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Uno que sí estaba aquí

Lunes 29 de abril de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Uno que sí estaba aquí

Isaac Rosa sobre Javier Ortiz

"Se acumulan los despertares y las caídas de burro en esta España en descomposición. No sabemos si avergonzados o temerosos de ser arrastrados por la misma marea, son muchos los intelectuales que miran atrás y entonan un mea culpa lastimero: cómo pudo pasar, cómo hemos llegado a esto, cómo no nos dimos cuenta antes".

Se acumulan los despertares y las caídas de burro en esta España en descomposición. No sabemos si avergonzados o temerosos de ser arrastrados por la misma marea, son muchos los intelectuales que miran atrás y entonan un mea culpa lastimero: cómo pudo pasar, cómo hemos llegado a esto, cómo no nos dimos cuenta antes.

Algunos parecen surgidos de un coma profundo, como si hubiesen pasado los últimos 30 años en una cueva o en otro planeta, o quizás hechizados por un bebedizo que les impidió ver que aquella España orgullosa, moderna, que daba lecciones de democracia, y cuyas empresas y bancos conquistaban el planeta, era puro humo. Otros se caen del burro tras décadas viajando cómodamente en su lomo, y el costalazo duele. La mayoría contempla el tiempo anterior a la crisis como un país extranjero, que desde el presente no reconocen, ni se reconocen a sí mismos entonces: ¿Éramos nosotros? ¿Estábamos aquí? ¿Qué hacíamos, hacia dónde mirábamos mientras todo se encaminaba hacia la tormenta perfecta?

Se frotan los ojos, y pretenden hacernos partícipes de su pasmo, incluirnos en un plural que reparte culpas para que al final no haya culpables: “todos” miramos hacia otra parte, “nadie” vio lo que ocurría, “pocos” anticiparon el desastre. Pues no: todos no se creyeron la fiesta (ni participaron de ella); algunos no sólo vieron lo que se avecinaba sino que lo dijeron, aunque clamasen en el desierto.

Entre estos, en lugar destacado, Javier Ortiz. Es cierto que sus lectores todavía nos preguntamos a diario “qué habría escrito Javier sobre esto”. Pero si hay un artículo que yo echo de menos, es el que habría dedicado con su genial mala leche a esos que hoy se dicen sorprendidos y despertados del sueño. No era muy de presumir Javier, pero bien podría haberles dicho: yo sí estuve en aquel país que hoy os parece extranjero, y que era exactamente este; yo no bebí ningún bebedizo, ni caí en coma ni me aferré a las orejas de ningún burro.

Javier no era de presumir de “ya lo decía yo”, porque además él no sólo lo decía: él lo escribía, y no en cualquier sitio. En publicaciones perseguidas; en las incómodas páginas de El Mundo, donde peleó su independencia contra la derechización del medio; y en sus últimos tiempos en Público, cuyo decepcionante final se libró de ver.

Hoy no tiene ningún valor decir que la Transición fue una estafa, que el rey ha abusado de la confianza dada, que el modelo económico español estaba abocado al desastre, que la corrupción es sistémica, o que el euro fue un error y una trampa. Por ahí ya pasa cualquiera, incluidos muchos que hasta hace un suspiro defendían la Transición ejemplar, se decían juancarlistas agradecidos, aplaudían los éxitos económicos, se tapaban la nariz ante la corrupción o empuñaban la bandera europea. El valor está en haberlo dicho hace diez o veinte años, denunciar a contracorriente de la opinión dominante, ser el aguafiestas, renunciar a las prebendas del poder por no reírle las gracias.

La hemeroteca de Javier Ortiz (mantenida viva por Mikel Iturria, admirable) es una lección diaria. Podemos recuperar artículos de hace décadas donde denunciaba todo aquello que hoy se ha vuelto trending topic: la corrupción institucional, las burbujas sobre las que se construía la prosperidad, el saqueo de lo público, la partida de monopoly con la vivienda, la rapiña financiera, la falacia del euro y de una Europa ultraliberal, el disparate de infraestructuras y obras emblemáticas… De cualquiera de esos temas de los que hoy puede escribir hasta un columnista de La Razón, ya escribía entonces Javier Ortiz. Y la suya fue a menudo una soledad cercana al aislamiento.

Sobre todo porque escribía también de temas sobre los que todavía hoy hay pocas caídas de burro: el fallido modelo territorial; la naturaleza depredadora del capitalismo; la ‘humanitaria’ OTAN; la criminalización de la disidencia (pionero en denunciar la estrategia del “Todo es ETA” que a muchos parecía bien cuando se aplicaba en Euskadi, y ahora vale contra cualquiera).

O la represión policial, incluido el gran agujero negro de la España democrática, sobre el que han callado y siguen callando quienes se agarrarán con uñas y dientes al cuello del burro antes de caer también en esto: la tortura, la persistencia de la tortura policial en un país que se dice democrático pero donde sigue habiendo palizas, y donde los torturadores siempre salen impunes, no investigados, absueltos o indultados.

Javier Ortiz escribió valientes páginas contra la tortura, denunció casos que con los años acabó confirmando la justicia (Egun­karia, por ejemplo), apoyó a los colectivos y nos dejó una obra de teatro terrible y de obligada lectura: José K, torturado.

De seguir vivo, Javier no estaría hoy recogiendo frutos, no se recrearía en la confirmación de sus advertencias, en el “ya lo decía yo”: estaría escribiendo para adelantarnos futuras caídas de burro y próximos despertares alucinados. Porque él, que siempre pareció un extranjero entre nosotros, siempre estuvo aquí.

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