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Crónicas del 6

Domingo 25 de enero de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

David Fernández - Virus

y otros trapos sucios de la cloaca policial

Octubre de 1996 no fue un mes normal. El otoño del año pasado, tampoco. Y, como todos los libros, este también tiene su historia y motivación. Nace —exacta y accidentalmente— el 12 de noviembre de 2005, cuando los Mossos ya se han desplegado en Barcelona, tomando el relevo y sustituyendo a la policía estatal. Aquel día, una manifestación recorre el centro de Barcelona en apoyo a cuatro jóvenes detenidos en Sants un año antes por el Grupo VI de la Brigada Provincial de Información del Cuerpo Nacional de Policía. Una petición fi scal desorbitada nacida de los informes de este grupo solicita inicialmente para ellos ocho años de cárcel. Esa protesta solidaria está circundada por una amplia presencia de los Mossos d’Esquadra, acompañada de una multitud de secretas cerrando la manifestación. Entre los «paisanos», además, también está Jordi, uno de los jefes del Grupo VI de la policía estatal, grupo que es el hilo conductor de este libro y sus crónicas. De repente, se topa con un activista del movimiento okupa, que se le encara y le espeta: «Y tú, ¿qué haces, aquí?». Jordi responde: «A lo mejor me he cambiado de bando».

Transferido a los Mossos o no, algo se nos revolvió por dentro. Y, entre aquel noviembre y este enero, aprovechamos las madrugadas para desquitarnos de recuerdos y ordenar las memorias selectivas de diez años de represión y autoritarismo. De un grupo policial que está tras los grandes operativos represivos que han quedado marcados y anclados en la memoria colectiva: el cine Princesa, la carga policial en la UAB (Universidad Autónoma de Barcelona), el 12 de octubre de 1999, el desfile militar, la provocación en la manifestación contra el Banco Mundial de junio de 2001 o la militarizada cumbre europea en Barcelona de 2002. Un grupo que, en buena medida, también está detrás de las más de 2.000 detenciones que se han producido desde 1996 contra miembros de los nuevos movimientos sociales. Y que, sobre todo, está detrás del control exhaustivo, reticular y panóptico que se ejerce contra la disidencia política y social.

Pese al supuesto relevo de los Mossos, no obstante, el Grupo VI sigue hoy operativo. Pese al 14-M, no ha habido ningún impacto en las rutinas y dinámicas represivas desfasadísimas empleadas contra las luchas sociales. Pese a los 22 meses transcurridos, no se ha deconstruido ni una sola coma de toda la arquitectura represiva edifi cada por el PP1. Y los movimientos sociales siguen bajo un particular estado de sitio y control en que se pinchan teléfonos, se emplean infi ltrados, se asedia a activistas personalizadamente y, si procede, se maltrata y se encarcela. Estas crónicas pretenden ser un refl ejo parcial de esta guerra sorda, que ya dura diez años, entre los movimientos sociales y un grupo de información policial decidido, con la manga ancha otorgada por el Poder, a hacer todo lo posible para conseguir que el espacio disidente no crezca. Afortunadamente, no han conseguido salir airosos. O no tanto como quisieran. Hemos llegado con heridas, con ausencias, con golpes, pero con las ideas todavía intactas. Dos mil detenciones dejan exactamente dos mil historias personales y colectivas. Muchos siguen más activos que antes, otros vamos tirando, unos cuantos se lo han pensado dos veces y algunos han preferido pasarse a la hipoteca antes que hipotecarse la cara nuevamente. Porque la represión funciona. Opera. Va.

