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Crónica de un día en Marruecos

Lunes 24 de septiembre de 2012. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Estas notas sobre la actualidad de la lucha política y sindical en Marruecos nos las ha enviado el compañero Antonio Pérez, que es militante del sindicato de Correos de CGT. Han sido escritas en Rabat y Alhucemas durante la tercera semana de septiembre de 2012. Por seguridad algunos nombres han sido cambiados o sustituidos por iniciales.

Crónica de un día en Marruecos (en Rabat)

Al alba el Moezzin comienza el llamamiento a la oración de la madrugada, “al Magrib”, desde el minarete de una mezquita cercana a la puerta del mercado central de Rabat y decenas de personas se acercan a la mezquita, somnolientos y desorientados, y entran en sus puertas, se abren los cierres de los locales del mercados y llegan los primeros vendedores ambulantes empujando sus carros con frutas y verduras. Algunos barbudos, con gandora blanca y la cabeza cubierta por una tarbuch blanco de tela comienza a vender casetes y CD con recitaciones coránicas, y en ellas esconden discursos de sus líderes, son los Hermanos musulmanes.

En el parque en de la explanada del Teatro Real, pequeños, grupos de jóvenes discuten acaloradamente, pero con cierta discreción, cuando se acercan alguien, callan o cambian abruptamente el tono de la conversación, y ésta se hace calmada y distendida.

Más allá, siguiendo el bulevar de Mohammed V, ante el Parlamento Nacional, en el jardín de enfrente, hay un campamento con unas cien personas: son veteranos de la guerra del Sahara, unos están ya retirados, otros se pasaron parte de la guerra como prisioneros del Frente Polisario y, cuando el alto el fuego, fueron liberados. Ahora todos reclaman una pensión por haber defendido “la patria”, y ahora “la patria” les ha olvidado y no les paga nada. Llevan 179 días concentrados en ese campamento; la fachada del Parlamento está protegida de estos exmilitares por agentes de la Gendarmería, de la Policía y de las Fuerzas auxiliares, sin contar con números miembros de la Aman Watani (Seguridad Nacional, o sea, la Policía Secreta); esto es, por una representación de todos los cuerpos represivos de Marruecos.

Al girar a la derecha, a la altura del Banco Nacional y de la Oficina Central de Correos comienza una calle que está flanqueada por un hospital infantil y en la otra acera hay un edificio rectangular, por el que nadie se atreve a pasar, en el que aparece un nombre en árabe, en francés y español: Dirección General de la Seguridad Nacional, es la dirección de la policía secreta, de los Aman Watani, el más siniestro de los cuerpos represivos marroquíes.

Al finalizar esa calle, donde comienza la calle Jean Jeares, el célebre revolucionario francés que se opuso a la primera guerra mundial y que por ello fue asesinado, está el local central de la Unión Marroquí del Trabajo, sindicato mayoritario en Marruecos. El local está clausurado por la dirección central del sindicato, ligada al régimen monárquico, o sea a la dictadura, porque en el último congreso regional se impuso una dirección sindical de militantes izquierdistas y abrieron el local a todos los colectivos en lucha, profesores, sanitarios, diplomados en paro, obreras del textil etc… Ese local se había convertido en Rabat en reducto obrero contra la dictadura, y en junio decidieron cerrarlo los dirigentes nacionales del sindicato (la burocracia mafiosa como la llaman los afiliados a ese sindicato) y las autoridades locales. Ahora los izquierdistas utilizan el local de la Federación Nacional del Sector Agrícola de la UMT, el último reducto sindical legal que les queda a los izquierdistas; pues el presidente nacional del sindicato de enseñanza de la UMT ha sido expulsado del sindicato porque también en el último congreso nacional volvió a imponerse una dirección sindical de izquierdistas. Es un destartalado local situado en un sombrío barrio popular llamado “Ocean”, el barrio del Océano. En el edificio hay obreros con ropas gastadas y mujeres con chilabas con miradas pérdidas, que esperan hablar con un responsable sindical al que contarle las tropelías que su patrón les hace, en una sala donde todo está lleno de pancartas reivindicativas y con lemas de lucha.

