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Por las grietas homófobas del homonacionalismo

Jueves 27 de abril de 2017. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Pikara Magazine

Por Brigitte Vasallo

La Nación Bélica Colonial ya no siempre es abiertamente homófoba: acepta a los gays si son normales, si son muy hombres, si son “de los nuestros”. Ese “de los nuestros” sirve para construir Así construye un “los otros”; sujetos y los pueblos criminalizados utilizando los derechos LGTBI como excusa. Israel es un ejemplo paradigmático pero hay otros más cercanos.

Eliad Cohen es un productor, actor, modelo y empresario gay israelí fichado por el programa Supervivientes de Tele5, en su edición de 2017. Su presentación ha sido clara y rotunda: después de tres años en el ejército israelí (sic) está acostumbrado a pasar hambre y frío, y quiere normalizar la imagen “del gay”, lejos de la stravaganza. Algo parecido a lo que afirmaba el presidente de Cogam Jesús Grande, al declarar que “el World Pride irá más allá de la imagen de la marica loca encima de una carroza”.

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Un bar de Tel Aviv se suma a la celebración del Orgullo. Ted Eytan para Wikimedia Commons

Del homonacionalismo, concepto acuñado por Jasbir Puar en 2007, circulan varias definiciones: es un marco de asociación entre el nacionalismo bélico e imperialista y el homonormativismo (esos gays “normales” que no son maricas locas y que, por lo tanto y en consecuencia, van al ejército como cualquier hombre muy hombre), y es también un movimiento de captura por parte de esa misma nación bélica de los derechos LGTB en favor de políticas coloniales y racistas. Un ejemplo es la manera en que los periódicos de ultraderecha españoles, como Libertad Digital, La Razón, no dudan en publicar artículos y editoriales acusando a países como Arabia Saudí o Irán de homófobos y defendiendo, por lo tanto, la política bélica de la extrema derecha y acusando a partidos como Podemos de cómplices con la homofobia por criticar intervenciones militares en Oriente Medio. Y, sin duda, la trampa interesada del lenguaje en estas últimas semanas, como me apunta Dani Ahmed, de denominar “campos de concentración para homosexuales” a los centros de internamiento de Chechenia, pero llamarlos “centros de internamiento para Extranjeros”, CIE, cuando los campos de concentración están en España. Chechenia ha sufrido dos décadas de ataque genocida por parte de Rusia ante el que quedamos indiferentes todxs, incluso la población LGTB que nunca pensamos que aquellos asesinados también fuesen queer. Anna Politkóvskaya fue asesinada por su posicionamiento contra Putin y contra esa guerra, y por haber sido la reportera del terror en Chechenia. Entre los asesinados actualmente en Siria, Iraq o Yemen hay población queer que no está recibiendo nuestra solidaridad. Si no son masacrados bajo la identidad LGTB, sus muertes no nos interpelan.

Propongo añadir a estas definiciones el análisis del homonacionalismo como una alianza entre el racismo inherente a la Nación Bélica Colonial y la homofobia/transfobia, un parámetro imprescindible que se está perdiendo en el discurso y que, de hecho, también es inherente a la Nación Bélica. Como bien ha demostrado Ochy Curiel, ésta es esencialmente heterosexual. La homofobia relacionada con el homonacionalismo, sin embargo, ya no aparece bajo el discurso tradicional homófobo/tránsfobo sino a través de un discurso que lo es igualmente, pero bajo formas homonormativas.

La homonormatividad parte de una brecha de aceptación dentro de la Nación Bélica Colonial: te dejamos pertenecer, te otorgamos la posibilidad de existencia, pero a cambio, serás bueno, serás “normal”. Y serás nuestro. Este “ser bueno” incluye dejarse de carrozas y stravaganza. El nuevo ciudadano gay, la nueva ciudadana lesbiana y trans performarán una ciudadanía modélica para hacerse perdonar esa anomalía de su deseo e identidad.

En Estados Unidos se libró una batalla legal en torno al matrimonio de personas del mismo sexo que nos da muchas de las claves del fenómeno del homonacionalismo. La misma noche en que Barak Obama ganaba sus primeras elecciones, un referéndum denominado Proposition 8, desmantelaba en el Estado de California el derecho al matrimonio para personas del mismo sexo. Este referéndum fue llevado a juicio ante la Corte Suprema de Estados Unidos. La comunidad LGTB tuvo como representante a Ted Olson, antiguo abogado del mismísimo George Bush. ¿Cómo un abogado ultra-conservador se erigía como defensor del derecho al matrimonio de los y las parias de la nación? Él lo explica con claridad: “El matrimonio es un valor conservador. Dos personas que se quieren, que quieren vivir juntas en una relación estable, ser parte de una familia, de un vecindario y de nuestra economía, debemos desear que se unan en matrimonio”.

