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“¡Qué!. Sólo estoy tratando de correr”

Miércoles 16 de octubre de 2013. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Kathrine Switzer y la pelea por el dorsal en el Maratón de Boston

Mar Gallego - Pikara Magazine

En los años sesenta, la resistencia física de las mujeres era considerada inferior a la masculina. Las deportistas y las atletas veían cómo el límite a sus capacidades se imponía oficialmente en el kilómetro y medio de competición. Por tanto, los Maratones de largas distancias les estaban vedados.

Uno de los más prestigiosos, el Maratón de Boston, se vio sorprendido por la inclusión en la carrera oficial de algunas mujeres que iniciaban su ritmo bajo “ropa masculina”. Kathrine Switzer fue la primera que consiguió inscribirse de manera oficial con un número de dorsal: el 261. Cuando uno de los jueces del evento deportivo descubrió que Switzer había logrado burlar las normas, se abalanzó sobre ella para arrancarle el número, pero el placaje de un compañero de carrera hizo volar al juez por los aires y nadie pudo impedir que la corredora acabara el recorrido.

42.195 metros es la distancia que se recorre en un maratón. El de Boston, el mismo que el 15 de abril fue objetivo de un atentado, se considera una de las pruebas físicas de resistencia con categoría olímpica más prestigiosas. Sin embargo, desde que nació en 1897 fue un evento exclusivo para hombres. Hasta 1972 la Asociación Atlética de Boston no permitió la participación oficial de mujeres. Las que corrieron antes de esa fecha se consideraron “corredoras no autorizadas”.

Feminidad en peligro

El límite en competición para las mujeres estaba en el kilómetro y medio (1 hora). Se consideraba que no estaban fisiológicamente preparadas para competir en largas distancias y el ideario cultural de la época insistía, además, en hacer ver que esfuerzos de tal índole hacían que las mujeres dejaran de serlo. La misma Switzer afirmaba en una entrevista reciente que “una actividad intensa significaba que se te podían poner las piernas grandes, crecer el bigote, el vello en el pecho y que tu útero se iba a caer”. Olimpiadas Amsterdam

Los fundamentos religiosos venían a reforzar estas creencias y la experiencia de las Olimpiadas de Ámsterdam de 1928 no ayudó a plantarles cara. Esas olimpiadas fueron las primeras en que se tiene constancia de intervención femenina en pruebas de más de 100 metros: las mujeres lograron entrar a la competición en atletismo a pesar de la objeciones del papa Pío XI. Su participación se limitó a cinco eventos.

A pesar de que deportistas, como la alemana Lina Radke-Batschauer, se hicieron con medallas de oro en varias pruebas, incluida la carrera de los 800 metros; la organización prefirió quedarse con otra cara de esta última en la que muchas de las competidoras cayeron al suelo exhaustas tras finalizar el recorrido. Fue la excusa por la que el Comité Olímpico Internacional (COI) suspendió la prueba de 800 metros para mujeres hasta 1960. Su consecuencia fue un “vacío femenino” en las pruebas de fondo y se asentó la idea de la inferioridad fisiológica de las mujeres en la que insistía la iglesia católica y unas teorías biologicistas basadas en esencialismos binómicos.

Lo ocurrido en 1928 tenía una explicación mucho más sencilla: la mayoría de las participantes que cayeron al suelo no tenía experiencia previa en estas distancias. Eran atletas expertas en otras disciplinas que se inscribieron por formar parte de una prueba olímpica ya que las suyas no estaban programadas en esta categoría.

El entonces presidente del COI, Henri Baillet-Latour, prohibió -tras el hecho- el reconocimiento oficial de las pruebas femeninas que sobrepasaran los 200 metros: “Una distancia mayor era no sólo un serio peligro para la salud de las mujeres sino también para su futura maternidad. Con semejantes esfuerzos, las mujeres envejecerían más rápido”. En los Juegos de Roma de 1969 se abrió un poco la veda y se incluyó alguna que otra prueba superior.

Atletas mediáticas

La presencia de las maratonianas en la historia es extensa y está llena de experiencias dignas de contar y anécdotas. Por ejemplo, la griega Stamis Rovithi se considera la primera mujer en correr un maratón de manera extraoficial. Fue en las Olimpiadas de Atenas de 1896. Tras denegársele la inscripción al maratón masculino, Rovithi decidió hacer el recorrido por su cuenta a través de un trazado paralelo que quedaba fuera del marcado oficial. Según los testimonios recogidos, su intención era llamar la atención de la Casa Real y mejorar así su posición social.

En el siglo XX también hay testimonios de presencia femenina extraoficial en maratones. Sin embargo, las intervenciones de Roberta Gibb y Kathrine Switzer fueron claves por el efecto mediático y la repercusión de sus acciones en los Estados Unidos. Ambas tuvieron lugar en el Maratón de Boston.

El primero de los acontecimientos se dio en 1966, cuando Roberta Gibb (más conocida como Bobbi Gibb), de 23 años, recibió una carta del director de la carrera, Will Cloney, en la que se rechazaba su participación oficial debido a las normas machistas imperantes. La noticia, lejos de desanimarla, la llevó a plantearse el reto. Gibb no podía inscribirse de manera oficial, pero haría la carrera extraoficialmente. Se vistió con ropa de su hermano: bermudas y sudadera con capucha azul que ocultaba el top negro que usaba para correr. Gibb se escondió entre los arbustos (esta estrategia era usada por muchas corredoras que participaban en la clandestinidad) cerca de la línea de partida y, tras el pistoletazo de salida, esperó a que hubieran algunos corredores en la pista y saltó a la carrera.

