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El bebé de Bescansa, el feminismo y la nueva política

Miércoles 20 de enero de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Pikara Magazine

Las reacciones polarizadas en el debate que ha abierto la diputada reflejan un choque generacional. A las feministas que lucharon por acceder al mundo público, el bebé en el Congreso no ha gustado. Para las jóvenes, es un gesto rebelde contra las exigencias productivistas que tensan la esfera reproductiva.

El feminismo se mueve al ritmo de las vidas de las mujeres. Y que siempre está en movimiento es algo que no parecen haber entendido algunas diputadas del PSOE (de las del PP ni hablo) cuando criticaron el gesto de Bescansa. Yo, que no soy sospechosa de alentar la lactancia ni el apego, que he luchado por no dar de mamar y que apoyo a las que eligen este camino, entiendo que criticar a Bescansa no sólo no es feminista, sino que es muestra de no entender por dónde va el feminismo y por dónde van las mujeres jóvenes.

Creo que la cuestión del Bebé de Bescansa puede enfocarse desde otro punto de vista, no tratado hasta ahora y también creo que hay que salir de los debates descontextualizados y maniqueos en los que a veces caemos. Voy a enfocar este artículo sin tocar ni juzgar un determinado método de crianza (que no me gusta, que no comparto) y sin detenerme en las dificultades de las mujeres para conciliar, cosa en la que todas estamos de acuerdo. Voy a enfocar la cuestión desde el cambio; un cambio que tiene, como todos los cambios, aspectos ambivalentes pero, que en todo caso, exige nuevos argumentos. Cuando digo cambio digo cambio político, pero también cambio generacional, que es algo que hasta ahora está quedando fuera del debate.

Las feministas que criticaron el gesto de Bescansa pertenecen a otra tradición feminista que, en parte, está ligada también a otra generación (la mía, por cierto) que ha dado mucho al feminismo pero que si no mira alrededor con curiosidad y ganas de aprender y, sobre todo, de escuchar, corre el riesgo de quedarse completamente al margen. Los y las jóvenes que entraron en el Congreso el martes pasado pertenecen a otra generación social y política, que piensa distinto de casi todo y que vive distinto también. Su entrada al Congreso fue, como ha sucedido antes en todas las instituciones en las que venimos entrando, absolutamente demostrativa de la apertura de un tiempo muy diferente. No es sólo un cambio político, es un cambio generacional muy importante. Y eso afecta también al feminismo.

Ya expliqué cuando yo misma entré en la Asamblea de Madrid que al compararnos con los demás diputados y diputadas parecíamos de otra raza. El martes, pudimos verlo y no sólo con el bebé. Los diputados y diputadas de Podemos parecían marcianos en una reunión de la trilateral. No nos parecemos en nada a los tradicionales, y no es sólo una cuestión de adscripción política, es también una cuestión de experiencia vital que se refleja en el aspecto exterior pero también en la relación que establecemos con la vida, con nuestra vida cotidiana. Y no es una pose, ni es un show.

Y es ahí donde creo que hay que situar la cuestión del Bebé de Carolina Bescansa. La gente que entra en el Congreso (y que ha entrado antes en otras instituciones) viene del activismo social, de posiciones que se podrían considerar antisistema, que es una posición no sólo política, sino también vital. Esta gente no viene, como es lo tradicional en los cargos públicos, de hacer méritos durante años en un partido político, ni de un bufete de abogados, ni siquiera de las facultades de derecho privadas o de una empresa. Viene, venimos, directamente de las manifestaciones, del desempleo, de los trabajos más precarios y de un tiempo político distinto. Esto hace que esa distinción radical, tan propia del capitalismo liberal, entre esfera pública y privada, no la vivamos de manera tan estricta.

Y esto es un tema propiamente feminista. Para ellos y ellas, para nosotras, el ideal de ciudadanía que se sustenta sobre la separación radical entre la esfera pública (lugar de la ciudadanía, del trabajo remunerado y del debate político; el Mundo del Estado, que dice Habermas) y la esfera privada (la crianza, el cuidado de ancianos y enfermos, el Mundo de la Vida, según el filósofo alemán), es una separación que, en gran parte, ya no opera. Carolina Bescansa no llevó a su bebé al Congreso como un gesto de nada, sino como una manera de estar ella misma en la vida. Mucho antes de ser diputada ella iba con su anterior bebé a todas partes y después con este pequeño de ahora se ha hecho toda la campaña; quienes la hemos visto lo sabemos. Simplemente, ella escogió en su momento ese método de crianza y no lo ha cambiado aunque la hayan elegido diputada. Ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida.

Debido a que un bebé en el Congreso es algo profundamente incongruente con esa radical separación entre las esferas pública y privada, todos los medios se cebaron en ello, pero sin bebé por medio, la actitud de Bescansa era la misma de los otros diputados y diputadas. La gente que entró con Bescansa llegó en bicicleta, en metro, con sus rastas, con sus melenas, con los mismos vaqueros que llevaban el día anterior para ir a hacer la compra; llegaron con sus maletas de gente normal con vidas normales que no han aprendido a dejar en el guardarropa (y esperemos que no aprendan). La esfera pública, para estas mujeres y hombres jóvenes, no ha sido nunca un compartimento estanco en el que se ejerce la ciudadanía, se gana el salario, se trabaja. Nuestras vidas van con nosotras, y eso es feminista aunque, naturalmente, tiene sus sombras. El bebé de Bescansa puede enmarcarse en una manera diferente de posicionarse en la política y en la vida que no es únicamente propia de Bescansa o de las madres, o de las mujeres. Es la propia de esta generación salida del 15M.

