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La historia de amor del Pentágono y la Primavera Árabe

Sábado 5 de noviembre de 2011. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Rebelión

Por Pepe Escobar

Cualquiera que esperase que la Primavera Árabe terminara apoderándose del Golfo Pérsico y de las tierras que otrora fueron conocidas como Arabia Feliz tiene suficientes motivos para sumirse en la tristeza.

La contrarrevolución árabe es más fuerte que nunca, encabezada por la Casa de Saud y sus acólitos monárquicos del Consejo de la Contrarrevolución del Golfo (CCG), conocido oficialmente como Consejo de Cooperación del Golfo. Y su más precioso aliado es el Pentágono.

The New York Times lo oficializó al distribuir la correspondiente propaganda de la Casa Blanca y el Pentágono. Si se considera que al NYT le cuesta presentarse como icono de la credibilidad desde esos meses en 2002/2003 cuando su primera plana pregonaba mentiras categóricas sobre las armas nucleares de Iraq y/o sus vínculos carnales con al Qaida, habrá que traducir las falacias.

La ulterior militarización del contrarrevolucionario Golfo Pérsico, -especialmente a través de más soldados en el terreno en Kuwait y más barcos de guerra– se presenta como reacción a “un colapso de la seguridad en Iraq o un enfrentamiento militar con Irán”.

Nótese que las dos cosas son meras vanas ilusiones. Las fuentes marciales del NYT insisten: “la retirada [de Iraq] podría causar inestabilidad”. El hecho es que el gobierno de Nuri al-Maliki en Bagdad efectivamente puso de patitas en la calle a los estadounidenses (el Pentágono quería por lo menos 20.000 soldados estadounidenses en el terreno después de finales de 2011).

De ahí la necesidad de actualizar la neolengua del Comando Central del Pentágono (CENTCOM), así como el Plan B, una grandiosa nueva “arquitectura de la seguridad” para el Golfo Pérsico atestada de material aéreo y naval e incluso defensa de misiles pregonada como una anodina “huella post Iraq en la región”.

En cuanto a “la amenaza de un Irán beligerante”, intereses muy precisos –sectores del complejo industrial-militar, el partido republicano en su conjunto, el lobby de Israel, la mayor parte de los medios corporativos– han estado exhortando durante años a un ataque contra Irán.

El general Karl R Horst, jefe del estado mayor de CENTCOM, es un gran fanático del “compromiso para mejorar la capacidad y la habilidad de los socios” (traducción: lo que nosotros decimos, vale). Presentó el aumento del poder de fuego en el Golfo Pérsico ante el NYT como una suave estrategia al estilo Hollywoodense “de vuelta al futuro”, concentrada en “despliegues más pequeños pero altamente capaces y el entrenamiento de cooperaciones con los militares de la región”.

Traducción: muchas fuerzas especiales, muchos drones y una inflación de esas “cooperaciones” que gustan tanto al Pentágono y a la OTAN. Se presentan como “medios más eficientes para desplegar fuerzas y maximizar la cooperación con socios regionales”; o la mejor manera de “expandir relaciones de seguridad”, especialmente cuando habrá “una aguda disminución de la cantidad de analistas de inteligencia asignados a la región” (traducción: que los ‘cabezas de turbante’ hagan el trabajo duro).

También ayuda que Qatar y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) hayan demostrado su amor ilimitado por la OTAN en la guerra de Libia (Mientras Bahréin y los EAU tienen soldados en el terreno en Afganistán). Esa disposición árabe a complacer a los amos va un paso más allá de la cantinela estándar: “EE.UU. no abandonará sus compromisos en el Golfo Pérsico”.

Para resumirlo todo; hay que ver que el CCG es un anexo de facto de la OTAN.

Tras la ‘seguridad de la arquitectura’

Allá lejos en Tayikistán –donde estaba examinando la no proliferación de la Primavera Árabe en Asia Central– la secretaria de Estado, Hillary Clinton, alentó lo que se filtró posteriormente al NYT como una “fuerte presencia continua” en toda la región que “debe liberarse de interferencias extranjeras para continuar en un camino hacia la democracia”.

¿Significa esto que la mayor militarización del Golfo Pérsico es una reacción a la interferencia estadounidense/saudí que impide la democracia? No puede ser así; alguien tiene que reescribir el guión.

Todo este escenario era previsible desde el momento en que Washington llegó a un acuerdo con Riad para consolidar la contrarrevolución árabe; nos conseguís una votación de la Liga Árabe para poder eliminar a Muamar Gadafi, y os damos mano libre para hacer lo que queráis en el Golfo Pérsico (Vea: “Revelado el acuerdo entre EE.UU. y Arabia Saudí, Rebelión, 2 de abril de 2011)

Esto llevó a la invasión de Bahréin por la Casa de Saud; a que Qatar entrenara a rebeldes de la OTAN en su propio territorio mientras enviaba fuerzas especiales qataríes a Libia; y ahora a una “alianza de seguridad multilateral más fuerte” entre el CCG y el Pentágono.