El derecho de existencia, por lo tanto, no es incondicional. Los heterosexuales pueden subirse a las carrozas y ser extravagantes hasta la náusea, pero no los gays. Las heterosexuales pueden tener amantes de una noche, pero las lesbianas tenemos que querernos todo la vida para demostrar que “lo nuestro” es válido. Las personas cis podemos estar en contra del trabajo o, simplemente, ser orgullosamente vagas. Pero cuidado con las personas trans: tenéis que contribuir dócilmente a la economía para demostrar vuestro derecho a ser, simplemente.

Este contrato entre la Nación Bélica Colonial y las periferias sexoafectivas es una promesa de protección: por fin podéis estar tranquilos. Mientras os portéis bien, seréis de “los nuestros”. Simultáneamente, este “ser de los nuestros” genera su binario opuesto. Los otros. La maquinaria homonacionalista promueve entonces la imagen de los gays, lesbianas y personas trans aceptables, que lanza simultáneamente un mensaje ineludible para los, las y les inaceptables. Jóvenes, guapos (normativamente), delgados, blancos, de clase media (cuando no alta), con funcionalidades tan normativas como su guapura, consumistas y despreocupados. Despolitizados y desplumados. El gay aceptable es un chico sano lo bastante machote como para no poner en riesgo la masculinidad hegemónica. La lesbiana aceptable es una chica mona e inofensiva que pueda servir al deseo masculino heterosexual. La persona trans aceptable es la persona con passing. La persona bisexual aceptable es la que se decide por una u otra cosa y deja de dar la tabarra. Todos seculares y emparejados de dos en dos, nada de cruising, ni de látex ni de cosas raras. Nada de stravaganza. Nada de pluma. Y, por supuesto, nada de clase, nada de raza, nada de situación administrativa, nada de nada.

Este movimiento se aprovecha para construir la alteridad. “Nosotros” (que somos blancos, ricos, con funcionalidades normativas, consumidores, nacionales) somos gayfriendly y “nuestro” opuesto (que está racializado, que es pobre, que es inhábil, que ni consume ni produce, y que es extranjero/extraño) es homófobo. Y no solo homófobo, sino claramente heterosexual. Porque el imaginario de la persona queer racializada, musulmana, extranjera, crip, pobre (empobrecida), migrada desaparece, sencillamente, del mapa. Si acaso su única posibilidad de existencia de cara a la Nación será pasar por taquilla y pagar el precio de la aceptación: si renuncias al islam, te aceptamos como gay. Si no pones sobre la mesa la raza, te aceptamos como lesbiana. Si podemos redimirte y pasearte por nuestras ferias, te aceptamos como trans. Si podemos usarte para generar racismo y/o xenofobia, aplaudiremos incluso que te visibilices como bisexual. Todo ello, siempre de la perspectiva de víctima salvada: alguien orgullosamente queer y orgullosamente musulmán no le interesa a nadie.

Israel, volviendo a nuestro primer invitado, el Superviviente Eliad Cohen, es el ejemplo paradigmático de cómo se asienta este marco de pensamiento en la política real. El país se publicita, desde hace unos años, como un paraíso LGTB, en una estrategia que se denomina pinkwashing (lavado de cara rosa). Tel Aviv fue declarada como el destino más “gay-friendly” en el año 2011. El representante de Israel en Eurovisión el año pasado fue Hovi Star, abiertamente gay. Cantaba el tema ‘Made of stars’ y las estrellas del videoclip eran drones. Los mismos drones israelíes, recordemos, que asesinan en Gaza. Ni más, ni menos. Y, a menos que creamos que la homosexualidad es un vicio blanco-burgués (que todo tipo de opiniones hay en el mundo), en Gaza también hay población queer bajo el fuego de esos mismos drones gayfriendly . Así, como Europa o como Estados Unidos, Israel es gay-friendly (y uso aquí el “gay” masculino genérico con toda mi mala leche) solo para los gays que le interesan. Esos que le son útiles para justificar la violencia. Esos aceptables. Esos que, claramente, no son palestinos en resistencia y que son utilizables para fines publicitarios.

El análisis del pinkwashing no puede reducirse a Israel. Su ejemplo es tan absurdamente burdo que es útil para entender, pero no caigamos en el Allilandia. En Francia, el Frente Nacional no solo tiene como vicepresidente a un gay desarmariado, sino que Matthieu Chartraire, Mister Gay para quien no lo conozca, presume de su carnet de socio fascista que recibió, dice, “como regalo de Navidad”. En el Estado español, la cúspide del Partido Popular asistía a la boda (gay) de Javier Maroto, exalcalde de Gasteiz bien conocido por su islamofobia, con fotos de familia incluidas en la prensa nacional. Mientras tanto, el Gobierno central negaba la reproducción asistida a “mujeres sin pareja varón” a través de la Orden Ministerial 2026/2014.

¿Que la población LGTB es racista?

El homonacionalismo se nos cuela por todas las rendijas. Y, sin embargo, el análisis y la resistencia necesitan de brocha fina. Porque en su denuncia se está colando la LGTBfobia a borbotones. Las poblaciones que hemos resistido a la heteronormativización somos poblaciones en peligro en todo el mundo: ese es el hecho. Del mismo modo que el machismo es transversal y, al mismo tiempo, hay que analizarlo de manera contextual, la LGTBfobia también lo es. Y, efectivamente, la identidad LGTB es colonial y colonizadora (la identidad, que no las prácticas ni los deseos) pero no lo es más ni menos que la identidad heterosexualidad, igualmente colonial y colonizadora.

