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Hay capitalismo, por lo tanto hay crisis

Miércoles 11 de junio de 2014. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Argelaga. Revista antidesarrollista y libertaria

Por Miquel Amorós

Texto de Miquel Amorós para la charla-debate del 6-10-2012, en las Jornadas Libertarias de Castellón. Publicado en “Nocividades, defensa del territorio y crisis”. Dossier nº 1 de Argelaga.

Corta es la vida, el camino largo, la ocasión fugaz, falaces las experiencias, la crisis difícil.
Hipócrates. Aforismos

I.

Para Hipócrates la palabra crisis designaba el momento culminante de una enfermedad, a partir del cual, desmenuzando los datos sintomáticos y teniendo en cuenta las experiencias, podía formarse un criterio con el que juzgarla. El final del razonamiento crítico, el juicio acertado, no es fácil, puesto que no todos los factores se hacen evidentes al mismo tiempo y a menudo una enfermedad esconde otra. Si trasladamos la reflexión a la actualidad nos encontraremos con una crisis aparentemente económica que suscita reacciones inmediatas, epidérmicas, guiadas por una óptica tacticista que se mantiene en el terreno del parlamentarismo y del capital. La crisis es algo inherente al régimen capitalista, puesto que su funcionamiento normal consiste en subvertir constantemente las relaciones sociales en las que previamente se había apoyado. Cada fase liquida la anterior, por consiguiente, no puede afrontarse la crisis sin atacar de frente al capitalismo, pero las respuestas que habitualmente se dan se refieren a sus consecuencias y no a sus causas. No cuestionan los fundamentos del sistema sino solamente lamentan su mal funcionamiento. Las protestas aluden a la pérdida del «estado de bienestar», o sea, al descenso del nivel salarial de las masas consumidoras, y por añadidura, del empleo y del crédito; a la mala calidad de los servicios públicos, de la asistencia y del sistema de partidos, a la voracidad de los banqueros, y, para acabar, al dictado de las finanzas internacionales que se impone a la mayoría de la población gracias a la intermediación de los políticos. Parece entonces que puedan permitirse soluciones en el marco del sistema económico y político dominante, a través de medidas legislativas y ejecutivas que reduzcan el impacto crítico sobre las masas asalariadas y endeudadas, evitando de paso los fenómenos de exclusión. La solución ha de venir por consiguiente de la mano de un Estado interventor y no de su abolición. El capitalismo tendrá que desarrollarse más para crear empleos basura suficientes en vez de desaparecer. Pero, como en la medicina, aquí también una crisis superficial puede disimular otras más profundas y menos visibles.

II.

La crisis es política, es urbana, y también ecológica. Es el momento culminante de una enfermedad social y cultural cuyos indicios son innegables: pérdida de memoria, desclasamiento, individualismo, narcisismo, degradación del lenguaje, analfabetización funcional, miedo, domesticación…, y el tipo humano resultante explica por sí sólo la falta de reacción popular. Es la coyuntura donde la clase política acapara todas las instituciones públicas y se vuelve plenamente autónoma, defendiendo sus propios intereses en tanto que parte de la clase dominante. Es el instante en que el crecimiento urbano acumula millones de pobres en los suburbios al tiempo que aniquila el entorno rural y natural, cuando se toma conciencia del agotamiento de recursos naturales frente una demanda ilimitada de los mismos. Cuando se da la circunstancia del calentamiento global del planeta como respuesta a la contaminación atmosférica por gases de efecto invernadero. La inteligencia verdadera y total de la crisis produce un segundo nivel de cuestionamiento. La crítica apunta a la naturaleza del sistema y no se conforma con apaños ni reformas. Los individuos conscientes han de replantearse la forma de vida que desean llevar, la organización de su tiempo y de su espacio, el modelo de sociedad donde han vivir, y, finalmente, el equilibrio metabólico con la naturaleza, a fin de elaborar una estrategia de intervención colectiva de largo alcance. Han de cuestionar el conjunto del sistema y no solamente sus aspectos más degradantes.

III.

