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«Por muy frustrante que a veces sea el proceso, hemos aprendido a ser pacientes y a pensar estratégicamente»

Miércoles 16 de marzo de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Naiz 7K

Proceso de paz de Irlanda

Paul Kavanagh y Martina Anderson

Paul Kavanagh y Martina Anderson son dos republicanos irlandeses que comparten muchas cosas: un pasado de militancia clandestina que les llevó a la cárcel, una vida en pareja tras haberse casado mientras estaban presos y un compromiso compartido por la construcción de un futuro mejor para Irlanda. Ambos son referentes históricos de la lucha de liberación nacional irlandesa, militantes bregados y muy respetados, con una gran ascendencia sobre el movimiento republicano. Las vicisitudes de la vida y las exigencias del proceso político irlandés han hecho que Martina Anderson sea hoy miembro del Parlamento Europeo electa por la lista del Sinn Féin de Derry. Trabaja en el Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea/Izquierda Verde Nórdica junto con el europarlamentario de EH Bildu, Josu Juaristi. Además, preside la delegación del Parlamento Europeo para las relaciones con Palestina. Paul Kavanagh, exasesor político de Martin McGuinness, viceministro principal del Gobierno del norte de Irlanda, tuvo que dejar ese cargo tras una dura campaña de difamación y exclusión animada por ciertas víctimas del IRA que fue amplificada por los medios unionistas.

Kavanagh fue detenido y acusado de participar en una campaña militar del IRA en Londres a principios de los años 80. Juzgado en 1985, fue condenado a cinco cadenas perpetuas. Sus enemigos de armas y ahora adversarios políticos lo presentaron como un «lifer», un condenado a perpetuidad (life sentence prisoner) involucrado en algunas de las acciones más espectaculares del IRA. Anderson, por su parte, fue detenida en 1985 en Glasgow y encarcelada en Inglaterra. Se casaron en prisión en 1989 y ambos recobraron su libertad en 1998 en virtud del Acuerdo de Viernes Santo.

7k se reúne con ambos en Gernika, en el centro social autogestionado de Astra. Acuden a la entrevista tras haber visitado de la mano de un superviviente del bombardeo de 91 años el refugio antiaéreo adyacente. Se muestran relajados y accesibles, sus respuestas y reflexiones fluyen con la facilidad de aquellos que entienden bien lo que ocurre en Euskal Herria y sienten que son entendidos por los vascos.

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«Fui el blanco fácil, el objetivo: los republicanos» Arrancamos la conversación precisamente por la legislación contra los exprisioneros republicanos, para lo que, según sus propias palabras, convirtieron a Paul Kavanagh «en el blanco fácil, aunque el verdadero objetivo de aquella operación fue el republicanismo». Prosigue afirmando que «tenemos un montón de exprisioneros en puestos de reponsabilidad pública, tres de ellos son ministros y como no pudieron ir a por ellos en su momento fueron a por mí creyendo que era una pieza fácil de abatir. Pero fuimos conscientes de que intentarían seguir con la discriminación de los exprisioneros, que no pararían conmigo, y tuvimos la suficiente madurez para conjurarnos para que no consiguieran dividirnos ni hicieran descarrilar el proceso».

Esta ley por la que querían prohibir a exprisioneros la posibilidad de desempeñar ciertos empleos públicos fue denominada como la «ley Ann». Ann Travers era una víctima de alto perfil –hija de un magistrado al que el IRA ametralló sin matarlo y durante el cual murió su hermana Mary–, muy mediatizada, y su discurso se centró en demandar la «justicia de las víctimas». Aquella batalla demostró hasta qué punto un conflicto histórico entre dos objetivos estratégicos irreconciliables (una Irlanda Unida versus un Reino Unido), una batalla entre aspiraciones e ideales ambiciosos, de principios políticos, podía ser reducido a la política de nuevas leyes represivas, nuevas concesiones y legislaciones basadas en el punto de vista de la «justicia de las víctimas».

La aprobación de la «ley Ann» fue especialmente dirigida contra Kavanagh, que comenta que «era una ley punitiva. Yo ya había cumplido muchos años de prisión y había pagado mi parte en el conflicto. Querían castigarme de nuevo. Era, además, discriminatoria, especialmente dirigida a los voluntarios del IRA, no afectaba a los soldados británicos o a los unionistas. Era también sencillamente absurda. ¿Por qué prominentes exvoluntarios del IRA como Gerry Kelly o Martin McGuinness podían desempeñar un cargo público y yo no como asesor? ¿Por qué mi mujer puede ser electa del Parlamento Europeo y su marido no puede aspirar a ciertos empleos públicos?».

