo para alcanzar una asignación óptima de los recursos. Idealmente, los precios transmiten a un coste mínimo información fragmentaria que se agrega automáticamente. De esta manera, se genera un nivel de coordinación social mayor que el que ninguna institución organizadora podría alcanzar. Desde esta perspectiva, la intervención centralizada no hace más que distorsionar el flujo de información impidiendo la coordinación óptima.

Para Bentham, la maximización de la felicidad común es la clave de bóveda de un vínculo social racional. De modo que los proyectos intervencionistas, como el altruismo cristiano, son literalmente destructivos de la sociedad. La sociabilidad destruye la sociedad. Esta sociofobia es una idea central en las corrientes liberales que sólo sus más honestos y lúcidos representantes se atreven a manifestar:

Para un liberal […] el ideal es que entre los individuos responsables haya unanimidad, conseguida a base de discusión libre y exhaustiva. Desde este punto de vista, el mercado [...] permite la unanimidad sin conformidad; es, entonces, un sistema de representación proporcional efectivo. Por otra parte, lo característico de la acción mediante canales expresamente políticos es que tiende a exigir o a imponer una conformidad sustancial. Ni siquiera el uso de la representación proporcional en su forma expresamente política altera esta conclusión. El número de grupos separados que pueden estar realmente representados es muy limitado, enormemente limitado si lo comparamos con la representación proporcional del mercado. […] El uso de los canales políticos, pese a ser inevitable, tiende a dificultar la cohesión social, que es esencial para una sociedad estable. […] Un uso amplio del mercado reduce la sobrecarga que sufre el entramado social, ya que en todas las actividades que abarca hace innecesaria la conformidad. Cuanto más amplio sea el número de actividades cubiertas por el mercado, menor será el número de cuestiones en las que se requieren decisiones expresamente políticas y, por tanto, en las que es necesario alcanzar un acuerdo. [1]

Bentham se hace cargo de los elementos constructivos más oscuros de la utopía sociofóbica. No basta con plantear la depuración de los conflictos y servidumbres etnológicas extendiendo todo lo posible el modelo mercantil de relación social. Por usar la terminología de Friedman, la colonización de la unanimidad con conformidad por la unanimidad sin conformidad no agota el campo del proyecto liberal. Es preciso establecer qué se debe hacer allí donde es necesaria la conformidad sin unanimidad, es decir, en toda clase de instituciones sociales vertebradas en torno al poder y la autoridad de unos individuos sobre otros.

En este caso, plantea Bentham, lo crucial es minimizar la cantidad de dolor y de gastos necesarios para obtener un sometimiento –un castigo, en el caso de las prisiones– eficaz. El panóptico es un medio para guiar una sociabilidad recta en los ámbitos impositivos, para que también las relaciones de dominio surjan automáticamente sin contaminación comunitaria. El proyecto de Bentham es una especie de dispositivo mercantil invertido, en el que se obtienen resultados óptimos con una intervención muy parsimoniosa. Al igual que en el mercado, la organización surge con independencia de las motivaciones de los actores implicados. El panóptico, como el mercado, no reposa sobre la confianza en la excelencia moral de quienes intervienen en él. El proverbial panadero de Adam Smith, de cuya benevolencia no dependemos para obtener el pan cada mañana, es bien recibido en el panóptico. Prisioneros contritos o recalcitrantes, guardianes sádicos o humanitarios, visitantes compasivos o meramente cotillas… La estructura del panóptico hace que cada uno cumpla su cometido en virtud de su participación en una interacción estratégica indiferente a las motivaciones personales egoístas o altruistas.

La clave de bóveda del panóptico es una total desigualdad en la economía cognoscitiva: perfecta visibilidad de los prisioneros para sus guardianes y la sociedad, perfecta opacidad de los guardianes y la sociedad para los prisioneros. El panóptico minimiza la cantidad de supervisión necesaria y maximiza el control obtenido. Su arquitectura garantiza que la información circule en una única dirección, generando un control social mayor y más eficaz que el que se obtendría vigilando pormenorizadamente a cada individuo. Hace que prisioneros y vigilantes se comporten como si estuvieran bajo vigilancia total, del mismo modo que el sistema de precios logra que las cosas sucedan como si hubiera una coordinación perfecta. El panóptico no es un edificio sino un mecanismo social que depura el monopolio de la violencia por parte del estado de residuos antropológicos.

La utopía mercantil nos ofrece la posibilidad de satisfacer nuestros deseos sin necesidad de atravesar una tupida red de conexiones familiares, religiosas, tradicionales, estamentales. A diferencia de lo que les pasaba a los griegos de Homero, en el mercado podemos obtener un trípode, unas baratijas de bronce y unos odres de vino sin necesidad de vernos envueltos en competiciones sangrientas, disputas con deidades caprichosas y agotadores rituales y libaciones. El sistema mercantil aspira –con éxito discutible, dicho sea de paso–, a escindir el aparato libidinal del aparato simbólico. La utopía panóptica proyecta esa propuesta al ámbito de las relaciones de dominación. También en Utopía habrá personas que obliguen a otras a hacer lo que no desean. Algunas incluso serán asesinadas y torturadas legalmente (Bentham no era particularmente pacato al respecto). Pero los sujetos de sometimiento no tendrán que añadir a sus desdichas la carga de un incomprensible cepo etnológico, sino que interactuarán con sus dominadores en un entorno libre de fricción comunitaria. Al fin sumisión sin tiranía.