Respecto al bebé y al método elegido para criarlo, claro que hay un debate feminista ahí. Pero antes de criticarlo con dureza y calificarlo sin más, como antifeminista, hay que contextualizarlo, no para abandonar la crítica, sino para poder entender que aquí, con el cambio político, se ha producido al mismo tiempo un profundo cambio generacional. Y los cambios generaciones hay que juzgarlos con parámetros del tiempo que les corresponde.

Lo primero que hice antes de ponerme a escribir este artículo fue realizar una mini encuesta en mi trabajo a mis compañeras diputadas y a las trabajadoras del Grupo Parlamentario, y comprobé que existe ante este asunto una clara cesura que condiciona la respuesta. A las mujeres de mi generación o un poco mayores que luchamos por acceder al mundo público cuando este acceso estaba vedado, que luchamos también por librarnos e de la obligación de ser madres en exclusiva, el bebé en el Congreso no ha gustado. Quienes tuvimos que luchar por estudiar, por trabajar fuera de casa, por ser iguales en la familia, por tener los hijos que quisiéramos, y cuando quisiéramos, o por no tener ninguno, leemos el bebé de Bescansa no en clave de su libertad para criar como quiera y para llevar su condición de madre hasta el último rincón de su ocupación pública, sino como un recuerdo muy vivo de los tiempos en los que esto era una penosa carga de desigualdad.

Pero para las jóvenes la lectura es muy diferente. Las jóvenes a las que he preguntado crecieron sabiendo que no tenían que ser madres si no querían, que tenían que estudiar, que formarse, y que tenían que conseguir un trabajo remunerado sin el cual no hay igualdad ni tampoco hipoteca posible. Y con lo que se han encontrado es con lo que de sobra conocemos; que en realidad no pueden ser madres (ni padres) aunque quieran. ¿Cómo van a ser madres (o padres) si ni siquiera pueden independizarse de sus propios progenitores?

No importa lo mucho que hayan estudiado, se hayan formado y hayan trabajado. La realidad es que los salarios, la precariedad y el desempleo no dan para tener hijxs, (si acaso uno, y ya cuando la edad aprieta). El tamaño de los pisos y la inexistencia de servicios públicos hace que verdaderamente tener hijxs se haya convertido en un lujo al alcance de las familias ricas. Cuando decimos que no es una crisis, que es una estafa, no nos referimos únicamente al desempleo, al precariado perpetuo, a la pobreza. Todo eso hay que referirlo al ciclo vital.

Las jóvenes de hoy se han quedado colgadas en el tiempo, sin trabajo, sin casa, sin familia, sin vida, atrapadas en un limbo en el que vivirán como adolescentes hasta… no sé sabe hasta cuándo. Algunas pasarán directamente a la jubilación sin haber vivido las etapas normales de la vida. Los hijos, además, sólo son posibles en un tiempo vital relativamente corto en el caso de las mujeres. Antes luchábamos por escoger el momento de tener hijos, pero hoy existe toda una generación que vive con angustia la imposibilidad de tenerlos, y de eso no se habla.

Estas jóvenes ven el bebé de Bescansa como un desafío a unas exigencias productivistas cada vez mayores que están tensando hasta el límite la esfera reproductiva. Para ellas, el gesto de Bescansa es un alivio, es rebelde, es lo que quisieran poder hacer. Las jóvenes de hoy quieren, sí, un trabajo como el que conseguimos nosotras; pero quieren también cuestionar las exigencias de un productivismo atroz que no nos permite, ni a hombres ni a mujeres, simplemente vivir. No se trata de trabajar y ver cómo nos las apañamos en la otra parte de la vida; se trata de que todo es la vida, el trabajo remunerado y ese otro ámbito que es el que sostiene a aquel y que es, nada menos, la única vida que tenemos, y reivindicar que la queremos no sólo para tener hijos e hijas (que a lo mejor no queremos tenerlos), sino para leer, pasear, charlar, ver cine, amar, jugar…

Y, como todo esto es ambivalente y difícil, para acabar diría que las feministas tenemos siempre que tener presente la historia para no perdernos. Ir a trabajar con los hijos o dejarlos en guarderías es liberador o es una carga dependiendo del contexto. Las mujeres han acudido a trabajar siempre con sus bebés a cuestas, al campo, en las granjas, a las fábricas. Esto no es nuevo. Las ricas, por el contrario, siempre han dejado a sus bebés en manos de otras mujeres. En el siglo XIX las obreras llevaban a sus bebés a las fábricas, llenas de ruido y contaminantes. Fue un avance social muy importante poder acudir a trabajar dejando al bebé en un lugar seguro. Las mujeres burguesas, por el contrario, quedaron en el XIX reducidas a la crianza de los hijos e hijas y su acceso al mundo del trabajo quedó vedado. También fue un avance social de las mujeres poder acceder a ese mundo y elegir no tener hijos si no los deseaban. Esta es la historia, y ahora se está escribiendo otra diferente que tiene avances y retrocesos, luces y sombras; pero que es distinta.

P.-S.

Beatriz Gimeno es activista lesbiana y feminista, escritora (de novela, ensayo y poesía) y bloguera.

Ilustraciones de Paulapé

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