Segunda parte de la entrevista, y material extra sobre las luchas aludidas en ella
Me sorprende la determinación con que el ser humano apoya cualquier poder, parece que piense que el poder tiene que darle la libertad, cuando es algo que le pertenece. Cada uno de nuestros sueños, en lugar de realizarlo, lo trasladamos como reivindicación al Poder, con lo que se establece un juego en el que éste sale fortalecido. Es la persona la que tiene que ponerse en movimiento siguiendo su propio impulso, en ese movimiento se establece un diálogo con la vida y con el resto de la sociedad, una relación que no es de poder.
LP: Sigue con el desarrollo de lo aprendido con la experiencia de Lakabe
Mabel: Un momento importante fue la aparición de los hijos e hijas y la educación que les tratábamos de dar. Pensábamos poder crear una escuela e impartir una educación que crearía niños felices per se, sin problemas. Pero la realidad fue otra. Un día te descubres diciéndole a tu hija “no te ensucies” y te preguntas de dónde te ha salido eso y te das cuenta de todo lo que llevas dentro, incorporado, de lo socialmente predominante. Educar es difícil, transmitir unos valores y criterios no patriarcales requiere un trabajo previo contigo misma y un redescubrimiento de las formas de educar, del vocabulario necesario para que esa transmisión funcione. Por suerte este espacio aislado de Lakabe, permite la existencia de tiempo, da opción a esa reconstrucción personal, a esa adecuación a lo que quiero, y desde ahí es más fácil transmitir una forma más global e inclusiva de ver la vida.
Otro tema importante fue el del consumo. Desde el principio teníamos claro que la conquista de la propia autonomía requiere unos niveles importantes de autosuficiencia. Pero hubo que ir tomando opciones, por ejemplo la de decidir no trabajar en otros sitios ( y no era fácil pues el haber podido disponer del dinero de algún salario habría acelerado el proyecto), lo que nos obligó a vivir con menos y a aferrarnos a lo cercano y primario, venciendo la incultura total que teníamos al respecto, y a desarrollar el proyecto con mayor lentitud, optando por empezar por unas cosas y dejando otras para cuando se pudiera. Fue aceptar otra forma de hacer y de vivir, porque las que teníamos aprendidas no nos servían. Viviendo con poco valoras lo que hay, descubres la cantidad de productos que la naturaleza oferta de forma espontánea, que el optar por lo cercano puede reducir la variedad de sabores pero no reduce la de nutrientes. Llegamos a lo ecológico cuando todavía no existía esa palabra, y a la idea de decrecimiento, que hoy empieza a estar vigente, por estar fuera de la carrera de creación de necesidades, por descubrir que se puede prescindir de mucho y vivir con poco sin vivir peor.
No hace falta ser ermitaño ni extraterrestre, me gusta el calor y cierto grado de comodidad, pero no a cualquier precio. En este camino hemos pasado por fases distintas y ahora tenemos luz propia sin estar enganchados a la red, lo que es un grado de autonomía. Compramos lo justo y necesario, pero siempre procuramos autoabastecernos al máximo. Cultivamos mucho, al principio éramos vegetarianos, ahora comemos carne, pero siempre de nuestros propios animales, a los que criamos y queremos, pero sabemos que hay que matar para comer; es una relación menos fría y menos inconsciente que la de ir a comprar un filete a la carnicería. En la salud hemos pasado de curar la enfermedad a intentar mantener el cuerpo en buen estado físico y emocional. También esto segundo es importante; no se puede hacer una estrategia política en base a las emociones, pero sí hay que prestarles atención en esos procesos.
LP: Estáis prefigurando una sociedad sin Poder, ¿qué idea tienes sobre él?
Mabel: Me sorprende la determinación con que el ser humano apoya cualquier poder, parece que piense que el poder tiene que darle la libertad, cuando es algo que le pertenece. Cada uno de nuestros sueños, en lugar de realizarlo, lo trasladamos como reivindicación al Poder, con lo que se establece un juego en el que éste sale fortalecido. Es la persona la que tiene que ponerse en movimiento siguiendo su propio impulso, en ese movimiento se establece un diálogo con la vida y con el resto de la sociedad, una relación que no es de poder. La delegación está íntimamente ligada a la estructura social que tenemos. En las estructuras grandes la persona pierde capacidad de actuar en lo inmediato y tiende a delegar. Los autogestionarios lo tenemos crudo en el actual tipo de sociedad. Pero también nuestras formas de vida son un impedimento para la participación.
