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Lo que he aprendido inventando un mundo no machista

Martes 28 de marzo de 2017. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Así habló Cicerón

Una de las cosas que más me atrae de la fantasía y la ciencia ficción es la posibilidad de representar mundos muy distintos a los reales. Así que, cuando se lanzó la convocatoria para participar en #LaOtraFantasíaMedieval, me lancé de cabeza. ¿Qué es este proyecto? Podéis leer las bases en el enlace, pero básicamente se trataba de escribir relatos de fantasía no machista.

Ojo, esto exige un matiz: no debían ser cosas abiertamente reivindicativas, donde mujeres fuertes y poderosas derribaban al patriarcado. Tenía que ser algo más sutil: había que imaginar un mundo, una sociedad completa, sin machismo. Donde este problema no existiera. El reto me atrajo inmediatamente y acabé escribiendo “La calle de la Serpiente”, un relato donde un hombre y sus dos hijos, acuciados por los problemas económicos, tienen que irse a vivir a una calle maldita. La historia está contada desde la perspectiva de Laurea, la hija.

Cuando la antología esté disponible ya me diréis si os gusta o no mi relato. De momento, yo he aprendido bastantes cosas escribiéndolo, y me apetecía ponerlas por escrito. Allá van. Sin spoilers, evidentemente.

Mujeres por el fondo. Una de las cosas que me parece vital en un mundo en el que no hay machismo es que los personajes sin importancia tengan una distribución más o menos paritaria. Que se vea que hay mujeres y hombres haciendo toda clase de cosas, vamos. En mi relato hay (presentes o mencionadas) una conductora de carros, una sargento de la guardia de la ciudad, una inquisidora y una albañil, por ejemplo. Ninguno de esos personajes tiene nombre, pero están. También es una mujer quien alquila la casa a los protagonistas, y se menciona a la madre de Laurea, que es militar. En el lado masculino hay un par de posaderos, un loco, un tendero y algunos matones.

Matrimonio y divorcio. El padre de la protagonista está divorciado. Supongo que una ambientación no patriarcal podría incluir matrimonios indisolubles (con un fundamento religioso pero igualitario, por ejemplo) pero el hecho es que, en el mundo real, la imposibilidad de disolver el matrimonio ha sido siempre una muestra de machismo. La mujer pasaba de la “propiedad” del padre a la del marido: se guardaban teóricamente lealtad mutua, pero en la práctica la infidelidad del hombre estaba más que tolerada.

Por eso mismo me apeteció introducir el divorcio en mi mundo fantástico: algo que, por lo que sé, es raro. Además, eso me permitía hacer una cierta inversión de roles de género, pues fue el padre quien se quedó con la custodia de Laurea y de su hermano mientras la madre se dedicaba a su carrera profesional. Y, por supuesto, nadie ridiculiza a ninguna de esas dos personas por su decisión.

Cuidado con la pitufina. Cuando empecé a escribir, centré todo el protagonismo en Laurea. De repente me di cuenta de que era la única mujer del reparto. Al margen de los personajes secundarios que ya he mencionado (muchos de ellos sin nombre), estaban su padre, su hermano y su mentor. Esto no es exactamente lo que se llama “principio de la Pitufina” (1), puesto que intenté que Laurea tuviera una personalidad definida, pero no me gustaba nada porque no cuadraba demasiado con el espíritu del asunto.

Dado que me gustaba la inversión de roles que había logrado con el padre y estaba también bastante contento con el personaje del hermano, inmediatamente convertí a Pero Lecuona, el mentor, en Petra Lecuona. Creo que el relato salió ganando con el cambio. La lección que aprendí es que, en una sociedad donde no hay machismo, no tiene mucho sentido que todos los personajes principales sean hombres salvo la mujer de cuota. ¿Tienes pensado un personaje que te encanta? ¡Ponle otro género, a ver qué pasa!

