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Negociar la memoria, traicionar los principios

Sábado 20 de agosto de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Periódico Diagonal

Por Shlomo Vlasov, historiador

No tenía pensado escribir nada sobre este tema. Sin embargo, una noticia aparecida a inicios del mes de agosto me hizo replantearme la cuestión.

Es bien sabido que el pasado curso fue complicado para la memoria histórica en Madrid. Si en diciembre se abría una puerta para que Madrid tuviese un Plan de Memoria de la ciudad, en apenas unas semanas esa pretensión hizo aguas por todas partes.

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Exhumación de restos en una fosa en Estepar (Burgos) en 2015. / Álvaro Minguito

Y por razones variadas: manipulaciones periodísticas, intoxicación informativa, gestión municipal nefasta, etc. El resultado de todo el asunto lo explicó muy bien hace pocos días en las páginas de eldiario.es Sergio Gálvez Biesca.

Viendo que entre diciembre de 2015 y febrero de 2016 la falta de escrúpulo puso en duda la profesionalidad de un equipo de investigadores suficientemente preparados para realizar un proyecto de tal calibre, no sorprende para nada la salida adoptada por el Ayuntamiento de Madrid con el llamado Comisionado de Memoria Histórica.

El pasado 6 de agosto leía una noticia en la que la presidenta del Comisionado, Francisca Sauquillo, se había reunido con representantes de la Hermandad de Legionarios ante la posibilidad de la retirada de la calle a Millán Astray, fundador de la Legión y uno de los militares que el 18 de julio de 1936 apoyó sin remilgos el golpe de Estado contra la legalidad republicana que condujo a la Guerra Civil y a la dictadura franquista. La noticia sorprende por dos cuestiones:

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1. Sorprende que tras haber pasado casi 41 años de la muerte de Franco, Madrid no haya sido capaz de regularizar su callejero conforme al respeto de los Derechos Humanos. Un dato que indica el gran déficit de este país.

2. Que el Ayuntamiento de Madrid, y en este caso el Comisionado de Memoria Histórica, se avenga a dialogar con la Hermandad de Legionarios para debatir la retirada o no de la calle de Millán Astray. No hay espacio aquí para recordar quién era Millán Astray y cual fue el papel de la Legión no sólo en la Guerra Civil sino en los territorios del norte de África.

Lo peor es que no es la primera vez que el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Madrid ha convertido en interlocutores a organismos que en otros países no serían legales.

En la polémica por la retirada del monumento del Alférez Provisional (una decisión municipal en la que la Cátedra de Memoria no intervino), la Fundación Francisco Franco (¿conocemos una Fundación Adolf Hitler o una Benito Mussolini?) fue quien más protestó.

Al comprobar el Ayuntamiento que el cumplimiento de la Ley de Memoria lleva unos trámites, el monumento fue repuesto, no sin antes dirigir una carta a la Fundación Francisco Franco dando explicaciones del suceso. De repente, para el ejecutivo de Carmena, dar explicaciones a la fundación dedicada a un dictador y liberticida era necesario, mientras en esos momentos se producía un linchamiento público contra la Cátedra de Memoria (que había sido requerida por el propio Ayuntamiento semanas antes) con la pasividad y silencio de la misma institución. Una comunicación entre Ayuntamiento y Fundación Francisco Franco que sirvió para dar alas a esta última y vanagloriarse de lo conseguido.

Al romperse la vinculación entre la Cátedra y el Ayuntamiento, las cuestiones de memoria pasaron a estar gestionadas directamente por la alcaldía. Fue entonces cuando se aprobó la creación de un Comisionado de Memoria Histórica, presidido por Francisca Sauquillo y compuesto de forma "ecléctica". Ese "eclecticismo" mostrado para afear que la Cátedra había sido "sectaria", siguiendo, una vez más, la intoxicación informativa y ese mantra que tendrá ya la Cátedra (hoy desaparecida) toda su vida. Ese nuevo Comisionado venía para "dialogar" con todas las partes (como si la Cátedra no lo hubiese hecho).

Sin embargo, aquí es donde quizá hay límites. Evidentemente, en una mesa se puede sentar todo el mundo y hablar de todas las cuestiones. Pero algo que no se negocia son los Derechos Humanos. Y el callejero de Madrid incumple la Ley de Memoria, las conclusiones que los observadores de la Naciones Unidas adoptaron y los propios Derechos Humanos, esos que no se negocian.