Recuerdo de la época de Bilbao que a veces decidíamos determinada actuación, pero el uno no podía porque tenía que ir a trabajar, la otra por un asunto familiar, la otra... te das cuenta de lo pillada que está y eso me decidió a buscar otras formas de vida. También está ligada al objetivo, que más que al desarrollo material tiene que estar en relación con el arte o la belleza o algún otro impulso de índole superior. La participación es casi imposible en ese mundo sobredimensionado y atrapante, está ligada a lo colectivo en dimensiones aceptables, grupos no demasiado grandes interconectados, que se respetan y apoyan. La base de esa estructura no va a ser la familia, suelo hablar de clan o de tribu, por recuperar algo no desconocido y porque la palabra comuna parece que tenga otras connotaciones, pero el vínculo debe ser de opción, no de sangre. El trabajo debe hacerse en igualdad, la división de trabajos es abrir la puerta al poder. Igualdad de género, sobre todo, la presencia de lo femenino en la construcción social y en la política es imprescindible.
LP: ¿Ese vivir por encima o paralelamente al poder supone, en algún grado, desentenderse de él y dejarle las manos libres para su actuación?
Mabel: No lo veo así, porque el tema es más complejo. Hay que darse cuenta, por ejemplo, de la relación que se establece entre el Poder y los elementos de rebeldía, hoy demasiado referidos a él: por un lado le son útiles para el desarrollo de las estructuras represivas, manipulando el miedo; por otro lado es capaz de absorber y redefinir buena parte de sus componentes. El Poder es capaz e reciclar y aprovechar todo. La experiencia de Lakabe ha sido una ocasión de investigación sobre cómo gestionamos internamente nuestro propio poder de una forma horizontal, compartida y circulante. También de nuestra relación con ese Poder externo: lo primero que hay que hacer es no darle más importancia de la que tiene, mantener con él una relación de igualdad, no de dependencia. Pasa por conquistar tu propia libertad, por perder los miedos. Nuestra libertad nos permite enfrentarnos incluso a situaciones límite manteniendo en ellas nuestras herramientas disponibles y nuestras cualidades alerta. Conseguir eso ayuda a tratar al Poder en ese plano de igualdad.
LP: Un inciso, ¿cómo ves el feminismo?
Mabel: Inicialmente me sorprendió el retroceso del movimiento feminista, muy potente y vital en su momentos. Creo que el sistema jugó muy hábilmente: abrió, ciertamente, la puerta a la incorporación de la mujer, pero no dejaba de ser la incorporación a un mundo masculinizado, y en la medida en que la mujer adoptase comportamientos masculinos. El feminismo entró a ese trapo y se dedicó a reivindicar y a expandir esa puerta que se le abría, pero olvidando lo que es ser mujer y lo que queremos. Hoy, aunque se hable en femenino, las estructuras siguen siendo machistas y el feminismo, no ha aportado cambios en profundidad sino que ha quedado atrapado en lo existente, en lo masculino. Así es como lo veo
LP: Y otro inciso que me interesa, perdona, ¿cómo ves el movimiento antiglobalización?
Mabel: La globalización se entiende como mercado único y global y como apropiación de la riqueza por unos pocos, para nada se habla de la globalización de derechos o del reparto. La oposición a la globalización tiene que seguir una línea de la que no conviene desviarse. En sus tiempos lo definíamos como “pensar globalmente, actuar localmente”. Frente a esa globalización del mercado nuestro consumo tiene que apostar por lo cercano y sólo desde ahí se puede ampliar en arcos para aquellas necesidades que lo local no es capaz de satisfacer. Consumir un algodón elaborado en la India, con tintes peruanos, por muy ecológico que sea no es alternativo. Lo alternativo es utilizar nuestro algodón, aunque sea de peor calidad y aun sacrificando en parte nuestro aspecto externo. El movimiento antiglobalización tuvo una lucidez inicial para recoger eso y servir de escaparate a una rebeldía muy fresca, pujante y variopinta. La impresión es que posteriormente quedó atrapado por unas élites más políticas, perdiendo parte de esa puesta en escena y esa implementación de realidades concretas y diversas fuera del marco de la globalización, que son en sí antiglobalización. De todas formas es un movimiento todavía joven que tendrá que definir su rumbo.
El movimiento de ekoaldeas es un intento interesante que trata de implementar las pequeñas realidades locales, abordar la relación y lo regional, pero siempre buscando la cercanía.
LP: Sigue con lo que estabas diciendo sobre el Poder
Mabel: Esas comunidades anarquistas o autogestionarias de las que estaba hablando requieren acabar con el actual modelo de desarrollo. Hay que cambiar hasta la palabra, prefiero hablar de crecimiento, que incluye el crecimiento personal y el colectivo, el poder elegir, y que desde esa elección se cuestiona en qué y cómo crecer. Los humanos tenemos capacidad de vivir de maneras distinta. La persona es libre, sus derechos son suyos. Necesitamos cambiar el lenguaje, la forma de expresarnos y de relacionarnos. Hay que fomentar, sobre todo la escucha.
