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Nos espían: 48 cámaras de videovigilancia serán instaladas en el barrio de Lavapiés y Tirso de Molina

Domingo 27 de septiembre de 2009. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Concentración: Domingo 4 de octubre a las 13:00. Plaza de Lavapiés

Según el argumento oficial, las cámaras serán de gran ayuda para acabar con la supuesta criminalidad que está asolando este céntrico barrio madrileño, pero muchos vecinos lo entienden como otro capítulo más en la estrategia de control social y acoso de todos aquellos elementos que no entren en un Madrid que pretende convertirse en marca global. Diagonal

Concentración

Concentración contra la videovigilancia en Lavapiés y Tirso de Molina

Domingo 4 de octubre
13:00 horas
Plaza de Lavapiés

Os comunicamos que la CNT madrileña sale a la calle el próximo domingo 4 de octubre para protestar contra la instalación del sistema de videovigilancia en el barrio de Lavapiés y Tirso de Molina.

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Este método de control fascista supone la implantación de 48 cámaras CCTV (circuito cerrado de televisión) que vigilarán todo el territorio que va desde la plaza de Tirso de Molina hasta la Glorieta de Embajadores. Poco a poco ya están siendo instaladas.

La cultura del miedo, herramienta de la que se alimenta el sistema capitalista, ha convertido estos sistemas de videovigilancia en una de las puntas de lanza del control y la opresión por parte del estado y las grandes corporaciones sobre una población, objeto ya de un permanente estudio de mercado, cada vez más sometida, vulnerable y despojada ahora de su derecho más básico a la intimidad. Y ya nos quedan menos, si es que acaso nos queda alguno.

Nos dicen que es por la seguridad del barrio, sin embargo los habitantes de otros barrios, y especialmente de otros paises, como Inglaterra, cuyas calles ya llevan años vigiladas por el ojo invisible de la autoridad, no lo ven así. La realidad es que políticos y clases dirigentes nos cuentan una cosa, y las estadísticas cuentan otra.

Si ya se ha probado su ineficacia. Si está demostrado que no se reduce la delincuencia. ¿Por qué entonces este empeño en tenernos a todos videovigilados? Descárgate aquí el comunicado que desde principios de verano llevamos repartiendo por el barrio.

Si no quieres un Lavapiés 1984, no te quedes parado.

Movilizate.
Organízate.
Únete a la lucha.
Contra toda forma de autoridad.

CNT - AIT

Fuente: Indymedia Madrid


Lavapiés: ¡Cámaras en el barrio!

Sabemos que Lavapiés se destaca por ser un barrio multicultural, donde viven gente de todas las nacionalidades y culturas, donde todos y todas intentamos convivir en paz, y creemos que lo hacemos muy bien, más allá de lo que nos cuentan los políticos. Con sus estadísticas, declaran que es un sector peligroso y que si hubiera más seguridad el barrio crecería para los comerciantes.

Una vez más nos encontramos con las manipulaciones acerca de que el barrio es inseguro y que un control masivo puede ayudar a mejorarlo. Y con este discurso quieren tenernos a todos bajo las cámaras, las cuales no harán otra cosa que vulnerar nuestros derechos de intimidad.
En este escrito queremos destacar dos puntos de vista:

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1º El discurso que venimos escuchando acerca de Lavapiés es que en el barrio se venden drogas y abunda la delincuencia.
Deberíamos analizar en profundidad cómo y porqué sucede esto… ¿Si hubiera un interés real por querer limpiar las calles de los vendedores de droga muy fácilmente podrían hacerlo, si los policias encubiertos (que los vecinos y vecinas ya conocemos) lo quisieran. Pero, ¿por qué no lo hacen? ¿Acaso no tienen la fuerza? Sí la tienen cuando un puñado de manifestantes se concentran para algún reclamo, mostrando toda su fuerza represiva y organización, pero no lo hacen para detener a un par de cacos. ¿Será porque querrán vincular una imagen de degradación al barrio? ¿Acaso los políticos juegan a mejorar los negocios a los pocos y cada vez más ricos de siempre? ¡Y así sería mas fácil para los especuladores adueñarse de negocios cerrados o en mal estado a un precio muy bajo!