Pero lo realmente peligroso de esa legislación, se muestran de acuerdo Kavanagh y Anderson, «era institucionalizar la cultura del victimismo, el peligro de que la consigna del “¡Primero, las víctimas!” dominara la política en el norte de Irlanda». Interpretan que eso era «atentar contra un proceso construido sobre bases como la igualdad de consideración y el respeto de todas las tradiciones».

Atender a las víctimas sin victimizar la política. Con la ley contra Kavanagh, un caso muy similar a otros que se han fabricado contra expresos vascos como Antton Troitiño, Santi Arrozpide –tras una feroz campaña otra vez preso– o el más reciente de Imanol Haranburu, intentaron impedirle la posibilidad de construirse un futuro, denegándole un rol en la sociedad. Además fue un buen recordatorio de cuán peligrosamente cercana está en estos casos la «justicia de las víctimas» de la «justicia de los vencedores».

Kavanagh recuerda cómo un exlíder paramilitar del UUP dijo en su día aquello de «que uno tenga un pasado no supone que no pueda tener un futuro». Se muestra de acuerdo con él, «es algo que también decimos los exprisioneros republicanos». Pero es rotundo al afirmar que «mediante la victimización de la política quisieron pasar el mensaje de que la exclusión seguía estando vigente».

Kavanagh y Anderson también sufrieron las consecuencias del conflicto en sus propias carnes. Ella fue detenida y encarcelada por primera vez a los 18 años, conoció las cárceles de máxima seguridad de Inglaterra, el estatus y un tratamiento como presa especialmente peligrosa. Él vio como su hermano Albert, también voluntario del IRA, fue abatido a tiros cuando estaba desarmado a la edad de 18 años por la RUC (Royal Ulster Constabulary). Kavanagh comenta que «en mi familia todavía llevamos aquella cicatriz. Fue algo que nos conmocionó, un inmenso dolor que llevamos con nosotros a diario». Por su edad, conoció de primera mano las marchas por los derechos civiles siendo apaleadas en las calles, los progromes de 1969, turbas unionistas apoyadas por los B Specials (la Policía de entonces) incendiando edificios en Conway Street o en Bombay Street, en Belfast. Y afirma seguro que «teníamos un Estado gobernado por el sectarismo, la discriminación, la violencia y yo respondí».

Preguntados sobre las vidas perdidas y sus familias afligidas, dicen que «no hay un solo punto de vista de qué es lo que quieren las víctimas. Hay muchas víctimas y muchos puntos de vista sobre cómo se debería abordar este tema. ¡Claro que podemos entender la pérdida de sus seres queridos, también en nuestras familias han habido víctimas! En el conflicto irlandés se han registrado casi 4.000 víctimas y todas ellas son de lamentar, incluidas en las que estuvimos implicados». Pero luego remarcan que «nosotros no creamos las causas de este conflicto» y añaden que «hay cosas que ya no podemos cambiar, pero desde que fuimos liberados en 1999, e incluso mucho antes, siempre hemos apoyado el proceso de paz, hemos trabajado duro para asegurar que no nos salíamos del camino y que no había vuelta atrás a la violencia».

Apuestan, eso sí, por trabajar el tema de las víctimas, sin maniqueísmo, sin victimizar la política, con convencimiento y actitud. «Es un tema muy serio. Necesitamos entender que no hay una sola voz de las víctimas. En Irlanda tenemos relación y trabajamos con familias de víctimas que murieron por nuestras acciones. Hay miles de víctimas y, aunque no todas, muchas de ellas están dispuestas a trabajar con nosotros. Sí, estamos comprometidos con ese proceso». Anderson, por su parte, apunta que «entendemos que el pasado no es un país lejano. Claro que influencia el presente y seguirá influenciando el futuro. Y es precisamente por eso por lo que propusimos en el Acuerdo de Stormont un mecanismo mediante el cual, todas las víctimas del conflicto serían atendidas y, en la medida de lo posible, acompañadas en su búsqueda de respuestas a las preguntas que pudieran estar atormentándolas. Pero siempre hay gente que quiere mantener el statu quo, que quiere que no avancen las cosas, que no reconocen que el Estado es también un perpetrador en el conflicto. En el fondo, quieren reescribir la historia y es por ello por lo que nuestra generación de voluntarios tiene la necesidad, la obligación y el deber de contar lo que vivieron, las razones por las que hicieron lo que hicieron».

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Hablar, contar, dar la cara implica «hacer frente al pasado. Y el pasado no empieza en 1969, la historia no se puede explicar como si hasta entonces en Irlanda todo era normal, todo marchaba bien y de repente apareció una banda de locos alborotadores, de terroristas y extorsionadores que lo fastidiaron todo. Esa es la narrativa del opresor, de los británicos y los unionistas».