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No se puede negociar la retirada de las calles que honran a quienes perpetraron un golpe de Estado contra la legalidad establecida. No se puede negociar la retirada de las calles a aquellos que violaron sistemáticamente los DDHH durante 40 años. Franco, Yagüe, Sagardía, Millán Astray, etc., participaron de esos crímenes. Sólo el hecho de sentarse a negociar el cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica (muy incompleta, por cierto) es ya un acto de patetismo político incomprendido en cualquier país de nuestro entorno.

La cultura de la derrota

Caminas por las calles de cualquier población francesa y encuentras calles dedicadas a la Resistencia, a Jean Moulin, a Philippe Leclerc, a la liberación de París, etc. Pero no se quedan ahí. Hay calles dedicadas a Francisco Ferrer (pedagogo libertario fusilado en Barcelona en 1909 por defender un modelo pedagógico distinto y acusado con pruebas falsas de ser el dirigente de la Semana Trágica), a las Brigadas Internacionales, plazas a la 9 (unidad compuesta de españoles que fueron los primeros en entrar en el París liberado a los nazis).

En ningún momento encontraremos un homenaje a personajes como Pierre Laval, Charles Maurras o Philippe Pétain. ¿Esto quiere decir que han desaparecido de la historia? Ni mucho menos. Pétain sigue siendo estudiado en la Historia contemporánea de Francia. Es estudiado como el militar que destacó en la Batalla de Verdún en 1916. Pero también como el militar que colaboró con los nazis en 1940 e instauró un régimen similar al franquista en Vichy y que fue juzgado tras la Segunda Guerra Mundial por ello.

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Porque en España existe un mantra. Un falso argumento que ha calado en la sociedad. Si se solicita la retirada de la calle de un fascista que arrasó Badajoz, lo que quieres es hacerle desaparecer la historia. O eres un resentido guerracivilista. La historia y la monumentología tienen espacios distintos. Retirar la calle a un criminal no es borrar la historia, que se seguirá estudiando en las aulas docentes y se seguirá investigando sobre el asunto.

Y es que en España lleva mucho tiempo instalada la cultura de la derrota. De la derrota y de la inferioridad. Aunque se diga que queda lejos, esa guerra civil que se desarrolló entre 1936-1939 (en Historia 80 años es un ciclo cortísimo de tiempo) y los cuarenta años de dictadura en la que desembocó no son baladíes.

El franquismo realizó a la perfección su trabajo y eso se nota por todos los rincones de España. La cultura de la derrota y la complacencia es lo que hace que sigan existiendo nombres de pueblo como Llanos del Caudillo, calles a criminales y estatuas a los mismos.

La cultura de la derrota hace que consideremos interlocutores válidos a quienes hasta hace unas décadas eran verdugos y no querían hablar con nadie, sólo fusilar, encarcelar y exiliar.

Una cultura de la derrota que hace que unas simples excavaciones arqueológicas para recuperar nuestro pasado sean consideradas un acto de removerlo.

Una cultura de la derrota que provoca que al hablar de comunismo, de anarquismo o de republicanismo, muchos lo vinculen con el caos y con cosas antiguas que traen malos recuerdos a este país.

Una cultura de la derrota que hace que incluso este artículo lo firme con un seudónimo por "no tener problemas".

Una cultura de la derrota que mantiene mausoleos al dictador y cunetas a los derrotados.

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Exhumación en Estepar (Burgos). / Álvaro Minguito.

Una cultura de la derrota que reparte responsabilidades en lo sucedido en España en el pasado sin siquiera pararse a leer la historia y comprobar que su argumento es falaz.

Una cultura de la derrota que no se atreve a declarar ilegal al franquismo y su sistema jurídico a pesar de la aberración jurídica que significó. En Nüremberg no hubo tantos miramientos con las leyes nazis.

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Lo que nos hace distintos no es dar voz a la Fundación Francisco Franco, institución que un país como Alemania sería ilegal. Lo que nos hace distintos es la madurez política y la formación histórica de la que carecemos.

El problema viene cuando una izquierda acobardada da pasos hacia atrás ante la tos de la derecha de toda la vida. Y eso es lo que está sucediendo con la memoria histórica y el Ayuntamiento de Madrid. La política de complacencia, de intentar cambiarlo todo para no cambiar nada como dijo Lampedusa en su El Gatopardo.

La conclusión es que nos queda mucho camino por recorrer. Y Madrid, que fue la referencia del antifascismo internacional en 1936, adonde acudió gente de todos los lugares del mundo para defender la libertad, se merece unas políticas públicas de memoria coherentes.

Y por mucho que pese al ejecutivo de Carmena y su Comisionado, el camino que han emprendido, sin dudar de las buenas intenciones, sólo conduce a la nada. A seguir fomentado la cultura de la derrota.

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