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Kurdas en lucha contra el patriarcado y el Estado Islámico

Viernes 18 de marzo de 2016. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Kobane o Cizîre, dos de los cantones de la región siria de Rojava, funcionan con un sistema político alternativo de autogestión al calor de la lucha por una sociedad feminista y ecológicamente sustentable.

Tras un siglo de lucha, el movimiento kurdo ha conseguido numerosas conquistas a pesar de jugar en un tablero de gobiernos opresores y movimientos armados como el grupo terrorista DAESH. La principal victoria reciente: la creación de un sistema político alternativo de autogestión en los cantones de Kobane, Afrîn y Cizîre de la región siria de Rojava, que funciona desde junio de 2015 y madura al calor de la lucha por una sociedad feminista y ecológicamente sustentable.

Las mujeres juegan un papel clave en la lucha contra la opresión en el Kurdistán. En los años 90 tomaron las armas y formaron el Ejército de Mujeres, que posteriormente pasaría a ser conocido como YJA Star, activo hasta el día de hoy. Actualmente, muchas de las guerrilleras integran también la brigada de mujeres de milicia kurda YPG -denominada en español Unidades Femeninas de Protección (YPJ)- que surgió en 2012 tras el comienzo de la revolución en Siria, ante la necesidad de defenderse del régimen de Bashar al-Assad y de los rebeldes sirios, del gobierno de Turquía y del avance de DAESH (acrónimo peyorativo para nombrar al ISIS, Estado Islámico de Irak y Siria, por sus siglas en inglés).“La nuestra es una lucha contra el colonialismo étnico y sexista”, explica a Pikara Nursel Kiliç, presidenta de la Fundación Internacional de Mujeres Libres y representante del Movimiento Europeo de Mujeres Kurdas, mientras toma té en el Centro Cultural Kurdo de París. Sin embargo, este movimiento feminista reconocido en el ámbito internacional va más allá de las armas, que representan la décima parte de su lucha.

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Aunque con menos eco mediático, la batalla de las kurdas se remonta a mucho antes de la guerrilla. La revolución comenzó con la toma de consciencia de las mujeres sobre sus derechos y con el acercamiento a la lucha internacional de liberación de las mujeres, según cuenta Nursel. “No es sólo una lucha de autodefensa, son mujeres que hacen una interrevolución feminista en el seno de la revolución kurda”, afirma esta militante, que además considera que la imagen-objeto con matiz exótico de las guerrilleras kurdas puede invisibilizar el combate de las activistas que hay detrás del uniforme y las armas.

Tres flores kurdas asesinadas en París

El 9 enero de 2013, tres piezas clave del activismo internacional por la autodeterminación del pueblo kurdo y de la lucha por la liberación de la mujer fueron asesinadas en París, en la sede de la Federación de Asociaciones Kurdas en Francia. Los cuerpos sin vida fueron hallados con varios disparos en la cabeza, aunque solo se encontraron dos casquillos de bala.

“La idea de que los fascistas turcos habían asesinado a Sakine, Leyla y Fidan en pleno París era insoportable. Cuando me enteré no creía cómo se habían atrevido a hacerlo, me sentía como un león enjaulado”, afirma Sylvie Jan, gran amiga de Sakine y actual presidenta de la asociación Solidaridad Francia-Kurdistán. En 2013, año en que se cometió aquel triple asesinato, Jan presidía la asociación Mujeres Solidarias; una joven kurda le pidió apoyo para defender a la diputada kurda Layla Zana de la pena de muerte que pesaba sobre ella por haber pronunciado una frase en kurdo en el momento de su investidura en el Parlamento Turco, un atrevimiento que está severamente restringido en Turquía. “Me impliqué profundamente en esta lucha, fui hasta Ankara a visitar a Leyla y desde entonces las kurdas entraron en mi vida”.

Las mujeres asesinadas eran tres piedras incómodas en los zapatos del gobierno turco. Sakine Cansiz, de 54 años, fue cofundadora del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) junto con Abdullah Ocalan, presidente del partido y condenado a cadena perpetua en Turquía. También fue fundadora del movimiento de liberación del Kurdistán y la Unión de Mujeres Libres, lo que la llevó a ser prisionera en Turquía hasta que recibió asilo político en Francia. Fridan Dognan, con 31 años, era directora del Centro de Información del Kurdistán, representante del Congreso Nacional del Kurdistán y exiliada en Francia desde que huyó con su familia a los 8 años. Leyla Saylemez vivía en Alemania y estaba de paso en París; a sus 25 años, esta activista kurda tenía una prometedora carrera política por delante en la lucha por la libertad de su pueblo.