Solamente ha sido derogada la ley que incriminaba la convocatoria de consultas populares, impulsada por el PP para combatir el «Plan Ibarretxe». Este Grupo «6» fue creado en 1996, se nos estrenó en el Cine Princesa —cuando conocimos de su existencia— y este año cumplirá los diez. Un momento oportuno, pues, para hacer balances, para ubicar el talante —ahora que está tan de moda el concepto— de un grupo policial que ha protagonizado buena parte de todo lo que, aun pasando, nunca pasa ofi cialmente. Para dejar constancia parcial de todo ello, el resultado, mejor o peor, es éste. Pasajes selectivos recordados con prisa, nacidos en noviembre de 2005 del cabreo con la impotencia que genera la impunidad. Crónicas, también, en el fi lo subjetivo de una realidad colectiva, acompañada de otros hechos represivos en todo el Estado, especialmente en el País Vasco, que contextualizan y certifi can el estado (policial) de las cosas.

El 6, sin embargo, no es ningún mito. Es un grupo especializado en la disidencia política y social, creado y amparado por el PP en su momento y mantenido después del 14-M. Son funcionarios, pagados con nuestro dinero, que cumplen la tarea que les ha sido encomendada con las herramientas que les han sido concedidas. Y poco más. Como escribe Galeano, «no son monstruos extraordinarios, no vamos a regalarles esa grandeza». El Grupo 6 tampoco es ninguna excepción insólita e inédita. Cuando lo dejen, otros vendrán, con otros nombres y uniformes, a hacer exactamente lo mismo: disciplinar, reprimir y atar en corto las luchas sociales.

Por desgracia, no podemos decir aquello recurrente de que «cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia». Todo lo que se di ce ha pasado. Es cierto. Meridianamente real. Y lo que no se dice, aún lo es más. Por ello, el libro está dedicado a quienes no necesitan leerlo, porque, contra su voluntad, lo han conocido directamente como objetos y sujetos de represión. A ellos y ellas, que no tendrán el derecho a creérselo o no, porque lo han vivido en su propia piel. Ellos y ellas, que no tienen opción de pensar que todo es mentira, de desentenderse o de pasar página alegremente.

Y como en todo libro, también hay un fi nal, accidentado también. El 14 de enero de 2006. Una amiga que denunció por torturas a uno de los jefes del Grupo 6 nos llama. Cuatro años después, la Audiencia Provincial ha abierto el juicio oral contra los agentes imputados. Todo pinta bastante bien. Pero la compañera no nos llama por eso. Nos llama porque aquella misma semana le han llamado a su teléfono móvil. Agentes del Grupo 6. Para «sugerirle» que retire la denuncia si quiere evitarse más problemas. Y ella no puede más. Dice que necesita olvidar. Y el lunes siguiente retira la querella.

Este libro —contra pronóstico— también va dedicado a ella. Porque asumimos que sacamos fuerzas de la fl aqueza; que no somos héroes ni heroínas ni tenemos ganas de serlo, que puede que en estos diez años nos hayan roto la cara, pero nunca la sonrisa, pese a que lo han intentado; y, sobre todo, porque seguimos aquí. De pie, con golpes y porras y una factura elevada que se han cobrado cuando han querido y como han querido. Pero aquí seguimos. A pesar de todo, de todos los pesares y muy a su pesar.

Ellos también, claro. Pero con una enorme diferencia. Nosotros, con los principios casi intactos y la coherencia nada deteriorada. Ellos, cada vez que tienen que actuar, pulverizan y revientan todos los grandes principios de su democracia (derechos humanos, garantías jurídicas, libertades individuales). Convertido el Estado de Derecho en el derecho del Estado a hacer lo que le plazca —como diría el fi lósofo Josep-Maria Terricabras—, los principios quedan sólo para las suntuosas ruedas de prensa. Lo demás, lo arreglan a palos. A palos, incluso hasta con la zanahoria.