Para senadores los estadounidenses perdidos en el espacio, que pregonan que la retirada de EE.UU. de Iraq será interpretada como “una victoria estratégica por nuestros enemigos en Medio Oriente”, todo es normal. Pero otra cosa es ver que el NYT sea suficientemente ingenuo –o que básicamente trata a sus lectores como si fueran idiotas– cuando se traga la línea propagandística saudí de que Irán es “la amenaza más preocupante” para todos los miembros del CCG “así como para el propio Iraq”. Es como si el periódico se publicara en Riad.

En realidad, la política exterior del gobierno de Barack Obama en Medio Oriente parece que se dicta en Riad. Basta con prestar atención a los medios corporativos de EE.UU. que se deshacen por besar el borde de la túnica del nuevo príncipe heredero en la Casa de Saud, el príncipe Nayef bin Abdul Aziz. Nayef, de 78 años, apoyado por el no va más del medievalismo y de las fuerzas contrarrevolucionarias que maldicen esta Primavera Árabe, es esencialmente el inquisidor jefe de la Casa de Saud. Desde 1975 ha dirigido el aparato de seguridad en el Ministerio del Interior que, junto a la Guardia Nacional entrenada por EE.UU., fiel al feble rey Abdullah, de 87 años, son los organismos mejor armados de Arabia Saudí.

Nayef es el Darth Vader de una fuerza militar de 130.000 hombres, toda la policía nacional y local, aduanas, inmigración, guardacostas, guardas fronterizos y la temida policía religiosa. La reacción de su ministerio a la Primavera Árabe ha sido una represión ininterrumpida. Cualquier sospechoso de que intenta iniciar una manifestación política, ni hablar de un movimiento, es arrestado; eso incluye a jóvenes que suban vídeos a YouTube.

Hay por lo menos 20.000 presos políticos en las cárceles saudíes. Desde abril, es ilegal “amenazar la seguridad nacional” o “insultar al Islam”; Nayef fue responsable de la vaguedad de la nueva ley y todo lo que implica. Cualquiera que trate de Ocupar Riad u Ocupar Jeddah será decapitado.

Sin embargo, para sus innumerables admiradores de Washington, que contemplan radiantes su currículo de 36 años de contraterror, Nayef es un “pragmático conservador”. Es su denominación oficial desde que la reveló un cable de 2009 de WikiLeaks procedente del Departamento de Estado.

No es sorprendente que en Washington adoren a Nayef. Su Santísima Trinidad son Washington-Riad unidos por la cadera; su odio contra Irán y los chiíes en general (incluso chiíes saudíes); y su compromiso con la guerra contra el terror con al Qaida.

Nadie habla de su odio visceral a los derechos de las mujeres, o de su odio visceral a todo lo que sea democrático; es cuando es útil la etiqueta de “social conservador”. Al comienzo de la Primavera Árabe, Nayef desestimó a los tunecinos como “básicamente franceses” y a los residentes de El Cairo como “urbanitas sospechosos”. Los únicos verdaderos árabes eran saudíes; la democracia, como la ven (o como la Casa de Saud la ve para ellos), es para mariquitas.

En la política interna de la Casa de Saud, el reino de la intriga palaciega de machos del desierto que gustan de teñir de negro sus bigotes, los máximos oponentes de Nayef no son sus hermanos, los poderosos siete Sudayri, que ahora son cinco (después de la muerte del rey Fahd y recientemente del príncipe Sultan), llamados por la tribu de su madre Hassa, la esposa favorita de Ibn Saud.

A pesar de todo la gerontocracia es el nombre del juego: las condiciones de salud de los hermanos Bandar, Musaid y Mishaal son atroces. En cuanto al hermano Salman, gobernador de Riad, le gusta posar como periodista, como propietario del periódico Asharq al-Awsat.

Los principales oponentes de Nayef son los sobrinos de Ibn Saud, comenzando por el astuto ex embajador en Washington Bandar bin Sultan, también conocido como Bandar Bush; el príncipe Talal, padre del multimillonario príncipe al-Waleed; el viceministro de defensa

Khaled bin Sultan; y el príncipe Turki al-Faisal, ex jefe de inteligencia en los años ochenta y ex amigo a Osama bin Laden.

Ninguno de ellos constituirá una amenaza para Nayef; lo que importa en la Casa de Saud es la supervivencia de la dinastía. Mientras el rey Abdullah se prepara para encontrar a su creador, el Pentágono no podría encontrar un socio regional más confiable: el Gran Inquisidor Nayef.

La OTAN pronto regirá sobre todo el Mediterráneo como su propio lago. AFRICOM se implanta cada vez más profundo en África. CENTCOM gobierna el Golfo Pérsico remolcando al CCG. La democracia es para mariquitas; no hay negocio como el negocio de la “arquitectura de la seguridad”.

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