Sobre las cuatro de la tarde, en la explanada ya no son grupos dispersos como a la mañana, sino que son columnas formadas de jóvenes, hombres y mujeres, con unos chalecos reflectantes con el color de la organización a la que representan (el naranja a la coordinación morabitun de diplomados superiores técnicos en paro, los amarillo, la coordinación de ingenieros técnicos en paro, etc.) y comienzan a cortar la carretera del bulevar y a marchar cantando lemas contra el gobierno hasta la sede del Ministerio de Empleo y Formación. Allí ya les esperan tres columnas de agentes de la Gendarmería, con uniformes negros y el material antidisturbios: el casco calado y la “draouata”, que es una porra de unos 50 centímetros de madera de ciprés, no flexible, con la que golpean a los manifestantes hasta que éstos en el suelo ya no se mueven. Le cierran el paso desde un lateral de la sede del ministerio, con lo cual las columnas de los manifestantes se concentran en el otro lateral del ministerio, llegando a las puertas del mismo, que ya está custodiada por más gendarmes. A pocos metros del Ministerio está la Embajada de España y el Instituto Cervantes, custodiados por vigilancia privada; y por toda la plaza hay viandantes y espectadores ocasionales de estos sucesos, mezclados con agentes de la Aman Watani y Balatyias (matones y delincuentes comunes que el régimen contrata para que golpeen a los manifestantes, sin que tener que mancharse ellos en estos trabajos sucios). La concentración dura horas bajo un sol inclemente, con frecuentes escaramuzas, en las que algunos manifestantes huyen por creer inminente una intervención de la Gendarmería. Me doy cuenta que entre los organizadores hay varios barbudos, sobre todo uno con la gandora blanca que imparte órdenes, por eso las consignas que gritaban eran contra el Gobierno y no contra el régimen, se trata de una protesta canalizada por los islamistas. En uno de las escaramuzas veo que los del servicio de orden hacen una cadena humana y empiezan a empujar físicamente desde atrás para impedir que los manifestantes se marchen y entonces tengo un altercado con uno de ellos que me espeta que “el sitio de la lucha es allí y no donde tú estás hermano, ve hacia allá”, yo molesto por el tono autoritario con el que me lo ha dicho le contesto que estoy ahí porque no pienso ponerme dando mis espaldas a los gendarmes, para que el caso de que haya intervención me encuentre a sus expensas. El miembro de orden de la manifestación había creído que yo era un manifestante y al oírme hablar en francés se da cuenta de su error y me apesadumbrado me inunda de excusas y disculpas. Los gendarmes me señalan, me han visto hacerles fotos y me tienen controlado, así que decido cumplir con las normas de seguridad (marcharse antes de que acabe la manifestación porque la policía siempre va a esperar a esto para practicar las detenciones), pues no tengo ganas de que un gendarme me reviente la cámara o tener un altercado con un baltayia. Cuando me marcho rápidamente de la plaza, compruebo que nadie me sigue (los baltayias normalmente te siguen hasta que estés en una calle desierta para entonces agredirte) y me reincorporo al bulevard Mohammed V. Me gustaría saber que pasó al final de la manifestación, si hubo intervención de la Gendarmería y detenidos, pero sé que los periódicos no dirán nada de ello mañana.

A los pocos minutos me llaman de Casablanca, se trata de M., miembro de la sección de esa ciudad de la Asociación Nacional de Diplomados en Paro, y me dice que los seis detenidos de la manifestación del 22 de julio, que el día anterior pasaron por el Tribunal de Primera Instancia en Casablanca, no han sido liberados, pues el juicio acabó a las tres de la madrugada, y no dictaron sentencia. Pero eso sí, los detenidos declararon a los escasos medios de comunicación que estaban en el juicio que: “Sabemos que hemos sido detenidos por ejercer nuestro derecho a manifestarnos, cuando nos liberen, volveremos a manifestarnos y seguiremos perteneciendo al Movimiento del 20 de febrero (el movimiento creado tras las revoluciones de Túnez y Egipto, que lucha en Marruecos contra la dictadura del Rey)”.

El día anterior estuve en Casablanca, en la plaza de Mohammed V, donde M. y sus compañeros de la Asociación de diplomados en paro, hicieron un acto espontáneo, donde se turnaban para hablar a la multitud de su situación de parados y responsabilizaban al régimen de ello, ante la mirada estupefacta de los paseantes que circulaban por la plaza, que se iban concentrando alrededor de ellos, formando un círculo. M. me reconoció entre la multitud y me sonrió, pero estaba tenso y expectante. Cuando finalizó el acto y precipitadamente se disolvieron los concentrados M. me confesó que la mitad de los que había en la plaza durante el acto eran de la Aman Watani.