El Poder no existe, y se desvanece en cuanto le dejamos de prestar nuestra adhesión, existen poderes que nos pertenecen y tenemos que asumir.
A veces creo que nos da miedo, que nos da miedo nuestro poder y que no sabemos ejercerlo de manera horizontal, en la igualdad, circular y fluyente, compartido. Los grupos alternativos tenemos que ponernos a esa tarea, conscientes de que no se trata de reproducir lo existente. Otras formas de tomar decisiones y de abolir el autoritarismo requiere el desarrollo y el hacer preponderantes otras capacidades que están en nosotros: el respeto, el diálogo, la búsqueda de acuerdos, la escucha... y eso requiere otro concepto de eficacia, otro ritmo en el que no pueda existir la prisa y lo urgente. Eso lo tenemos que poner en práctica, todo requiere un aprendizaje y la práctica es fundamental; si no lo hacemos ahora, no lo haremos nunca. Lo importante no es lo que hacemos sino el cómo lo hacemos. Una gran transformación social es imprevisible salvo un nada imposible acontecimiento tipo catástrofe. Dudo de que ese momento nos encuentre preparados para desarrollar otro tipo de sociedad y no reproducir lo ahora existente.
LP. ¿Significa la opción por Lakabe una forma de renuncia a la actuación social?
Mabel: Si la actuación social me hubiera llenado plenamente y hubiera permitido el desarrollo de mis capacidades seguramente la existencia de Lakabe no tuviera sentido. Pero no es fruto del descreimiento ni supone una renuncia, sino la búsqueda de una forma distinta de abordarlo. Por un lado veía que 2.000 años de oposición al poder no habían logrado ni debilitarlo, esto me empuja a pensar que lo que nos falla es la práctica y es lo que buscaba con esta experiencia. También me daba cuenta de que en nuestra actuación de oposición al poder estábamos muy limitados por todos los condicionantes con los que la sociedad actual nos atrapa. Había que buscar autonomía, lo que sólo se consigue viviendo colectivamente, y sólo desde esa autonomía nuestra oposición al poder puede ejercerse con un grado suficiente de contundencia. Por último consideraba que todos los personalismos y los egos se trasladaban a la actuación social, impregnándola de sectarismos, de protagonismos, de pugnas y escisiones muchas veces absurdas. También esos aspectos personales había que trabajarlos, darnos cuenta de que somos personas únicas y que lo que está en juego es esa nuestra vida única. Se requiere un proceso personal, que a la vez es colectivo, que es lento y largo. No existía un desencanto de los colectivos sociales, pero sí el intuir que no estábamos a la altura, que estábamos a la expectativa, pero sin acabar de creérnoslo, que no estábamos preparados para lo que se nos avecina o puede avecinársenos, y que tampoco hacíamos el esfuerzo para prepararnos con la suficiente seriedad.
LP: ¿Te mantienes unida a esos movimientos sociales?
Mabel: Sí en la medida en que puedo y según las circunstancias. Sé que mi aportación hoy es muy distinta. No buscas estar en todo por que “hay que estar”, ni esa agitación excesivamente apariencial, lo que trato de aportar es solidez y esa necesidad de implicación de la totalidad de nuestras vidas en lo que hagamos. Creo que es necesario buscar nuevas formas de rebeldía. A veces en circunstancias especiales, un poco límites, se produce una especie de fogonazo de autenticidad. Recuerdo el desalojo del pueblo de Artozquiz en la lucha contra el pantano de Itoiz. Funcionábamos en asamblea, pero más que asamblea era que estábamos atrapadas por una especie de sintonía, movidas por una fuerza que era algo más que las fuerzas individuales y que atraía a todo el que se acercaba. Era una convicción de que podíamos ganar, de que íbamos a ganar; y todas las personas que estábamos ahí la sentíamos. La decisión era el quedarnos ahí a vivir.
Pero llegó un momento de desinfle, cuando los condicionantes de cada uno empezaron a resquebrajar esa corriente y esa decisión colectiva. No fue un tomar una decisión contraria, fue una no decisión. Impelidas por esos condicionantes de cada uno y de cada una, se empezó a plantear que si relevos, que si turnos..., empezaron a entrar otras energías, no la colectiva que nos había atrapado. Naturalmente lo que acabó entrando fue la policía foral. Son esa luz, esas sensaciones y esas certezas que se nos presentan en algunas situaciones límite, las que tenemos que recoger, verbalizar y cultivar para trasladarlas a lo cotidiano y a cada una de las actuaciones que emprendemos, para no caer en hacer “lo que hay que hacer”. Creo que eso se refuerza con la puesta en práctica más que con la reivindicación al Poder.