Pero los principios y las convicciones, fi nalmente, sólo se demuestran en situaciones difíciles, que es cuando hay que hacerlo. A toro pasado, todos somos toreros. Los movimientos sociales alternativos han demostrado, en cambio, que disponen de principios sólidos e inalterables —si no a prueba de bombas, sí a prueba de hostias. A pesar de que el 6 y sus muchachos se hayan aprendido bastante bien la lección de repartir palos cuando toca, de incriminar permanente y gratuitamente, y de cerrar el paso a unos movimientos sociales que cuestionan un sistema social cada vez más injusto y desigual. Y que no se merece durar ni un día más. Como diría Feliu Ventura, «que no s’apague la llum» («que no se apague la luz»). Hasta que revienten los plomos. Los plomos de los despachos del Grupo 6, sus ordenadores y sus terminales, de donde salen unos informes policiales de los cuales un juez catalán, en 1999, concluyó en sentencia fi rme: «parece redactado por la afortunadamente extinta Brigada Político-Social» del franquismo más que «por un cuerpo policial perteneciente a un Estado de Derecho».

De aquella sentencia sintomática pronto hará ya siete años. Desde entonces, el Grupo 6 no ha dejado de funcionar con la complicidad política de turno: violentando militancias, alterando procesos, abortando proyectos, disciplinando ideas, modulando controles, paralizando con el miedo. Represión política y politizada con fi nes políticos para que nada se mueva. Pese a que aquí ni desistimos ni desertamos. Más bien todo lo contrario.

Porque no pensamos pedir permiso para ser libres. Ni perdón por serlo.

Vila de Gràcia-Ripollès,diciembre de 2005-febrero de 2006, Països Catalans

Prólogo

Arcadi Oliveres

No me han encargado el título, sino el prólogo. Pero aun así, creo que David Fernández no estaría descontento si califi cásemos el libro como una «miscelánea de las cloacas». Del poder, obviamente. Por una parte, con el presente texto, las sospechas que a menudo tenemos sobre lo «políticamente incorrecto» quedan confi rmadas y, por otra, nos podemos avergonzar plenamente de la democracia vigilada, edulcorada y en buena medida fi cticia de la que disfrutamos. Sabe mal decirlo porque para los que ya tenemos una cierta edad, la democracia plena fue nuestro objeto de deseo durante muchos años.

Las páginas que vienen a continuación nos permiten elaborar un minucioso inventario de todo lo que se encuentra bajo la alfombra de la elegancia política. Podremos ver manipulaciones informativas malintencionadas acompañadas de amenazas contra aquellos que quieren hacer aparecer algún rayo de verdad. Se nos muestran las torturas policiales en todo el Estado, denunciadas a razón de dos por día y que quedan mayoritariamente impunes, aunque generan cierto nerviosismo cuando las denuncia el Relator Especial de las Naciones Unidas para la Cuestión de la Tortura, invitado de forma curiosa y particular por el Gobierno del Partido Popular. Aprendemos que la policía secreta ya no lleva gabardina y porra dentro de un diario sino que ellos lucen pelo largo, y ellas —antes apenas estaban— incorporan pearcings. Nos damos cuenta de que el racismo es explícito e implícito y que tiene mucho que ver con la arbitrariedad de las detenciones. Constatamos también que las cárceles se van llenando con los más débiles y desfavorecidos. Recordamos que la guerra sucia, que nunca se quiso esclarecer del todo, tenía el nombre de GAL. Y, en síntesis, observamos que se persigue a okupas, pacifi stas, anarquistas, altermundistas y a todos aquellos que disienten de las diferentes formas de injusticia, mientras se extiende una comprensiva capa protectora hacia los especuladores inmobiliarios y mobiliarios, los trafi cantes de drogas de alto nivel, los evasores fi scales y los explotadores sin escrúpulos.