Por otro lado, el homonacionalismo señala de qué manera un derecho de existencia está siendo instrumentalizado en favor del racismo, la xenofobia y la islamofobia. Traducir esto a la idea de que la población LGTB está siendo racista es también homófobo. Entre nosotrxs hay tantos racistas como entre las personas heterosexuales. Y, teniendo en cuenta que somos una minoría cuantitativa y cualitativa, el problema no somos nosotrxs. Si acaso, nosotrxs somos la trampa, el instrumento.

Así, del mismo modo que no pueden entenderse las violencias de género de una comunidad atenazada por el racismo (y, tratar de entenderlo sin prestar atención a la herida del racismo es racista en sí mismo), no pueden entenderse las violencias raciales en una comunidad acuciada por la LGTBfobia (y, tratar de entenderlo sin atender a la herida de la LGTBfobia es LGTBfóbico en sí mismo). Somos una población más vulnerable al miedo que otras, y tan llena de mierda como cualquier otra. Lo cual no es una excusa: es una constatación necesaria para afirmar que no se puede entender el homonacionalismo sin atender a la homofobia. Y no se puede entender sin descentrarse del marco homonacionalista que identifica lo queer con su representación interesada: las personas que no encajan en la heteronormatividad no son solo Eliad Cohen y sus amigos plumófobos.

Es el homonacionalismo en sí mismo lo que ha creado el secuestro de nuestras identidades en favor de eso. De esos. Reafirmarlos como paradigma de una comunidad que ni siquiera es comunidad, que aglutina un universo de personas cruzadas por mucho más que por su orientación y con inmensas desigualdades y diferencias, solo alimenta la LGTBfobia por un lado, y el racismo por otro.

Del mismo modo que los racializados heterosexuales no son homófobos per se, como consecuencia de la racialización, los homosexuales, personas queer y trans blancas tampoco somos racistas per se, como consecuencia de nuestra orientación sexual e identidad de género. En cualquier caso, es la heterosexualidad la que hace al homófobo, como es la blanquitud la que hace al racista. Pero aún ahí, nuestra construcción identitaria está cruzada por muchas violencias específicas. Creer en determinismos biológicos o en la imposibilidad de resistir a una construcción social que nos quiere racistas u homófobos es extremadamente peligroso. Porque entonces no hay solución, no hay agencia, y en el fondo nadie es culpable ni responsable de nada: todo somos lo que nos toca ser. Pero las personas queer tenemos una ventaja, y es nuestra experiencia de no ser lo que nos tocaba ser. Tenemos experiencia en traicionar a nuestras familias, a nuestra genética, a nuestra educación… ¿cómo no vamos a saber traicionar a nuestra raza, aún cuando esa raza venga con el privilegio de la blanquitud, si ya hemos traicionado todos los privilegios posibles?

Hace justo 30 años, Gloria Anzaldúa escribía en su impescindible ‘Borderlands / La Frontera’:

“Como lesbiana no tengo raza, mi propia gente me desprecia; pero soy todas las razas porque lo queer de mí está en todas ellas”.

La idea de lo queer como espacio más allá de la raza ha sido un negocio tan malo como la idea de lo homosexual como espacio más allá del género. En el primero, la blanquitud hegemónica se lo ha comido todo, en el segundo, la masculinidad hegemónica ha arrollado con todo. Para que esos espacios sean posibles, hay que realmente articular la raza, el género y la clase. Ésta última, apunto, camuflada en discursos indescifrables y piruetas intelectuales que desactivan y desprecian a los activismos que no tienen acceso a toda esa parafernalia. Un acceso que la Academia bloquea a través del lenguaje mismo y de precios bochornosos para sus congresos y publicaciones, y que reproducimos en las asambleas a través del victimismo de las esdrújulas y el campo de minas de la comunicación. El privilegio del acceso debería conllevar la obligación de traducir la teoría al lenguaje y las realidades cotidianas, y la paciencia de repetirla y compartirla las veces que sean necesarias, por muy cansino que resulte. Porque la única manera de articularlos es mirarlos a la cara, entender las violencias, de qué manera interactúan e interseccionan y asumirlas.

La diferencia solo es un problema para el fascismo, que nos quiere idénticas y hegemónicas. Pero la diferencia, parafraseando a M’Bembe, es la condición básica del ser humano. En todos los grupos habita la diferencia y en esa misma diferencia habitan las armas de un sistema que es violento de por sí y que nos posiciona en lugares sociales no solo diferentes, sino desiguales. El análisis del homonacionalismo debe entender todas las desigualdades que operan. Y la resistencia al homonacionalismo solo es posible a través de la comprensión y la denuncia tanto del sistema heteronormativo como del pensamiento racial y la brutalidad de ambos que, lejos de ser excluyentes, forman parte de lo mismo.

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