La cuestión del sujeto ocupa el lugar central del pensamiento crítico. La transformación radical de la sociedad necesita un agente social que la lleve a cabo, que necesariamente ha de nacer de la toma de conciencia de la población más afectada por la crisis. El problema radica en que dicho sujeto no puede constituirse dentro de un sistema totalitario, donde la dominación penetra y se apodera de todos los ámbitos de la vida. El sujeto ha de formarse mediante la deserción o la exclusión. Los procesos de segregación son lentos pues dependen de decisiones personales en situaciones difíciles; son problemáticos, puesto que el sistema no favorece una existencia al margen; y son propensos a desviarse de sus objetivos, ya que tienden a sobrevalorar un solo aspecto de la secesión, la cooperación, en detrimento del otro, la lucha, por lo que su anticapitalismo suele derivar hacia la experimentación dentro del capitalismo. Por otro lado, la exclusión, no voluntaria, a menudo recluida en las periferias urbanas, encerrada en entornos abandonados por el propio sistema, responde a la violencia económica que la ha originado con una violencia de signo contrario, pero el vandalismo de los excluidos no pretende cambiar el mundo, sino formar parte de él. La deserción es también un fenómeno cultural, pero el desarraigo total impide que las bandas callejeras de saqueadores construyan una comunidad libre, ni siquiera en base a la depredación, como lo fueron en cambio, en otra época, las asociaciones corsarias: les sobra el rap y les falta una auténtica cultura de la exclusión. Por ahora, únicamente las comunidades que se han resistido a las relaciones sociales de mercado, las poblaciones indígenas ajenas al modo de vida que impone el capital, han sido capaces de forjar un sujeto social capaz de elaborar un proyecto de transformación radical, al extender sus estructuras comunitarias tanto a sus entornos rurales próximos como a las barriadas urbanas. El ejemplo más claro de lo que hablamos sería la Comuna de Oaxaca de 2006.

IV.

Lo que queda claro es que el protagonista colectivo de la salida de la crisis va a surgir de comunidades vecinales, no de organizaciones de vanguardia, sindicatos o consejos. Las comunidades no son necesariamente el resultado de una marcha al campo, puesto que la segregación anticapitalista puede producirse también en la conurbación. Es más, dada la actual correlación poblacional, la ruptura de hostilidades no tendrá más remedio que darse en las aglomeraciones urbanas en descomposición. Es allí donde las masas han de echarse al monte. Las avanzadillas rurales pueden abrir camino, pero la crisis se va a producir sólo cuando estalle la conurbación, lo que sucederá por ejemplo si la falta de combustible causa problemas de abastecimiento. La inevitable crisis energética, al paralizar el transporte, acarreará sucesivas crisis alimentarias de desastrosas consecuencias para la supervivencia en las metrópolis. En los países capitalistas desarrollados donde no existen zonas vírgenes en las que pueda sobrevivir una comunidad e irradiar su influjo hacia el espacio urbano, el conflicto territorial puede desempeñar el papel de catalizador de la comunidad, pero los mayores efectivos los aportará la masa confinada en la urbe. Al contrario, La lucha urbana puede cobrar un sentido si se compromete con la defensa del territorio. La desurbanización seguirá el mismo camino que la urbanización.

V.

Los procesos ruralizadores habrán de engendrar en principio comunidades mixtas en un doble sentido, agrarias y urbanas por un lado, de creación y de lucha por otro. La batalla más importante que hay que ganar es la que se está librando ya contra las ideologías progresistas, defensoras del desarrollo a ultranza de las fuerzas productivas. Discurre principalmente en el terreno de la crítica de la ciencia y la tecnología, es decir, en el terreno de la crítica de la cultura industrial dominante, pues la desagregación de esa cultura del crecimiento, del consumo y del progreso, sin valor de uso, ha de nacer una contracultura de la fraternidad y del don, sin valor de cambio. Dicha contracultura no ha de existir como esfera separada del resto de la actividad comunitaria, sino como espacio interior de libre creación involucrado en la transformación anti-industrial de la sociedad. Por eso se asemejará más a la vieja cultura popular que a la cultura clásica de las élites, y será mucho más oral que escrita, puesto que como homenaje de las experiencias liberadoras del pasado estará hecha para ser contada, no para ser leída o «audiovisualizada». La oralización es el correlato cultural de la desindustrialización, tanto como el dialectización lo es del abandono de la tecnocultura uniformizadora del capitalismo tardío. Las germanías locales habladas en los espacios comunitarios desplazarán a las jergas especializadas de los espacios virtualizados del poder. La revolución futura –una revolución no es más que el final de una crisis– encontrará sus medios de expresión adecuados en el argot de los combatientes por la libertad.

VI.

La crisis actual, umbral de una recesión en todos los sentidos, nos introduce en un escenario de cambios profundos y rupturas traumáticas, donde es imposible la vuelta atrás. Las consecuencias serán trascendentales. La sociedad, en tanto que reino de lo irracional y arbitrario –en tanto que dominio del espectáculo– se ha vuelto demasiado inestable y demasiado irreal. Los conflictos necesarios devolverán el mundo a la realidad, pero a una realidad beligerante. El combate social, como la guerra, se desenvuelve en el campo del riesgo; respira una atmósfera de peligro. Su desenlace es imprevisible: puede sumergirnos de nuevo en la peor de las pesadillas o sacarnos del atolladero. La victoria nunca está asegurada pero la crisis trabaja para ella. Nos muestra los momentos vulnerables del enemigo, aquellos donde es factible pasar al ataque con garantías de éxito.

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