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Guantes amarillos: la lucha de las trabajadoras griegas de los hospitales

Martes 25 de julio de 2017. Nodo50 | Descargar artículo en PDF

Fuente: Pikara Magazine

Por Guzmán Pascual / Grecia

Cerca de 6.400 limpiadoras, celadoras y camareras de las subcontratas de los hospitales griegos están pendientes de la batalla judicial abierta entre el Ejecutivo y las subcontratas. La falta de determinación y el ahogamiento de la Unión Europea al Estado griego hacen que las profesionales vean peligrar sus empleos. El color de sus guantes, siguiendo la lucha de las empleadas del Ministerio de Economía que en 2013 y 2014 usaron los guantes rojos, se ha convertido en su seña.

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Manifestación de la huelga del 15 de marzo a su paso por el Parlamento griego.
Foto: Germán Pascual

"Este Gobierno, que en campaña electoral hizo gala de la lucha de Kuneva y la convirtió en eurodiputada, debería avergonzarse porque ahora va y las despide ¡Cada una de ellas es una Kuneva!”. Con estas palabras se expresaba Vivi, sindicalista de Adedy y trabajadora del hospital ateniense de Evanguelismós, al describir el trato que despacha el Gobierno de Syriza-Anel a sus compañeras de la limpieza.

Konstantina Kuneva fue elegida eurodiputada por Syriza en las elecciones de 2014. Esta historiadora y arqueóloga búlgara se vio obligada a trasladarse en 2001 al vecino país del Sur por la enfermedad cardíaca que padecía su hijo de apenas cuatro años. En Atenas trabajó de limpiadora en las estaciones de metro para la empresa OIKOMET, hasta la víspera de las Navidades de 2008. Durante su vida laboral, luchó por mejorar las condiciones laborales de sus compañeras, lo que le costó amenazas de muerte que un día trataron de materializar. El 22 de diciembre de aquel año, cuando volvía del trabajo, unos desconocidos le atacaron con ácido sulfúrico e incluso le obligaron a tragarlo. Kuneva perdió la vista en un ojo y su esófago quedó destrozado.

Un año entero estuvo hospitalizada y pasó por quirófano varias veces, incluso se le trasladó a centros especializados de Francia. En 2013, los tribunales declararon responsable del ataque a OIKOMET y obligaron a la empresa a pagar 250.000 euros de indemnización, aunque el suceso fue declarado accidente laboral. Sin embargo, en 2016, el tribunal de apelación de primera instancia del Pireo revocó la decisión judicial de asignar la responsabilidad a la empresa, así que el caso sigue abierto. Amnistía Internacional declaró que la investigación de la policía griega era “no detallada y subjetiva”.

Al calor de lasmovilizaciones de las limpiadoras del Ministerio de Economía, Syriza decide incluirla en sus listas para las elecciones europeas. Finalmente obtuvo su escaño. Hoy sus colegas se preguntan dónde está y la invitan a sumarse a su lucha.

Lejos quedan los días de vino y rosas del primer ministro griego, Alexis Tsipras, posando con las limpiadoras readmitidas del Ministerio de Economía en el palacio presidencial. Durante su legislatura, el mandatario se ha propuesto tratar de sacar adelante algunas medidas con revestimiento progresista. Un ejemplo fue la paga extra a los pensionistas en diciembre de 2016, para luego acordar recortarlas en el 2019 como aprobó en el Parlamento recientemente.

Una situación similar parece que viven los trabajadores de las empresas subcontratadas de los diferentes ministerios. Y la justificación ofrecida siempre es la misma: “Con Europa hemos topado”, la archiconocida frase del Ejecutivo heleno. Aunque también parece que se han enterrado las ganas de levantar la voz en la Unión Europea y explorar otras vías. Durante los últimos meses, los puestos de trabajo privatizados (ocupados por subcontratas) han aumentado: entre diciembre de 2016 y febrero de este año han pasado de los 71.042 hasta 74.879, según datos del Ministerio de Reforma Administrativa.

En el caso de las limpiadoras, la apuesta del Ministerio de Sanidad de eliminar las contratas y evitar los intermediarios privados traería mejores condiciones de trabajo y aumentos de salarios casi del cien por ciento. “Nosotras cobramos 400 euros y los sueldos pasarían a 780 euros”, explica María, trabajadora en un hospital de Atenas, que no se olvida de los ‘peros’: “Los contratos tendrían una validez de dos años, después nadie sabe qué pasaría”.

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Concentración de las trabajadoras frente al Ministerio de Sanidad mientras sus uniformes arden en una hoguera.
Foto: Germán Pascual

Ante esta reforma prevista, las contratas reaccionaron y recurrieron al Consejo del Estado, que la anuló. El Gobierno volvió a la carga y acabó aprobando una ley que era idéntica pero con la salvedad de que las gerencias de los hospitales ya no estaban obligadas a contratar al personal ya existente, por lo que las profesionales deben competir con otras personas por el puesto de trabajo en el que ahora desempeñan sus labores. Al final, ha reculado y dota de cierta prioridad a aquellas que tienen antigüedad. Pero de nuevo siete empresas del sector han llevado las contrataciones y los concursos al Consejo del Estado, que ha elevado una cuestión de legalidad al Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Aun así, pendientes de la resolución judicial, los concursos se llevan a cabo. La falta de determinación y el ahogamiento de la Unión Europea al Estado griego hacen que las profesionales vean peligrar sus empleos y estén viviendo situaciones de incertidumbre.

