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Porque en el Metro también hay poesía

Viernes 25 de noviembre de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Lo que somos

Por Carlos Olalla

Tras años de ver cómo cada vez trabajaba menos y cobraba menos por mi trabajo en una profesión, la de actor, a la que amo por encima de todo; tras haber agotado mis posibilidades de acudir a familiares, conocidos y amigos para que me echaran una mano en los momentos más difíciles; tras haber intentado compaginar mi profesión con otros trabajos puntuales que me permitieran tener unos ingresos, por pequeños que fueran, que contribuyeran a paliar esta situación, tomé la decisión de ir a leer poemas en el Metro para pedir que quien quisiera me echara una mano y, sobre todo, para reivindicar un derecho que nos afecta a todos: poder vivir con dignidad de nuestro trabajo. Ser pobre no es una vergüenza, lo somos muchos en este país, y reconocerlo tampoco debería serlo. Lo que sería vergonzoso es no defender nuestros derechos.

El día 8 de este mes, sin tener un solo céntimo en el bolsillo y debiendo más dinero del que podré pagar, me encaminé al Metro, y lo hice acompañado de Cristina Maristany, mi madre, también actriz y poeta, que, como la gran mayoría de nuestros compañeros y compañeras de profesión, estaba en mi misma situación. No sabíamos cómo íbamos a hacerlo y desconocíamos por completo la reacción que los viajeros podrían tener. Teníamos, eso sí, el mejor de los augurios. No sé por qué, pero aquella mañana, justo cuando íbamos a bajar las escaleras de la estación, vi que una pequeña cagada de paloma había caído en mi mano. Fui a un bar a lavarme las manos y mi sorpresa fue cuando vi otra cagada algo mayor en la espalda de mi madre, que también limpié con esmero. Dicen que ser bendecido con la cagada de una paloma trae buena suerte, así que si los dos lo habíamos sido justo ese día y justo antes de lanzarnos a leer por primera vez los poemas en el metro, la cosa no podía ir mal. Y así fue. Tras presentarnos a los pasajeros del vagón e invitarles a que me recordasen por alguno de los papeles que había hecho (ahí “El tiempo entre costuras” fue un buen amigo), y tras explicarles que estábamos en paro, como la mayoría de los actores y actrices de este país, y anunciarles que íbamos a leerles un par de poemas por si querían echarnos una mano y para reivindicar un derecho que nos afectaba a todos los que íbamos en ese tren, que los artistas podamos vivir de nuestro trabajo, la respuesta de la gente fue impresionante. Mientras leíamos podía ver el calor de sus miradas, sonrisas cómplices, más de una cara de auténtica sorpresa… y generosidad, mucha generosidad cuando me acercaba a ellos con una pequeña cajita en la mano en la que podían dejar dinero si querían y repartiendo una copia de alguno de los poemas que habíamos leído con un sello impreso en el que se lee: TEATRO DIGNIDAD. En ocasiones la gente nos abrazó, y más de una vez rompieron a aplaudir y a desearnos que nuestra situación cambiase. Mi madre y yo nunca podremos olvidar todo lo que aquellas personas, que a buen seguro también tendrían sus problemas y su precariedad, nos dieron. Son cosas como éstas las que te hacen recuperar la confianza en el ser humano y te recuerdan que no todo está perdido.

A aquel día le siguieron otros más hasta que el miércoles pasado nos vio un colaborador de Carles Francino en la Cadena Ser. No nos dijo nada. Mi madre y yo no pensábamos hacer pública nuestra situación, simplemente pretendíamos seguir leyendo poemas en el Metro y reivindicar el derecho de toda persona a poder vivir con dignidad de su trabajo. Nos sorprendió recibir la llamada del programa La Ventana de la Ser invitándonos a ir aquella misma tarde a contar nuestro caso. Conociendo a Francino sabíamos que no había morbo alguno en su invitación sino un sincero ofrecimiento de ayudarnos a visibilizar la situación por la que está pasando este país a través de un caso concreto, el nuestro. Vimos que era una oportunidad para hacer llegar a la gente la realidad de nuestra profesión, esa que, a veces sin quererlo, escondemos nosotros mismos entre alfombras rojas y photo calls. Por eso aceptamos.

