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"Entre todos": el espectáculo de la caridad

Miércoles 1ro de enero de 2014. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Sin Permiso

Por Paco Roda

Nunca tuvo el Reino de España un Estado del Bienestar suficiente, más bien fue escaso, limitado, descoordinado y poco eficaz. Mientras la Europa posbélica de 1945 construyó los suyos, esta España ahora reconquistada por el PP a la derecha de dios padre, naufragaba en la posguerra más dramática y levantaba muros de contención entre vencedores y vencidos. Franco apenas sabía de qué iba el bienestar social. Más bien lo ignoraba y bajo su idea menesterosa de dar pan negro a los vencidos ideó su particular estado protector.

El franquismo social se sustentó en dos principios aparentemente contradictorios: represión y protección. Represión contra aquellos que no participaron del ideario de Una, Grande y Libre y protección a favor de aquellos que asumieron, por la fuerza o la convicción el ideario franquista. Y así se desplegó la gran fábrica social de las caridades, piedades y socorros mutuos. Será el Fuero de los Españoles de 1945 el que recoja gran parte de la primera hornada legislativa de claro matiz proteccionista, paternalista y estamentalista. Había que proteger a los pobres y la Iglesia jugó, a través de sus organizaciones, un papel clave. La caridad, la piedad y la sensibilidad eran las bases del sistema protector que acabará, sin terminar de deslegitimarse, con la Constitución de 1975 que proclama diversos derechos sociales en clave de ciudadanía. Desde entonces hasta 2006 se ha ido construyendo un Estado de Bienestar insuficiente pero medianamente ordenando en varios sistemas de protección social –servicios sociales, vivienda, protección por desempleo, pensiones, educación, salud y protección a la dependencia-, que han conseguido reducir las desigualdades sociales y posibilitar el acceso de la ciudadanía a una gran cartera de servicios. Y todo ello en clave de derechos publicos y ciudadanos.

El gobierno de Rajoy está descuartizando esa pequeña gran obra. Y programas como Entre todos está contribuyendo a ello. Pero esto es solo un ejemplo.

Entre todos, ese programa lacrimógeno hasta que te coge el sueño de la siesta, se presenta como una actuación mágica de solidaridad pública frente a la crisis que padecemos. Lo emite la 1 de TVE a una hora –después de asistir a la falsificación de la realidad informativa-, en que todo adquiere una apariencia nebulosa, cuando el día se enfanga en el desaliento y cuando la culpa tras la comida te reclama una expiación urgente.

El pretexto de este programa es la solidaridad colectiva con los más necesitados. Una buena idea si realmente se tratara de un programa solidario donde se identificaran las claves que hacen posible la desigualdad de los ciudadanos necesitados de tanta solidaridad, de tanta pena y compasión, pues éstos son en realidad los móviles del programa. Pero no lo hace. Lo ignora, lo evita y con ello contribuye a un discurso perverso sobre la realidad social y sus efectos. Porque deconstruye la realidad sometiéndola a un reduccionismo samaritano. Porque los beneficiarios aleatorios y destinatarios de tanta solidaridad aparecen como sujetos sobre los cuales el infortunio ha emergido por razones que escapan a la condición social, política y económica en qué viven y se construyen o destruyen, como si una fuerza incontrolable del destino los hubiera convertido en dianas de la adversidad sin remisión.

A diario aparecen en este programa situaciones de gran dramatismo personal y familiar. No lo niego. Pero el plasma televisivo posee unas propiedades edulcorantes que actúan sobre la gravedad dolosa de los hechos. Y allí donde antes había un problema ahora hay un show televisivo que transmuta lo desgarrador en superfluo. Como una burbuja de magia con efecto placebo. Entre todos en realidad no es entre todos, sino entre unos pocos llamados a ser altruistas individuales. Entre todos es todo menos un programa solidario. Solidario es contribuir con más impuestos a un mayor bienestar generalizado. Pero no. Entre todos es casi un programa de magia y frivolidad a raudales donde las adversidades, fruto de injusticias sociales y recortes del Estado de Bienestar, se resuelven a golpe de talón privado o dádiva personal. Su presentadora, como todo buen transformista de la realidad, despliega un hábil manejo de las emociones y las sensibilidades del público y espectadores. Con ello consigue efectos sinuosos sobre la audiencia. Todo tiene como finalidad recrear un espacio dramático culpabilizador ante los dramas presentados, los cuales se cargan directamente a la cuenta personal de los espectadores quienes se librarán de dicha culpa mediante la limosna correspondiente. El mecanismo transformador de las distintas adversidades personales o familiares se pone en marcha como una caja mágica donde todo se resuelve a golpe de efecto. A más morbo, mayor capacidad de sensibilización, a más presencia de menores en el drama presentado, aumentará la tensión caritativa. Cuando el descenso a los infiernos personales se haga visible y los afectados se desnuden dejando sus vidas al aire libre a merced de la caridad y solo de la caridad, el efecto mediático habrá logrado su objetivo. Y este no es otro que la banalización de la miseria, la trivialidad de la desventura al servicio de una audiencia que solo quiere ver y oír como hay otras situaciones peor que anulan toda capacidad de crítica y resistencia.

Porque Entre todos exime al poder, al Estado y al Gobierno de sus responsabilidades y obligaciones como proveedor de derechos, recursos y asistencia pública. De esta manera, este programa se convierte en una plataforma de rescate social individualizando las respuestas. Y es que Entre todos apela a la intimidad caritativa para resolver situaciones que tiene origen no en lo individual, sino en lo social y lo político. Pero más aún. Lo hace convirtiendo el plató televisivo en un espectáculo de circo emocional que fascina por su enorme capacidad de seducción misericordiosa. Entre todos olvida a sabiendas qué es la justicia social para resucitar la España del Ustedes son formidables.

P.-S.

Paco Roda es profesor de la Universidad Pública de Navarra

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