«Enemigos que nunca olvidan ni nunca perdonan». Kavanagh comenta que «en Irlanda existen dos posiciones: están quienes piensan que éramos perpetradores de ciertas acciones y que no merecemos ningún derecho, pero también quienes nos respetan y entienden en lo que estábamos implicados. Creo que existen paralelismos sorprendentes con lo que ocurre aquí, en Euskal Herria». Y profundizando en la importancia de los derechos humanos y en las diferentes posiciones que observa frente a esta materia, comenta la existencia de tres enfoques: «Los derechos humanos son universales, sumamente importantes y no condicionados. Un segundo: los presos tienen derechos humanos solo si el IRA o ETA dice esto o los presos hacen aquello. Y por último, la que dice: ¿Y qué hay de los derechos humanos de las víctimas? Por tanto, los presos no merecen tener derechos humanos».

Martina Anderson añade al hilo de la reflexión de su marido que «personalmente creo que todo eso es algo que los revolucionarios y los activistas políticos podemos esperar, porque cuando se toma una estrategia, siempre aparece una contraestrategia. Esa es la estrategia de los enemigos que nunca olvidan y nunca perdonan. No debería sorprendernos la existencia de gente interesada en seguir con el conflicto por otros medios. En el fondo, esa contraestrategia tiene como objetivo, como he comentado antes, el de reescribir la historia. Nuestras luchas, tan diferentes y tan similares, tienen un enfoque democrático, creemos que todo el mundo tiene derechos humanos, que todas las personas nacen iguales. Intentan evitar que conectemos con la mentalidad de la gente, evitar la comprensión de las razones por las que existió el conflicto armado, la necesidad de ir a sus raíces y superarlas. Por eso apelan constantemente a las víctimas, jerarquizándolas, dividiéndolas por categorías. No obstante, tenemos que ser lo suficientemente audaces para ver esa jugada, para entenderla y nuestra estrategia tiene que ser lo suficientemente fuerte para contrarrestarla».

«No ir por donde ellos quieren llevarte». Preguntamos a Kavanagh y Anderson sobre cómo actuar cuando medidas de ese tipo aumentan la frustración política de tu movimiento, cuando la gente empieza a preguntar que si no se para esta o esa operación, qué vendrá después, dónde parará toda la espiral de ataques. Kavanagh responde con sinceridad: «A eso se le hace frente con dificultad. Los republicanos, y particularmente los exprisioneros, entendimos bien lo que estaba en juego, el afán de crear más problemas al proceso para generar fricciones en nuestro movimiento y frustración en nuestra comunidad. Y tuvimos claro que no caeríamos en sus trampas, que no iríamos por donde ellos querían llevarnos, que esa era la forma en la que querían que luchásemos, que había otras formas de hacerles frente, que había realidades legales que podíamos aprovechar».

Anderson vuelve al tema de la «ley Ann» para recordar otra lección que aprendieron de aquello: «La realidad es que no pudimos parar aquella operación porque no teníamos la suficiente fuerza para hacerlo. Si hubiéramos tenido solo un electo más en la Asamblea, no habrían sacado aquella ley discriminatoria. Nos faltó un voto, esa fue la realidad. Y la conclusión fue lógica: cuantos más ataques, más fuerza en el proceso, más dedicación y más responsabilidad en la construcción de esa fuerza. Nos dijimos a nosotros mismos: ‘¡Tenemos que ser más fuertes!’. Teníamos que conseguir más votos, teníamos que conseguir otra correlación de fuerzas en la Asamblea. Las resultados han corroborado nuestra apuesta. Hay una lección que aprendimos: no puedes pretender mandar todo a la mierda cuando las dificultades aumentan y los ataques arrecian. Aquel fue un buen ejemplo de qué puede ocurrir si no estamos vigilantes, si no nos aplicamos. No puedes permitirte estar cabreado por esos contratiempos, frustrarte; quedarse sentado en casa no es una opción. Nunca debemos olvidar que aún nos queda un montón de trabajo por hacer, muchas batallas por librar. Necesitamos que más gente se rebele, interpretar sus preocupaciones y conectar con sus expectativas».