Podríamos decir, en resumen, que las Crónicas muestran la crudeza de la razón de Estado, que no es nada más que la razón de los más ricos y poderosos al servicio de los cuales se encuentran los ejércitos, las policías y las seguridades privadas. Con el añadido, además, de saber que, poco a poco, estos cuerpos adquieren dimensión internacional y nos muestran nuevas versiones que se denominan Europol y Euroejército, que vienen a ampliar las ya conocidas OTAN, Red Gladio y Grupo de Trevi. Todo esto aderezado con secretos vuelos de la CIA, torturas deslocalizadas fuera de zona, campos clandestinos de presos, fosas comunes, que acaban dando carta de naturaleza a la globalización del delito de Estado. También observamos cómo, en contadas ocasiones, a menudo tarde y mal, la justicia libera sin cargos a los presuntos disidentes delincuentes y, en resumen, demuestra que siempre es necesario vigilar al vigilante. Pero también hay otro aspecto tenebroso que podemos y debemos denunciar. Se trata del crecimiento exponencial del control social hecho con todo tipo de artilugios —pinchazos telefónicos, cámaras fotográfi cas, fi cheros personales, captaciones por satélite, búsquedas informáticas, etc.—, la mayoría de las veces puestos en práctica de forma absolutamente ilegal. El libro nos ofrece una casi exhaustiva relación que debe servir para alertar a la ciudadanía de que estamos pagando un precio muy alto de nuestra privacidad y de nuestra libertad a cambio de una seguridad que no aumenta apenas, sino que más bien nos hace más vulnerables a los chantajes del poder que se deriva de la información que disponen de nosotros.

Paradojas, una de las grandes justifi caciones de todas estas ilegalidades, vejaciones, torturas y hasta crímenes resulta ser el terrorismo. El terrorismo, sin duda, existe. Y como bien señaló a Le Monde un antiguo alto responsable de los servicios secretos franceses, en la mayoría de los casos se trata de terrorismo de Estado. Sin negar que haya también de otra tipología, que claramente existe también, no deja de ser curioso el tipo de información que los portavoces ofi ciales nos dan sobre determinados casos. A todos nos vendrá a la memoria la zozobra en los aeropuertos de Londres —suspensión de vuelos, registros exhaustivos, imposibilidad de llevar equipajes de mano, caos circulatorio, etc.— en agosto de 2006, a raíz del presunto complot de 24 ciudadanos británicos de origen paquistaní dispuestos, según se nos decía, a colocar unas desconocidas bombas líquidas en aviones que saliesen en dirección a los Estados Unidos. Resulta que, pocas semanas después, 13 de los citados ciudadanos fueron puestos en libertad sin cargos y sobre los 11 restantes no hay acusaciones fi rmes ni rastros de voluntad alguna de atentar. El objetivo pareciera ser, simplemente, el de espantar a la opinión pública para que aceptara un mayor control social y, al mismo tiempo, aprovechar la ocasión para hacer subir la popularidad de algún político en horas bajas.

Sin la menor duda y frente a este panorama, el oasis catalán no existe, como David se encarga de demostrarnos, y muy bien, en su libro y en el detallado listado de actuaciones del Grupo 6, que, bien leídas, deberían de aumentar el insomnio de lectores y lectoras. Se mire como se mire y se piense como se piense, un Estado de derecho no puede tener asalariados de este tipo y, si los tiene, ya es razón sufi ciente, aunque seguramente no la única, para dejar de serlo.

Crónicas del 6 es, por tanto, fruto de una importante implicación personal y colectiva, resultado de un paciente trabajo de investigación y de compromiso y, a pesar de lo que a alguno le puede parecer, también de pacifi cación. El seguimiento de la verdad y su exposición no es otra cosa, en el fondo, que el servicio a la causa de la justicia. Sobre el cuarto oscuro | Nota a la edición castellana

Para no dejarlas a la intemperie albergo esperanzas

Ferran Fernández

Quien más tozudamente insistió desde el principio en la presente traducción al castellano de Cròniques del 6 fue Pepe Beunza, el primer objetor de conciencia no violento al servicio militar en plena dictadura y con dos consejos de guerra a sus espaldas. «Hay que traducirlo», insistía. Gabriela Serra, incansable militante y segunda madre de muchos de nosotros, se sumó enseguida al coro: «Ya tardáis». Después llegó Bruno, el traductor inesperado, que desde Madrid y en un correo electrónico a Virus se ofrecía voluntario para traducirlo tras leer la versión abreviada que Hace Color distribuyó gratuitamente. La productora musical organizaba su décimo aniversario con un concierto de Fermín Muguruza y decidió celebrarlo —gracias, Joni, gracias, Amparo— regalando un millar de libros entre los asistentes.