Fue un encuentro precioso en el que vimos que nuestra postura era entendida, respetada y, sobre todo, compartida. El calor de quienes estábamos allí traspasó las paredes del estudio y llegó a mucha gente. Escuchar en directo a amigos de la profesión como Dani Guzmán solidarizándose con nosotros y animándonos a seguir es otra de las cosas que nos ha llegado a lo más hondo y que nunca olvidaremos, como no podremos olvidar el revuelo que se armó cuando la cadena de radio subió la entrevista a su web y el tema empezó a volar por las redes sociales.

Para intentar evitar malos entendidos decidí colgar la entrevista íntegra en mi muro de Facebook. Necesitaba que la gente, y especialmente los compañeros y compañeras de profesión, entendieran lo que hacíamos y que no había ningún afán de protagonismo en nuestra acción ya que, por desgracia, nuestra situación es la más común en nuestro colectivo, un colectivo en el que solo el 8% vive de su trabajo y en el que el 57% de los actores y actrices no pudo trabajar un solo día durante el año pasado.

Las redes se inundaron de mensajes de apoyo llenos de cariño y solidaridad. Amigos, compañeros, personas de las que hacía años no sabía nada y personas a las que ni siquiera conocíamos nos hacían llegar su calor y su apoyo. Fueron muchas las personas que nos ofrecieron su solidaridad, unas pidiéndonos un número de cuenta donde poder ingresar dinero, otras ofreciéndose a organizar una campaña colectiva de actores y actrices leyendo poemas en el Metro para darnos la recaudación, otras ofreciéndose a invitarnos a comer o a hacernos la compra de un día…

Agradecemos desde lo más hondo todas esas muestras de apoyo y solidaridad pero no podemos aceptarlas porque nuestro caso no es un caso aislado y no es justo que, simplemente por haberlo visibilizado, recibamos un trato que no reciben todos los compañeros y compañeras de profesión que están en nuestra situación. Lo único que diferencia nuestro caso es que ha tenido repercusión en los medios, pero la solución a nuestro problema no pasa por una solución individual, sino que lo que debemos resolver es la precaria situación en la que se encuentra nuestra profesión.

A partir de entonces empecé a recibir llamadas y mails de un sinfín de medios de comunicación que querían entrevistarnos. Conscientes de que acceder a esas entrevistas era cobrar un protagonismo que no nos corresponde ya que son muchos los actores y actrices que tienen que vivir de trabajos que nada tienen que ver con su profesión y que lo hacen a diario, decidimos dar una única entrevista a la agencia EFE para que la distribuyera a los medios y dedicarnos a seguir con nuestra reivindicación de manera directa, persona a persona, mirada a mirada, en el Metro. Un inoportuno resfriado que ha dejado afónica a mi madre nos ha impedido hacerlo estos últimos días. Confiamos en poder volver a llevar poesía al Metro próximamente y hacerlo con más fuerza que nunca, empujados por ese mensaje que nos ha llegado de tanta gente y que grita una única palabra: DIGNIDAD

Esta situación ha puesto en evidencia la realidad de nuestra profesión que, como la de tantos y tantos otros, se ha precarizado hasta límites insoportables. Entendemos que es responsabilidad de cada uno defender sus derechos y hacerlo de la mejor manera que sepa. Nuestra opción ha sido la de acercarnos personalmente a la gente, hablar con ellos cara a cara, encontrarnos con esos espectadores que nos ven desde sus casas y desconocen las consecuencias que la política de criminalización de la cultura emprendida por este gobierno está teniendo. Ver que nuestra acción ha sido entendida por la mayoría nos reconforta. Hay quienes no la entienden y también quienes no la quieren entender. Están en su derecho, sin duda. Pero a esas personas que no nos han entendido y que consideran que esto es un montaje, que somos “mendigos de luxe”, que habiendo trabajado en tantas series debo haber ganado mucho dinero o que deberíamos dedicarnos a trabajar como camareros, reponedores o de lo que sea en lugar de pedir en el Metro o que los actores somos unos llorones que exigimos que bajen el IVA cultural y vivimos de las subvenciones, les invitaría a que se informasen de la precariedad y las condiciones en las que, excepto unos pocos privilegiados, vivimos la mayoría de los artistas; a que lean nuestro convenio y se enteren de que, en la mayoría de los casos, nuestra retribución neta el día que trabajamos al mes, cuando tenemos la suerte de hacerlo, no llega a doscientos cincuenta euros y que, como me ha ocurrido este mes, para trabajar ese día tienes que hacer un viaje de siete horas y media en autobús de ida y otro de vuelta en dos días que no te pagan; a que piensen si es justo que una persona que ha dedicado años a formarse y que lleva trabajando casi quince en su profesión deba abandonarla para malvivir en la precariedad de cualquier otro oficio (si lo encuentra, porque a mis 59 e infartado o a los 83 de mi madre, la cosa no está tan fácil) simplemente porque un gobierno, lejos de proteger la cultura como hacen en la mayoría de países de nuestro entorno, la criminaliza con una venganza política contra un colectivo que defendió la paz frente a la guerra de Irak en la que ese gobierno nos metió contra la voluntad de más del 85% de los ciudadanos; a que piensen que un país sin cultura es un país esclavo y sin futuro; a que comparen nuestro 21% de IVA cultural con el 10% de media que aplican nuestros socios comunitarios; a que se informen y vean que las subvenciones que recibe el cine no son algo excepcional ya que las tienen la mayoría de los países europeos y esos Estados Unidos de América que tanto gustan poner como ejemplo, sino que lo excepcional es lo pírricas que son nuestras subvenciones y ayudas si las comparamos con las de esos países o con las de cualquier otro sector de nuestra propia economía (agricultura, automoción, medios de comunicación, partidos políticos, entidades deportivas…)