Quizá porque es un barrio que está en el centro de Madrid, donde se puede ver a los niños jugando por las calles, y tiene una vida social muy activa entre sus pobladores. ¿Será que no quieren que nos comuniquemos como vecinos que somos? El anonimato que se oferta en las grandes ciudades no debería traducirse en desconfianza hacia nuestros vecinos.

Lo que muchos nos preguntamos es, ¿vale la pena invertir tanto dinero en seguridad cuando nuestro barrio tiene otras carencias tales como la integración, la educación y la cultura? ¡La mejor arma para detener lo que llaman delincuencia es la educación! ¿O es que sería un arma de doble filo para los políticos y demás burocratas? ¡Quizás teman que la población se organice por sus medios y que ya no dependan de ellos! ¿Qué tienen que decir de todo esto las asociaciones de vecinos? Algunos han apoyado esta iniciativa. Esto se debe a la falta de análisis de la realidad y a los intereses que les mueven, que suelen ser distintos al bienestar de las y los vecinos del barrio.

2º A los comerciantes les han contado que una lavada de cara al barrio beneficiará su rentabilidad y atraerá a los turistas al barrio... Lo que no han tenido en cuenta es que el lavado de cara será general.
¿Acaso los beneficios se los llevarán las pequeñas tiendas? ¿O se mercantilizará como otros barrios? Algún comerciante puede asegurar que le renueven el contrato de alquiler cuando el barrio comience a tener una imagen más glamurosa? ¿O serán relegados por los grandes empresarios de servicios y franquicias que cogerán el monopolio de los comercios? Basta con observar lo que sucedió con el Mercado de San Miguel, que se convirtió en un sitio tentador para especuladores; los comerciantes que allí tenían negocios fueron desalojados. Más allá de su resistencia, sólo dos comerciantes han logrado permanecer después de muchas luchas. Ahora el mercado pertenece a un SOLO dueño. O el caso del barrio de Malasaña donde una inmobiliaria se está haciendo con los negocios que no han podido resistir a los cambios que el barrio está llevando.

Si queremos ver cambios en nuestro barrio tenemos que implicarnos nosotras y nosotros mismos en ello. El poner cámaras y una nueva comisaria no hará que nuestras vidas mejoren. ¡Las soluciones las tenemos nosotros y nosotras como vecinos que somos! ¡¡No podemos tolerar más recortes a nuestras libertades!!

¡Vecina! ¡Comerciante! ¿Es necesaria más vigilancia y control? Tenemos mucho que perder en esta decisión. Ya que los politicos dejan degradar el barrio, es nuestro trabajo y obligación organizarnos para hacer frente a estas vulneraciones.

¡¡Basta de jugar al gran hermano con el pueblo!!

Fuente: SOV Madrid de CNT-AIT


‘Feliz 1984’ en Lavapiés: una cámara en cada esquina

Periódico Diagonal, No. 109

“Sonría, le están grabando”, es el lema de las pegatinas que desde hace unos meses se pueden encontrar en los rincones del barrio de Lavapiés, en Madrid. En ellas se avisa de la inminente instalación de 48 cámaras de videovigilancia en la zona y juegan con el título de la célebre novela de Aldous Huxley para dar la bienvenida a “un barrio feliz”. Las reacciones que despierta la obsesión por la seguridad del Ayuntamiento de Madrid para este castizo barrio pasan por el pasotismo absoluto de aquellos que no lo consideran más que una zona de copas, la perplejidad de algún turista curioso y la resignación o la rabia de un vecindario para el que no es más que otro capítulo de la toma del barrio por la policía.

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Según la legislación vigente, sólo las fuerzas de seguridad (FSE) tienen potestad para instalar este tipo de cámaras en la vía pública. Para ello necesitan antes un informe favorable de la comisión de seis miembros que, a tal efecto, debe formar el Tribunal de Justicia de la Comunidad Autónoma de Madrid. Nadie se sorprenderá al saber que este informe fue favorable y que los primeros carteles anunciando la instalación de la nueva medida securitaria adornan ya Lavapiés junto a nuevos agujeros en el pavimento para acomodarla. Según la Agencia de Protección de Datos, está en manos de los beneficiarios (o afectados, según se mire) recurrir esta decisión, pudiéndose negociar el número de cámaras si se consideraran excesivas, su ubicación concreta y la posibilidad de sustituirlas por otras medidas. También hay que tener en cuenta la existencia en la propia Ley Orgánica de Protección de Datos de Carácter Personal de 1999 de vericuetos legales que eximen del control de los datos registrados en ellas. Estos datos deberían estar en una base bajo control de la agencia, pero existen formas de conseguir que las cámaras estén en funcionamiento sin este requisito.