«Cuando intentan frustrarte, no seas reactivo». Los dos han trabajado duro por el proceso de paz, para que el movimiento republicano irlandés se mantuviera en el camino, para que no hubiera vuelta atrás. Les preguntamos cuál es la fórmula, si existe alguna, para mantenerse con convencimiento en un camino repleto de trampas y de sabotajes. Kavanagh vuelve a ser directo en la respuesta: «No ser reactivos». Y profundiza su análisis reconociendo que «¡claro que hay momentos en los que el proceso político es muy frustrante! A veces no se mueve en su conjunto, ni con la velocidad necesaria. Siempre hay ciertos actores políticos interesados en descarrilarlo. Echemos una mirada a nuestra propia historia: el IRA sabía que tenía que cambiar la táctica, pero en frente teníamos un Gobierno que quería frustrar cualquier cambio. Tuvimos que esperar hasta que en 1994 cambiara el Gobierno británico, aunque el cambio de nuestra táctica se estaba fraguando desde finales de la década de los 80 y el cese del fuego se veía venir. ETA tomó su decisión de dejar la lucha armada en 2011 y durante estos años, los vascos habéis tenido un Gobierno del PP que ha hecho de todo para que las cosas empeoren, para extender la frustración en el pueblo vasco. Pero sea lo frustrante que sea, nunca dejéis de pensar estratégicamente. Nunca. Y de valorar los espacios que se abren en relación a los objetivos estratégicos nacionales».

«Y uniéndolo con eso –añade Anderson–, visto en perspectiva, nosotros estamos en el Gobierno en el norte de Irlanda y tenemos serias opciones de aumentar mucho nuestra representación en el sur, la agenda de una Irlanda unida ha avanzado estratégicamente, nuestro proyecto se ha desbordado más allá de lo que era la comunidad militante republicana. ¡Claro que sigue habiendo desfiles orangistas! ¡Claro que siguen provocándonos! ¡Claro que intentan instalarnos en una lógica reactiva! Pero es algo que ya sabíamos, no es ninguna sorpresa. Hemos aprendido a ser pacientes, a pensar estratégicamente y a concentrarnos en la construcción de más fuerza política».

«No fuimos derrotados, pero no íbamos ganando». Un proceso de paz es una calle de doble dirección, con diferentes puentes que cruzar. No resulta sencillo amoldarse a él cuando uno ha forjado su carácter y su cultura política en la resistencia armada. Preguntamos a ambos cómo hicieron y cómo vivieron ese tránsito. Nuevamente es Kavanagh quien arranca con la respuesta: «La lucha armada es blanco o negro. No tienes que hablar, que debatir, que teorizar, solo tienes que concentrarte en hacer lo mejor posible la operación que te han encomendado. Nada más. Nosotros no fuimos militarmente derrotados y claro que podíamos haber seguido. Pero vimos que no íbamos ganando. De haber seguido, militarmente habría habido más víctimas, más prisioneros, más familias destrozadas, más heridas en la comunidad, pero comprendimos que la lucha debía continuar y que debíamos cambiar la táctica. Eso es algo muy difícil de hacer. Cuando empezamos a preguntarnos cómo termina esto o cómo sería el final, casi sin darnos cuenta, por un proceso de maduración y de intuición política, imaginar, preparar el final de la lucha armada empezó a ser más un tema de coreografía que de principios. Hicimos una grandísima labor política con nuestra base, en las cárceles, en la comunidad».

«Tuvimos mucho apoyo, –continúa Kavanagh hablando con vehemencia–, nos dimos cuenta de dónde estábamos y que teníamos que salir de allí, y para ello, la aportación del ANC sudafricano y de ciertos sectores políticos de EEUU fue importante. Además, te voy a decir otra cosa: estoy seguro que cuando el IRA cesa su actividad armada, no todo el mundo republicano se puso contento, claro que no. Pero lo teníamos claro: durante 25 años hemos intentado la vía militar, con un nivel de fuego y de capacidad notable, no han podido derrotarnos pero no estamos ganando. Los británicos se sentían cómodos. Y preguntamos a quienes no estaban contentos cuál era la alternativa para ganar, cuál era el plan para los siguientes 25 años, que, por favor, lo dijeran. No hubo respuesta».

«Mirando al futuro, optimistas y positivos». Finalmente, les invitamos a echar una mirada al futuro de Irlanda. Kavanagh, en su línea, se muestra contundente: «Soy optimista y positivo, absolutamente. Miro de dónde venimos, dónde estábamos y dónde estamos. El cambio es radical y las expectativas, muy grandes». Anderson aprovecha para recordar que «mientras hablamos aquí, el periodista palestino Mohammed Al Qid se debate entre la vida y la muerte en su huelga de hambre. Para los irlandeses, esas noticias son desgraciadamente familiares, ahí están Bobby Sands y los otros, y siempre recordamos sus palabras sobre la sonrisa de nuestros jóvenes como venganza. En Irlanda, la gente joven ve al republicanismo como una opción de cambio, seria y comprometida. Se acercan a nosotros, vienen con talento en abundancia, aportan energía y a pesar de las frustraciones y de que las cosas no siempre van a la velocidad que uno desea, han captado bien la importancia del momento histórico que vive Irlanda para dar un gran salto como nación».

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