Distopía y mercado de trabajo

Las utopías especulares del sometimiento panóptico y de la concurrencia perfecta no son exhaustivas. Entre ambas existe un amplio campo social y cultural. La tradición liberal ha insistido en que es el terreno de la realización personal privada o, a lo sumo, de las relaciones familiares y religiosas. En palabras de Margaret Tatcher: “No hay tal cosa como la sociedad. Hay individuos, hombres y mujeres, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente primero debe cuidar de sí misma. Es nuestro deber cuidar de nosotros mismos y después, también, cuidar de nuestros vecinos”. Todo lo que no sea competencia del mercado o de la policía son asuntos relativos a la elección personal de formas de vida y, por consiguiente, ajenos a la reflexión política. Por eso Robert Nozick describía la propuesta anarcoliberal como una “metautopía”, un marco general donde las personas están en libertad de unirse para tratar de realizar su ideal de vida buena [2].

La respuesta de los socialistas es que en las sociedades capitalistas hay al menos un extensísimo ámbito que no pertenece ni al mercado, ni a la conformidad política ni a las formas de vida, sino que surge de una especie de colisión de esas tres categorías. No se trata de un espacio social cualquiera sino de la gran falla social que atraviesa la modernidad provocando una inestabilidad permanente de su geología profunda: el trabajo asalariado. En primer lugar, la pretensión de que el trabajo es una mercancía como cualquier otra es, como poco, cuestionable. Todas las ficciones económicas y legales que denominamos mercado de trabajo están dirigidas a ocultar lo exótico que es ese extraño objeto de comercio indisoluble de un pesado bagaje cultural, psicológico y social. En segundo lugar, a diferencia de los intercambios mercantiles convencionales, el trabajo asalariado implica relaciones de sometimiento. Durante una parte significativa de nuestra vida consciente, al ingresar en un entorno laboral, renunciamos a nuestro estatus de individuos ilustrados y nos sometemos de grado a una voluntad despótica que nos obliga a realizar actividades extremadamente alienantes. Por último, la dimensión privada del trabajo –el hecho de que, en las sociedades modernas tengamos la oportunidad, al menos formal, de escoger nuestra ocupación– oculta el hecho de que la economía capitalista se basa en una desigualdad fundamental entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores asalariados. El mercado de trabajo consigue que la relación laboral parezca una transacción más entre una cadena general de intercambios voluntarios entre iguales: unas veces vendo una casa, otras compro unas chuletas, en ocasiones adquiero un televisor, en otras vendo mi fuerza de trabajo… En realidad, la mayor parte de las personas depende del salario para asegurar su subsistencia y, así, la relación que mantienen empleadores y trabajadores está marcada por la desigualdad en el poder contractual.

La transición de la sociedad tradicional al régimen salarial fue un proceso convulso. Las clases populares no renunciaron amigablemente a sus formas de vida seculares ni se amontonaron gustosos en infectos arrabales urbanos para trabajar no menos de doce horas al día a mayor gloria del capital. Los conflictos sociolaborales a los que se enfrentó el hermano de Bentham en Rusia y que están en el origen de El panóptico son la norma en las sociedades en vías de modernización. Los analistas del momento reconocían que los trabajadores eran la fuente de la riqueza de un país, pero sólo en la medida en que fueran forzados a ello. Hasta bien entrado el siglo XIX los empresarios, economistas y legisladores no comenzaron a tomarse en serio la posibilidad de que la oferta regular de fuerza de trabajo descansase en incentivos salariales y no en la coerción. La metodología que la mayoría de los publicistas de la época defienden para que las clases populares se sometan industriosas a la disciplina del trabajo asalariado es el fomento artificial de su pobreza, la expropiación sin ambages de sus medios de vida ancestrales y distintas medidas de control e internamiento.

No es accidental, por tanto, que una parte significativa de El panóptico esté dedicado a examinar la posibilidad y las ventajas de una organización productiva y competitiva del trabajo en las prisiones. En los años noventa del siglo XVIII Bentham intervino de forma muy activa en el debate en torno al pauperismo. Una sucesión de malas cosechas y crisis comerciales había agravado la situación de la población más desfavorecida, a la que el nuevo contexto económico había despojado previamente de sus medios de sustento tradicionales. Estas masas menesterosas requerían alguna clase de asistencia, que resultaba muy onerosa para las arcas públicas. Bentham propuso la creación de una red de “casas para pobres” según el modelo panóptico que podrían llegar a custodiar a unas 500.000 personas que serían obligadas a trabajar. Se trata de un asunto político central que guarda relación directa con las medidas necesarias para asegurar el suministro de trabajadores asalariados en las condiciones que precisaba la incipiente economía industrial. Por eso Bentham distingue muy nítidamente entre la pobreza (la situación de aquellos que necesitaban trabajar para obtener su sustento) y la indigencia (la situación de quienes no están en condiciones de trabajar).