No es la primera vez que se recurre a la masiva presencia policial y a la instalación de videocámaras en determinadas zonas de la capital para provocar cambios en el paisaje con los que fomentar la entrada de capitales especulativos. El uso de estas medidas en barrios como Maravillas (también conocido como Malasaña) o el triángulo de Ballesta los han vuelto irreconocibles para vecinos y transeúntes habituales.

Cuidado al bajar a por el pan

Los efectos más palpables de esta obsesión por la seguridad los sufren, en primer lugar, los colectivos con menos capacidad de defensa contra ella, como es la población inmigrante, que supone un alto porcentaje del vecindario de Lavapiés. Las redadas masivas de supuestos ‘ilegales’ han trufado el distrito Centro en el último año. Escogidos al azar por las calles dentro de un único patrón reconocible: el color de la piel de los afectados. “Quieren hacer un barrio céntrico orientado al turismo, convertirlo en un mundo feliz donde no pase nada, un barrio donde todo sea controlable, cómo y cuándo ellos quieran, y este proceso lo está frenando la gente que ha venido de fuera y que ya está instalada en el barrio”, comenta Anouk, de la Asociación de Sin Papeles de Madrid (ASPM) a DIAGONAL.

Otro vecino del barrio, de origen senegalés y también integrante de la ASPM entra en detalles: “Son controles muy bestias. Uno baja a por el pan y no puede volver a su casa porque está la policía en la plaza y sabe que le van a pedir la documentación si se acerca. Yo me tiré tres días en comisaría por bajar a por zumo y por pan para comer”.

La vida cotidiana de un importante número de vecinos del barrio está gobernada por la posibilidad de nunca volver a su casa tras algo tan sencillo como bajar a por el pan, la leche o llamar por teléfono. “Yo entiendo que la policía vaya detrás de la gente que esté haciendo algo malo, pero es que si pillan a uno de esos y tiene papeles, les da igual. Se ceban en los que no los tienen aunque no hayan hecho nada”, apunta otro vecino nacido en Camerún.

Redadas: siguen los cupos

Unas actitudes que vienen refrendadas por el secretario general de Madrid de la Unión Federal de Policía (UFP), Alfredo Perdiguero, en un comunicado publicado el pasado día 3 de septiembre: “Sigue habiendo algún jefe de zona de los Grupos de Atención al Ciudadano que obliga, coacciona y amenaza a los policías para que detengan a inmigrantes sin papeles. Prácticamente se les obliga a que, por pareja y turno, detengan a un extranjero”. En el comunicado de este sindicato policial se apunta que a causa de estas directrices se descuida la persecución de verdaderos delitos, como la tenencia ilegal de armas de fuego.

El 7 de octubre de 2008 los habitantes de Lavapiés se hartaron de ver cómo algunos de sus vecinos eran identificados y humillados sistemáticamente y protestaron de forma espontánea, tratando de impedir el traslado de los detenidos. La protesta se saldó con un detenido y una mayor discreción por parte de la policía en la organización de las razias.

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Pero el migrante no es el único colectivo empujado al ojo del huracán que devasta, poco a poco, la idiosincrasia de Lavapiés. El propietario de un bar de la zona también se sorprende por la masiva presencia policial en el barrio: “Yo era de los que, hace un par de años, pensaba que más policía iba a traer más seguridad. Fuimos muy ingenuos. Están centrados en la represión; se dedican a molestar a inmigrantes trabajadores en vez de ir detrás de los delincuentes”. Al parecer, el número de efectivos policiales no ha tenido más que un efecto cosmético en los supuestos problemas de inseguridad de la zona. “No son eficaces. Puede parecer que ha desaparecido cierto tipo de delitos pero realmente está todo igual. No es más que un lavado de imagen del Ayuntamiento para contentar a sus votantes. Éste es el tipo de falsa seguridad que suele ofrecer la derecha”, añade.

Determinadas actitudes llevan a pensar que cierto tipo de negocios ‘sobra’ en la idea de Lavapiés que se quiere imponer desde arriba: “Existe presión por parte de la policía hacia comercios pequeños o familiares que estamos, en algunos casos, pagando unos alquileres brutales. Se supone que sólo tienen obligación de hacer una inspección al año, pero en algunos locales han llegado a entrar cuatro veces en un mismo mes. Las sanciones son constantes y por naderías; el afán recaudatorio es más que evidente”.