Actualmente hay una cincuentena de miembros del Movimiento 20 de Febrero presos en las distintas cárceles de Marruecos, en Casablanca, Tánger, Kenitra, Alhucemas, algunos esperan el juicio para saber la condena que les tocará cumplir, y otros ya la están cumpliendo. Son condenas que van desde un año de prisión a un par de meses. Pero cada vez que se hace una jornada nacional de protesta, con manifestaciones en las grandes ciudades, hay nuevos detenidos y presos; la pérdida de masividad de las manifestaciones ha hecho aumentar la represión. Desde el inicio del movimiento por cambios democráticos en Marruecos el 20 de febrero de 2011 ha habido siete muertos, a los que se les ha nombrado mártires; cinco que fueron quemados vivos dentro de una entidad bancaria por la Gendarmería en Alhucemas, Karim Chaib, de la ciudad de Sefrou que fue apaleado hasta la muerte después de una manifestación, y Kamal Amarani, de la ciudad de Asfi, que fue apaleado después de una manifestación y que murió a los pocos días de las lesiones que le causo la policía. Nadie, hasta el día de hoy, se le ha responsabilizado de estos asesinatos, es más, ni siquiera hay abierta una investigación judicial.

Cae la noche en Rabat, y los locales del mercado cierran sus puertas, los vendedores ambulantes se marchan con su carros, y la gente vuelve a sus casas, un día más ha pasado sin que nada haya cambiado, y de hecho gran parte de la población no saben que ha habido personas ese día que se la han jugado para intentar cambiar las cosas, pero que no lo han conseguido. La ignorancia y la indiferencia es todavía la fuerza del régimen. Los cincuenta compañeros presos en las distintas cárceles marroquíes, que pasarán una nueva noche en prisión, lo saben bien pero estoy seguro que también saben que mientras haya personas que se incorporen a la lucha, que siguen peleando, mientras una pequeña llama de la revuelta siga encendida, no perderán la esperanza.

Unas notas desde las montañas del Rif

Estoy en las montañas del Rif, en la capital de la provincia, Alhucemas, una pequeña ciudad situada entre cordilleras de montañas y el mar Mediterráneo, frente a Málaga. Para llegar hasta aquí hay que cruzar por carreteras construidas sobre abruptas montañas y estrechos desfiladeros, con pendientes que erizan la piel, y al final de todo está el mar. Aquí fue donde las tribus rifeñas formaron un ejército de campesinos pobres y mal armados, que derrotó en 1921 al ejército español, cuyos soldados y generales huyeron cobardemente, lo que no impidió que apresaran al General Silvestre, Jefe de la guarnición y le cortaran la cabeza antes de que éste pudiera suicidarse al ver la humillante derrota que había sufrido. En los libros escolares hablan de este episodio como “el desastre de Anual (la montaña frente a la que los españoles fueron derrotados)”, aunque en realidad fue no un “desastre” sino una victoria militar de los pobres sobre un ejército colonial y moderno como era el español.

Días antes encontré en Rabat al responsable de Relaciones Internacionales del Comité Confederal y al responsable de Relaciones para el Norte de Marruecos, de la CGT, y me pidieron que me quedara para ayudar en las traducciones en un Encuentro Internacional contra el paro que estaba convocado en Rabat por la Asociación Nacional de Diplomados en Paro de Marruecos y que estaba apoyado por la coordinadora euro-mediterránea que impulsa la CGT. Ese encuentro se celebró en el local central de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, que es la única organización legal que presta su local para realizar actividades que son abiertamente definidas contra la dictadura marroquí. La sede de la AMDH es un local moderno situado en un barrio residencial, rodeado de asociaciones oficiales, como la federación marroquí de Boys-Scouts y de Halterofilia, lo que daba un cierto aire surrealista a la reunión. A ella asistieron la Asociación Nacional de Diplomados en Paro de Marruecos, la Unión de Diplomados en Paro de Túnez, el Comité contra la precariedad laboral del Sindicato Autónomo de Administración Pública de Argelia, Solidaires (Sud-Rail), la CNT francesa y otras organizaciones.