En mayo de 2015, dos años después del triple homicidio y tras una investigación llevada a cabo por la justicia francesa, el turco Omer Güney, intérprete y chófer voluntario de la organización kurda en París, fue el único condenado del caso a pesar de que los jueces alertaron acerca de varios indicios que lo relacionaban directamente con el servicio secreto turco (MIT). Sin embargo, el gobierno de Erdogán no ha respondido aún a la comisión rogatoria para esclarecer, entre otras cosas, la conversación que la prensa turca filtró en entre Omer y dos agentes del MIT.

“Francia es escenario de muchos crímenes políticos, de cuyos intríngulis el servicio secreto francés debe estar al corriente; sin embargo estas informaciones no siempre llegan a la justicia, tal vez porque el Gobierno francés las utiliza como elemento de presión unilateral”, afirmó recientemente Selahattin Demirtas, codirector del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), durante una conferencia sobre justicia y crímenes políticos centrado en el caso de las tres kurdas asesinadas en pleno centro de la capital francesa.

El proyecto político de las mujeres kurdas representa hoy una esperanza para la democracia y la paz, no solo para el Kurdistán sino para el mundo entero

Unos días antes del triple crimen, Recep Tayyip Erdogán, por entonces primer ministro turco, anunció el arranque de las negociaciones de paz con Abdullah Ocalan, líder histórico del PKK preso desde 1999. Demirtas cree que este asesinato fue planeado por el Gobierno turco para provocar a los kurdos y arruinar el proceso de paz, asegura además que la investigación no avanza debido a los crecientes intereses económicos, políticos y militares entre Francia y Turquía. “Si se hubiesen buscado los responsables podríamos haber tenido un proceso de paz duradera, con Turquía en paz, Siria no estaría en la actual situación y el DAESH no habría avanzado tanto. Si Turquía hubiese combatido a DAESH desde el principio, tal vez los atentados de París nunca habrían sucedido”.

El HDP es el partido kurdo con mayor número de representantes mujeres en la historia del Parlamento turco, después de que en las pasadas elecciones de junio lograse el 13 por ciento de los votos. “Esta victoria es común para todas las mujeres turcas” declaró Demirtas tras las elecciones y después de que Erdogan negase la igualdad entre hombres y mujeres, calificando el feminismo de “rebeldía de las mujeres que no aceptaban su maternidad”.

“La emancipación de una mujer pasa por la liberación de todas las mujeres, por eso este asesinato, más allá de un hecho político, es un feminicidio, un atentado contra la mujer, resultado de la confrontación ideológica y política entre el gobierno turco y el pueblo kurdo, bajo el paraguas de los intereses económicos de los países occidentales contra un pueblo que reivindica su derecho básico de existir”, sostiene la joven líder kurda Nursel Kiliç.

Ante la cantidad de interrogantes que ensombrecen este caso, el movimiento de solidaridad mantiene las movilizaciones para exigir que la Justicia gala reabra la investigación y reconsidere las pruebas que inculpan al MIT. El pasado 9 de enero, con motivo del tercer aniversario del asesinato, unos 10.000 manifestantes volvieron a recorrer las calles de París para honrar la memoria de las “tres flores kurdas”, apelación con que los kurdos recuerdan a las tres asesinadas.

“Ninguna revolución se desarrolla sobre una alfombra de terciopelo, pero en esta región de Oriente Medio el proyecto político de las mujeres kurdas representa hoy una esperanza para la democracia y la paz, no solo para el Kurdistán si no para el mundo entero”, opina Kiliç.

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La Revolución de Rojava, la lucha por una sociedad feminista

La lucha feminista del movimiento kurdo comenzó a fraguarse en la década de los 80 entre las exiliadas en Alemania. Gracias al trabajo de mujeres como Sakine Cansiz, el PKK asumió la denominada Teoría de la Ruptura a favor de la abolición de todo sistema de dominación patriarcal y esclavitud de las mujeres. En aquella época, la opresión del Gobierno turco obligó a la organización del movimiento kurdo a agruparse en las regiones fronterizas con Siria, principalmente Afrîn, Cizîre y Kobane, donde eran hostilmente ignorados por Al-Assad. El régimen no les atacaba directamente pero negaba su existencia étnica como pueblo, les quitó las tierras y los reprimió económica y socialmente dentro del proceso de arabización. A finales de los 90, la presión del Gobierno turco fue tan fuerte que Siria cedió a la ofensiva contra el pueblo kurdo y Abdullah Ocalan, líder del PKK, fue capturado.

Ante la presión, las kurdas tomaron las armas y crearon el Ejército de Mujeres y su propia organización política, el Partido de Mujeres Trabajadoras del Kurdistán (PJKK), que pasó a llamarse Partido de Liberación de Mujeres del Kurdistán (PAJK) en 2004. El pilar central de esta lucha, organizada en torno al Alto Consejo de Mujeres (KJB), es el desarrollo de una identidad liberadora para las mujeres y se consolida gracias a las Asambleas por la Libertad de las Mujeres, de carácter anual y donde se consensuan las decisiones políticas y sociales más importantes.