Los cambios en la composición del comercio en la zona escapan a la lógica para este veterano hostelero: “No entiendo cómo se mantienen negocios que soportan alquileres altísimos y están siempre vacíos. Aquí se está moviendo mucho dinero negro y el Ayuntamiento debe de ser su colaborador necesario porque si no ¿cómo se entiende la proliferación de restaurantes en los últimos años en un barrio en que no se dan más licencias porque el Ayuntamiento dice que está saturado de negocios de hostelería?”.

Control político y social

El sindicato CNT, con sede en la plaza de Tirso de Molina, ha comenzado una campaña contra la videovigilancia comunicando al vecindario la localización exacta de los 48 artefactos que controlarán todos y cada uno de sus movimientos. En un comunicado repartido entre el vecindario consideran la iniciativa como una herramienta de control político y social que quieren presentar como solución al fantasma de la pequeña delincuencia invocada desde diferentes poderes y magnificada por los medios afines. Más vecinos han comenzado ya a coordinarse para tratar de hacer frente al enésimo ataque contra una forma de entender la vida en la ciudad que parece amenazada de muerte. En Lavapiés, 48 ‘Grandes Hermanos’ vigilarán a la ciudadanía. Otra de las pegatinas nos desea lo mejor para el año que está a punto de comenzar: “Feliz 1984”.

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La Alameda de Sevilla: de un litro por 20 duros a cañas a dos euros

Si hay un barrio en Sevilla que explique qué es gentrificación, es el caso de manual de San Luis-Alameda. La Alameda de Hércules es el mayor espacio abierto del casco histórico y separa el área más comercial de la zona norte, tradicionalmente obrera, llena de pequeñas fábricas, artesanos y flamencos. El Ayuntamiento ya aludía a la “ocupación de edificios por parte de clases marginales” para pedir fondos a la Unión Europea en 1994. Esta inyección económica dio inicio a una serie de intervenciones que la han convertido en lo que es ahora: un espacio de ocio y viviendas a precios que pocos pueden permitirse (los alquileres se han cuadruplicado en diez años de desalojos numerosos e implacables). La evolución del paseo de la Alameda da cuenta de los desatinos administrativos, con proyectos fallidos (por ejemplo, un gran agujero espera la llegada del metro desde 1977 y al aparcamiento subterráneo anunciado en 1998) y planes que han fluctuado tanto como los cargos en Urbanismo. El por ahora definitivo, ejecutado entre 2005 y 2008, la peatonaliza para “recuperarla para los ciudadanos”, pero se han perdido árboles, bancos en favor de veladores y el emblemático mercadillo de los domingos. El solar que servía de cine de verano es desde hace tres años una comisaría de la Policía Nacional. Desde ella y desde cámaras de establecimientos privados se ve la aplicación especialmente estricta de la Ley Antibotellón y la Ordenanza Cívica por parte de amplios despliegues de la Policía Local, como denuncia activamente la asamblea La Calle es de Todxs (ver DIAGONAL nº 103 o nº 89). Esta plataforma es sólo una de las numerosas alianzas de disconformes que han pivotado entre la negociación con el Ayuntamiento y la guerrilla urbana: vecinos- ardillas viviendo en árboles para evitar su tala, peatones airados haciendo paellas sobre el capó de un coche, contrapropaganda, comandos impacientes liberando bancos almacenados, mesas camilla en la calle... Muchas las recoge El Gran Pollo de la Alameda en su web (elgranpollodelaalameda- .net). El epicentro de los movimientos sociales se ha desplazado a la calle San Luis (donde está el Centro Vecinal Pumarejo y “resiste” la memoria de las ‘okupas’ desalojadas Casas Viejas y Fábrica de Sombreros). Mientras, en la propia Alameda los bares que sirven rúcula en platos cuadrados ya son mayoría frente a los de tapas asequibles, pero aún pervive la identidad de un barrio distinto a la Sevilla barroca y cofrade que se vende como producto turístico.

Fuente: Diagonal


La inseguridad, motor de una transformación inconclusa

El miedo inducido y el deseo de orden están siendo utilizados para culminar el proceso de sustitución y aburguesamiento del céntrico barrio madrileño.
Carlos Vinania.