LP: ¿Reivindicación o realización?, una disyuntiva nada fácil.
Mabel: Sí, no es sencillo. Mi impresión es que la reivindicación es débil y nos hace débiles, dependientes de quien tiene que concedérnosla, arrastrándonos a vericuetos que nos alejan del camino. Tiene el valor de plasmar en una imagen lo que aquí y ahora no está bien, pero el que se resuelva depende de nosotros mismos, de nuestra actuación. Recuerdo de mi actuación en los grupos feministas las campañas contra la utilización del cuerpo de la mujer en la propaganda. Está bien, embadurnas un escaparate para reivindicar que retiren esa propaganda, pero no pasa de ser un acto propagandístico que nos ayude a entrarle al tema de fondo, el de la dignidad de las mujeres y de los hombres. Eso no se puede reivindicar.
Algo similar pasa con las guerras (el antimilitarismo era el otro campo en que desarrollé mi actividad en aquellos tiempos). Cierto que la guerra es un negocio, pero también es la expresión de la incapacidad de resolver las situaciones mediante el diálogo y de recurrir como solución a la aniquilación del contrario. Es una barbaridad, pero es una barbaridad cuya lógica impregna todas las relaciones sociales y está interiorizada en las personas: el ganar o perder, la jerarquía, la imposición... Eso no se resuelve reivindicándolo.
LP: ¿Cómo consideras a ese ser humano, capaz de interiorizar todos esos aspectos negativos?
Mabel: Es cierto que la persona es capaz de lo peor y creo que el tipo de sociedad en la que estamos montados: las ciudades, los trabajos, los ritmos y estilos de vida, etc. fomentan muchos de nuestros aspectos negativos. Pero también es cierto que las personas pueden cambiar el mundo. Puede ser que la humanidad diga basta; puede ser que lo existente no aguante, que se produzca un aldabonazo o llamada de atención que nos obligue a decir basta. Creo que estamos en una situación muy delicada. No sé lo que va a venir, ni si va a venir de un acto de decisión propia o a través de un proceso de caos y sufrimiento. Lo que más me preocupa es que no estemos preparados para aprovechar ese momento y volvamos a reproducir lo existente. Creo que la persona tiene capacidades increíbles tanto mentales como corporales, que desarrollamos si somos capaces de vivirnos en totalidad, de ser lo máximo de lo que podemos ser, de vivir cada segundo como si fuera el último. Es lo que me llega de mis mitos históricos, un Che o un Ghandi, una especie de grandeza, que conjuga una confianza absoluta con la sencillez del estar. Esa sencillez, esa naturalidad de vivir el momento nos capacita para vivir situaciones límite o muy densas.
Esas capacidades se nos mueren si nos dejamos atrapar en este modelo de desarrollo. Ni podemos cederle espacio, ni tampoco la palabra. El desarrollo no es lo que me proponen sino mi desarrollo, el desarrollo de mis capacidades, el que yo elijo y dirijo. El problema es nuestro propio miedo. El miedo es incompatible con la libertad. Mantengo la esperanza en la cantidad de gentes que, de formas muy diferentes, trabajan a favor de ese cambio, que cultivan su personalidad para ese cambio, en las personas que viven en África cuidando cabras en el más absoluto anonimato, en el movimiento indigenista que abre una línea política, no sé si espiritual, pero por lo menos más rica y abarcante. Mantener la esperanza es mantenerse abierta, dispuesta a responder. Nuestro cuerpo nos da una infinidad de información. La naturaleza , el universo, los astros y cualquier persona nos transmiten sus señales, nosotras debemos de encontrarnos en disposición de responder a su llamada. Ghandi no es sólo la persona de Ghandi, es el momento adecuado recogido por una sociedad y simbolizado en esa persona. Nuestra situación puede aparecer oscura, pero la situación no encierra el momento. Si no vivimos cada uno de los momentos de nuestra vida como si fuera el último, no aprovecharemos el que pudiera resultar adecuado.
Eso es lo que pienso y a eso procuro adecuar mi vida.
EL AMOR Y LA TRANSFORMACION SOCIAL
Entrevista a Mabel cañada de la Ecoaldea de Lakabe: "Si el Gobierno quisiera echarnos, pelearíamos"
La lucha de Itoiz y Artozki:
Fuente: Libre Pensamiento nº 60