Bueno. Son algunas de las consecuencias imprevisibles de haber intentado reconstruir colectivamente el inventario represivo que los movimientos sociales hemos «degustado» en Catalunya en la última década. Pronto llegaría también el compañero Oleguer Presas —para muchos futbolista, para nosotros, compañero— con su artículo «La buena fe», publicado en el semanario catalán Directa, citando y amparándose en otra espina dorsal del libro: el doble rasero de impunidad que funciona a la perfección en el Estado español, con el trasfondo de la cadena perpetua encubierta que se pretendía aplicar a De Juana Chaos y otros presos. Por insistir en que Galindo y otros delincuentes de altos vuelos seguían en la calle, se vertió sobre Oleguer un órdago inquisitorial. Contra él y, por extensión, contra la mínima brizna de pensamiento libre y disidente.

Entremedio, tuvimos hasta 52 presentaciones públicas encadenadas con el apoyo imprescindible y permanente de todos los víricos que corren libres por esta editorial. Muy a nuestro pesar, no para hablar de un pasado peor, sino de presentes inquietantes y de las derivas liberticidas del futuro que se auguran. Presentaciones, coloquios y debates al calor casi siempre de nuevos hechos represivos, como la kafkiana detención y encarcelamiento de Núria Pòrtulas. En esos vértices del tiempo, el autorreconocimiento de compañeros y compañeras en los hechos descritos y la etapa vivida fueron, muy modestamente, la mejor crítica recibida.

Al fi n y al cabo, el libro, peor o mejor y a trancas y barrancas, intentaba recopilar diez años de autoritarismo y represión en Catalunya contra procesos colectivos de desobediencia, autonomía y autorganización. Pretendíamos abrir, aunque fuera con fórceps, el cuarto oscuro de la represión, que se mantiene siempre a oscuras y cerrado bajo siete candados, y poder elaborar una mínima cartografía del variopinto arsenal represivo del que dispone el Estado.

Algunos creen, tal vez en exceso, que el libro encendía cerillas quemándoles algo los dedos y conseguía arrojar un poco de luz sobre las zonas oscuras del Estado, aunque eso quede, por supuesto, a criterio de cada lector y lectora y de cada compañero o compañera. Otras voces —seguramente con mucha razón— exigían más análisis histórico y político, cronologías precisas y documentación anexa y fotográfi ca. Esa tarea está por hacer. Pero es que el libro también nacía de esa necesidad apremiante de visualizar la represión —partiendo de hechos reales vividos en nuestro barrio, Gràcia— y afrontar las difi cultades casi permanentes con las que nos encontrábamos: ese sórdido telón de acero, de silencios densos, que cae siempre como una losa impenetrable si se pretende hablar de terrorismo de Estado, de alta o baja intensidad. Demasiados pasan página y muchos no quieren creer cuando se muestra la crueldad del estado de las cosas y las cosas del Estado. Por eso, más que el bisturí analítico, las crónicas son el relato alterno de los hechos como fueron y, sobre todo, de cómo los vivimos. Pasajes concretos, árboles de un bosque que seguimos teniendo enfrente y encima, para intentar llegar a comprender cierta holística de la represión.

Por supuesto que también hubo comisarios comprando el libro, diputados leyéndolo en sede parlamentaria y alguna que otra sorpresa menos agradable. Pero, sobre todo, quedó el suma y sigue. Como un eterno retorno, volver a chocar nuevamente contra el mismo muro. Nuevas detenciones, más sentencias kafkianas, y el viejo axioma foucaultiano de vigilar y castigar a pobres y disidentes nos acompañaron día sí y día también. Y por supuesto, el juicio por torturas al Grupo VI en abril de 2008. La absolución de los cinco agentes del grupo —entre ellos Jordi, uno de los responsables— y la única condena a un agente raso certifi caron algo ya sabido: su estatus de impunidad.