Desde hace diez años, se han invertido millones en la rehabilitación de Lavapiés. Buena parte, por las administraciones (desde la UE hasta el Ayuntamiento), pero otra buena, por los vecinos. Hasta entonces, éste era uno de tantos barrios olvidados. Si es cierto que el vecindario venía reclamando esa atención, no lo es menos que cuando ésta llegó, no buscaba sólo atender aquellas demandas, sino sobre todo dirigir un cambio estructural en el barrio que afectara no sólo a su inclusión en el mercado (inmobiliario y de imagen urbana), sino también en la población residente (un clásico proceso de gentrificación o aburguesamiento).

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LAVAPIES

En buena medida, ese cambio se ha producido. La prevista llegada de ‘nuevos colonizadores’ ha supuesto cambios en las expectativas y los modos de vida en Lavapiés, aunque no del todo uniformes. La tendencia al envejecimiento de la población se ha contenido; el encarecimiento de la vivienda y la recuperación del caserío y su puesta en valor en el mercado (con un ‘adecentamiento’ general del espacio público) han atraído a gente de rentas más solventes o, al menos, más dispuesta a pagar por vivir en un barrio que se presenta como cuasi bohemio e intercultural.

No todo es uniforme: la interculturalidad implica también una ‘infiltración’ de otros ‘nuevos colonizadores’ que casan mal con el objetivo regenerador previsto. Miles de migrantes han ocupado los nichos residenciales no rehabilitados y han venido a reemplazar o a acompañar a la clásica población ‘deteriorada’, cuya sustitución por gente de otra clase (en el doble sentido de la palabra) no ha podido culminarse. Como también es cierto que cierta bohemia es portadora de una visión crítica. Sin embargo, la que pretende ser visión dominante del fenómeno lavapiesino combina la tolerancia (¡y admiración por los emprendedores!) por algunos de estos neocolonos con la desconfianza por otros, traducida en términos de política municipal por miedo e inseguridad.

La modificación del estilo de vida y la composición del barrio ha implicado también un cambio de expectativas en buena parte de la población. Dejando de lado la de enriquecerse con los minipisos, entre estas expectativas –cierto que impulsadas por la Administración, incluso por medio de programas compartidos con entidades ciudadanas, de encuestas y de la magnificación del área de sucesos en los medios– figuran clásicos del orden cívico: sobrerregulación, seguridad, policía, descanso, limpieza, uso decente del espacio público, desconfianza hacia lo anómalo o irregular. Ciertas prioridades de bienestar que se combinan mal con otras preocupaciones posibles: el malestar por el empobrecimiento, la precariedad, la especulación, el acoso policial e inmobiliario, la carencia de equipamientos educativos, sanitarios o sociales básicos.

Pero es una base perfecta de partida para que la Administración prosiga con su plan de ordenamiento (ordenación urbana y orden social), en el que la figura de lo ilegal se magnifica y se mistifica, identificando con inseguridad e ilegalidad las meras presencias, modos de vida o prácticas de la población indeseable: extranjeros ‘no integrados’ sobre todo (de ahí, desde luego, las redadas masivas, que aclaran la diferencia entre unos y otros), pero también otras gentes de mal vivir, sean jóvenes desordenados, transeúntes sin ocupación o activistas pegacarteles.

Que los propios datos oficiales sobre ‘seguridad’ no coincidan, no parece importar. El miedo inducido, la inseguridad subjetiva y el deseo de orden se han transformado en los motores de la gobernación urbana para culminar una gentrificación inconclusa. Y los déficits de nuestra práctica de oposición, en su llave maestra. Pero ésa es otra historia.

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Gentrificación

El término ‘gentrificación’ es un neologismo que deriva del término gentrification, que puede traducirse como ‘aburguesamiento’ Es un término relativamente nuevo en el vocabulario urbanístico y se refiere a la alteración de la composición social original de determinadas áreas de una ciudad como consecuencia de programas de recalificación de espacios urbanos estratégicos, cuando éstos entrañan intereses inmobiliarios, empresariales y financieros. Una de sus formas consiste crear una burbuja especulativa que haga el nivel de vida insostenible para el estándar de los vecinos originales y los fuerza a trasladarse.

Fuente: Diagonal

Portafolio

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