Los participantes se percataron de que había una mujer corriendo con ellos y la animaron hasta tal punto que Gibb decidió quitarse la sudadera. El público también la apoyó y logró la atención de la prensa. Diana Chapman Walsh, expresidenta de Wellesle College, fue una de las testigos del hecho. En declaraciones realizadas aseguró que sintió que “Gibb había hecho más que romper la barrera de género en una carrera famosa”. Al llegar a la meta, el gobernador de Massachussetts estaba allí para darle la mano a la corredora y felicitarla. Gibb acabó su recorrido en 3 horas, 21 minutos y 40 segundos, por delante de los dos tercios de corredores que quedaban en pista. Los medios recogieron la noticia en primera plana y el apoyo oficial para que las mujeres pudieran correr maratones parecía inminente.

A pesar de las promesas de cambio, el año siguiente hubo las mismas restricciones y Gibb volvió a correr de manera extraoficial. Sin embargo, esta vez no lo hizo sola. Otra mujer, Kathrine Switzer decidió lanzarse a la carrera, burlando las negativas a inscribirse y haciéndolo con un número de dorsal: el 261. Esto la convirtió en la primera mujer en correr un maratón con número registrado.

Switzer, que entonces contaba 20 años de edad, usó sus iniciales para la inscripción -̶K.V. Switzer-̶ y se incorporó a la carrera, camuflada con ropa ancha. La corredora hubiera podido “pasar desapercibida” , pero uno de los comisarios de la carrera -̶Semple Jock-̶ la descubrió y se abalanzó sobre ella agarrando su dorsal para arrancárselo y gritando “¡Lárgate de mi carrera y dame esos números!”.

La propia Switzer ha llegado a contar así lo que le ocurrió: “Recuerdo que cuando llevábamos menos de cinco kilómetros recorridos, un responsable de la organización se bajó del camión de la prensa, que estaba justo delante de mí, con la intención de sacarme del maratón. Me sentí muy asustada en ese instante y lo primero que se me pasó por la mente fue alejarme lo antes posible de él. Los corredores que estaban junto a mí empezaron a gritar que me dejara en paz. Entonces, mi novio, que era un exjugador de fútbol americano, le hizo un placaje con el cuerpo y lo sacó del recorrido […]. No permití que el miedo me detuviera. Quería demostrar que merecía estar allí y que las mujeres podíamos correr, al igual que los hombres, largas distancias”. Acabó la prueba en un tiempo de 4 horas y 20 minutos.

La foto del comisario intentando arrancar el dorsal dio la vuelta al mundo; llegó incluso a aparecer en el libro ‘Las 100 fotografías que cambiaron el mundo’. Switzer declaró que, tras el incidente, “los periodistas se pusieron muy furiosos”. Le gritaban: “¿Qué estas tratando de probar? ¿Eres una sufragista? ¿Estás en una cruzada?”. Ella pensaba: “¡Qué! Sólo estoy tratando de correr”.

La vida de Switzer cambió tras el maratón. Decidió, y sigue haciéndolo en la actualidad, dedicar sus acciones a romper barreras machistas en el deporte. Además, puso de moda el running entre las mujeres estadounidenses. En 1972, 5 años después de su intervención, el Maratón de Boston se abrió a la participación oficial femenina. Tras esto, la corredora luchó por que se considerara prueba olímpica, algo que sucedió en 1984 en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. En las últimas ediciones, el Maratón de Boston ha contado con una participación de casi 11.000 mujeres.

Mientras, Bobbi Gibb siguió corriendo el Maratón los años sucesivos casi siempre alcanzando los primeros puestos entre las mujeres que, cada vez más, se animaban a participar. En 1996 (30 años después de su primera carrera en Boston), la Asociación Atlética de Boston reconoció oficialmente las tres victorias obtenidas por Gibb y le otorgó una medalla. Su nombre se inscribió en la plaza Copley.

En marzo de 2013, la prohibición volvió a saltar a la luz pública cuando la ONU decidió cancelar uno en Gaza debido a la oposición del grupo islámico Hamás a que participaran mujeres. El evento iba a ser organizado por la Agencia de Naciones Unidas para las personas refugiadas de Palestina en Oriente próximo. De las 551 personas inscritas, 266 eran mujeres; 67 de ellas, palestinas. El secretario general del Gobierno de Hamás afirmó, tras conocer la decisión y lamentarla, que sus condiciones exactas eran que los hombres y las mujeres corrieran por separado, sin mezclarse.

Con todo, lo ocurrido en el Maratón de Boston no es más que un testimonio de muchos. En este caso, marcó un antes y un después por los registros fotográficos que se consiguieron de los acontecimientos. Asimismo, el hecho se toma como ejemplo de cómo los hombres pueden solidarizarse con las mujeres en la lucha por sus derechos y acompañarlas en “la carrera”. En este caso, los compañeros corredores tanto de Gibb como de Switzer optaron por acompañarlas mientras que otros eligieron “atacar el dorsal”, en un intento frustrado por limitar el derecho de las mujeres a correr sin máximos impuestos.

- El Comité Olímpico prohibió hasta 1969 las pruebas femeninas que sobrepasaran los 200 metros: “Una distancia mayor era no sólo un serio peligro para la salud de las mujeres sino también para su futura maternidad”.

- Las participaciones mediáticas de Roberta Gibb y Kathrine Switzer en el Maratón de Boston fueron claves para incluir a las mujeres en las pruebas largas.

- Switzer luchó por que se considerara prueba olímpica, algo que sucedió en 1984 en los Juegos de Los Ángeles.

- La Asociación Atlética de Boston reconoció oficialmente las tres victorias obtenidas por Gibb, 30 años después de su primera carrera.

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