Éstas son algunas de las muchas motivaciones que nos han animado, fi nalmente, a realizar la edición castellana. Se podrían cambiar nombres y escenarios y ubicarnos en algún otro lugar del Estado donde el confl icto social haya estado presente. Para darnos de bruces con la misma dinámica de la cloaca represiva.

Aunque una de las pretensiones era transmitir qué se cocía en realidad tras los grandes titulares de los grandes medios españoles que espectacularizaban la protesta álgida que se vivía en Barcelona, está claro que ese marco represivo no es exclusivo de Catalunya ni de sus movimientos sociales alternativos. El delito de Estado está más que globalizado y nos afecta a todas. El estado de excepción decretado en tierras vascas; los 112 jornaleros andaluces del Sindicato de Obreros del Campo cosidos a multas y procesados; el encarcelamiento de los sindicalistas Cándido y Morala —inspiradores de Los Lunes al Sol de Fernando León—; la incriminación de los okupas sevillanos de Casas Viejas; el aumento de las denuncias por torturas recogidas en la calle y en las cárceles por la CPT, o el trato dispensado a los inmigrantes con la nueva «directiva de la vergüenza» son sólo pasajes de una larga trama que hunde sus raíces en Torquemada. La lista es extenuante y agotadora.

Desde 2007, la cosa ha ido a peor y ya se podría hacer otra enciclopedia de la planifi cación estatal del miedo. Porque el objetivo sigue siendo cartesianamente el mismo: dejar el terreno baldío de esperanzas para la transformación social y la emancipación colectiva. Con todo, y como no hay crónica sin contracrónica, también en las afueras del Estado (en Vallecas, Lavapies o El Coronil) han renacido focos fértiles de desobediencia, protesta y solidaridad. A ellos y ellas dedicamos también estas páginas. Para los que siguen luchando contra esa extraña mixtura entre Adam Smith y Benito Mussolini —economía y orden por la seguridad de los negocios— en la que están convirtiendo nuestras vidas. Bueno. Ésa es la lección, personal pero transferible, que aprehendimos tras la publicación del libro, en las esquinas de tantas presentaciones y de la memoria fértil de tantas personas, familiares y amigos, que habían sufrido represión pero habían recibido solidaridad. Solidaridad que es la única arma de la que disponemos. Porque, en defi nitiva, de lo que se trata es de seguir diciendo no. Y después aguantar el tipo. Tantas veces como sea necesario.

Y aquí seguimos. Con la insumisión desobediente, en dictacracia o de mocradura, de Pepe Beunza y Gabriela Serra. Ahora, hoy, hace dos me ses, nos venimos juntando semanalmente. Nos llamamos casi a diario. Nada referente al libro. O sí. Nos juntamos solidariamente en asamblea en la campaña contra la incriminación de la desobediencia ci vil, equiparada con el delito de terrorismo por la Audiencia Nacional, pa ra denunciar la sentencia a nueve y diez años a la que han sido condenados los miembros de la Fundación Joxemi Zumalabe.

Ése también ha sido el cambio drástico de calibre más destacado desde que el libro se publicara. A peor. Amigas como la periodista Teresa Toda —encarcelada a diez años en Topas—, compañeros como Jon Markel —cumpliendo condena en Toledo— o Franki —encerrado por una bandera— han sido secuestrados y siguen privados de libertad. De esa ausencia concreta de libertad, demasiado cercana, es al fi n y al cabo de donde nacieron las crónicas. Las crónicas del enloquecido despropósito represivo, por supuesto. Pero también y sobre todo y afortunadamente de la fecundidad de la desobediencia y la solidaridad.

La Asamblea del Libro
(autor, editorial, amigas y compañía) Vila de Gràcia, septiembre de 2008

:: Fuente: Virus Editorial

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