Los insultos. El machismo y la homofobia están, evidentemente, unidos. El “marica”, más allá de con quien se acueste, es el hombre que no se comporta como un hombre sino como una mujer (signifique eso lo que signifique), lo que inmediatamente le rebaja de estatus. Entonces, cae por su propio peso que en un mundo sin machismo tampoco puede haber homofobia. Si no hay roles de género rígidos y jerarquizados, si no hay una construcción de “el otro”, no será malo comportarse como “el otro”.

Todo lo cual está muy bien hasta que pones a los personajes a insultarse entre sí.

El español está cuajado de insultos homófobos y machistas. En un mundo no machista no pueden aparecer. Y uno de mis problemas es que el hermano de la protagonista quiere ser actor, algo que en el mundo real implicaría que recibiera epítetos homófobos hasta decir basta. Sobre todo si necesito que su padre se oponga a tal vocación. Al final lo solucioné haciendo al padre un tipo obsesionado con el trabajo perdurable, lo que por otra parte cuadra con su condición de albañil. Rechaza la vocación de su hijo no por femenina, sino por poco seria, por no ser un trabajo “de verdad”.

Apellidos. Lo cierto es que en este tema pensé mucho pero apliqué poco. La pregunta es: ¿qué sentido tiene, en un mundo no machista, mantener la patrilinealidad? Al fin y al cabo, que la prole lleve el apellido del padre siempre ha sido una marca de “propiedad”, por decirlo de alguna manera: los hijos son del padre (de su estirpe, de su casa, de su familia), aunque la madre haga el puro trabajo mecánico de gestarlos y parirlos.

Un mundo no machista nos obliga a reimaginar el tema de los apellidos: podríamos tener apellidos matrilineales (llevas el apellido de quien te gesta), apellidos basados en el lugar de residencia o la profesión (como, por otra parte, era frecuente en la Edad Media), apellidos compuestos entre el de la madre y el del padre, etc. Incluso podríamos no tener apellidos en absoluto.

Como digo, al final no apliqué nada de todo esto. Un relato no es el mejor lugar para desarrollar un sistema social completo. Hay tres personajes cuyos apellidos se nombran, pero no son familia entre sí, así que no me tuve que inventar un sistema de herencia.

Religión. Yo soy ateo, así que los mundos que creo tienden a ser realidades sin dioses. Eso significa que las deidades a las que adoran mis personajes no existen de verdad, sino que son (como en el mundo real) meras construcciones sociales. Con esta premisa, tenemos también que darle alguna pensada a la religión. ¿Qué clase de dioses salen de una sociedad no patriarcal?

A mi juicio, el modelo de Gran Barba Blanca En El Cielo Que Vigila Todo Lo Que Haces, tipo cristianismo o islam, está más que descartado. Sin embargo, hay muchos otros modelos: un politeísmo de dioses y diosas, una deidad sin género, una sagrada familia o pareja o incluso un panteísmo en el que se adora a la realidad. No tenemos por qué ajustarnos a nada de lo que conocemos.

Al final, en mi relato tiré por una especie de panteísmo de inspiración católica, para mantener el “sabor” medieval. Hay una serie de santos y santas, en número de cien, que intervienen en los asuntos humanos mediante el envío de ángeles. La gente se refiere a los cien santos como “la Santidad”. Hay un Enemigo, que engendra diablos, y un montón de historias edificantes de santos y diablos luchando.

¿Cuál es mi conclusión de todo esto? Que a la hora de construir un mundo sin machismo, todo se ve afectado. Hay que revisar todos los clichés de la fantasía con ojo crítico, y ver qué se puede mantener y qué no. Tienes que estar atento a mil detalles: es un esfuerzo que afecta tanto a los personajes como a su entorno, y que va desde los dioses hasta los insultos.

Pero el resultado merece la pena.

Nota:

(1) En pocas palabras, una obra sigue el principio de la Pitufina cuando hay muchos personajes hombres con personalidades más o menos definidas (“el gracioso”, “el inteligente”, “el bocazas”) y una chica cuya personalidad es la de “la chica”.

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