Considerar que la cultura es un lujo prescindible, un mero entretenimiento, ha sido uno de los mantras repetidos machaconamente por este gobierno para enfrentar a nuestra profesión contra la sociedad, como lo es también hacernos creer que ayudar a los refugiados es una obra de caridad o de solidaridad. Ayudar a los refugiados es un acto de justicia porque todo ser humano merece ser tratado como tal y porque es nuestro propio sistema el que provoca el hambre y las guerras que esas personas padecen. Por la misma razón, defender la cultura es un acto de justicia porque la cultura no somos quienes nos dedicamos a ella sino que es un derecho de todos y cada uno de los ciudadanos y ciudadanas de este país, un derecho que, como ciudadano, he optado por defender de la mejor manera que creo. Decía mi admirado y añorado José Bergamín que existir es pensar y pensar es comprometerse. Desde aquí y desde cuantas tribunas salgan a mi paso, nunca dejaré de gritar bien alto a mis compañeros y compañeras de profesión y a todos cuantos ciudadanos tenga delante un único grito: ¡EXISTID!

Estos días he visto más de un comentario atacando a los actores que triunfan, a nuestro sindicato o a nuestra sociedad de gestión. Me gustaría ver a quienes exigen que los actores de éxito repartan su dinero entre los miles que no triunfamos, cuánto reparten personalmente entre sus compañeros de profesión; también me gustaría que quienes consideran que la Unión de Actores no debería permitir situaciones como la nuestra, se informasen de lo que es un sindicato y, sobre todo, de la precariedad con la que tiene que defendernos el nuestro; y también me gustaría dejar bien claro que AISGE, nuestra sociedad de gestión, es la única que nos ha apoyado económicamente a mi madre y a mí cuando más lo hemos necesitado, como lo hace con otros setecientos actores y actrices a pesar de los recortes de ingresos que ha sufrido por culpa de este gobierno.

Son muchos, demasiados, los problemas que tiene la cultura en este país como para poder tratarlos en la entrada de un blog. Me alegro de que nuestra decisión haya contribuido, aunque solo sea en una pequeña parte, a ponerlos sobre la mesa y a que se hable de ellos. Y confío en que los ciudadanos y ciudadanas de este país, empezando por los artistas, venzamos nuestros miedos y despertemos de una vez del letargo con el que nos han dormido y alcemos juntos nuestra voz para exigir algo tan básico como que podamos vivir con dignidad de nuestro trabajo. Por eso hemos llevado la poesía al Metro, porque es ahí donde viven la poesía y la dignidad. Uno de los poemas que he escogido para leer en el Metro es de García Lorca. No es uno de los más conocidos, pero sí de los más necesarios. Suelo dedicarlo a todas esas personas a las que llaman refugiadas cuando lo que son es perseguidas. Es la Casida del llanto. Nada mejor que la poesía para acabar esta entrada animándoos a que abráis el balcón de vuestras vidas:

“He cerrado mi balcón
porque no quiero oír el llanto,
pero detrás de los grises muros
no se oye otra cosa que el llanto.
Hay muy pocos ángeles que canten,
hay muy pocos perros que ladren,
mil violines caben en la palma de la mano.
Pero el llanto es un ángel inmenso,
el llanto es un perro inmenso,
el llanto es un violín inmenso,
las lágrimas amordazan al viento
y no se oye otra cosa que el llanto”

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