Los debates sobre las cárceles, el mercado de trabajo, el pauperismo y la moral pública forman parte de una única constelación discursiva sobre la que interviene El panóptico. La cuestión es a) garantizar la disciplina de las clases populares en ausencia de los sometimientos, lealtades y dependencias característicos de las sociedades tradicionales; b) garantizar que la fuerza de trabajo circula con la flexibilidad que necesitaba la nueva economía industrial, es decir, libre de los sometimientos, lealtades y dependencias característicos de las sociedades tradicionales. El panóptico proporciona la mitad de la respuesta. Se trata de una propuesta ultradisciplinaria adecuada al mercado de trabajo, en la medida en que está depurada de cualquier residuo comunitario “¿Qué control pueden tener los otros fabricantes sobre sus obreros que se iguale con el que el mío tiene sobre los suyos?”, se pregunta Bentham. “¿Qué otro amo hay que pueda dejar a sus obreros casi sin comer, si están ociosos, sin miedo a que se vayan a otra parte? ¿Qué otro amo hay cuyos obreros nunca se emborrachan a menos que él así lo decida? Unos obreros que, incapaces de aumentar sus ganancias por medio de la asociación, se verán obligados a aceptar cualquier miseria que él quiera darles según sus intereses”. El mercado libre proporciona la segunda mitad de la respuesta. El tratamiento de la fuerza de trabajo como una mercancía libera a las clases dominantes de cualquier responsabilidad sobre la subsistencia de las clases subordinadas, algo que ni siquiera el esclavismo había logrado.

En el mercado de trabajo confluyen distópicamente el panóptico y la competencia perfecta. En primer lugar, el mercado de trabajo permite la desigualdad sin asentimiento. El sometimiento a la autoridad ya no requiere normas compartidas y algún tipo mínimo de reciprocidad, como en la mayor parte de sociedades preindustriales. Es el producto de un automatismo mercantil en el que obramos libremente dentro de una arquitectura social ajena a nuestras motivaciones. No es preciso que reconozcamos la superioridad moral de nuestros jerarcas, basta con que asumamos voluntariamente las reglas de la compraventa. En segundo lugar, el mercado de trabajo permite la disconformidad sin unanimidad. En la medida en que la relación salarial no es formalmente compulsiva, sus conflictos característicos tienden a ser vividos individualmente, mientras su dimensión colectiva queda, más que oculta, disuelta.

En suma, el mercado de trabajo depura de lastres antropológicos una de las bases mismas de la antropología, como es la búsqueda del sustento y los procesos de estratificación social. Por eso puede lograr una desigualdad tan profunda como la de una sociedad estamental pero sin el correlato de un entramado comunitario. Es el equivalente a un mecanismo que nos emparejara y asegurara nuestra descendencia sin que concurriera ninguna estructura de parentesco, ninguna construcción simbólica, ninguna elaboración libidinal. La utopía liberal del panóptico y la competencia perfecta se ha erigido sobre la distopía planetaria del trabajo asalariado y la lucha de clases.

Bibliografía seleccionada

Bozovic, M.; “An utterly dark spot”, en Bentham, J.; The Panopticon Writings, Londres, Verso, 1995

Dinwiddy, J.; Bentham, Madrid, Alianza, 1995

Foucault, M.; Vigilar y castigar, Madrid, Siglo XXI, 1976 — El ojo del poder, Madrid, La Piqueta, 1989

Gaudemar, J.-P.; El orden y la producción, Madrid, Trotta, 1991

Melossi, D. y Pavarini, M.; Cárcel y fábrica: los orígenes del sistema penitenciario, Madrid, Siglo XXI, 1987

Perelman, M.; The Invention of Capitalism: The Secret History of Primitive Accumulation, Durham, Duke University Press, 2000

Perrot, M.; “L’inspecteur Bentham”, en Bentham, J.; Le panoptique ou l’oeil du pouvoir, París, Belfont, 1977

Schofield, P.; Bentham. A Guide for the Perplexed, Nueva York, Continuum, 2009 — Utility and democracy. The political thought of Jeremy Bentham, Oxford University Press, 2006

Semple, J. E.; Bentham’s Prison. A Study of the Panopticon Penitentiary, Oxford, Clarendom Press, 1993

Notas

[1] Milton Friedman, Capitalismo y Libertad, Madrid, Rialp, 1966..

[2] Robert Nozick, Anarquía, estado y utopía, México, FCE, 1988, p. 300.

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