“Las mujeres luchamos por emanciparnos dentro de nuestro propio movimiento”, dice Nursel mientras explica que el horizonte de su lucha contra DAESH va más allá de la defensa de su territorio y del reconocimiento de su pueblo, y que cada vez están más amenazadas por la trata, las violaciones y la esclavitud sexual de los islamistas que siguen avanzando y que ya controlan importantes enclaves, como Sinyar y Mosul. “DAESH representa el nivel extremo del sistema patriarcal”, afirma Nursel con mirada fija y palabra contundente antes de enumerar los distintos tipos de violencia que este grupo terrorista ejerce sobre las mujeres y que incluyen los matrimonios forzados, las muertes por lapidación y la ablación.

Más de 2.000 mujeres de 19 aldeas diferentes fueron obligadas a satisfacer los deseos sexuales de los miembros del ISIS, mientras que miles han sido secuestradas, violadas y vendidas posteriormente a comerciantes en bazares o a mafias de la trata de mujeres a precios que rondan 100 dólares, según la Asociación para los Derechos de las Mujeres y el Desarrollo (AWID). Sin embargo, la presión hacia las mujeres sobrepasa el patriarcado islamista, ya que muchas de las que logran escapar de las garras del ISIS se suicidan por la vergüenza o son asesinadas al regresar a sus comunidades. Las kurdas han enfrentado históricamente la doble opresión patriarcal tanto del Estado como de sus propias comunidades.

“DAESH representa el nivel extremo del sistema patriarcal”

El sistema social y democrático de Rojava se implantó como tal tras el estallido de la Primavera Árabe en Siria y cuando la represión del Gobierno de los y las manifestantes se extiende hasta la región kurda. Ante la dicotomía de qué bando de los dos apoyar, el pueblo kurdo decidió tomar la ‘tercera vía´ y crear su propio sistema autónomo en la región para resistir a los ataques de cada uno de los frentes, incluido el Estado Islámico. En 2012, las fuerzas de Al-Assad se retiraron pacíficamente, ante la fuerte y numerosa presencia del ejército de las Unidades de Defensa Popular (YPG) y del YPJ, el cuerpo de mujeres de la guerrilla.

La floreciente revolución de Rojava fue percibida por Turquía como una amenaza, según afirma el político kurdo Selahattin Demirtas, quien reconoce que este fue el detonante para que Erdogan cancelase las negociaciones de paz el pasado verano. El gobierno de Turquía cerró además la frontera e imposibilitó el paso de cualquier tipo de ayuda solidaria.

El líder del Kurdistan iraquí se puso del lado de Erdogan, quien es el principal comprador del petróleo producido por los kurdos en Irak. Rojava acabó aislada frente a uno de los mayores ataques al pueblo kurdo en la historia reciente. Sin embargo, las fuerzas del ejército de liberación, incluido el batallón de mujeres, continúan empuñando las armas para defender su región. Muchas son protagonistas de increíbles actos heroicos, como es el caso de Arin Mirkan, una de las comandantes del YPJ que provocó un ataque suicida para acabar con decenas de combatientes del Estado Islámico.

Debido a las ofensivas, el proyecto social revolucionario mostró menos frutos en Kobane que en los otros dos cantones, Cizîre y Afrîn, donde los ataques tardaron un poco más en llegar. En julio de 2015 una treintena de mujeres activistas fueron asesinadas cuando se dirigían a prestar su ayuda para la reconstrucción de Kobane, cuna de la revolución feminista kurda. Aunque las muertes fueron atribuidas al ISIS, muchas voces sobre el terreno denuncian la complicidad del Gobierno turco para bloquear la ayuda solidaria y la cooperación con el pueblo kurdo.

Desde comienzos de año, la población kurda en Cizîre están sufriendo los bombardeos del Gobierno turco en lo que Erdogan denomina “la batalla contra el terrorismo”. Mientras el pueblo kurdo es el único que realmente lucha contra el que también es el principal enemigo de Europa, las empresas armamentísticas europeas continúan haciendo negocios con el Ejecutivo de Turquía, cuyas armas, muchas de ellas fabricadas en España, apuntan directamente al proyecto kurdo de autogestión.

“Los gobiernos europeos no apoyan al movimiento kurdo porque eso significaría apoyar nuestro proyecto de democratización progresista, que es la antítesis del capitalismo que ellos defienden”, argumenta Nursel Kiliç y, haciendo suyas las palabras de Neruda, afirma: “Podrán cortar las flores, pero nunca detendrán la primavera”.

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Fotografías de Luna Gámez

Fuente: Pikara Magazine

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