La reunión fue caótica, no se habían preparado las traducciones, y se hacía sobre la marcha, alargando las presentaciones de las delegaciones y las intervenciones, con largas parrafadas sobre las maldades del capitalismo imperialista y un absoluto descontrol en los tiempos. Por la ANDC de Marruecos estaba todo el Comité Nacional, y su presidente, A., presidía las sesiones. A. es un tipo de Rabat, con aspecto de afroamericano del Bronx, que intentaba poner algo de orden en todo el desbarajuste que allí se desarrollaba. Frecuentemente repetía: “no podemos olvidar a nuestros compañeros presos, que están detenidos en estos momentos; pero lo que no podemos olvidar nunca es a nuestros mártires, porque ellos murieron para que nuestra lucha viva…” Se refiere a Mustapha Hamzaoui, presidente de la asociación en la localidad de Khenifra, que fue detenido y torturado hasta la muerte por la Policía en 1993, o Nadia Adaira que murió a causas de las lesiones que le provocaron la intervención policial en una manifestación en 2005, o a Kamal Hasaní, que murió al ser detenido tras una manifestación a causa de las torturas, hace unos diez meses. Cuando pronunciaba el nombre de estos mártires todos los marroquíes que estaban presentes en la reunión se levantaban y hacían con los dedos el símbolo de la victoria, supongo que en homenaje a esos mártires. Luego llegó el punto de los “testimonios”, en los que los represaliados daban testimonio de la represión que habían sufrido. Llego un rifeño, de cuyo nombre no llegué a enterrarme y contó como en una manifestación los policía lo acorralaron y cuando cayó al suelo todos comenzaron al mismo tiempo a golpearle una pierna, alrededor de 30 agentes golpeándosela. Cuando llegó al hospital, tuvieron que amputársela. En ese momento se levantó un joven muy demacrado con una muleta, J., que estaba sentado a mi lado y que constantemente me soltaba peroratas sobre la maldad intrínseca del capitalismo. Entonces contó su “testimonio”: En un encierro en el local del sindicato de Rabat, de diplomados en paro reclamando trabajo, durante la madrugada se presentaron decenas de gendarmes y directamente comenzaron a golpear a los encerrados que estaban durmiendo. Cuando consideraron que ya estaban suficientemente apaleados se marcharon. Los heridos fueron a urgencias de un hospital, pero ya habían pasado antes los policías para advertirles de que no les curen, de forma que desde el hospital los mandaron a todos a casa como si no tuvieran nada. Tras una semana los médicos dijeron a J. que tenía cuatro fracturas en una pierna, y que probablemente perdiera la movilidad en la misma. En la reunión J. dijo que ello no impediría que continuase su compromiso en la lucha contra el paro y contra la dictadura marroquí, y dijo que ahora el régimen prefiere apalear a los que luchan contra él, porque los heridos e incapacitados no les hacen sufrir el mismo coste político que los presos, les trae cuenta machacar a los opositores y no encarcelarlos, porque los quita de la circulación un tiempo y no tienen el coste de la presión internacional que suponen los presos.

Marruecos hoy vive un boom de la construcción y de las obras públicas, han llenado el país de autopistas, que pasan por lugares absurdos y que no tienen ningún interés económico real, se construyen casas que nadie tiene poder adquisitivo para comprar, grandes hoteles para turistas que no van a llegar y ahora quieren construir un Tren de Alta Velocidad. En Marruecos, donde el tiempo no existe, donde nadie se molesta en cambiar los relojes cuando se produce el cambio horario, ¿para qué quieren un Tren de Alta Velocidad?, si los ricos no tienen prisa porque ya son lo suficientemente ricos y los pobres tampoco tienen prisa porque no tienen nada que hacer. El paso del “progreso” en Marruecos es devastador, construyen a pie de playa, llenan de carreteras y de casas lugares inhóspitos, y siembran antenas de móviles por doquier. Es un país que no reconozco, no es el país donde hace un tiempo yo viví, sus calles y sus gentes son las mismas, pero nada ya es igual; el “progreso” ha llegado para cambiarlo todo. Pero no es sólo eso, también ha empezado a cambiar las mentalidades. Numerosos jóvenes me han dicho que no tienen ninguna intención de cruzar el estrecho y jugarse la vida para ser obreros de la construcción en España o en Francia, que no quieren ser esclavos en Europa, quieren quedarse allí, en su país, donde han nacido y han estudiado, y quieren que ese país les de trabajo, y para ello quieren cambios reales. Las revoluciones en Túnez, en Egipto, en Libia…, han tenido un efecto sobre la población marroquí, les han insuflado la dignidad pérdida, y ya grandes sectores de la población no creen que su salvación esté en la emigración, sino que creen que su futuro está allí, y sólo es posible alcanzarlo con cambios sociales y políticos. Y algunos ya están luchando y sufriendo por alcanzar esos cambios.

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