Despidos y prácticas mafiosas

El pasado 30 de mayo en el Hospital Oncológico de Agios Savvas se vivieron escenas de tensión. Varias candidatas del concurso empataron en la baremación, por lo que el gerente del hospital procedió a sortear las plazas. Las trabajadoras denunciaron que el sorteo se estaba realizando a escondidas y el presidente del comité junto con 50 trabajadoras impugnaron la rifa. Fue necesaria la presencia policial para evitar que pasara a mayores y el contrato con la empresa se ha prorrogado. “De momento no sabemos lo que sucederá”. Son palabras de Bárbara, trabajadora del centro, en el que cree que se quedarán alrededor de 37 de las 60 compañeras.

Cerca de 6.400 limpiadoras, celadoras y camareras de la subcontratas de los hospitales griegos están pendientes de la batalla judicial abierta entre el Ejecutivo y las subcontratas. Representantes de la Federación Panhelénica de Trabajadores de los Hospitales Públicos (POEDIN) afirman que en el hospital de Trípoli se quedaría una empleada, según el nuevo sistema de baremación para acceder a un puesto; mientras que en el de Lárisa no se quedaría ninguna y en el de Evanguelismós irían a la calle 100 de 110.

En un amplio reportaje que hizo el periódico Efimerida ton Syndakton, se radiografió el sector de las contratas, extendidas en la limpieza desde los años 90 en el país. Estas empresas son conocidas por casos de violencia física y amenazas a las trabajadoras, que incluso se les obliga a firmar contratos por cuantías que sobrepasan lo que en realidad perciben. También son de sobra conocidas otras técnicas, como “duplicar” trabajadoras en dos empresas con las que tiene contratos la contrata (un hospital y un supermercado, por ejemplo) para que solo trabaje en uno de los dos centros. O incluso “inflar” los contratos al declarar que trabajan más personas de las que realmente lo hacen.

La empresa que emplea a las trabajadoras del hospital de Evanguelismós, que ha ido prorrogando contratos desde 2009, acumula varios impagos y como norma abona la nómina cada tres meses. Mery, que trabaja como camarera, señala que en algunas ocasiones cada una debe atender plantas enteras con hasta 60 enfermos: “Estamos solas para limpiar cocinas, racionar la comida, servir y de todo”. Esta trabajadora tiene claro que el error fue traer a las contratas hace 20 años y despedir al personal que se encargaba de dichas tareas. “Nosotras hemos pasado por 15 millones de seminarios de instituciones de control de alimentos, de programas del Pacto Social para el Marco de Desarrollo, de la Unión Europea… somos profesionales experimentadas y formadas ¿Quieren que vaya a la huelga? Iré a la huelga”. El pasado15 de marzo POEDIN llamó a una movilización general del sector sanitario.

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Irini hablando ante sus compañeras.
Foto: Germán Pascual

En las movilizaciones, Irini a sus 57 años, es de las que no duda en ponerse en primera línea y enfrentarse físicamente a los antidisturbios: “Me cerraron la verja del ministerio encima del hombro”, explica. Al mismo tiempo, es fácil identificarla entre sus compañeras porque lleva la literatura en las venas. Durante las concentraciones recita versos y escenas de teatro que ella misma compone para animar a sus compañeras. En ellas relata la esclavitud laboral a las que se ven sometidas. Irini lleva 15 años en el hospital y cuenta que las vacunas deben pagárselas las propias trabajadoras. “Estos (en referencia a Syriza), que hace dos días estaban de nuestro lado en las huelgas, ahora agarran la poltrona y se convierten en fascistas. Yo viví la Junta de los Coroneles de niña ¿Por qué tengo que vivir una segunda ahora?”, lamenta.

Aunque ya no se concentran los jueves delante del Ministerio de Sanidad, como hacían en los meses de febrero y marzo, se encuentran en una situación idéntica. Allí levantaban el símbolo de su lucha, sus guantes amarillos, como antes fueron los guantes rojos de sus compañeras del Ministerio de Economía. Maria, que está separada, explica que hace unos meses fue desahuciada por impagos del alquiler. “Nuestro salario es como si echáramos la lotería, unos meses toca y otros no”. En su desesperación, algunas ya prefieren que se quede la empresa privada, que al menos les da la seguridad de estar indefinidas.

La carrera de obstáculos de la migrante

En los concursos, la nacionalidad griega es una exigencia, por lo que todas aquellas trabajadoras extranjeras, que ya trabajan en estos puestos, se ven excluidas incluso del proceso de selección. Este es el caso de Kalina, inmigrante ucraniana que lleva 18 años en el sector de la limpieza. “Yo estoy aquí legalmente, mis hijos han crecido aquí y yo siento que esta es mi patria, porque tu patria se encuentra allá donde vives”. Su familia vive en Salónica pero lleva tiempo sin verla porque ni si quiera puede pagar el billete del metro para ir a su puesto de trabajo. “Yo vivo en Neos Kosmos y el otro día había revisores en la estación. Me tocó salir corriendo, imagínate la vergüenza para una mujer de casi 60 años como yo, encima casi me caigo por las escaleras, de no ser por un hombre que me sujetó.”

“En la gerencia y la empresa solo nos dan promesas, pero en el Ministerio se ríen de nosotras. El otro día conseguimos que entraran 12 personas del comité a negociar. A mí me gusta mi trabajo por el que vivo dignamente, trato de ayudar a los enfermos de la mejor manera que puedo, pero esta situación ya no se aguanta más. Ni a los animales se les trata así”, clama Kalina entre lágrimas.

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